Una brisa veraniega ventila el café de Gallo, en Barbosa (Parte 1)

Cuando dicen Barbosa, se te vienen las imágenes de sol, piña, caña y de un clima intensamente iluminado, pero ¿café? ¡Pues sí! Café hay en muchas partes, así sean pocos palos, pero no falta el cultivo de grano en muchas fincas de nuestra Colombia. Así que, acepté la invitación que me hiciera un lector de CaféContigo y, cámara empacada y familia a bordo, nos fuimos a conocer una nueva historia de esas que en Colombia abundan.

Con Carlos Mario Gallo, dueño de la finca, conversé en varias oportunidades por celular sin llegar a conocer su rostro, pero así somos en Antioquia, familiares todos, hasta que llegó el día de armar visita y conocer su rincón cafetero: 3.000 palos bañados por el sol a una altura de 1.650 msnm., una familia que cuida su pedazo de montaña y unas mascotas que le añaden sonido de campo a ese terruño.

Carlos Mario Gallo, no es hombre de campo, lo de él es el comercio, los negocios ¡y la política!, Gallo, ha tenido multitud de negocios en los que se ha desarrollado como hombre de empresa. Llegó a tener hasta 500 empleados en una compañía de muebles, en temporada normal y 1.000, en temporada decembrina. Fue alcalde del municipio de Ituango (Antioquia) en el periodo 2008 a 2011, territorio de directa influencia de la hidroeléctrica más grande de Colombia. Así que, más que hablar de sus palos, de lo que hablamos fue de política, de gobiernos, de chismes y confirmaciones; como quien hace análisis elocuentes de las distintas realidades de nuestro territorio. Lo que allí hablamos se lo sostenemos a Canela, una gata perezosa y a Blanca y Cheli, canes recogidos por la hermana de Gallo, en Abejorral ¡A nadie más!

De Carlos Mario no hay fotos porque pa’ protagonista me salió bien esquivo, solo me queda una foto de él aspirando la fragancia de su propio café en una cata improvisada del grano de su finca; foto que no lo deja bien salvado si quisieran definirlo a partir de su sombrero, jejeje, uno desvencijado que lo que me dice, es que Gallo, es un hombre sencillo, sin ganas de aparentar o llamar la atención con más tesoros que los que lleva dentro de sí y de su memoria. Cabe anotar que dicha foto, casi que se la robé.

El marco de este encuentro político-civil –en broma-, de este par de familias montañeras –la de Gallo y la mía-; se dio ante la espectacular vista que ofrecía una terraza donde estaba ubicado el comedor de la casa, pues, cómo dejar presos los ojos cuando se pueden sacar las salas y los comedores a la vista de pájaros y montañas; así que ante la inmensidad del paisaje nos fuimos yendo entre temas de café y política. Los demás, recorrían diferentes escenarios de la casa: Jacobo, mi hijo, y los demás niños corriendo entre los pisos de la casa, la mamá de Carlos Mario en una cocina adornada por una ventana de postal; los mayordomos en sus quehaceres; Diana y yo, recibiendo la fresca de la mañana, que es así como le decimos a la brisa del viento.

Llegó la hora de conocer la tierra de la finca y los protagonistas: sus palos de café; pero confieso que me entretuve, mejor, entre una imagen para mí más envidiable: una huerta casera que les permite no tener que mercar en tiendas e hipermercados, y sí, arrancar lo necesario para “levantar” unos fríjoles o un sancocho campesino con los insumos más frescos y saludables que uno pueda desear. Así que, en vez de reparar por algunos granos maduros de su cafetal, me interesé en admirar el tamaño de las hojas del cilantro allí sembrado, por unas acelgas, por la textura de la habichuela. Aproveché, lógicamente, para enseñarle a Jacobo de dónde viene la zanahoria; el repollo y la yuca. (Los niños de las unidades residenciales creen que la comida viene del supermercado). El punto culminante fue ver a Jacobo sacando los huevos –aún tibios- recién “publicados” por las gallinas con sus cacareos; hasta allí ‘Jaco’, solo los veía en la nevera y fríos.

Luego llegó el ritual que no puede faltar en el campo: el almuerzo, y digo ritual, porque cuando hay visita, el almuerzo deja de ser un mecánico acto para ser la bienvenida del forastero; es la manera como abrimos las puertas al desconocido. Parecía, además, que esta nueva conexión tenía años de haberse concebido. El almuerzo nos convocó a seguir conversando de temas, de obispos, de alcaldes y gobernadores, de cafés verdes, pergaminos y tostados. La excusa del café para la visita, pareció no ser tan protagonista como se hubiera pensado, pues, se interpuso el tema humano de primero, objetivo supremo en una taza de café. Mi esposa disfrutaba de todo y de la conversación de doña Ángela María Uribe y doña Orfa Machado; esposa de Carlos Mario, la primera; y madre, la segunda. Canela, la de la foto tomada por nuestro hijo, parecía ajena a la visita, ignorándonos desde “su” sillón. John Hincapié, mayordono de la finca volteaba de allí para acá como haciendo lo suyo, preparando lo que iban a ser los sorbos de la tarde, de café –por supuesto-, que visita a casa cafetera sin los sorbos de palo propio y con tostada artesanal no sería visita seria.

Lea la parte 2 de este relato: apartes del almuerzo, el arte de doña Orfa, la cata de café y el ritual de despedida…

2 comments

  1. gracias carlos por tu bonita y amena cronica muy a lo paisa como somos los antioqueños
    te felicito por tu labor de ” evangelizar ” sobre nuestro cafe que como dices todo lo mandan para el extranjero y aqui nos quedamos tomando las sobras
    por aqui te esperamos junto ami familia para seguir hablando de todo y disfrutar de un rico cafe de nuestras monatañas

  2. Adrián Escobar-Vélez   •  

    Hola papá de Jacobo!

    Por fin un saludito por este medio.

    Creéme que degusté esta nota como una buena taza de café… viajé contigo y tu familia a Barbosa con esta historia. Me gusta que mantengamos viva la capacidad de asombro incluso con las cosas simples pues esto contagiará a nuestros amados hijos.

    Carlos, un abrazo para ti y tu familia.

    Papá de Isabel y “amateur” en asuntos del café…

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