Peligro a la vista, amigas

Cómo lo hacen, no se sabe, pero son más listas de lo esperado.
Sí, las abejas de la miel, Apis mellifera, como la mayoría de los animales, poseen una serie de adaptaciones antidepredadores empleadas para defender la colonia contra intrusos y para evitar las flores asociadas con un riesgo de depredación.
Estas abejas poseen también una destacada habilidad para comunicar a sus compañeras de nido, la dirección, la distancia y la disponibilidad relativa de flores, utilizando la famosa danza.
Kevin R. Abbott y Reuven Dukas, del Departamento de Psicología, Neurociencias y Comportamiento en McMaster University (Canadá), acaban de reportar que las abejas que regresan de una expedición de búsqueda de alimento en flores que ofrecen algún peligro, son menos dadas a bailar y se embarcan en menos desplazamientos bruscos que cuando retornan de sitios con flores seguras.
Los resultados, publicados en Animal Behavior, indican que las buscadoras experimentadas mantienen a las novatas alejadas de las flores donde hay riesgos, lo que desata interrogantes interesantes sobre cómo esta clase de información es integrada a su danza.

Especial fin de semana

Editorial: Hacia una nueva tierra

La semana pasada partió una sonda, que se situará a unos 320.000 kilómetros de la Tierra, para estudiar lo que sucede en las fronteras del Sistema Solar.
Esta semana salió una sonda con tecnología de la India, para situarse a 100 kilómetros sobre la Luna y recoger más información del satélite natural.
Hacia Plutón viaje la sonda Nevos Horizontes y la semana que viene la Nasa revelará la información que envió hace dos semanas la nave Messenger en su segundo sobrevuelo sobre mercurio.
Para muchas personas, incluso para la generalidad de las personas, acostumbradas a mantener los pies, quizás no tanto la cabeza, sobre la tierra, esa viajadera es un despilfarro de dinero, que podría usarse para otros fines.
La Tierra tiene unos 4.500 millones de años y depende del Sol. En unos 4.000 a 5.000 millones más, el Sol morirá y así nuestro planeta lo hará. Algunos cálculos indican que será destruido, engullido por un Sol inflado al acabársele su combustible. Otros indican que será inhabitable de todas maneras, así no desaparezca como roca espacial.
Quizás no haya tanto tiempo. Hay evidencias de que el Sol se está recalentando. En 1.100 millones de año, dicen los nuevos estimativos, será un 11 por ciento más brillante. Eso hará que la temperatura media del planeta sea de unos 50 grados centígrados. Se evaporarán los océanos y, tras ellos, la vida.
La carrera espacial tiene como finalidad buscar nuevos mundos, habitables, donde los humanos puedan esparcirse por el universo conocido hoy. Si hace tan solo 7 millones de años aparecieron los primeros simios que derivaron en el Homo sapiens tras la evolución y hace solo 200.000 años el hombre moderno hizo presencia como tal, no parecería descabellado pensar en que es posible y deseable intentar y proseguir la aventura espacial.
Hoy hay nuevas hipótesis: que mediante ciertas acciones, se podría alejar la Tierra, cuando el Sol se caliente, para situarla no a 150 millones de kilómetros que está hoy, sino a unos 225 millones, de modo que la temperatura siguiera siendo la ideal.
Sea lo que sea, el hombre se resiste a quedarse quieto. Mujer y hombre se aparean en un esfuerzo por perpetuarse en sus descendientes. Querer que la humanidad no desaparezca, ahora que se entiende el futuro que le espera (si es que antes el cambio climático no hace de las suyas), parecería estar en la esencia genética de los humanos.
Por eso hay que seguir buscando salidas.

