Pájaros de zonas cafeteras – Amagá rural

A propósito del comentario de John Jairo Mejía Gaviria, traigo de nuevo esta entrada, publicada originalmente el 1 de julio de 2011. John Jairo, el tema apenas comienza en el blog, y la idea es hablar desde cualquier lugar o momento de la cadena productiva la cual inicia en la ruralidad, donde el principal protagonista, el campesino, es el que lleva la peor parte; es el olvidado; quien carga el abuso y recibe la menor recompensa.

Quien los ve ahí, tan tiernos trinando en los amaneceres lluviosos de las tierras cafeteras; quien los ve ahí, escondidos bajo la bruma mañanera; quien los ve con sus fantásticos colores del trópico, alegres, despiertos y sin timidez… quien los ve ahí y en el día se la pasan peleando por bocado de plátanos maduros, por chorritos de agua dulce, cascándose en cebaderos para el ojo, amenazándose, pegando ala, abriendo pico, haciendo cara de loco, de histeria avícola.

Pocas veces comparto esas otras fotos que se me escapan al tema del blog y las dejo para la intimidad de mi hogar, pero con la publicación de esta serie, deseo dar un agradecimiento al dueño del sueño que me permitió tomar estas fotos: José Fernando Montoya Ortega, ex secretario de Educación de Antioquia; cultivador de café, aficionado a los pájaros, amante de la geografía antioqueña, de tierras y de mulas.

Hagamos, pues, excepción, que viene fin de semana, puente o vacaciones. Relajemos el ojo y untémonos de verde, miremos flor, pájaro y atardecer; lo de siempre pero jamás igual. Tomadas en la vereda Pueblito de San José, Amagá. Objetivo 55 – 200 mm, velocidad 500, diafragma 5.6 en promedio, algunas con temperatura de color 8.500.

Por los apodos se conocen las familias en Amagá

Publicado en Generación, suplemento dominical de El Colombiano, 4 de marzo de 2012
Por Carlos Múnera

Salga del Valle de Aburrá, tome camino vía al Suroeste, ingrese al municipio de Amagá y conozca a: los ‘Pájaros’, los ‘Cucarachos’, los ‘Palomos’, los ‘Tigres’, las ‘Cigüeñas’, las ‘Arañas’, los ‘Burros’. No es que este municipio haya cambiado su vocación minera y esté impulsando el tema ecológico, que lo puede hacer; se trata de un fenómeno social arraigado desde hace años en este territorio antioqueño: los apodos familiares. Una especie de bautizo comunitario que se presenta por familias y que hace que los verdaderos nombres de sus integrantes sean poco conocibles y conocidos.

En Amagá, pocos reconocen, por ejemplo, a María Isabel Betancur; pero si pregunta por ‘Mape’ o la ‘Mapeleña’, esposa de ‘Boquepato’, inmediatamente le darán razón y paradero de ella. O si pregunta por Silvia Socorro Giraldo Ossa, dirán que jamás ha nacido tal mujer; pero si pregunta por la de los ‘Cenizos’, sabrán de cuál doña Silvia se trata. Cuenta María Isabel que el apodo familiar tiene los años de su esposo: 65; y que se lo pusieron a él y a sus dos hermanos desde pequeños, “Dizque porque cuando nacieron, tenían la boca puntudita”, detalla María -¿o ‘Mape’?-. Ella y Darío ‘Boquepato’, tienen tres hijos y a esa generación también la identifican con dicho sobrenombre familiar, aunque cada uno tiene el suyo: ‘Tata’, ‘Muñeca’, ‘Tato’ y ‘Pingüino’, este último, fallecido.

El origen de cada apodo se adhiere a cualquier circunstancia. Silvia Giraldo, de los ‘Cenizos’, cuenta que su hermano, José Manuel Giraldo, tuvo un carro de servicio público color cenizo hace 25 años, y que desde ahí comenzó el mote familiar que cubrió inmediatamente a nueve hermanos. Al escuchar: ‘Kika’ grande y ‘Kika’ pequeña, se podría hacer una representación de una asimetría física femenina, pero se trata de Miriam de Jesús Atehortúa Sánchez, la ‘Kika’ pequeña, hija de Carmen Luisa Sánchez, la ‘Kika’ grande; integrantes de un grupo familiar de cuatro mujeres, que deben su apelativo a Luis Enrique Atehortúa ‘Kike’, esposo de Carmen y quien lleva 60 años con el apodo, heredado también a sus ‘Kikas’. Al clan, no les molesta que los llamen así, es más, no los conocen por el nombre.

Algunos alias deben su inicio a fenómenos lingüísticos como el caso de los ‘Peítos’, término que estimula algunos sentidos, pero que en este particular se debe a la síncopa del diminutivo de Pedro: Pedro-Pedrito-Peíto. Otros, por la actividad económica de alguien de la familia o por alguna condición física. A las ‘Coneras’, porque Raúl Arboleda, vendió conos; los ‘Mencos’, por tener un padre grande; los ‘Chinos’, por un papá pequeño; los ‘Tonelada’, por un padre gordo; los ‘Aguacateros’, por un padre vendedor de aguacates; los ‘Lágrimas’, porque dicen que Alonso lloraba mucho; los ‘Campesinos’, porque tenían una casa donde llegaba la gente del campo a cambiarse pantalón y botas antes de ingresar al casco urbano.

La lista de remoquetes continúa y hace ver que las partidas de bautizo solo han servido para las matrículas estudiantiles, la apertura de cuentas de banco y algún oficio radicado en notaría; pero poco o nada para identificar a los integrantes de grupos familiares: las ‘Cagadas’, las ‘Miadas’, los ‘Arbolitos’, los ‘Mochilos’, las ‘Mafifias’, los ‘Pencas’, los ‘Mojojoy’, los ‘Morolos’, los ‘Pelayos’, las ‘Manicorticas’, los ‘Tiznados’, los ‘Mondongos’, los ‘Pastrana’, los ‘Julipos’, las ‘Niñabonitas’, los ‘Gurusos’, los ‘Cabezones’, los ‘Marraquetos’, los ‘Cucharas’, los ‘Pininas’, las ‘Pimpinas’, los ‘Maúllas’, los ‘Cholas’, los ‘Cajiaos’, los ‘Piscos’, los ‘Espíritus’, los ‘Cebollos’, los ‘Albóndigas’, los ‘Panaderos’, las ‘Ninaninas’, los ‘Coloraos’, los ‘Mollejos’, los ‘Tocamochos’, los ‘Cuchillos’, las ‘Porcelanas’.
Laura Cristina Rodríguez, del clan los ‘Buñuelos’, cuenta que su abuelo, Jesús Estrada, gustaba demasiado de los buñuelos y, en alguna ocasión, se sentó en una panadería a comerse muchos, demasiados para una sentada; hecho que lo llevó a ser identificado con dicho mote al igual que a su descendencia de 11 hijos, más los nietos, bisnietos y tataranietos: 50 familiares aproximadamente. Juan Miguel Tabares, bisnieto de Jesús Estrada, tiene seis años y no le gusta que le digan con el alias de su familia, él dice que es de los ‘Tabares’, que no es ¡ningún buñuelo!

¡La lista no termina! continúa por calles y carreras, por centros poblados y caminos veredales. Así que si quiere conocer más apodos familiares de Amagá, ingrese a la ‘Vecindad del Chavo’, una casona que fue dividida en pequeños apartamentos y que pertenecía a los ‘Albóndigas’; pase por el ‘Callejón de las Arañas’; vaya a la ‘Calle de las Garcías’ o a la de los ‘Pinches’; suba a la ‘Esquina del Gato’, que queda en la ‘Cuadra de los Pinches’ cruce por ‘Shangai’ y conozca a los ‘Peítos’ o vaya al ‘Callejón de la Esperanza’, por dónde viven los ‘Mierditas’ y observe este fenómeno social bastante curioso, o pregunte por Marina, la de las ‘López’, que fue quien me llevó de la mano por ese laberinto de seudónimos familiares que configura una forma diferente de nombrar al ser.
¡Tranquilo! Si no ha logrado entender este enmarañado tejido humano municipal, si se le ha dificultado hacer el mapa generacional o esbozado la red que une a este municipio, espere que le cuenten lo que pasa cuando se unen dos clanes familiares cada uno con sobrenombre diferente. ¡Dé “papaya” y verá que también le ponen mote!

Amagá no olvida a ninguno de sus héroes

Viudas, huérfanos, amigos y demás familiares de los 73 mineros fallecidos en la tragedia de la mina San Fernando, marcharon desde el parque hasta el cementerio para recordar la tragedia de hace un año en el municipio de Amagá, suroeste antioqueño.

La algarabía que normalmente se escucha en el parque de Amagá fue dando paso a un respetuoso silencio en camino al cementerio, que solo era quebrantado por las sirenas de las motos de la policía y por los ensordecedores pitos de los autos fúnebres que, esta vez, llevaban adentro y sin caja, la memoria de los 73 mineros fallecidos hace un año, pero estaba también, la memoria de los demás héroes de las cavernas.

Los mineros que marchaban lo hacían con paso lento, en silencio, en pulcra actitud e imagen, no en su acostumbrado vestuario de trabajo: sin camisa, sudorosos, pintados con el óleo de la tierra, el carbón y el sudor. Marchaban temerosos, como cuando se acercan al socavón y hacen una cruz con su brazo para santificarse quizá, temiendo ser la última vez que vean la luz al principio del túnel.

A estos mineros no les es ajena la muerte, la han olfateado cuando camina cerca, no la femenina muerte que se pasea en las páginas de Saramago y que envía sobres violeta; esta muerte es más oscura, tiñe de negro por donde pasa, deja una estela de gas y de carbón a su paso, esta muerte no es bella y sí descarada, aprovecha que su paciente posa enterrado en el cautiverio de un socavón y lo abraza allí mismo, como en tumba colectiva. Pero como los vivos afuera de la caverna son tan tercos, a ellos no les gusta la tumba que la muerte eligió para enterrar a sus víctimas, por eso, unidos, unidas, en solidaridad conocida, se tornan a sacar sus cuerpos inertes para enterrarlos en otro aposento más limpio, más digno, menos oscuro, menos profundo; a solo dos metros para que no sea muy fuerte la ausencia.

Amagá carga el peso de la pobreza, de la corta expectativa de vida de sus héroes, del abandono en que permanecen muchas de sus viudas, del olvido de algunos gobernantes, de la impotencia de una vocación minera que no le genera riqueza. Este municipio desea ser mirado, tenido en cuenta; algunos de sus jóvenes le apuestan a la cultura pero sus sueños son capados por la poca confianza inversionista del presupuesto municipal.

