Para el Sol, uvas, muchas uvas… procesadas

No es para que se indigeste de comer uvas, pero un estudio de la Universidad de Barcelona indica que esa fruta tiene propiedades para defender la piel contra la radiación solar ultravioleta.

Los rayos ultravioleta emitidos por el Sol son la causa ambiental principal de problemas de piel, provocando cáncer, quemaduras y eritemas solares, así como el envejecimiento prematuro de la dermis y la epidermis.

El estudio demuestra que algunas sustancias presentes en la uva pueden reducir la cantidad de daño celular provocado en la piel expuesta a esa radiación.

Los rayos UV actúan sobre la piel activando compuestos de especies reactivas al oxígeno, que oxidan macromoléculas como los lípidos y el ADN, estimulando ciertas reacciones y enzimas que pueden provocar la muerte celular.

El grupo de científicos de aquella universidad demostró que algunas sustancias polifenólicas extraídas de las uvas (flavonoides) pueden reducir la formación de aquellos compuestos reactivos en las células de la epidermis humana que ha sido expuesta a radiación ultravioleta de onda media y onda larga. El estudio, hecho in vitro en laboratorio, fue publicado en el Journal of Agricultural and Food Chemistry.

A mayor grado de formación de polimerización de los flavonoides y de formación de compuestos con ácido gálico, mayor su capacidad fotoprotectora.

No se trata de que las personas ingieran grandes cantidades de uvas, pero sí que la industria de productos protectores de la piel considere incluir extractos polifenólicos derivados de las plantas.

En el mercado existen compuestos cosméticos y drogas basados en uvas, pero no se había entendido su acción.

Foto cortesía Sinc.

El triste fin de los pulpos y calamares

Hay otra manera de acabar la vida marina: con ruido. Aunque no se crea, así podrían estar muriendo muchos animales, como calamares y pulpos, se desprende de un estudio español.

Hace tiempo se demostró que la contaminación sonora en los océanos provoca cambios físicos y de conducta en la vida marina, en especial en delfines y ballenas, que dependen del sonido en su vida diaria. Pero el sonido de baja frecuencia producido a gran escala por actividades lejos de la costa también puede producir daño.

Varios calamares gigantes fueron hallados en las playas de Asturias en 201 y 2003 tras el empleo de pistolas de aire utilizadas por barcos. Tras exámenes se determinó que no tenían lesiones conocidas, lo que sugería que quizás su muerte se debió a la exposición excesiva al sonido.

Michel André, de la Universidad Técnica de Cataluña en Barcelona y colegas, examinaron los efectos de la exposición al sonido de baja frecuencia, similar al que los calamares debieron experimentar en Asturias, en cuatro especies de cefalópodos.

Tal como se reportó en Frontiers in Ecology and Environment, todos los calamares, pulpos y sepias expuestos presentaban trauma acústico masivo en forma de lesiones severas en las estructuras auditivas.

En el experimento se expusieron 87 cefalópodos a pulsos cortos de sonidos de baja intensidad y frecuencia, de 50 a 400 Hertz y examinaron sus estatocistos, una especie de globos con líquido que les permite a estos invertebrados mantener el equilibrio y la posición, como el sistema vestibular en los mamíferos.

Se encontró daño celular en ellos y, con el tiempo, las fibras nerviosas se alargaron aparecieron agujeros, lesiones más pronunciadas en individuos examinados pocas horas tras la exposición.

La triste muerte de los cefalópodos.