Las plantas escogen pareja

Hace pocas semanas se reveló que cuando son atacadas, las hojas de las plantas emiten una señal, que es captada por la raíz, que secreta un producto con bacterias que acuden a defensa la hoja.
Pues bien: otra grata revelación: las plantas escogen con quién se aparean. Sí, tal como lo lee. Pese a que están fijas, pueden hacerlo.
Investigadores de la Universidad de Missouri identificaron unas proteínas en el polen que pueden influir en el proceso mediante el cual una planta acepta o rechaza los granos de polen para reproducirse.
Tal como en los humanos, el juego del apareamiento no es fácil para las plantas, que dependen de factores externos: que el viento o los animales les traigan las potenciales parejas en forma de polen.
Cuando llega un grano, se presenta, mediante una especie de conversación entre él (la parte masculina) y el pistilo (la parte femenina de la flor). En ese diálogo, las moléculas hacen las veces de las palabras y le permiten al polen identificarse ante el pistilo. A diferencia de los animales, en los que las señales visuales son claves en el apareamiento, en las plantas son las moleculares, explicó Bruce McClure, investigador de esa institución.
El pistilo debe entonces identificar al polen, entonces interactúan proteínas de los dos, lo que determina la aceptación o el rechazo.

Tan pequeño y comiendo matas…

¿Qué diría si se encontrara con un dinosaurio de frente? Qué susto y qué carrera. Pero si fuera un heterodontosaurio quizás no. Científicos de Londres. Cambridge y Chicago identificaron el más pequeño cráneo de dinosaurio jamás hallado: mide 4,5 centímetros. Perteneció a un joven que apenas pesaba en ese momento unos 200 gramos.
Los científicos describieron en el Journal of Vertebrate Paleontology el hallazgo, que tiene un ingrediente adicional: parece indicar cuándo y cómo los ornitischianos, la familia de los dinosaurios herbívoros que incluyen al heterodontosaurio, hicieron la transición de comer carne a comer plantas.
“Es probable que todos los dinosaurios evolucionasen de ancestros carnívoros”, explicó Laura Porro, coautora del estudio.
Los heterodontosaurios vivieron en el jurásico temprano, hace unos 190 millones de años. Los adultos alcanzaban unos 90 centímetros de longitud y pesaban cinco o seis libras.
Los dientes sugieren que los heterodontosaurios eran a veces omnívoros: los caninos eran usados para defenderse o agregar pequeños animales a su dieta, basada esencialmente en plantas.

Síganme todos

Un abejorro encuentra comida deliciosa y corre a avisarles a los demás. Baila frente a ellos, moviéndose sinuosamente. ¿Es esta señal suficiente advertencia del manjar hallado?
Para muchos animales, hallar comida por su cuenta puede ser costoso por ineficiente, pero los animales sociales reducen estos problemas informando a sus congéneres el lugar y reclutándolos para ir al sitio.
Los abejorros no pueden, mediante la danza, comunicar la distancia y la dirección de la fuente alimenticia. Mathieu Molet, Lars Chittka y Nigel Raine, expertos en el tema, de Queen Mary, University of London, expusieron colonias a una esencia anisada mezclada con la feromona expelida para reclutar abejorros y monitorearon los patrones de búsqueda.
Los insectos aprendieron que las flores con esencia de anís eran las de mejor alimento, lo que aprendieron cuando el olor de la flor fue llevado al nido por un abejorro o también cuando lo sintieron en el aire.

¡Encontré comida!

¡Se imagina usted en un restaurante, oler un apetitoso plato y salir a las carreras a avisar dónde está la comida? Eso es lo que hacen los abejorros y abejas rayadas.
El buen polen las calienta. Según biólogos de la Universidad de California en San Diego, cuando encuentran un alimento rico en proteína, lo cual demostraron en dos experimentos por separado.
En ambos casos, los músculos para volar, ya calientes, aceleran el regreso del insecto al nido, permitiéndoles explotar con rapidez el valioso recurso antes de que aparezcan competidores.
Dado que las recolectoras de ambas especies no se comen la proteína sino que se la suministran a las larvas, ese calentamiento debe ser una respuesta de comportamiento antes que metabólica al nutritivo alimento, concluyeron los equipos.
Esta conducta parece ser un rasgo muy antiguo, dado que abejorros y abejas son dos linajes distintos que divergieron hace varios millones de años. Los abejorros, pero no las abejas, reclutan otras recolectoras que les ayuden a reunir la comida, y aún tienen ese calor extra cuando regresan al panal.
En la foto de la universidad se aprecia una abeja frente al jugoso alimento.

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