Qué hacer con este municipio. ¿Convertir sus minas artesanales en museos de la tierra y del mineral y traer gentes aventureras a invertir?, ¿Hacerlo territorio para el deporte de terreno?, ¿ciclomontañismo, cross, fotoaventura?, ¿aprovechar el talento musical de sus habitantes?, ¿hacer corporación y maquila con sus tantos artesanos?, ¿proyectos fami-económicos con el talento de las viudas? Hay miles de cosas que se pueden crear, hacer, cumplir, solo se necesitan voluntad y creatividad.

Para ver más imágenes de Amagá…

Un bello colgandejo en Amagá

Aunque el ritual de tirar los zapatos a los cables de energía no ha dejado de celebrarse, y que cada vez hay más marcas de calzado colgando de cables de energía: desde los más humildes hasta los de abolengo de marca, desde los más desgastados hasta los que merecían media vida más en pies de algún indigente, engarzar todo tipo de objetos para acertar en los cables ha sido juego de entretenimiento, de competencias y de aciertos.

Ahora, en Amagá me encontré esta bella realización: un conjunto de tapas plásticas de gaseosa, asidas por un nylon que las atravesaba por un pequeño orificio hecho por un ingenioso ocupante del espacio lúdico que el tiempo le permitió; algunos observadores lo llamarían: desocupado.

Mi labor como observador de lo in-observado es observar y percibir lo que otros no miran o que se afanarían a calificar como necedad del ocio. El caso es que me gustó y aunque es una opinión personal, sezgada y parcial, mi invitación siempre es a encontrar tesoros de la estética, el color y el diseño en creaciones cotidianas y en rincones inesperados fuera de museos. Estas tapas, por ejemplo, rompen el arquetipo del zapato colgado para convertirse en un modelo que quiebra la continuidad de dicho ritual.

Amagá, de barro y de carbón

Algunas imágenes de la mirada de Adriana Quiroz, entre sus fotos están las obras de Hermes, artista de Amagá que comparte sus horas entre la carnicería Zeus y el solar de la casa donde queda el rincón de su trabajo con el barro.

Ver todas las fotos de Adriana Quiroz en Amagá.

Sudor y piel – TomaTodo en Amagá

El vestuario del minero es la piel, que con sudor en la superficie, cubre del frío y del abandono de la mirada de los otros. El ripio, el carbón, la tierra, el olor, el sudor, se pasean sobre el corazón abandonado del minero. Juntos, se internan en la selva profunda de las tinieblas, socavón maldito que se ha tragado a muchos. Justamente, después de llegar de TomaTodo, muere esta semana un minero cercano a la mina que visitamos, una peña se le vino encima estando adentro.

“No conozco más que esto”, recitan casi todos los mineros, “No me dí cuenta de lo que les pasó a los mineros de Chile”, confiesa Guillermo. “No sé qué más hacer”, dicen muchos. “Un familiar mío murió en una mina”, se escucha con frecuencia en el pueblo.

Por último, reza un Tip de ElColombiano.com:  “Mina de Angelópolis le robó el sueño de profesional a Guillermo”

Ir a Amagá con TomaTodo, era el intento por decirle a la comunidad virtual, a los lectores, al mundo, que existe un municipio con necesidades de empleo, diversión, lúdica, ocupación del tiempo libre, espacios urbanos: AMAGÁ, “Puerta del Suroeste”, una puerta en ciertos temas desportillada que necesita una gran reparación, sobre todo, en el alma herida de tantas personas que han dejado a sus muertos en las entrañas de la tierra, allí mismo donde vivían por horas sacando carbón.

En respeto y homenaje a los muertos de la tierra de Amagá.

Todos Ponen – TomaTodo en Amagá

Un éxito la Toma en Amagá el sábado 20 de noviembre de 2010. 35 participantes partieron desde Envigado hasta la vereda La Mina en el municipio de Amagá. Algunos, ingresaron a la mina La Hornilla, otros, se regaron por el terreno buscando imágenes que los obreros no entendían. “Pa’ qué me va a tomar una foto así tan feo”, increparon muchos mineros; no entendían que lo que buscamos es la naturalidad de la cotidianidad.

Para no hablar mucho, por lo menos hoy, el resto del mes les estaré compartiendo las imágenes de algunos que ya comenzaron a publicar el material en www.TOMATODO.net

Ver imágenes de:

  1. Adriana Quiroz
  2. Alejandro Henao Loaiza
  3. Alejandra Puerta
  4. Ana María
  5. Argenis
  6. Ariakas -Carlos Marín- (véalo también en Flickr)
  7. Carlos Esteban Orozco (Vea más material en su blog)
  8. Jonathan
  9. Juan José Ospina
  10. Sandra Milena Ramírez
  11. Sofía Ospina Ruiz (10 años de edad)
  12. Wilson
  13. Wilson Flórez
  14. Yuliana Betancur (véala también en Flickr…)

Amagá, vista por Argenis

Argenis, aficionada de la fotografía, interesada en la escritura narrativa y el periodismo, gusta la música reggae y rock de grupos locales. Vea más de su trabajo en http://www.flickr.com/photos/argenis231/

Amagá, vista por Alejandro Henao Loaiza

Participante de TomaTodo, en Amagá, suroeste antioqueño. Pueden ver más de su trabajo en http://www.flickr.com/photos/ahenaol

Dé click en las fotos para ampliarlas.

Semana de dolor en Amagá, Antioquia

Traigo nuevamente estas fotos de las obras en barro de Hermes Tangarife, carnicero y artista de Amagá, obras que estaban en proceso y que sirvieron para ilustrar una nota del artista.

Anoche estuve en Amagá acompañando a la familia de mi esposa que tuvo sus muertos en la Mina San Fernando. Tierra y fuego cegaron la vida de muchos, allá, en las tripas de la tierra. En las afueras de la funeraria decenas de personas esperaban noticia o la entrega de familiares que quedaron enterrados en la mina.

Anoche el municipio de Amagá tenía una regular calma, un silencio obligado y una espera tortuosa. Muchos lloraban, algunos dijeron “Esto parece una Semana Santa en Amagá”. Las calles callaban de luto y los carros de bomberos, policía y ambulancias subían y bajaban por sus agrietadas calles.

“Quedó todo reducido, parece un niño”, dijo una familiar de un minero muerto en la explosión. Las descripciones del trabajo de limpieza de los muertos eran narradas por quienes las observaban, pero que no vale narrarlas aquí.

Hace poco, Cecilia Arboleda ‘Chila’ le dijo a Estiven, de 22 años, que dejara de trabajar en la mina. Él le dijo que ese era su segundo hogar así la muerte lo cogiera allá, relata Ana Rita Arboleda, tia de Stiven.

Guardo silencio y respeto por las víctimas y los familiares que guardan luto o angustia a esta hora. Cada vez, la obra de HERMES TANGARIFE, se parecerá más a la realidad de dolor y pobreza que viven muchos de los que trabajan en las entrañas de la tierra y es innegable que este nuevo dolor, alimentará su obra artística con insumos de muerte.

Suicidio juvenil en Amagá

Cuando fui al municipio de Amagá a conocer más detalles sobre el suicidio de una joven de 15 años, llegué con varias versiones por confirmar: que cuatro amigas habían pactado suicidarse el jueves 16 de julio a las cuatro de la tarde; que la niña era de tendencia emosexual; que permanentemente invitaba a sus compañeras de colegio a terminar con sus vidas, entre otros comentarios. Al parecer, es más la cantidad de chismes y datos inciertos que delicadas verdades, sin embargo hago esta nota, porque me parece perentorio que las autoridades tomen medidas inmediatas en el asunto. No me gustan las noticias con un toque amarillista y sé que esta no lo es, es solo la preocupación por las juventudes de un municipio que no cuenta con muchos espacios públicos para el deporte, el arte y la recreación y los que hay no están siendo apropiados.

El caso es que ese 16 de julio y antes de las cuatro de la tarde, Rosa, una joven no mayor a 16 años, terminó con su vida ahorcándose en su propio cuarto.

Rosita, como le decían cariñosamente, sí era una joven depresiva como lo afirma una amiga de su madre -de quien omito su nombre- y por tanto, recibía el acompañamiento de un sicólogo -según dice ella-. De Rosa, eran conocidas sus repetidas amenazas por terminar con su vida y tal vez por eso, el día de su muerte, no le prestaron atención a sus amenazas, ni a sus cartas de despedida, ni a unos mensajes de texto enviados por celular.

Su muerte alertó a las demás madres, quienes a través de llamadas telefónicas, aconsejaban no perder de vista a cada una de sus hijas, pues, decían las malas lenguas, que varias de ellas se iban a suicidar de manera colectiva.

Ana María una compañera de colegio con quien Rosa compartió algún grado de amistad, extrañó y se entristeció por no haber recibido una carta de invitación de Rosita, pero después de enterarse del ahorcamiento, Ana María encontró dicha carta entre uno de sus cuadernos. La carta se trataba, al parecer, de una invitación a un entierro: el entierro de Rosa. Ana María recibió también, un mensaje de texto donde minutos antes, Rosita decía: YA ME VOY.

Rosita fue enterrada el 20 de julio, pero en el aire de Amagá y de sus instituciones educativas, aún se respira un aire de muerte –Rosita es hija de una profesora de la Escuela Pedro Claver en Minas- Aún hay jóvenes que amenazan con quitarse la vida –y la gente lo sabe- como lo hizo Cristina, otra joven que intentó suicidarse cortándose las venas el domingo 19 de julio y que hasta ayer 20, las versiones eran contrarias en si había muerto o no.

Como decía, la Parca quiere llevarse más jóvenes de este municipio y como lo dice Carlos Adiel Henao, rector de la Normal: este no es un problema nuevo, es algo que viene de atrás. La gente lo sabe y los comentarios continúan y no son pocs los jóvenes que han ido a parar al hospital por intento de suicidio

Quiero llamar la atención de las autoridades de la Secretaría de Educación o de la Seccional de Salud para que se tomen medidas de choque y de prevención del suicidio y porque mi blog, además de ser un espacio para la carajada, la academia y la risa, es un megáfono con responsabilidad social en esta red de amigos y lectores.

Acerca de la versión del suicidio colectivo, de mi parte no le pude dar toda la credibilidad.

En Amagá: mineros de barro y no solo de carbón

Amagá es bastante conocida por la producción de carbón mineral, también la conozco por sus sempiternos huecos y por sus trochas urbanas. Pero en sus entrañas también reposa el barro, elemento mismo de nuestra composición. Una de las casas de este municipio alberga a uno de esos artistas que trabajan en silencio, con la impotencia que le generade un colectivo que no apoya ni valora la cultura material.

