El cerebro también siente el hambre

Con hambre no somos los mismos ni actuamos como siempre y cuando comemos nos cambia el genio, un fenómeno que podría sobrepasar muchas especies.

Científicos del Max Planck Institute de Neurobiología en investigaciones con la mosca de las frutas Drosophila, demostraron que el hambre modifica el comportamiento y cambia la actividad cerebral.

La conducta animal es afectada severamente por la disponibilidad y cantidad de comida. Estudios han demostrado que la disposición de animales a tomar riesgos varía según si el animal está lleno o hambriento, Un depredador solo caza presas más peligrosas si está cerca de la inanición. Esa conducta ha sido vista en humanos también: un estudio demostró que individuos hambrientos tomaban más riesgos financieros que sus colegas saciados.

En la mosca Drosophila, los cambios en la conducta dependen de su estado nutricional. Los animales perciben bajas cantidades de dióxido de carbono como señal de peligro y optan por volar. Pero las plantas y las frutas podridas de las que se alimentan también emiten CO2. Ahora los neurobiólogos del Max Planck descubrieron cómo lidia el cerebro con el conflicto constante de decidir entre una sustancia peligrosa y una fuente potencial de alimento, tomando la mosca como modelo.

En experimentos, los científicos les presentaron a las moscas ambientes con dióxido de carbono o una mezcla de CO2 y el olor a comida. Las hambrientas dejaron de lado su aversión al CO2 más rápido que las alimentadas -si había un olor a comida en el ambiente al mismo tiempo. Al enfrentar la posibilidad de comida, las hambrientas eran más dadas a tomar riesgos.

Los investigadores identificaron la región cerebral responsable de estos cambios, lo que muestra que el hambre produce modificaciones en las conexiones cerebrales.

“Es fascinante ver hasta qué grado los procesos metabólicos y el hambre afectan los sistemas de procesamiento en el cerebro”, expresó Ilona Grunwald-Kadow, quien encabezó la investigación.

¿Podemos percibir los campos magnéticos?

Las aves en el aire lo hacen y, en el fondo del mar, las tortugas también. ¿Qué será? ¿Lo hace el ser humano sobre la superficie terrestre?

Aves y tortugas se orientan por el campo magnético de la Tierra, pero no se cree que las personas tengan esa capacidad..

Una investigación publicada esta semana en Nature Communications por la Escuela de Medicina de Harvard muestra que una proteína expresada en la retina humana puede sentir el campo magnético cuando se implanta en la mosca Drosophila, lo que reabre el tema de la biología sensorial para una mayor exploración.

En distintos animales migratorios, la flavoproteína criptocroma juega un papel en la capacidad de sentir el campo magnético. En aquellas moscas se ha mostrado que funciona como sensor magnético dependiente de la luz.

Científicos eliminaron esa proteína de la mosca, insertándole la proteína humana criptocroma 2. Luego determinaron que con ella, las moscas eran capaces de sentir y responder a un campo magnético generado con electricidad y lo hicieron de manera dependiente de la luz.

Esto demuestra que aquella proteína humana tiene la capacidad molecular para actuar en un sistema sensor magnético, lo que ayudará a investigar más el campo de la magnetorrecepción en humanos.

¿Será que sí?

Te gusto yo, ¿o son mis bacterias las que te atraen?

Cada vez, parece, queda menos espacio para la libre determinación. Un parásito, el T. gondii, por ejemplo, está en el cerebro de cientos de millones de personas y les ha modificado su personalidad. Ahora llega lo que nadie esperaba.

Científicos parecen haber demostrado que podríamos tener sexo dirigidos por las bacterias: lo tendríamos con quienes tienen bacterias similares a las que poseemos en nuestros intestinos. Es decir: ¿te gusto yo o son mis bacterias las que te apetecen?

Eso se desprendería de un estudio publicado en Proceedings of the Nacional Academy of Sciences que halló que las moscas Drosophila prefieren aparearse con otras que se alimentan de la misma dieta como producto de las bacterias que viven en su sistema digestivo.

Estas aparentes preferencias, que surgen justo luego de una generación, sugieren que la microbiota de un organismo puede facilitar la rápida evolución y la especiación.

“Es un paper interesante”, dijo Patty Gowaty, de la Universidad de California, Los Ángeles, quien no tuvo que ver con el estudio. “Pensar que esas bacterias intestinales podrían estar asociadas con los eventos reproductivos de los individuos es fascinante”.

“Existe mucha investigación emergente hoy acerca de los efectos fisiológicos de la microbiota, y los cambios en ella en respuesta a las condiciones ambientales”, indicó a The Scientist el genetista evolutivo Paul Hohenlohe, de Oregon State University. “Este estudio agrega las preferencias de apareamiento”. Él no estuvo vinculado a la investigación.

Diane Dodd, de Yale University, crió hace años moscas Drosophila melanogaster en distintos medios por más de 25 generaciones y encontró que las criadas con residuos vegetales se apareaban con mayor probabilidad con las criadas en el mismo medio, así como las criadas con maltosa tendían a aparearse con las criadas en el mismo medio.

Para averiguar el porqué, Eugene Rosenberg, de Tel Aviv University, coautor del presente estudio, cultivó moscas en distintos dietas y confirmaron los hallazgos de Dodd. Al suministrarles antibióticos a las moscas para eliminar las bacterias, ellas se apareaban indistintamente, sin preferencias por un medio en especial.

Para Gowaty, esa es sólo una posibilidad, la otra es una interacción entre los sexos.

Al restablecer una bacteria en una de las moscas, Lactobacillus plantarum, las preferencias de apareamiento retornaron.

No se sabe en verdad cómo se da, pero podría ser por las feromonas sexuales, en las que se encontraron diferencias según la dieta, pero es sólo un indicio.

La mosca Drosophila melanogaster es uno de los animales más estudiados, por cierto parecido genético con los humanos. ¿Será que nuestras bacterias nos dicen con quién tener sexo?