Póngale sello: la vida citadina enloquece

Vivir en las ciudades trae sus afanes. Y, lógico, qué diferente a la vida del campo, que no pocos ciudadanos de las urbes cada vez más congestionadas añoran.

Hace décadas que los epidemiólogos demostraron que quienes crecen en las ciudades son más dados a las enfermedades mentales, pero no se había profundizado en lo que sucedía.

En un estudio publicado en Nature, un grupo dirigido por Andreas Meyer-Lindenberg de la Universidad de Heidelberg y su Instituto de Salud Mental en Mannheim (Alemania) demostraron que ciertas estructuras cerebrales de personas de la ciudad y del campo responden distinto al estrés social, que es un factor importante en el desencadenamiento de desórdenes sicóticos como la esquizofrenia. Los investigadores emplearon imágenes funcionales del cerebro.

El trabajo es un paso hacia la definición de cómo la vida urbana afecta la biología cerebral de una manera que tiene un impacto grande en la sociedad, pues la esquizofrenia, por ejemplo, afecta 1 de cada 100 personas.

Meyer-Lindenberg trabaja sobre los mecanismos de riesgo para la esquizofrenia y previamente se había enfocado en el rol de los genes. Aunque una docena ha sido ligada al desorden “aún el más poderoso de esos genes conduce a solo un 20% de mayor riesgo”, dijo. De hecho la esquizofrenia es dos veces más común en aquellos que nacieron y crecieron en una ciudad que en aquellos de las áreas rurales y, de hecho, mientras más grande la ciudad, mayor el riesgo.

Por eso se dio a la tarea de averiguar cómo la vida citadina podría incrementar el riesgo de enfermedad mental. El grupo escaneó los cerebros de 32 estudiantes voluntarios mientras desarrollaban ejercicios de aritmética. Al mismo tiempo, los estudiantes recibieron mensajes negativos por sus audífonos: “ les dijimos que estaban desempeñándose peor que los otros y les pedimos que se apresuraran un poco”.

Ese estrés social activó varias áreas cerebrales, dos de ellas relacionadas específicamente con la historia de vida urbana de los voluntarios. La amígdala, que procesa la emoción, se activó sólo en personas citadinas. Y la corteza cingulada, que ayuda a regular la amígdala y procesa las emociones negativas, respondió con más fuerza en aquellos que crecieron en ciudades que en los que crecieron en pueblos y zonas rurales.

Eran tan claras las asociaciones que se hizo un segundo experimento con otras 23 personas, adicionando mensajes visuales. Se encontraron las mismas respuestas.