Las estrellas hablan

Foto del Sol, nuestra estrella. Cortesía SDO

Las estrellas hablan, pero casi nadie puede escucharlas. Por accidente científicos descubrieron evidencias experimentales de que emiten sonidos.

Cuando examinaban en laboratorio la interacción entre un láser ultraintenso y el plasma, los investigadores hallaron algo inesperado.

Descubrieron que una billonésima de segundo antes de que el láser golpeara, el plasma fluía rápido de áreas de alta densidad a otras de menos, creándose algo como una congestión de tráfico. El plasma se apilaba en la interfaz entre las regiones de alta y baja densidad produciendo series de pulsos de presión: una onda de sonido.

Pero no es un ruido monstruoso por el que hubiera que llamar a las autoridades para que le bajara volumen. El sonido emitido es un alta frecuencia, tan alta que sería difícil hasta para los murciélagos y delfines. A casi un billón de hertz, el sonido no era solo inesperado sino también muy cercano a la más alta frecuencia posible con tal material, 6 millones de veces más alto que lo que se puede escuchar en cualquier mamífero.

“Una de las pocas localidades en la naturaleza donde creemos que ese efecto pueda ocurrir es en la superficie de las estrellas. cuando están acumulando nuevo material podrían generar un sonido similar al observado en laboratorio, es decir que las estrellas podrían estar cantando, pero como el sonido no se puede propagar por el vacío del espacio nadie puede escucharlas”, dijo el profesor Jophn Paslye, del Instituto del Plasma en la Universidad de York y participante en el estudio.

El triste fin de los pulpos y calamares

Hay otra manera de acabar la vida marina: con ruido. Aunque no se crea, así podrían estar muriendo muchos animales, como calamares y pulpos, se desprende de un estudio español.

Hace tiempo se demostró que la contaminación sonora en los océanos provoca cambios físicos y de conducta en la vida marina, en especial en delfines y ballenas, que dependen del sonido en su vida diaria. Pero el sonido de baja frecuencia producido a gran escala por actividades lejos de la costa también puede producir daño.

Varios calamares gigantes fueron hallados en las playas de Asturias en 201 y 2003 tras el empleo de pistolas de aire utilizadas por barcos. Tras exámenes se determinó que no tenían lesiones conocidas, lo que sugería que quizás su muerte se debió a la exposición excesiva al sonido.

Michel André, de la Universidad Técnica de Cataluña en Barcelona y colegas, examinaron los efectos de la exposición al sonido de baja frecuencia, similar al que los calamares debieron experimentar en Asturias, en cuatro especies de cefalópodos.

Tal como se reportó en Frontiers in Ecology and Environment, todos los calamares, pulpos y sepias expuestos presentaban trauma acústico masivo en forma de lesiones severas en las estructuras auditivas.

En el experimento se expusieron 87 cefalópodos a pulsos cortos de sonidos de baja intensidad y frecuencia, de 50 a 400 Hertz y examinaron sus estatocistos, una especie de globos con líquido que les permite a estos invertebrados mantener el equilibrio y la posición, como el sistema vestibular en los mamíferos.

Se encontró daño celular en ellos y, con el tiempo, las fibras nerviosas se alargaron aparecieron agujeros, lesiones más pronunciadas en individuos examinados pocas horas tras la exposición.

La triste muerte de los cefalópodos.