Una de esas casas, como lo vengo diciendo, tiene un solar que esconde en su último rincón, un cuarto viejo que ha servido de taller, al artista del que vengo escribiendo: Hermes. Hermes Tangarife, carnicero de profesión -a regañadientes, después de dejar su propia taberna- y artista de permanente creación.

En ese cuarto de barro cocido y casi revocado con barro fresco, trabaja Hermes con su permanente tema: los mineros de Amagá. Mineros que han sembrado incluso su vida en las entrañas de la tierra. Aquí, unas imágenes de sus últimas creaciones en proceso de terminación y secado antes de la quema. Su obra se vende por si está interesado. Si conoce Amagá y quiere ver su material, pregunte por la carnicería de Conrado Tangarife.

Ver más acerca de este tema:

Una crónica de Alejandro Millán Valencia.

Este es mi recomendado: La crónica de Hermes, un amigo carnicero que entre corte y corte de Solomos y Morrillos, se dedica a masajear el barro para sacar unos rostros llenos de dolor: los mineros de Amagá.

Leer crónica…

Sonrisa Giocondana en Amagá

Esa sonrisa Monalisa, es una sonrisa temerosa de que no se cumpla la promesa del Gobernador de Antioquia de meterle la mano al municipio de Amagá, que la verdad sea dicha, anda caido y desarreglado (El municipio). Las vías, su parque y el fenómeno de hundimiento de la banca y el daño en las viviendas, además del cierre de algunas minas; tienen a este municipio al borde de algún colapso, para no hablar de sus nuevos problemas de violencia.

Pero demás que la mano se le meterá a este municipio y la alegría dejara de ser giocondana para ser libremente expresiva y jocosa cuando estrenen parque, plaza de mercado y pase de nuevo el ferrocarril y vuelvan el color y alegría de otros tiempos.

Chorizo y papa rellena, viandas que mis visitantes de otras tierras no pueden disfrutar… Para ustedes, esta foto y el antojo de su olor grasoso y picante. Bien puedan descarguen esta foto y pongan a curar el choricito, que con limón y arepita, una buena tarde de recuerdos disfrutarán.

Nota del 16 de mayo de 2011: Amagá ya tiene su parque.

Los hijos de la callle – Recuerdos de los juegos de antes

Lo más importante en este blog no es el contenido que traigo cada mañana, sino la interacción de esa red humana y real que se va entretejiendo, para hacer de esta plaza virtual, un espacio para el recuerdo y la conversación. Por eso, resalto los comentarios que hacen los lectores, pues aportan al conocimiento y la memoria. Los dejo con Mario de Jota Montoya Cortés, autor del libro, Los hijos del pueblo, quien nos deleita con sus memorias:

La evocación que haces, Carlos Mario, nos transporta a un pasado lleno de esplendor e inocencia, pues era la época en donde no existían juegos violentos como los de ahora. ¡Eran otros tiempos!

Eran los tiempos en que las niñas jugaban “Tun, tun”: se juntaban varias niñas a jugarlo y cada una en orden iba diciendo: “Tun… tun. ¿quién es? La vieja Inés. ¿Qué me traés? Un sapo podrido. ¡Bótelo por allá!”. “Tun… tun. ¿Quién es? La vieja Inés. ¿Qué me traés? Un ramo de flores. ¡Déjelo aquí!”. “Tun… tun. ¿Quién es? La vieja Inés. ¿Qué me traés? Una ollita de oro. ¡Descárguela con fundamento sin que se vaya a quebrar!”. Cuando creían, que se descargaba muy duro y se quebraba, le ponían una pena a la infractora. Jugaban, también “Gallina ciega”, Catapis, Chupaté, Escondidas, Papá y Mamá, entre muchos otros juegos.

El partido de manos era la “locura” de nuestra juventud: emocionante, vibrante, lleno de velocidad y agilidad. Con jugadores escurridizos como una serpiente y con quiebres de cintura desequilibrantes. El mejor de todos allá en el Amagá de otros tiempos: Gilberto Orozco ‘Orozquito’, Se conformaba con dos equipos de a cinco jugadores enfrentados en orillas opuestas; salía un jugador corriendo y otro contrario detrás de él, hasta tocarlo; y si lo hacía, gritaba: ¡Preso! y se lo llevaba detenido para su equipo hasta quedarse con la mayoría de los jugadores enemigos. En algunas ocasiones cuando al jugador que salía no era tocado, debido a su habilidad, llegaba hasta el equipo contrario y tocando a sus amigos, gritaba: ¡Libres! Cuando al más audaz, intrépido, hábil y escurridizo lo tomaban, todos sus compañeros se canjeaban por él, seguros de que posteriormente los libertaría, y ése era el único, el intocable: ‘Orozquito’.

Más verbos para tu blog, Carlos: en los trompos: milotes, arroyuelo y figuras. En las bolas: pipo y cuarta. Para este juego también existió el mejor de todos: Orlando Tangarife.

Hubo un cuento inventado por Norberto ‘El Negro’ Gallego, sobre el juego de bolas: “Cuando uno estaba jugando bolas decía: ¿De aquí? No, de más allá. ¿De aquí? No, de más allá. ¿De aquí? Sí, de ahí. Y mientras eso decía, iba agarrándose y corriéndose la parte de atrás de los pantalones porque los ribetes de la costura parecerían lomos de iguana, ásperos o cagaos, pues casi ninguno se ponía calzoncillos”.

Tiempo en que se jugaba “chucha”; o chicaneando con los bolsillos abultados llenos de cajetillas de cigarrillos Pielroja, dobladas por el ribete rojo. A las montadas, a la rueda, rueda; carros de madera con balineras; rueda de caucho que conducíamos velozmente con un palo que servía de freno, acelerador y clutch a la vez. Pisingaña (telaraña, jugaremos a la araña); machuque, pares y nones, camay, la sortijita, pelota envenenada, gallina ciega, palmo, encostalados, varas de premios, muchicalengue, pirinola, todos ponen, zancos, yoyo, y decenas de juegos más.

El camay, consistía en irnos para la manga de Cristo Rey (Amagá), de Pascual Correa, a jugar pistoleros (El arma era el índice extendido) y en sus yerbales, que eran muy altos, hacíamos cavernas o cuevas y ahí nos escondíamos para que no nos vieran o para salir detrás del otro a agarrarlo, mostrándole la “pistola”, susurrando duro e imitando los sonidos de los disparos: ¡Pich!, ¡ptsssst!, ¡pumm! A lo cual debía fingir y caer muerto. ¡Grandes épocas!

Extractos de mi libro: LOS HIJOS DEL PUEBLO, páginas 305 y 306

Bienaventurados los hombres del campo, porque de ellos es la verdadera riqueza

Amanece en el campo y el aire huele a leñas de la vereda, que se queman para calentar el primer rito de la mañana. Una aguapanela se va calentando en ese fogón montañero y prepara su calor para recibir unas cuantas cucharadas de café, recién molido y tostado en la tarde anterior. La matrona le pone la tapa a la olla y espera diez minutos. Al fondo de esta imagen, suena un viejo radiecito al que le adaptaron un regulador de voltaje porque las pilas poco se usan por estos lares, solo para la linterna de las miedosas que no confían en la luna y ven culebras en todas partes. Suenan unos tiples rascados por manos expertas valorados más en Europa que en las propias tierras ¡Juventud ignorante!

La olla con el precioso despertador es destapada y humean los aromas de Colombia: caña, panela y dulce; porque somos empalagosos en estas tierras donde el sol abraza completo. La doña sirve los primeros tragos y llama a la tropa familiar para que se acerquen al mejor lugar de la casa, el de la alquimia, donde se transforman los alimentos y el ser, de donde el inconsciente toma elementos para luego llevarlos a los sueños y hablar así con el ser profundo.

Abajo suena la quebrada; una gallina cacaraquea tímidamente y el gallo bate sus alas pero esta vez no canta. Los hermanos se saludan; el viejo llega de mover la tierra, quién lo creyera, pero ya tiene dos horas de trabajo y aún no desayuna, pues, a eso vino. El radio deja salir el sonido de unos tiples y un chotis le da orden a esas notas ¡Acá, gracias al Creador, no han llegado los ruidos de la urbe con sus músicas populares y esos tales reguetones!

La familia está sentada sorbiendo los primeros tragos de la mañana, entiéndase para los que ignoran, que los tragos son el ritual mañanero de tomar café; nada tiene que ver el verbo con el licor de las noches. Sorben, mientras otro olor comienza a mezclarse con el de la leña; es el del maíz que se tuesta en varias arepas sobre el fogón; la doña las voltea como sabiendo el momento de cada una. A los olores ya citados les llega otro acompañante: el hogao montañero de tomates recién desgajados y una cebolla junca arrancada no hace más de media hora. Unos huevos -¿adivinen de dónde?- son rotos en la paila y su yema revela que no son de esos que venden en mercados de ciudad, ¡no! Estos son huevos de verdad, anaranjados, que aquí no saben qué es un huevo de yema amarilla, aquí las gallinas se comen el maíz que les tiran y las lombrices que les da por asomarse a ver la luz y que encontraron fue el pico curioso de estos benditos animales.

¡En fin! Suena El Cafetero, en la radio y el desayuno fue devorado por estos comensales bienaventurados. Cada uno sabe su tarea: los unos a tender las camas; otras, a barrer con escoba de matas de maleza; los pequeños a jugar con las tapas de gaseosa de la tienda propia, así, sin bañarse; hasta que les llegue el regaño y los empujen con la misma escoba ¡que solteros de seguro no quedarán!

¡El campo! Bienaventurados los hombres del campo, porque de ellos es la verdadera riqueza.

Pequeños detalles con fragancia a caramelo

Por Andrés Ruiz*

El martes, 9 de julio, caminaba hacia el laboratorio de catación de café en el Sena, de La Salada, en Caldas; una caminada acostumbrada rumbo a mi lugar de trabajo, y es increíble cómo la monotonía propia de la cotidianidad nos impide notar pequeños detalles que, en otros contextos serían obras de arte. De hecho, este blog en su génesis tiene imágenes e historias que lo testifican.

En ese recorrido, un suceso llamó mi atención: un maravilloso olor; un sutil y delicado olor a caramelo. Casualmente, esa misma semana había evaluado el café de Alejandro Correa, un aprendiz del Sena y, en dicho ejercicio, quienes evaluábamos coincidimos en describir una nota marcada a caramelo en fragancia (Café en seco).

