OMS dice: hay que rebajarle al azúcar

El consumo diario de azúcar libre no debe constituir más del 10% de la ingestión energética y si es de menos del 5% podría ser mejor.

Esa es la nueva recomendación de la Organización Mundial de la Salud tanto para niños como para adultos.

Los azúcares libres con los monosacáridos, como glucosa y fructosa, y los disacáridos como sucrosa o azúcar de mesa, agregados a los alimentos y bebidas por el fabricante, el cocinero o el consumidor, y los azúcares que se dan naturalmente en la miel, jarabes, juegos de fruta y concentrados de fruta.

“Tenemos evidencias sólidas de que si se mantiene la ingestión de azúcares libres a menos del 10% del consumo energético diario, se reduce el riesgo de sobrepeso, obesidad y caries”, dijo Francesco Branca, director del Departamento de Nutrición para la Salud y Desarrollo de la OMS.

Eso ayudará además a los países a reducir los topes de enfermedades no comunicables.

La nueva guía no se refiere a los azúcares en las frutas frescas y las verduras y los presentes en la leche puesto que no hay evidencia de efectos adversos por su consumo.

Mucha parte de los azúcares consumidos hoy están ocultos en los alimentos procesados que no son vistos como dulces. Para citar un caso: una cucharada de salsa de tomate contiene unos 4 gramos (cerca de una cucharadita) de azúcares libres. Una lata de gaseosa contiene más de 40 gramos, unas 10 cucharaditas.

En Europa la ingestión de esos azúcares constituye del 7 al 8% del consumo energético diario en países como Hungría y Noruega, pero con grandes disparidades, del 17% en España y el Reino Unido y 25% en Portugal.

Las recomendaciones están basadas en análisis de las últimas evidencias científicas. Adultos que consumen menos tienen menos peso, y niños que consumen más bebidas gaseosas son más obesos.

La reducción al 5% la plantea la OMS como condicional, por la falta de estudios numerosos sobre esa cantidad y sus efectos. Tres estudios nacionales sí revelan que con 5% se reduce mucho la incidencia de caries, pero son pocos.

Qué placer: así saboreamos ese refresco

Qué refrescante, una bebida gaseosa. Sea light o no, engorde o no. En 1767, el químico Joseph Priestley se metió a su laboratorio con la idea de resolver un serio problema de los marinos ingleses, para que se mantuvieran sanos en sus largos viajes. Mezcló agua con dióxido de carbono para crear un líquido efervescente que imitara la más fina agua mineral que se consumía en los spas europeos. Así, apuró a sus benefactores para que ese tónico fuera probado a bordo de los barcos reales, líquido que no alivió los padecimientos del escorbuto, pero que a medida que pasaron los años, esa agua carbonada comenzó a ser popular en las ciudades por su sabor y luego como ingrediente de los refrescos y de los vinos espumosos.
Perdida en los 250 años de esta historia se encontraba la explicación científica de cómo la gente saboreaba estas burbujas en su vaso. Esta semana, en la revista Science. investigadores del National Institute of Dental and Craniofacial Research (NIDCR) de E. U., y colegas del Howard Hughes Medical Institute en la Universidad de California, San Diego, reportaron haber encontrado la respuesta en ratones, cuyo sentido del gusto se asemeja al de los humanos.
Hallaron que el sabor carbonatado es iniciado por una enzima amarrada como una pequeña bandera a la superficie de las células sensoras de la acidez en las papilas gustativas. La enzima, anidrasa carbónica 4, interactúa con al dióxido de carbono en la gaseosa o refresco, activando las células de la acidez en las papilas induciéndolas a enviar un mensaje sensorial al cerebro, donde lo carbonatado es percibido como una sensación familiar.
Lógico, indicó Nicholas Ryba, autor senior del estudio, esto conduce a preguntarse por qué lo carbonado no sabe ácido.
“Sabemos que el dióxido de carbono también estimula el sistema somatosensorial de la boca. Por lo tanto, lo que percibimos como carbonatado debe reflejar la combinación de esta información somatosensorial con aquella del gusto“.
El sistema somatosensorial transmite información sensorial dentro del cuerpo desde los receptores de proteínas a las fibras nerviosas y hacia el cerebro, donde se percibe una sensación. La información sensorial común incluye el gusto, el dolor, la temperatura y el tacto.