Los grillos dan la vida por su amada

Dar la vida por el ser amado no parece común hoy en un mundo en el que quizás el último de los caballeros fue Don Quijote. No entre humanos, pero quizás sí existe entre los insectos.

Cuando una pareja de grillos anda al descubierto, el macho permitirá que la hembra tenga prioridad en el acceso a su cueva, aún si esa acción incrementa de manera dramática el propio riesgo de ser comido.

Esto fue lo que se detectó mediante observaciones de video en infrarrojo en una población de grillos de campo (Gryllus campestris), se reportó en el journal Current Biology.

“Quizás muchos piensen que el comportamiento desinteresado es exclusivo de los humanos o de los mamíferos más cercanos, ligándolo con educación, inteligencia o afecto”, explicó Rolando Rodríguez-Muñoz, de la Universidad de Exeter.

“Demostramos que aún los machos de los insectos pequeños, que no definiríamos como inteligentes ni afectivos, pueden ser desinteresados o protectores con sus parejas. Tal vez aporte una luz en el hecho de que aparentemente los actos de desprendimiento y generosidad pueden tener otros motivos. ¿Tiró Sir Walter Raleigh su capa en el pantano en frente de la Reina Isabel, sólo porque era un buen chico? No creo”.

Los resultados son contrarios a la interpretación usual de la vigilancia del macho como intento para manipular las hembras y evitar que se apareen con rivales.

Los grillos de esta historia son recompensados por su comportamiento arriesgado, pues al extender el tiempo con la hembra obtienen más descendientes.

Rodríguez-Muñoz, Amanda Bretman y Tom Tregenza miraban qué sucede en el medio natural durante la vida de los grillos, Encontraron que hembras y machos padecen por igual la depredación, pero cuando una pareja es atacada, las chances de supervivencia de la hembra aumentan mientras se reducen las del macho. En compensación por el riesgo mayor, los machos emparejados se aparean con mayor frecuencia y tienen más descendientes.

Ante la amenaza “parece que los machos esperan en realidad a que la hembra se cubra en la cueva antes de resguardarse ellos”, dijo Tregenza.

Hay grillitas que persiguen machos por otra cosa

Científicos descubrieron que en el mundo animal también existen hembras que buscan machos sólo por interés.

Cuando una mujer obra así, es blanco de críticas como “buscona” o “aprovechada” y hasta “vividora”. En los humanos la costumbre en no pocas sociedades es que sea el macho el que busque la hembra.

Bueno, no siempre es así. Y eso sucede entre unos pequeños insectos, los grillos de los árboles, según un estudio aparecido en Proceedings of the Royal Society B. La hembra va tras el macho no solo para aparearse, sino interesada en un regalito que él puede ofrecerle además del esperma.

“En este caso es una sustancia que el macho eyecta cuando copula”, dijo Darrul Gwynne, profesor de la Universidad de Toronto en Mississauga.

Ese regalito está atado al paquete con el esperma, o sea que mientras es inseminada, puede volverse atrás y agarrar ese regalo y comérselo.

El estudio fue liderado por Jay McCartney y buscaba datos sobre la diversidad de intereses en la naturaleza cuando se trata de buscar apareamiento.

“Los machos son los que buscan hembra en su mayoría, dado que el proceso darwinista de la selección sexual es más fuerte en ellos. Son competitivos”, explicó Gwynne.

Como consecuencia de su desespero por tener las hembras, ellas se quedan tranquilas a la espera de que lleguen los machos.

En los insectos, con los que trabaja, algunos machos cantan para informar que tienen una cueva segura para ofrecerles a ellas, mientras que en otras especies les ofrecen a las hembras un bono nutricional.

En los grillos de los arbustos (Tettigoniidae) cuando una hembra busca macho ella espera obtener el mayor regalo nutricional de su pareja.

Desde el punto de vista del macho, un gran regalo no solo potencia el beneficio de sus descendientes, sino que distrae la hembra el tiempo suficiente para asegurar una buena inseminación. De otro modo, “como ella está hambrienta… si no le dan el regalo, ella expulsa el paquete de esperma y se lo come.

La búsqueda de machos por hembras existe en otras especies del mundo animal, por ejemplo en animales que cantan como las ranas, lo que servirá para futuros estudios.

Cómo les parece: interesada la grillita, ¿no?

La foto muestra un macho con el paquete de esperma y el regalo de apareamiento, cortesía Jay McCartney, Massey University (Nueva Zelanda).

Cuando el hambre acosa, el pajarito hace lo que sea

Cuando los tiempos son difíciles, cualquier hueco es trinchera. El dicho popular puede aplicársele al pequeño pájaro carbonero común (Parus major) que mide unos 14 centímetros.
Al escasear los recursos cuando la nieve oculta los campos, se dedica a cazar y comer… ¡murciélagos! Así lo reportaron investigadores del Max Planck Institute de Alemania.
Se trata de una familia nada común. En los años 40 se había comprobado la capacidad de un familiar suyo, el Cyanistes caeruleus, otro paserino, para abrir la tapa de aluminio de las botellas con leche que dejaban en los portillos los lecheros.
Ahora, durante observaciones realizadas por 21 días en dos inviernos, se observó 18 veces el vuelo de carboneros hacia una cueva al nordeste de Hungría para buscar comida y alimentarse del murciélago Pipistrelle común ( Pipistrellus pipistrellus) que hiberna allí.
Con la pequeña luz que ingresa, estos pájaros son capaces de orientarse y penetrar a la caverna, guiándose quizás por el sonido que hacen los animales en hibernación, para encontrar sus presas.
A los pájaros les toma unos 15 minutos desde que ingresan a la caverna en busca de murciélago y en ocasiones salían con él entre el pico para comérselo en un árbol del vecindario.
Se trata de una conducta adaptada. Cuando los investigadores colocaron semillas de girasol y tocino a la entrada de la cueva, sólo uno continuó en busca de un murciélago para alimentarse.
Y parece que el comportamiento es pasado de generación en generación. Peter Estok, primer autor del estudio, había visto hace cerca de 10 años un pájaro que salía de la caverna con un murciélago. Foto cortesía Dietmar Nill