Es posible que esa evaluación del café de ‘Alejo’, con ese perfil acaramelado, me llevara a estar más atento a percibir esta fragancia en el aire y, por tanto, a cambiar la acostumbrada ruta hacia mi lugar de trabajo. Este desvió me llevó al taller de panificación, donde Tatiana Mendoza, una aprendiz de Procesamiento de Alimentos, estaba entrenando para un concurso de pastelería llamado World Skills. El resultado de su trabajo nos sorprendió a los presentes, pues, una niña de 17 años, estaba haciendo una hermosa figura en caramelo con sus manos: manipulaba un producto fundido a 121 °C y lo moldeaba sin ningún tipo de molde o ayuda tecnológica. La foto evidencia mis palabras, y aunque Tatiana no autorizó publicar su imagen, considero que este tipo de cosas y de personas merecen ser destacadas.

En muchos cafés de Antioquia se puede identificar ese olor a panela  y dulce carameloso. Revisando en nuestros registros (Sena), encontré coincidencias en muestras de café provenientes de Caicedo, Ituango y en uno de los lotes del café de Alejandro Correa (Amagá), que sale bajo la marca: Almendra Selecta.

¿Cuántos cafés con atributos excepcionales habremos dejado pasar de largo?

¡Recuerden por acá estamos a la orden!

*Andrés Felipe Ruiz Márquez, Ingeniero Agroindustrial de la UPB, Licenced Q GRADER (Catador), Instructor de Baristas.

Para “ventiarse” tomando café

Daniel Villarreal, fiel lector de este rincón de letras, me envía una foto para compartir con los lectores. Solo me dijo que la tomó desde el Ventiadero, en Amagá; pero con semejante paisaje, le pregunté más datos del valle al fondo. Al no tener datos exactos, le reenvié la foto a José Fernando Montoya ortega, amigo y caficultor en Pueblito de San José (Amagá) y esta fue la respuesta recibida; más que respuesta parece un peritaje:

“Con relación a la fotografía: ha sido tomada desde el paraje Ventiadero, de la vereda Yarumal de Amagá, en el flanco oriental, lindando con el municipio de Caldas. Al fondo se observa Cerro Bravo, tutelar de Fredonia, y hacia la izquierda se observa el cerro de Combia. Entre el lugar de observación y Cerro Bravo, corre la quebrada Sinifaná, y a ella desemboca la quebrada Piedra Verde, ellas nacen en el  flanco occidental del Alto de Minas. Por extensión podría afirmarse que la zona en referencia, hace parte de la cuenca de la quebrada Sinifaná.

¡Excelente!

¿Quién tiene fotos propias de paisajes cafeteros para que compartan?

‘Dorita’, la niña del aseo que quiere ser barista

“Mi nombre es Dora Jiménez Marín, soy del municipio de Amagá y vengo a presentarles un café de Santa Bárbara, con notas muy acarameladas, sabor a chocolate negro con una alta acidez”. Así presenta ‘Dorita’, el café que se alista a preparar ante los jueces que la calificarán. Da la espalda y se dispone a preparar las bebidas. Al fondo, se escucha el molino y el agua saliendo de la máquina a 15 bares de presión. Prepara cuatro tazas para igual número de jueces y los sirve, incluso, con errores que le valdrían su desclasificación.

‘Dorita’, como la llaman en el laboratorio, no es una barista en pleno concurso internacional y ni siquiera está inscrita en el programa educativo que forma a los expertos en café; ella tiene 29 años y es la encargada del aseo y de los tintos en algunos bloques del Centro de Recursos Naturales Renovables La Salada, del Sena, en el municipio de Caldas. Los jueces, son estudiantes e instructores que simulan serlo, como preparación al próximo concurso interno.

Esta pequeña mujer emula la experiencia del expresidente Marco Fidel Suárez, de quien se dice –sea mito o verdad- que escuchaba las clases desde una ventana de la escuela dada la condición económica de su hogar. Hace algún tiempo, Dora, desarrollaba su labor rápida y cumplidamente, para detenerse y escuchar desde las ventanas al instructor que enseñaba detalles novedosos e interesantes. Luego, tomaba algún papel disponible y tomaba nota de lo que merecía repasarse luego.

Camilo Cuervo Vallejo, es instructor de barismo, pero en sus días de practicante vio el interés de Dora en aprender del tema y le propuso llegar antes de su actividad laboral para enseñarle todo lo que él sabía acerca del café; Dora aceptó y desde aquel momento madruga y llega con dos horas de anticipación, escucha, aprende, toma nota y practica; muele, aprieta, prende máquinas y prepara espressos, bota los ripios y repite el ciclo en un devenir de pasión de la mano de sus mentores. Al principio los nervios y el pánico escénico en clase la dominaban, pero sus instructores la condicionaron a que si volvía a decir “No puedo”, terminaría su proceso y no podría volver al laboratorio como aprendiz; condición que ha cumplido hasta hoy, exceptuando algunas muecas cuando las cosas no le salen bien.

Es tan evidente el ánimo de esta mujer por salir adelante, que algunas de sus amigas le preguntan cómo hace para ser madre, trabajar, estudiar y seguir ese ritmo de vida; ya que la ven “barriendo  allí, trapeando allá, brincando aquí y haciendo café por allá”. Asesora a sus compañeras de trabajo para que mejoren el manejo de la greca y a no hacer café para más de una hora: “Yo les he dicho cómo mejorar su sabor y qué prácticas no hacer”, dice Dora Jiménez, quien ha recibido comentarios de que el café de la institución ha mejorado. “En mi trabajo no tengo que manejar grecas, pero cuando hay eventos del Sena y no hay practicantes del laboratorio de café, me llaman para sea su representante”, detalla Dora, escoba en mano.

“Ella es la de los tintos*, solo que con mucha clase; les habla del origen, sabor y acidez”, apunta Andrés Ruiz, instructor del laboratorio y uno de sus mentores. Cuenta Dora, con orgullo: “Hace poco hubo una reunión internacional y fui quien los atendió: preparé las bebidas en las máquinas del laboratorio y las llevé en termos; serví y, sin que me lo pidieran, les hice una breve presentación del café que iban a consumir”; detalla que en aquella reunión un señor de Costa Rica se le acercó y le preguntó asombrado: “¿Usted es la niña del aseo?… pues la felicitó por esa presentación y por su actitud ante el trabajo”.

Dora o ‘Con-dorita’, como le dicen a veces sus “compañeros”, comienza su día a las cuatro de la mañana cuando se levanta para los oficios normales y para despachar a sus dos hijos de tres y ocho años de edad. Llega a la institución desde las siete para practicar y a las nueve comienza su jornada laboral hasta por la tarde, cuando regresa a su casa en el municipio de Caldas para seguir las labores de madre y del hogar “funcionando”, como dice ella, hasta las 12 de la noche. El padre de sus hijos, su ex esposo, la admira por su gran tesón, por criar a sus hijos con responsabilidad, por estudiar y por destacarse en su trabajo.

Ella se siente orgullosa de su vida y de su trabajo y no le da pena responderle a quien le pregunte, que ella “estudia” y trabaja barriendo y trapeando; pero también confiesa su anhelo de salir adelante: “Aunque siempre he estado agradecida por el trabajo que me ha sacado adelante, qué bueno sería salir y dejar de barrer. Me imagino como barista haciendo café en una gran empresa ¡me veo en esas ya!”, anota ‘Dorita’, como atrapando su sueño en el aire. Dentro de poco su contrato con una empresa temporal terminará y ella aspira hacer parte de un equipo humano que crea en ella. “Ahí estoy a la orden”, finaliza.

*Tinto: taza de café.
Barista: profesional experto en la preparación de bebidas de café.

Una mañana de florescencia en Pueblito de San José

Voy detrás de la mula que lleva a mi hijo por el camino de un cafetal en la vereda Pueblito de San José, en Amagá; el olor que percibo me recuerda un pasaje de mi niñez cuando, de tres años, me llevaron a Venecia y vi, por vez primera, café pergamino secándose al sol. Si me pidieran extraer el perfume del campo que estoy percibiendo, le sacaría la fragancia al fique de varios costales, a la montura sobre la que se sienta Jacobo, mi hijo; tomaría unas gotas de sudor de la mula y usaría mucho cisco del pergamino del café; mezclaría y embotellaría ese olor a campo cafetero. Para darle unas notas femeninas a ese perfume, recorrería, con una bolsa, estos caminos de mula que estoy caminando y capturaría la fragancia a jazmín que está suspendida en el aire, ya que los cafetales de esta zona están en florescencia y ese aroma está subiendo lentamente por la loma que lleva a la casa donde me alojo con mi familia.

El silencio que se vive, es silencio de campo; lo rompe un canto de gallo que, por lo que calculo, está a dos kilómetros a tiro de ojo, pero que si dicho canto quisiera venirse por la trocha terrestre disponible, demoraría, mínimo, dos horas. Aquel silencio lo rompe, también, los cascos de la bestia que chocan contra las piedras y resbalan de vez en cuando. Un grito: “Mulaaa, mulaaa”, seco y enérgico, del dueño del semoviente, quiebra la quietud de sonidos de la mañana lenta.

Subimos, llegamos y para el descanso, el dueño: José Fernando Montoya, Caballero de Antioquia, me pide un café, y el método elegido es el Syphon, algo parecido a una clase de química que no abordaré en esta entrada, pues se me escaparía la fragancia que tengo capturada en mi mente: la del cisco, la del pergamino, la de la flor del café, la de la mula, la de la vida, ésta última imperceptible.

El Sena, un laboratorio que forma expertos

Luego de que la trilla le quitara su último ropaje, estas almendras esperan ser evaluadas antes de que la tostión insufle vigor y acidez en ellas. Sucede en el Sena, Centro de los Recursos Naturales Renovables La Salada; donde un conjunto de técnicos baristas esperan graduarse para mejorar sus prácticas de cultivo y preparación.

Allí todo se comporta como un centro de investigación: uniformes con impecable presencia, cuadernos para la toma de datos, cronómetros para medir las instancias y un lenguaje técnico y especializado compartido entre todos. Allí todo es milimétrico, la medida de un grano, el peso de un solo grano puede ser la clave para el éxito del cálculo; la evaporación, la pérdida de humedad. Se miden visualmente las características, la fragancia, el sabor. Y todo, todo vale, todo dice algo, todo sirve para algo: tener un mejor grano, un mejor perfil; una mejor taza.

Andrés Ruiz Márquez, es uno de los instructores que hacen posible que los sueños de cada uno de los aspirantes se haga realidad. Andrés conoce y está entrenado para transmitir el conocimiento de cada paso de la cadena productiva del café. Andrés forma a los nuevos técnicos baristas, tecnólogos en calidad de alimentos, tecnólogos en procesamiento de alimentos y especialistas técnicos en evaluación de la calidad sensorial del café y los forma en un ambiente apropiado para el tema: la Sede de “La Salada”, del Sena, en la vía al Suroeste.

