Los endulzantes aumentarían el apetito (y la obesidad)

Foto Wikipedia

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Buen punto para los fabricantes: consumir endulzantes artificiales, tan en moda hoy, aumenta el apetito tanto en animales no humanos y en humanos y se come más entonces.

Eso sugieren diferentes investigaciones, mientras un nuevo estudio publicado en Cell Metabolism acaba de revelar a qué se debe, dando luces sobre su acción en el cerebro en la regulación del apetito, afectando además las percepciones del gusto.

Los científicos identificaron un sistema nuevo en el cerebro que evalúa e integra el contenido de dulce y energía en los alimentos.

Luego de una exposición crónica a una dieta con el endulzante sucralosa, vimos que los animales comenzaban a comer más”, indicó el profesor Greg Neely, de la Universidad de Sidney en Australia.

A través de una investigación sistemática de ese efecto, encontramos que dentro de los centros de recompensa del cerebro, la sensación de dulce está integrada con el contenido de energía. Cuando el ducle y la energía están en desbalance por determinado tiempo, el cerebro recalibra y aumenta el total de calorías consumidas”.

En el estudio, las moscas de las frutas expuestas a una dieta con endulzante artificial por periodos prolongados (más de 5 días) consumían 30 % más calorías cuando se les daba alimentación con dulce natural.

Cuando investigamos porqué comían más siendo que tenían suficientes calorías, hallamos que el consumo crónico de aquel endulzante aumenta la intensidad dulce del azúcar realmente nutritivo, y eso incrementaba entonces la motivación del animal para comer más”.

Un hallazgo para tener en cuenta ahora que los endulzantes artificiales son prescritos como arma para tratar la obesidad.

¿No estarán engordando más?

Hallan el mecanismo cerebral que regula la sed

Foto Manuel SaldarriagaTengo sed. Científicos del Howard Hughes Medical Institute identificaron un circuito cerebral en ratones que regula la sed. Cuando un conjunto de células en él es activado, los ratones comienzan a beber agua, aún si están bien hidratados. otro conjunto de células surpime esa necesidad.

El primero está localizado en la región llamada órgano subfornical. Esta podría tener un circuito con dos elementos que probablemente interactúen entre sí para mantener el balance, según Charles Zuker, investigador de Columbia University quien encabezó el estudio.

Al actuar así el circuito asegura que el animal tome la cantidad correcta del fluido para mantener la presión sanguínea, el balance de electrolitos y el volumen celular.

El trabajo fue publicado en Nature.

El laboratorio de Zuker tiene su interés primario en la biología del gusto, habiendo identificado 5 receptores para los 5 sabores básicos, del dulce al salado, el ácido, el amargo y el unami y revelado que el sistema nervioso dedica múltiples caminos para sentir la respuesta a la sal, circuitos que aseguran que la sal es una atracción en bajas concentraciones.

Así es como el sistema del gusto regula la ingesta de sal, que es muy importante para la homeostasis del cuerpo. Este es solo un lado de la balanza: el consumo de sal tiene que ser equilibrado con la ingestión de agua.

Los científicos sabían que existía un mecanismo diferente responsable de controlar la toma de agua. “No hay cambio en la concentración del agua. Agua es agua”, explicó Yuki Oka, miembro del grupo. “Pero cuando usted está sediento, el agua es muy atractiva”. Por eso Zuker y Oka quisieron determinar cuál mecanismo cerebral regulaba la motivación para beber.

Los cubiertos cambian el sabor de los alimentos

No es por incomodidad o no. Es por puro sabor. Los cubiertos con los que usted coma, cambian el sabor del alimento. Sean de plástico o de metal le dan su toque, tal cual hace un chef.

Si quiere que la comida sea más sana, no solo reduzca la sal. Trate de servirla con un cuchillo.

Los cubiertos pueden hacer que la comida agradable y sana sepa un poco más salada y menos saludable. Eso dice un nuevo estudio.

Así, los quesos saben más salados cuando se comen con un cuchillo y el yogur más denso cuando se come con una cuchara de plástico. El estudio fue publicado en el journal Flavour.

“Esto lo hemos ignorado, la cubiertería tiene un impacto en los alimentos que ingerimos”, dijo Charles Spence, coautor del estudio, sicólogo de la Universidad de Oxford en el Reino Unido.

Quizás este hallazgo conduzca a la elaboración de utensilios que ayuden a comer más sano, por ejemplo dándole a la persona la misma sensasión salada que obtienen de las comidas procesadas pero con menos sal.

“La idea sería usar estas pistas para reducir el contenido real de ingredientes menos saludables dando la impresion sicológica de sal o dulce sin las consecuencias negativas”, dijo a LiveScience.

