Tomando el sol como el que necesita ruibarbo

Es sábado, la labor espera hasta el lunes. No se trabaja, no hay que madrugar, no hay afanes en este día. Se levanta, se toma sus primeros tragos que, para este blog, los tragos no son de licor sino los primeros sorbos de un tinto mañanero. Salvada la palabra, valga decir que en los tragos se cuela una tostada que no esperaba ser útil todavía.

La cara desvencijada de todo el que recién se ha levantado, se derrite o se juaga o se desliza con el chorro que ahora, en este preciso instante del baño, está cayendo sobre la piel de este individuo que, por su cara, se parece a todo el resto de mortales: desea ser feliz y quiere evitar cualquier sufrimiento. Palabras éstas que no son del bloguero sino del Dalai Lama.

Una vez desaparecida la cara mortuoria, que todos aparentamos al despertarnos, la frescura está a la vista. Pocos reconocen el poder del agua y la cantidad de investigación que hay detrás de ella. Hombre maduro es este pero no deja de ser niño o no lo olvida por lo menos. Sale al sol, pues, como nalga de bebé que desea o necesita ser soleada y calentada para evitar el ruibarbo; la misma toalla con la que recogió el agua se aireará pues nada se seca porque nada se moja ya que ninguna superficie se toca, efectos de la física microscópica que ignora.

El sábado sigue en desarrollo en esta tierra, pues, en algún otro planeta tal día no existe. El agua de la toalla se evapora, como el concepto de tiempo, que creemos que va transcurriendo. Pararse ante el morro para otear pasajeros y visitantes sin pena de la pinta lucida; es mañana, es sábado y el territorio es del que mira, seguro de sí mismo. Y así, así va trascurriendo este flexible tiempo o relativo más bien. El que toma la foto continúa.

Imagen: Caldas

1 comment

  1. Alberto Mejía Vélez   •  

    No importa el día, la hora, ni aún el estado meteorológico; la fotografía, hace sonreír al más amargado de los vivientes y no importa el ‘añaje’ en que se encuentre.
    Apenas ve uno el aparatejo enfocándolo, el ego se va inflando como sapo en tomatera. Sabe o se lo imagina, que quedará para siempre viviendo en algún lugar, aunque el tiempo lo amarillee o quedar en el profundo rincón de una gaveta. Ahí, permanecerá impávido, hasta que alguien al verlo diga: a ese…lo conocí. Será un componente más, incrustado en el andamiaje de la historia.

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