Zócalos, calor y “mar” en Guatapé

Tener planes para ir a Guatapé significa hacer una lista de chequeo de objetos y vestuarios propios para ir a la playa: vestuario de baño o de bronceo, bronceadores y bloqueadores, comida, gafas de sol, sandalias apropiadas para el agua, etc. Eso, para el turista que se acerque a este municipio de Antioquia sabiendo que goza de las aguas de una gran represa o embalse y un malecón turístico. Otras personas que transaccionan con sus productos tendrán otra lista de chequeo: fertilizantes, costales, dinero en efectivo para la plaza, etc. Para otros, la lista se recortará a bebidas alcohólicas. En fin, Guatapé, su malecón y su zona rural tiene público para todo.

Como turista visual que soy de cada municipio o rincón que visito, siempre estarán presentes en mi ojo cazador, el color, la geometría, su gente, sus ventas, sus artesanías, etc. Y como sé de tantos lectores por fuera de Colombia, una que otra vez me gusta dejarlos con los antojos de nuestra tierra; para el caso, este coco bautizado en panela que llamamos coquitos o panelita de coco. Como para que sigan extrañando a Colombia y sigan anclados, de una u otra forma, al territorio. Los dejo con ese antojito y con un adelanto de zócalos, elemento visual por el que también se reconoce a este municipio.

Esta semana estará dedicada a Guatapé.

Jacobo Zímerman ¿Qué tal estas panelitas, tío? ¿Hay en Israel?

1 comment

  1. Alberto Mejía Vélez   •  

    Por la imaginación sencilla del cacique Guatapé, jamás le pasó ni por un bordito, que de San Antonio de Remolinos del Peñol en donde estaba asentado sus dominios, se convertirían con el transcurrir de las hojas del almanaque en: Remanso de Paz, El Pueblo de los Zócalos o Paraíso Turístico de Antioquia. ¡Eso ni de bamba! Que iba a creer, que don Francisco Jiménez, fundaría allí un hermoso pueblo en junio 1 de 1811 ¡Imposible! Y que además, le harían un extenso y bello lago que se llenaría de gentes extrañas comelonas y bebedoras ya no de chicha y sí de aguardiente, los más raizales; los otros, finos licores de las ‘extranjas’. Lo que si sabía, era que la piedra, ni la podían cambiar de sitio o robársela. Ni por curiosidad se le atravesó entre cejas, que sus guayucos se convertirían en bikinis o ‘nadakinis’ de mujeres exuberantes. Murió tan inocente de todo ello, que su alma descansó en paz.

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