Distintos estudios sugieren que el disfrute de la comida se relaciona con varios factores más allá del sabor real del plato.

Un estudio de 2011 halló que los platos blancos hacen que la comida sepa más gustosa mientras otro encontró que el chocolate caliente sabe mejor en pocillos de color naranja. Y otra investigación ha mostrado que todo, desde el precio de una botella de vino al tamaño de una taza, afecta la experiencia de comer.

En el estudio, Spence y su colega Vanessa Harrar condujeron tres experimentos donde participantes calificaban yogures, el color de los utensilios con los que los comían (la cuchara azul hacía más salado el yogur rosado, los otros colores no tenían efecto), y el sabor salado de un queso comido con tenedor, cuchara, palillo o un cuchillo (servido con este era más salado según los participantes).

¿Por qué? No se sabe. Pero a chefs e investigadores de alimentos les serviría esta información.

Escoja utensilio. Y color.

Lechudos: ¿cuándo nos tomamos la lechita?

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Alimenticia, intolerada por unos, la leche forma parte de la dieta actual. Pero, se ha preguntado cuándo comenzó el hombre a tomarla sin que le causara molestias?
Pues bien, un estudio publicado en Plos Computational Biology y ldierado por científicos del University College London, estableció que la capacidad de digerir la lactosa, ese dulce de la leche que enferma a muchos, evolucionó en comunidades lecheras de Europa Central hace unos 7.500 años y no en el norte europeo, como se pensaba.
Es más, los científicos situaron el avance dietario en una región entre los Balcanes centrales y Europa central.
Se había creído que la selección natural había favorecido los consumidores de leche más al norte, dada su gran necesidad de vitamina D en su dieta: la gente en la mayor parte del mundo elabora su vitamina D cuando la luz solar toca su piel, pero en las latitudes más septentrionales no hay suficiente luz solar durante la mayor parte del año.
El modelo empleado integró datos genéticos y arqueológicos usando nuevos desarrollos estadísticos.
Y vean qué curiosidad: el profesor Mark Thomas, de aquella universidad londinense, explicó que “la mayoría de los adultos en todo el mundo no producen la enzima lactasa y por eso son incapaces de digerir la lactosa de la leche. Sin embargo, la mayoría de los europeos producen lactosa durante toda su vida, una característica conocida como persistencia de la lactosa. En Europa, una sola modificación genética ha sido asociada con esa persistencia y parece haberle dado a las personas una gran ventaja para la supervivencia. Dado que el consumo de leche fresca por los adultos sólo fue posible tras la domesticación de los animales, es probable que esa persistencia haya co-evolucionado con la práctica cultural de la lechería, aunque no se sabía cuándo había surgido o qué había llevado a su rápida expansión”.

Hormigas de sal

Hormigas. No todo es dulce para las hormigas. De hecho, prefieren alimentos salados, al menos en tierras pobres en sal, según un estudio publicado en Proceedings of the Nacional Academy of Sciences.
Ecólogos de las universidades de California en Berkeley y de Arkansas en Little Rock y la de Oklahoma, examinaron las preferencias de sal o de azúcar en hormigas de Norte, Centro y Suramérica, para lo cual emplearon poblaciones de hormigas a distintas distancias del océano.
Los océanos y las tormentas pueden diseminar la sal a decenas de kilómetros de las costas, pero áreas bien alejadas son pobres en sal, sospechándose diferencias en el gusto entre las hormigas costeras y del interior.
De hecho, encontraron que las que vivían a más de 100 kilómetros adentro preferían con frecuencia una solución salina de uno por ciento, sobre una azucarada 10 veces más concentrada. Esto se apreció en hormigas que se alimentaban de plantas. Las carnívoras, aparentemente obtienen sal de sus víctimas. Por razones similares animales que pastan, como el bisonte y el ciervo buscan sal para complementar su dieta vegetariana pobre en ese compuesto, mientras los carnívoros como leones y lobos obtienen la sal que requieren de la carne sangrienta.
La atracción hacia la sal aumenta con la distancia del océano, explicó el co autor del estudio, Robert Dudley, profesor de Biología Integral en Berkeley.
Las hormigas siempre buscan azúcar, que les provee la energía básica para vivir y para sus actividades. Pero cuando se observa hormigas que gastan mucho tiempo o que utilizan un gran número de individuos buscadores de sal, indica que la sal es un recurso limitado para ellas, explicó Steve Yanoviak, otro de los investigadores.
No todo es dulce en la vida.
Foto cortesía U. de California en Berkeley.