Este grupo ya no necesita descansos entre clase para tomarse un café en la tienda de la institución, ellos preparan su bebida con mayor exigencia, de granos que llevan de sus propias tierras, Santa Bárbara, Amagá, Bello, etc.  estudian para mejorar sus prácticas de cultivo y poder así, obtener mejores ganancias por carga.

¿Saben ustedes qué café toman los campesinos que cultivan el café?

Centro de los Recursos Naturales Renovables La Salada
Kilómetro 6, vía La Pintada, municipio de Caldas (Antioquia)
Teléfonos: (4) 2780480 – 2785747 – 2785787 – 3032967 – 2784225 – 2786769 – 2788486.
Horario de atención al público: lunes a viernes 7:00 a.m a 6:00 p.m.

Beneficios de una tarde cafetera

Interacción. Daniel Villarreal, amante del vino y la cocina, y recién apasionado del café; nos comparte la sensación de una tarde de recogida en la zona rural de Amagá, vereda Pueblito de San José.

“Te comparto imágenes de la grata visita a la finca de José Fernando Montoya, en Amagá, ubicada en las montañas del suroeste antioqueño, un espacio rodeado de un espectacular paisaje; sin dejar de lado los aromas que nuestro delicioso café colombiano nos regala en esta hermosa región.

Llegamos a caballo y nos recibieron estas hermosas mulas cargadas con aproximadament 160 kilos de café recogido en el día, el sol de este verano nos dejó disfrutar, al aire libre, un delicioso fiambre acompañado de limonada con panela.

Qué bonito ver como descargan en el beneficiadero el café recogido del día. Nos dimos cuenta que todos tienen su recompensa: las mulas su comida y agua merecida; nosotros, después de almorzar, empezamos a sentir el olor del café que se tostaba en una paila en fogón de gas, moviendo el grano con cucharas de palo. Llegó el momento que esperábamos, el café servido en taza de cerámica blanca con flores, con su delicioso aroma y sabores frutales sobre todo del banano que le da sombra a los cafetos.

Qué rico que entre todos los que nos gusta el café podamos motivar a los cultivadores a que se tomen el café que cultivan, muchos de ellos solo tienen la rutina de sembrar, procesar y vender. Estoy seguro que si lo prueban la historia empieza a cambiar”. Daniel Villarreal.

Una carambola de mañana

El hombre calcula la jugada, inclina su pecho cerca a la banda. une dos bolas con la mirada; amaga el golpe, duda y se arrepiente; toma otra posición menos inclinada y hace “tresbandas” con la mirada antes de golpear la blanca de punto negro y golpea sin más duda. ¡Hubiera sido mejor haberla golpeado en la primera, porque en este golpe no fue! El hombre pinta con tiza la punta de su taco y sorbe dos veces su café antes de la siguiente jugada. Es que a las ocho de la mañana, en pueblo cafetero, también se puede jugar un chico.

De las piedras que ya no son piedras

Está presente en muchas casas y pasa desapercibida; es inanimada pero depositamos en ella valores sentimentales; no es preciosa pero tiene más brillo que sus semejantes: la piedra de trancar la puerta ha trascendido el concepto mineral para venir a significar un enser más de la casa con trascendencia generacional.

Día festivo y el ritual de la familia era hacer el llamado paseo de olla. El lugar sería el de siempre: los charcos de Porce; la comida, igual: sancocho de hueso; el transporte: un ‘Renol 4’ –por eso no se preocupe que ahí cabemos todos-. Una vez allí el goce es como el de cientos de familias con el mismo ritual de hacerle honores a la olla y al cocinar en leña. Baño, cerveza, sol, pecas, blancuras y río, mucho río, o quebrada más bien. En ella, yace Yolanda temerosa de meterse más adentro, pues, en sus palabras “El río es traicionero”. Cerca a la orilla y con el agua en las rodillas se dedica a mojarse el resto del cuerpo. Con un paso mal dado se resbala y saca la piedra culpable de la caída: redonda, pulida y diferente a las demás; ha dejado de ser simple piedra y comienza a ser objeto de un leve deseo. Al mostrársela al resto de la “patota”, todos asienten y aprueban la idea de Yolanda de llevarla a la casa. Una vez allí, la piedra fue ubicada en el suelo para cuñar la puerta que, a diario en las tardes, mantiene abierta. Del paseo han corrido 52 años y la piedra, aunque a veces inadvertida, ha sido trasteada en tres ocasiones y, según los colores que se le alcanzan a percibir, ha sido pintada en varias oportunidades con el mismo color con que han pintado los zócalos de la casa.

El tema se repite en muchos hogares de Colombia. Cambia el río, el destino del paseo o el tipo de roca; pero muchas piedras han dejado de ser simple substancia mineral para convertirse en un objeto con más valor y apreciado por la familia. Para corroborar esta tesis, basta preguntarle a los dueños de las piedras cuántos años tienen de estar prestando la función de tranca y comienzan los años a saltar por decenas hasta encontrarse con rocas de medio siglo y más. La misma pregunta podría hacerse para la piedra de machacar la carne y el patacón, obteniendo, incluso, datos más detallados del porqué fue elegida para tal función.

María Eugenia Ramírez, funcionaria de la Escuela de Idiomas de la Universidad de Antioquia relata que la piedra que tranca la puerta de su oficina puede tener más de 14 años, ya que cuando llegó a ocupar su oficina estaba allí e incluye que la señora del aseo siempre la limpia cuando está trapeando. Aunque las trancas no son siempre piedras: en el tercer piso del edificio administrativo de esta universidad, una reproducción: Fuente Ceremonial, del artista Germán Botero Giraldo, es la obra que le impide a la puerta moverse ante la imposibilidad que tiene la cuña de la puerta de cumplir dicha misión. En otras oficinas de este edificio administrativo se observan: una plancha antigua, materos, una piedra blanca, entre otros.

En Amagá, Marina López, narra que dos de las cuatro piedras de la casa tienen más de 46 años, que son los años de estar viviendo allí, cerca del parque, más algunos años de su residencia anterior. Una de las piedras, harto redondas, está pintada de ocre; pero una escalografía hecha con la uña revela un azul anterior, colores con que se han pintado los zócalos. Este hecho de pintar la piedra le da un significado a la misma, lejano de su contexto mineral, para ser un elemento re-cogido y re-significado.

Los ejemplos son muchos y muchos son los tipos de piedras u objetos que sirven de cuña a las puertas, lo que invita a reflexionar en el tema de la seguridad, pues es en las casas donde se acostumbra este uso, ya que generalmente en apartamentos de unidades cerradas y en edificios no se deja la puerta principal abierta. Quienes gozan del ritual de mantenerla abierta son los habitantes de casas que pueden ver el sol en sus tardes, que saludan al que camina; allí, en estas casas son propicias las piedras y los objetos para que la puerta no le cierre la entrada al aire. Múltiples objetos, entonces, son pertinentes para cuñar: un caracol que alguien trajo de algún paseo o, específicamente, de San Andrés, como lo hay en el bloque 22 de la Universidad de Antioquia; una botella de Menta Colombia pintada de blanco; un retal de madera de una marquetería y una máquina de coser en Támesis, una piedra del color de la puerta en Barichara, Santander; un gato de plástico que ha sido llenado con arena como lastre, en la Comuna 13 de Medellín. Pero si se hiciera inventario saldrían a decir “presente” muchos dueños e inquilinos para elaborar una retahíla de piedras, objetos y “cosas” al lado de una secuencia de años de existencia y valoración que relatarían anécdotas recuperadas de la memoria familiar.

Es pues, la piedra como elemento básico de tecnología en tiempos digitales. Es el objeto que ha sido re-contextualizado para aplicar sobre él nuevos significados. Es la valoración de lo útil por encima de lo comercial. Es el contacto con lo básico, mineral y primitivo. Es el anhelo de mantener la puerta abierta en tiempos violentos, para así acercarnos a nuestro pasado rural con vista al horizonte lejano lleno de verdes y de paz.

Interactividad
Para trancar la puerta o machacar la carne ¿Cuántos años tiene la suya?

Un libro extraño y valioso: Lucila González de Chaves

Por Alberto Mejía Vélez

Carlos, el siguiente, es un texto que encontró mi hijo Luis Fernando. Quiero que lo conozcas. Tú libro ha puesto a pensar a más de uno; entre esos, me encuentro. Tomado del blog de doña Lucila González de Chaves.

Un libro extraño y valioso:
“EL COLECCIONISTA DE CARTAS”
(Cartas de amor y otros temas, recogidas por la calle”)
Autor: Carlos Mario Múnera (Un colombiano periodista, docente y escritor)
———————-
Este libro es como “un concieto a cuatro manos”: de un lado, las cartas recogidas en diferentes lugares de Medellín, y de otro, los comentarios, análisis y aclaraciones del autor.
Una abuela induce a un niño a recoger del piso y a guardar cuantas cosas encuentran a su paso, durante sus largas caminatas. Ese niño recaudador de “cosas” es hoy un recolector y coleccionador de cartas, CARLOS MARIO MÚNERA, autor del extraño y valioso libro al que nos referimos.
Se trata de papelitos partidos, arrugados y recogidos aquí y allá y que el autor reproduce fielmente y, por lo tanto, conservan las peculiares formas ortográficas,  sintácticas y terminológicas. En muchas de esas cartas faltan partecitas que, en su recolección, el autor no pudo encontrar.
Esos retazos de “cartas plebeyas” llevan al autor a afirmar que: “Hoy medito en los amores populares y compruebo  que todos somos iguales, que la asfixia de muchos es la misma, que todos los corazones tiñen hojas y hojas de pasión. (…) El corazón estalla sincero sin que le mortifique una tilde o la V por B; el corazón no sabe de zetas, ni le teme a las curvas de la ese: el corazón se equivoca solo por dentro”.  P. 16
“Esta urbe que habito es una amalgama de manifestaciones estéticas y discursos coloridos en las bancas de los parques, (…). Es la ciudad de trabajadoras hormigas  de salario mínimo, es la grosera y opulenta que ignora la vida más allá de sus verdes murallas, es ella, somos todos. Nacidos de entrañas y de sangre indefensas, mellizos todos. (…)”.  Pp. 39, 40
¿Cómo reconstruye el autor las notas que va encontrando, partidas siempre y, a veces, en cincuenta y tres o más pedacitos? Él nos lo explica: “Pinzas, pegamento, lupa, un punzón, tapas de gaseosa y una tabla de base son las herramientas que tengo destinadas para mi labor (…)”. P. 56
Y el más grande reto: reconstruir una carta partida en ¡ochenta y dos! fragmentos recogidos en Bello (Ant.) y que empieza diciendo: “Mi amor, Te extraño. Estoy muy triste (…)”.
A propósito, invito a mis lectores a reflexionar sobre esta afirmación del autor del libro, consignada en la p. 82: “(…) si el destinatario rompe la carta, ese acto puede hablar de su locura furiosa, de su negligencia por la escritura, de su crueldad con el ser amado (…). Si la arruga, quiere decir que no le presta importancia, su arrogancia o descaro lo declara inocente. Si la bota al suelo, sin duda alguna es desprecio, tal vez ultraje. Si la carta es rota en cientos de pedacitos entonces allí hay amor, desde luego ofendido, lo hay sin equívocos, aún respira, aunque sea por la herida; pero también hay rencor, deseos de venganza, que es la forma más violenta y última del amor”.
¿Por  qué recoge los fragmentos de cartas? Leamos ese porqué: “Yo recojo… esas cartas del suelo (…) y las preservo para que la posteridad conozca y juzgue la actuación de otros corazones; las exhibo aquí (en su libro) para que otros sean testigos conmigo de los atardeceres del corazón en la vida de los demás (…)”.  P.  108
Al darnos la bienvenida a “esta antología de historias rotas”, el autor nos invita también a asomarnos al corazón de otros que palpitan en ritmos diferentes” y esas palpitaciones expresadas en las reconstruidas cartas, de las cuales transcribo partes, son de:
Amor:
“Quiero decirte tantas cosas que difícil me sale la primera .Quiero contarle cuanto siento su presencia y cuan quisiera que permaneciera compartiendo mis espacios….”. (Recogida en la estación del Metro, Madera). P.  11
“Amor me ha traicionado el corazón, Perdóname, Yo crei que en esta terrible lucha entre mi orgullo y el amor que siento por ti triunfaría el  orgullo. Me he engañado…” (Recogida en Bello).  P. 18
Desencanto:
Mi traición escribo  esto porque tengo rabia y mucho dolor en mi corazón gongora el que ama con el corazon ayer después de que yo me jui para la sede…”  p.  26
Amistad:
“hola ¿como estas? Espero qué bien Meli quiero que seas mi amiga y si pasamos a 5º jutas en el mismo salón…”  p. 28
Ira y despecho:
“querido y estimado amigo mio espero te encuentres bien… tu tienes muchos ostaculos para estar conmigo tu crees que esta bien hecho lo que me hiciste dejarme esperando el sábado bestida y alborotada…”  p. 30
Reclamos severos:
“esta es con el fin de ponerle final a este problema es para comunicarte…. Es que yo observo que tu como profesor nos has dado mucha larga y has sido muy condisendiente con nosotros los indisiplinados…” (recogida en Amagá) p. 42
Gracias y adiós:
Gracias por permitirme haver estado a tu lado todo este tiempo, por dejarme tantas enseñanzas que poco a poco he ido aplicando en esta absurda cohexistencia…”  (Recogida en Las Cabañitas). P. 43
¡La verdad!
“Ovidio: nunca había conocido a un hombre tan mentiroso como usted que vive muy mal con Martha y duerme en la misma habitación con ella… es muy bueno uno darse cuenta de las cosas por eso no vuelvo a confiar en usted yo me pregunto que estoy haciendo con usted…” (Recogida en Las Cabañitas). P. 45
Regalo de amor y amistad:
Hoy estoy muy pobre con cariño tu amigo secreto”.  P. 53

Y en la página 127, el autor sintetiza así una grave situación:
“Sexo y drogas son el denominador común en algunas notas recogidas en las afueras de los colegios o universidades; diálogos a manera de chats no virtuales; hojas de cuaderno que van pasando de mano en mano entre los participantes de estos coloquios juveniles, conversaciones secretas a espaldas de maestros inocentes, o quizás conscientes de la situación pero atados de manos en su proceder ante la agilidad felina de los jóvenes de hoy día para escabullir esos materiales comprometedores”.
Lucila González de Chaves
Junio de 2012

Recuerdos de la ‘Señorita’ Luz, maestra jubilada

Aquí van cuatro recuerdos, pero si usted se pone a conversar con ella, se queda todo el día coleccionando historias. Relatos de Luz Tangarife, maestra jubilada de Amagá.

1.

Luz, acostumbraba a pararse como se paran las muñequitas de ballet, aunque su estatura no es la apropiada para esta disciplina. Maestra del magisterio antioqueño, Luz se paraba con la mano izquierda en la cintura, pero con los dedos apuntando hacia afuera, es decir, más elegante aún. Un alumno de su clase, allá en el 67, quedó perplejo ante el gran parecido que tenía la “Señorita Luz”, con una muñequita propiedad de su mamá. Esa semana, el niño el repetía insistentemente que eran “igualiticas”; hasta que cierto día, martes o jueves, pudo ser cualquiera, el niño se le acercó a la “Seño” con un regalo: la muñequita de la mamá, traída y autorizada como premio ante tal semejanza. Luz, conserva hoy el regalo de este pequeñuelo que hasta cuarentón será hoy día.

2.

Algún día, otro pequeño de la clase le hizo un regalo a Luz Tangarife, maestra de la Institución Educativa Pedro Estrada, se trataba de un labial usado de un rojo estridente. El niño insistía en que la “Seño” se aplicara el labial: “Profe, écheselo pues”. Luz, cogió el “zoquito” de labial usado y ante la insistencia del pequeño aprendiz, se lo aplicó como acostumbran las mujeres: labio inferior y un beso que parece amasada labial. Al salir a recorrer los pasillos de la Institución, Luz fue abordada por sus compañeras de labor y exhortada a quitarse semejante pinta de labio, que más que parecer mujer vanidosa, reflejaba el ser de otro oficio: “quitate eso querida que parecés una puta con ese color”.

3.

“Para los niños de aquella época, la maestra era algo sagrado, y en el Día del Maestro uno llegaba a la casa pero con bolsadas de regalos”, relata Luz, evocando a su Amagá del alma. Algún día fue sorprendida por un regalo en particular, al llegar a casa y desempacar, se encontró con un casete de música infantil, uno para niñas, según la apariencia externa; un casete rosado, empantanado y sin cinta qué escuchar”. No eran maldades que le hacían a Luz, eran regalos de verdad entregados por niños de primero de primaria. Ellos, en su inocencia entregaban lo que para ellos representaba alguna dádiva sentida.

4.

Al llegar a las siete de la mañana a trabajar, Luz fue abordada por un niño de cinco años, estudiante de preescolar e hijo de una de las cocineras del restaurante escolar. Al abordarla, el niño le pregunta: “Profe, ¿a usted le gusta el huevo cocinado?”, “Me encanta, mijo, me fascina”. Pocos minutos después, una vez instalados en clase, el niño se le acerca y le dice a la Profe: “Abra la mano”. Extendida la mano, un huevo cocido, sin cáscara y con la esfera destruida fue sacado del bolsillo derecho del pequeño bluyín y le fue entregado a Luz como un detalle de cariño.

Hay mucha gente que con poco es feliz

Hay gente cuya casa no está revocada, que compran fiado el pan de cada día. Hay gente con pena de ir a la tienda porque la deuda está a punto de estallar. Hay tenderos con una cartera millonaria. Hay familias que solo comen lo que les fían en la esquina. Hay tenderos que no saben como más cobrar. Hay familias que comen arroz… solo arroz. Hay tenderos que se quedan con las devueltas. Hay familias que están unidas… por la preocupación.

Hay casas con goteras, paredes con números de teléfono anotados, pisos de cemento, ventanas abiertas… sin marco y con cortinas de bolsa. Hay puertas abiertas… poco hay para robar. Hay cocinas sin poyos, ollas reparchadas, tasas despicadas, cubiertos de colección variada; todos, para servirle con amor.

Hay gente con pocos trapos como ropa, un par de zapatos para rotar en semana, un uniforme para lavar diario, un colchón para dormir cuatro, un radio como televisor, una paila en la que se hace todo, una aguapanela para celebrar, una cobija retaceada.

Hay gente que a eso no le para bolas y es feliz. Otros, viven resentidos por tal inequidad. Hay muchos, con mucho, que no saben de la existencia de personas en estas condiciones, creen que es ficción, cuentos de la televisión.

Solo quería recordarles…

“Tengo amores con Fabiola, con Teresa y con Raquel”, Leonel Ospina

Criado como fui, a la escucha de Cómo amaneció Medellín, Buenos días Antioquia, programas radiales llenos de costumbrismo narrativo y música guasca y montañera, es una alegría presentar un extracto del libro “Los Hijos del Pueblo, Amagá… ¡Un paseo por el cielo!”, de Mario de J. Montoya Cortés, que recopila la memoria del municipio de Amagá, de una manera personal. Se trata de un texto de 372 páginas con amplia información del municipio, producto de una investigación de tres años y un trabajo de observación y escucha de toda una vida. Del libro hablaremos en una próxima oportunidad, para dejarles la historia de Leonel Ospina, cantautor de música popular. Una excelente oportunidad para preservar la memoria rural de Colombia.

Leonel Ospina. Por: Mario de J. Montoya Cortés.
Foto facilitada por el club de fotografía el Poncherazo, de Amagá.

Fue para Antioquia lo que Guillermo Buitrago para toda la costa y ambos para Colombia: los más grandes, mejores y célebres cantores de música decembrina y parrandera, cuyas canciones sonarán eternamente. Leonel, uno de los más virtuosos para rasguear una guitarra, tuvo sus momentos de gloria en las décadas de los cincuenta, sesenta y tal vez a comienzo de los setenta, cuando sus canciones se inmortalizaron con el tiempo: María Teresa, El Jardinero, Ya nació el niño y muchísimas más, que al igual que, El año viejo, del gran compositor Crescencio Salcedo, en cien años todavía estarán escuchándose con las melodiosas voces de Ospina y Tony Camargo y por sus hermosos mensajes navideños.

Estando en la cima de su carrera artística y viviendo en Méjico, su vida comenzó a llenarse de sombras por su bohemia melancólica, la dulzura de unos labios femeninos y el juguetón requiebre de unas caderas seductoras que lo llevaron a la perdición, hasta quedar en las lamentables condiciones que mucho amagaseño conoce.

Desde el comienzo de esta obra estuve tratando de encontrarlo, hasta que el martes 22 de julio de 2008, a las ocho de la mañana, me parqueé en el edificio Coltejer, yendo y viniendo desde la avenida Oriental hasta la carrera Junín y viceversa, añorando la lámpara de Diógenes, no para encontrar un hombre en medio de tantos que se confunden en la multitud, sino a un gran cantante de voz ya apagada y decidido a contactar a un jardinero que llevó “{…} a doña Enriqueta, un ramillete de fresquísimas violetas”, que pregonaba que tuvo “{…} amores con Fabiola, con Teresa y con Raquel{…} con Lucía, con Lucrecia y con Jahel”. Hasta que a las 11:45 vi venir a un hombre anciano con un sucio morral sobre su espalda enjuta y corcovada, con cabeza gacha, mirada perdida y brazos entrelazados atrás, de lerdo caminar “como perdonando al tiempo”, en palabras de Piero, o desafiando al viento o enfrentando al olvido y la soledad, según su destino y sin importarle quién pasaba a su lado o quién sabía de su gloria. Lo abordé con idolatría y respeto con el ánimo de conocer más de su pasado glorioso, por tratarse de uno de los más grandes y sobresalientes hijos del pueblo que orgulloso lo vio nacer y cantar como un zorzal.

No fue la primera vez que se veían la gloria, la música, el arte y la agonía caminando juntos, yendo por el mundo sin rumbo fijo. Vagabundeando errantes sin tener dónde quedarse o a dónde irse… y sin con qué. Sólo basta recordar al gran Gauguin, quien en su elucubrante bohemia cambiaba sus obras por licor, y al maestro Crescencio Salcedo, que murió solo y tristemente abandonado, pero dignificando su nombre vendiendo flautas en Junín con la Playa. Pero este gran cantante que conoció la hipocresía de las felicitaciones cuando era internacionalmente famoso –que no supo administrar sus quince minutos de gloria– es un hombre que sobrevive por sí mismo. Cuando el anfitrión se demora en invitarlo a un almuerzo, pide como aquel sabio cautivante y cínico de la lámpara nacido en Sinope: “Te pido para mi comida, no para mi entierro”,

Esta frase, melancólica y triste, satíricamente lanzada por un genio, podría transferírsele a los poderes del estado y a la sociedad que demoran para arropar, proteger y tener a alguien que fue gran patrimonio nacional, en lugar de pasar asqueados, arrogantes, desafiantes y fríos por su lado, tal vez esperando su entierro para hacerle algunos discursillos hipócritas lamentando “tan irreparable pérdida para la patria, de un virtuoso de la música, la guitarra y el canto”, y vendrán todas las emisoras a rescatar su música archivada, poniéndola a sonar todo el día. Y las disqueras aprovecharán “los momentos de angustia y de dolor” para hacer una recopilación de sus mejores canciones como “homenaje póstumo a su recuerdo”. Mientras que el filósofo odiaba el poder, la cultura, la sociedad y la riqueza, viviendo en un tonel, el cantante vive en un túnel sin verse la luz en su final, tal vez añorando que el poder, la cultura, la sociedad y la riqueza se acuerden de él.

Cuando intenté asomarme a la intimidad de sus silencios, sólo recibí respuestas vagas e incoherentes que no le dirían nada a la posteridad, y en su monologar sin sentido, a veces tuvo destellos de lucidez, recordando que empezó a cantar cuando escuchó la canción Los Ciclistas, y a sus intérpretes, Los Trovadores del Recuerdo. Hasta me cantó sus primeros versos todavía con el timbre de su melodiosa y afinada voz, pero ya melancólica y cansada. Y esos destellos de breve luz se vuelven sombras nuevamente cuando dice que va a volver a cantar y a subirse a los escenarios, y no se cansa de repetir: “es que me tienen envidia”, porque considera que fue superior a Belisario y a Carlos Julio Ramírez e igualado sólo por Los Panchos. mientras tanto va esculcando en su morral, sin saber qué buscaba realmente. Primero saca una hoja con los rostros y nombres de algunos presidentes a quienes les cantó, que de seguro lo hizo cuando “era importante”, pero que ahora “me sacan el cuerpo” según dice. Luego me ofrece en venta un libro grande de antónimos y sinónimos inglés, español, “para que saque de ahí todos mis datos, porque en él está contada toda mi vida”.

Durante el encuentro que fue cordial y reconfortante para mí, sospeché que sí puede hilar con exactitud y rigor sus historias, y con sutileza indígena las niega o las transforma, porque siempre habla de dinero o de que muchos se han aprovechado de él para explotarlo y además, “porque quiero un libro sólo para mí, que sólo se hable de mí”, a lo que trato de explicarle que mi intención es la de hacer conocer por las nuevas generaciones, a las personas que por uno u otro motivo se hayan destacado en cualquier actividad que merezca contarse, y que él es para mí, uno de los más sobresalientes hijos del pueblo.

Este hombre que fue muy famoso, no produjo en mí, lástima o compasión, sino rabia, dolor y rebeldía por la crueldad de un destino buscado pero no merecido, porque es uno de los grandes que el tiempo inmortalizará. Aquellos a quienes invade el delirio y la nostalgia de la persecución de la fama, siendo una de tantas viejas glorias que abusó de ella cuando estaban en el pico más alto, sin avizorar que el paso de los años no tiene piedad con nadie, ni aún con los ídolos, derrumbados por la misma fragilidad con que fueron idolatrados. y Leonel –con su ropaje de pastor–, es el mismo hombre de elegantísima figura y de gran apariencia física, limpio y pulcro como fue, que cambiaba de vestido dos veces al día y que enloquecía a las mujeres, cuyos rasgos finos aún se advierten en su rostro avejentado, aparentando más de sus setenta años, de mirada vaga y aspecto descuidado, habiéndose casado con una hermosa mujer de familia adinerada. Para atajar lágrimas de rabia cuando escribo esto, me solazo escuchando una de sus tantas interpretaciones, que muchos no conocen y que recomiendo sobre todo a los jóvenes para que degusten cómo se pulsa una guitarra con su deliciosa cadencia y cómo canta un ruiseñor:

“Ay qué modas, qué moditas, que está usando la mujer  / de tantas que están llegando, no saben cuál escoger (bis). Por ahí andan por la calle caminando tongoniao  / con la espalda destapada y el ombliguito pelao (coro) Qué moditas, qué modas, esto me tiene aterrao / señoritas y señoras con el ombligo pelao (bis). La moda del ombliguito este año si se metió /  la minifalda y la maxi con él si se cayó (bis). Ya sean bonitas o feas, caminan de medio lao / y para que más suframos, andan con él destapao (coro–bis)”.

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De plumas, trinos y picotazos

Los grillos y las ranas dejan de hacer sus llamados, sonidos y quejidos, para dar paso al trino pajarero de cientos que reposan en los árboles. Esperan a que despunte el día, calientan motores y pescuezos, afinan el guargüero y comienza reconocerse el cucarachero, el toche, la mirla y hasta la calandria, esta última suena pero en la radio.

Comienzan, luego, a visitar los cebaderos artificiales que los humanos crean para su beneficio visual; les ponen banano, plátano comino, agua con azúcar, papaya. Y ellos dan “papaya” al gusto visual del dueño de la finca, al ojo de la cámara del visitante, a la pericia del experto en reconocer plumajes y nombrarlas en latin vulgar.

Luego, los habitantes de la finca o de la casa de campo, se olvidan de sus trinos y se ocupan en almuerzos, en aseos y frituras, en asadones y reparaciones, para que al terreno no se lo coma la manigua. Entonces, los pájaros dejan de actuar y se ocupan de lo suyo, se olvidan de la ternura que finjen en la mañana y se preocupan por su sobrevivencia. Comen, tragan, se hartan, se miran feo, marcan territorio, se picotean, se pelean, se extienden sus alas, se demuestran poder, se hacen feas, espantan y se van.

Mucho de eso hacemos los humanos: el consciente se disfraza con arquetipos, se cobija con su sombra, actuamos papeles para la sociedad, representamos un papel público. De noche, aflora el inconsciente, armamos película de ficción, volamos, desafiamos gravedades, caemos, nos liberamos. Al día siguiente… trinamos.

Fotos tomadas en la vereda Pueblito de San José, Amagá. Antioquia.

Visiones de un altar saturado

* Bertilda, ¡por Dios! ¿qué son todas esas imágenes que tenés en ese rincón? Vos es que sos incrédula o qué.
– Cómo que incrédula, Luz Mila, no ves, pues, todas las imágenes que tengo. Eso te debería decir qué tan creyente soy.
* Pues no me parece. Si creyeras en tu primera oración, no realizarías la segunda. Si creyeras en uno de tantos, no tendrías que “gritarle” a todos. Si leyeras el Salmo, no tendrías que dejar la Biblia abierta en el 91. Si no tuvieras tanto miedo, no tendrías tanto imaginario reunido.
– ¡Veh, pues, a esta! Ahora se volvió iluminada o qué. ¿Sor Mila habrá que llamarla o qué?
* Tilda, mija, no se me enoje, pero es que veo este rincón tan lleno y hasta con sincretismo religioso, que se me vino a la cabeza lo que te dije.

- Pues, es que entre más santos intercedan, más me hacen el favorcito.
* ¿Tan inaccesible el el mayor de ellos?
– No, pero así me atienden más rápido.
* ¿Y los clavos de olor y la canela?
– Pues para la buena suerte.
* Y esa “Breve historia del lienzo de Nuestra Señora de la Pobreza”? Yo veo que ustedes tienen mucho dinero y ¿entonces?
– Es que qué miedo que lleguemos a perderlo todo.
* Y ¿para qué una Biblia completa que ni estudiás, si solo necesitás dos páginas de un Salmo 91?
– ¡Ay! Luz Mila, si vinites a criticar, salí por donde llegates. A mí respetame. Si vos no crees allá vos si el diablo te lleva.
* Apegos, Tilda, miedos. Todos ustedes están llenos de miedo. Vos sos una incrédula, no confiás ni en tu misma oración. Reconocelo.
– Dejame, pues, que tengo que “alzar” un arroz.
* ¿Le dolió?

Imagen tomada en Amagá

Olor a lomo sudado con fique de pueblo

La escena de la imagen ya produce olores en nuestra memoria olfativa a quienes hemos estado cerca de la misma: caballo lento y cansado, sin abolengos ni sangre semental ni pelambre fina que le haga caminar elegante. Costal de fique que hace las veces de colchón, lazo viejo untado de boñiga, sombrero sudao, viejo y quebrado, orín de caballo, tapa de cerveza, olor a botella vacía, músicas guascas, olor a viejo, sudor de tres meses.

Quien monta no es el rey, quien lleva el paso no es purasangre, a ambos se los lleva el tiempo sin herencias ni recuerdos. Pero cada uno es importante en su contexto: al semoviente lo estima la gente, lo golpean suave en el maxilar, le soban la crin, los niños piden una vuelta, el dueño no lo suelta. Al hombre, lo esperan en casa, le calientan sopa, le tuestan arepa, es importante en casa y, si muere, no será olvidado fácilmente, su foto estará en la sala frente al cuadro del Sagrado.

Ambos fueron unidos por el destino, por las cuerdas que hoy se mueven en las leyes. Es el efecto mariposa, el efecto yegua o caballo. Todo está conectado, incluso usted, estimado lector mío, está conectado conmigo, espero lo mismo con usted.

Desgranando mazorcas en la comarca, con una máquina de 1909

Sé que en muchas oportunidades he escrito acerca de la máquina de moler, pero cómo desligarme de severo aparato cuando molí el maíz cocinado para las arepas hasta los 33 años. Como recuerdo de mis años boleando manibela, me di a la búsqueda de aquella maquinita de moler de juguete, infructuosamente pregunté por ella en los más recónditos almacenes de Guayaquil, en Medellín; en viejos almacenes de algunos municipios de Antioquia, hasta que mi cuñada, Sandra López, me la regaló. Eso ya es cuento viejo.

Siendo la máquina de moler un artefacto de mis afectos, del cual formé algún músculo del brazo, mi ojo ha sido seducido por algunas máquinas de moler que aún existen por allí y por acá, sobre todo, en los barrios populares (donde vive el pueblo), donde aún muelen -Gracias a la vida que aún lo hacen- y hacen sus arepas de manera artesanal.

Una de esas máquinas es esta Black Hawk Sheller A.H. Patch, de 1906, máquina para desgranar mazorca, chócolo, choclo, etc.. En la tercera imagen se ve el lugar por donde se mete la tuza con su grano y los dientes que arrancan el maíz. Una hermosa máquina de moler, cuya imagen tomé en el cuarto TomaTodo en Amagá.

Ya me imagino una cocina tiznada de humo de leña, olor a la misma, quemada. Un chocolate en el fogón con un humo menos dañino, un garabato con siete chorizos curándose, un radiecito sintonizando mal las noticias de la comarca, unos butacos con comensales esperando, un gato paseándose por la mitad, un perro afuera mirando al páramo, un piso  de tierra afuera, una vaca pastando, dos cucaracheros en los calados de la ventana de la cocina y, por supuesto, cuatro arepas tostándose en el fogón de leña. Escucho suspiros. ¡Claro que esta escena es surrealista y hasta dadaísta para un joven de las tecnourbes.

De primeras comuniones y platos fríos

Rito de iniciación es el Bautizo, en la religión católica, protestante y en muchas más. Rito de iniciación es también la Primera Comunión dentro del catolicismo. Rito que pasa insignificante en su escencia para el iniciado, dado que la concentración está en el desfile, en el cirio y, mayormente, en el vestido.

Si se comprendiera la profundidad del compromiso adquirido, no habría violencia, muertes, iras y rencores, pero en nuestro contexto algunos se persignan ante la imagen de María, bendicen la bala, cargan el cartucho de muerte y ¡Pum!… Ese hombre que, años atrás, hizo su Primera Comunión, terminó la vida de su hermano, pues todos lo somos.

Las cosas del espíritu no deberían ser preocupaciones de vestuarios, ‘estrenes’, festejos y piñatas, de zapato nuevo, peinados y cirios adornados. Las cosas del espíritu son meditación, consciencia, trascendencia, alma, silencio y temor. La Primera Comunión, para quienes deseen hacerla o infundirla, debería ser en harapos, con pies descalzos, con cabeza rapada en signo de humillación, debería ser un morir del EGO, del yo terrenal, para que el espíritu se vista de luz, de GLORIA, que es la naturaleza de lo divino, pero…

…Pero sé que esa propuesta no pega, así que, sigan en lo suyo, no dije nada. Estrenar es muy rico, las piñatas también, la comida que sea CALIENTE por favor, si es almuerzo que sea a las 12:30 y no a las 4:00, si es comida, que no pase de las 8:30. El cirio, bien bonito, párese derecho y no se despeine. Los regalos… ¡lo mejor!

Foto: venta de vestidos de Primera Comunión. Amagá

Yo tengo un hogar más allá del Sol

Hace algunos años se transmitió una novela llamada “Las Juanas”, que no dejó mayor enseñanza al corazón del hombre, pero el nombre de la novela sirvió para bautizar a un grupo de mujeres servidoras que se dedicaron a visitar a los integrantes enfermos de su iglesia evangélica misionera. ‘Las Juanitas’, eran cinco ancianas cuyo ministerio personal era el de ir a casa de quienes estuvieran mal de salud y llevarles algo de sanidad y oración.

En la sabiduría y numerología judía (en su alfabeto, las letras son números también), visitar a los enfermos es llevarles sanidad, porque el que visita, se lleva una 60 parte de la enfermedad, trayendo sanidad al enfermo. Para la iglesia católica es una obra de misericordia, que conlleva recompensa.

Escribo esto, porque ayer partió un ser muy especial para mí y mi familia: ‘Chelita’, Graciela Cano de Bedoya, quien fuera una de las integrantes de este grupo de misericordia, al que pertenecía también mi abuela Juana. ‘Chelita’, me conoció desde que nací y fue vecina de nosotros en Manrique. Conoció mis primeros pasos cuando asistía a la Primera Iglesia Bautista y luego en la Unión Misionera. Siendo adulto, seguía visitando a las viejitas después de su reunión dominical para saludarlas y ‘Chela’ siempre me tocaba el rostro con sus hermosas manos de mujer sabia. A veces sus ojos se llenaban de lágrimas, como si hubiera visto a su hijo pródigo, y me abrazaba con amor de madre.

Ayer, en la sala de velación, escuché una oración muy diciente y esperanzadora y se entonaron dos himnos que me trasladaron a mis correrías por la Bautista y la Misionera, pero no escuché las notas de un himno que se entonaba con alegría y fe:  …Más allá del sol, más allá del sol, yo tengo un hogar, hogar bello hogar, más allá del sol…”.

Hoy, solo dos ‘Juanas’ continúan con su ministerio, los nuevos líderes de la iglesia no vieron el poder de su ministerio, y lo más triste: a ellas poco o nunca las visitaron. Cuatro siguen vivas, de cinco columnas que tenía su iglesia.

Este, es un texto en memoria de ‘Chelita’, quien ayer me sacó sus lágrimas y me las saca ahora, cuando recuerdo sus manos en mi rostro y su abrazo acogedor. Siempre la amé. Un homenaje a ‘Chela’, quien hoy tiene su residencia Más allá del Sol. Un homenaje que combina mis tres raíces religiosas.

Luz Mazo, bloguera y participante de TomaTodo, es una de las nietas de Graciela.

¿Qué NO te trajo el niño Dios?

“Este tiene cara de que no le dieron el traído”.

¿Qué pediste que nunca te trajo el niño Dios? Con el cuento -verdadero- de que el niño Dios no tenía dinero, muchas peticiones nunca llegaron. Invito a que nos contemos, qué no te trajo el niño Dios y qué pides aún que no te ha traído.

Rastros del Big Bang por doquier

Observar una hormiga que quizás nadie más vuelva a ver, que nadie más mirará; ver un solo metro de recorrido en su existencia; observar una hormiga, pues, es el testimonio de un acontecer casi milagroso: la vida. El movimiento. La gravedad. La libertad. La substancia.

Viviremos 80, 70, 40 años y solo vimos 10 ó 15 segundos en la vida de esa hormiga, y esos 15 segundos representarán alguna fracción ínfima del Big Bang.

Prefiero la foto que el video. La primera, me permite ver una fracción de segundo por los minutos que quiera detenerme a contemplarla. Fotos en Amagá.

La intimidad de lo cotidiano

Íntimo y familiar es la cotidianidad que particulariza a cada hogar o que, cuando es común a muchas casas, nos hace semejantes en los muchos quehaceres:

  • Que la arepa se le queme a la que le estaba “poniendo cuidado”, es familiar y un error íntimo.
  • Que la cama quede destendida porque no nos quedó tiempo de hacerla, es familiar y no quisiéramos que los demás se enteraran de semejante descuido.
  • Que las camisetas blancas, en la zona que corresponde a las axilas esté rota o tenga la dureza producida por el desodorante, es algo íntimo y vergonzoso cuando otro lo descubre.
  • La cantidad de información que contiene la bolsa de la basura, es algo íntimamente familiar y no debería ser descubierto por los recicladores ni por nadie más, excepto, por el antropólogo que haga de ella su objeto de estudio. Aún así es una violación.
  • Que el papel higiénico se haya acabado en el momento en que el usuario lo necesitaba, es algo íntimo y familiar, cuyo auxilio debería pedirse en voz baja.

La belleza no está en las pasarelas

La belleza humana, lo diré hasta el cansancio, está en la sonrisa. La belleza humana y la femenina en particular no está en las pasarelas, o por lo menos no está solo allí. La belleza femenina está en el tono de voz, en una mirada soslayada, en esos guiños que saben hacer solo ellas, en esa feminidad que las lleva a cuidar su apariencia, en sus manos lisas de juventud y arrugadas de senetud, en la cantidad de pendejadas que guardan en sus bolsos, en las decenas de peinados que son capaces de hacer, en la intuición que lleva a guardar de los suyos, en la leche que nace de su ser.

La belleza no se le oculta a la pobreza, retumba desde el mundo de las ideas y sobresale en rostros perdidos en las montañas. El rostro montañero no es ajeno a las bondades de la genética, brota, como fuente de agua, en cualquier rincón, en cualquier vereda aporreada por el hambre y se instala en pieles que no conocen el poderío y la altivez del dinero.

Esta belleza en particular, la extracté de la vereda La Mina, en Amagá, una mañana de sol, de sábado lento igual que muchos, de día de lucha para cientos de mineros, de la tierra que ha tantos ha tragado.

¡A punta de machete! fui testigo

El primero, reposaba como muerto, como herido, sus músculos no soportaron más el peso de su cuerpo y esperaba tumbado en una banca de cemento.

El segundo, cabilaba en lo inmediatamente realizado. Lo hecho, hecho está. No hay atrás. Su mirada se confundía entre la templanza y la admiración por la dureza del verdugo de metal. Caminaba descalzo mientras revisaba continuamente el temple del machete, machete que había cegado, en otras ocasiones, la vida de pastos maduros.

Yo estaba lejos, con mi cámara y un objetivo prestado de buen alcance. Yo mismo fui testigo, así sobre el “yo mismo” que con “fui testigo” ya va el pronombre. El del machete nunca me vio, esperaba que no me viera. Fui testigo. No podía moverme, no podía perderme la foto.

El primero, dormía una siesta en una mañana de sábado soleado en Amagá. El segundo, no tenía más qué hacer, caminaba inoficioso, vacante, sin más pensamiento que revisar el metal de la herramienta montañera que segundos antes cortó alguna espiga de maleza. Al primero, le tomé la foto de segundo; al segundo, le tomé la foto de primero. Ambos son amigos, son vecinos, simplemente pasaban el rato cada uno. ¿Qué se estaban imaginando pues?

¡Así comienzan los chismes!

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