Cerveza afecta a las mujeres

Cerveza, algo más que burbujas. ¿Será por allá? ¿O es para preocuparnos acá? Lo cierto es que un estudio reveló que las mujeres que beben cerveza con regularidad podrían aumentar el riesgo de desarrollar psoriasis, un trastorno autoinmune que afecta la piel.
Pero eso no es todo: otras opciones de bebidas alcohólicas, como la cerveza light o el vino, no se relacionaron con este riesgo.
Fueron investigadores del Hospital Brigham y de Mujeres, de la Facultad de Medicina de Harvard y de la Universidad de Boston que hicieron seguimiento a 82,869 mujeres a las que al principio no se les había diagnosticado psoriasis durante unos quince años, entre 1991 y 2005. Las participantes informaron sobre su consumo de alcohol y también informaron si un médico les había diagnosticado psoriasis.
Se halló que incluso cantidades relativamente moderadas de cerveza parecían aumentar el riesgo de psoriasis. Este aumentaba en casi 80 por ciento con 2,3 bebidas semanales.
Cinco cervezas o más por semana duplicaban y más el riesgo de diagnóstico de la afección cutánea, comparadas con las abstemias.
“Podemos decir que si a una mujer le gustaría consumir alcohol, y tiene antecedentes familiares o personales conocidos de psoriasis o algún otro motivo por el que podría estar predispuesta a esta afección, probablemente no deba elegir beber cerveza que no sea light”, aseguró Abrar A. Qureshi, autor principal del artículo que aparecerá en diciembre en Archives of Dermatology.

Qué placer: así saboreamos ese refresco

Qué refrescante, una bebida gaseosa. Sea light o no, engorde o no. En 1767, el químico Joseph Priestley se metió a su laboratorio con la idea de resolver un serio problema de los marinos ingleses, para que se mantuvieran sanos en sus largos viajes. Mezcló agua con dióxido de carbono para crear un líquido efervescente que imitara la más fina agua mineral que se consumía en los spas europeos. Así, apuró a sus benefactores para que ese tónico fuera probado a bordo de los barcos reales, líquido que no alivió los padecimientos del escorbuto, pero que a medida que pasaron los años, esa agua carbonada comenzó a ser popular en las ciudades por su sabor y luego como ingrediente de los refrescos y de los vinos espumosos.
Perdida en los 250 años de esta historia se encontraba la explicación científica de cómo la gente saboreaba estas burbujas en su vaso. Esta semana, en la revista Science. investigadores del National Institute of Dental and Craniofacial Research (NIDCR) de E. U., y colegas del Howard Hughes Medical Institute en la Universidad de California, San Diego, reportaron haber encontrado la respuesta en ratones, cuyo sentido del gusto se asemeja al de los humanos.
Hallaron que el sabor carbonatado es iniciado por una enzima amarrada como una pequeña bandera a la superficie de las células sensoras de la acidez en las papilas gustativas. La enzima, anidrasa carbónica 4, interactúa con al dióxido de carbono en la gaseosa o refresco, activando las células de la acidez en las papilas induciéndolas a enviar un mensaje sensorial al cerebro, donde lo carbonatado es percibido como una sensación familiar.
Lógico, indicó Nicholas Ryba, autor senior del estudio, esto conduce a preguntarse por qué lo carbonado no sabe ácido.
“Sabemos que el dióxido de carbono también estimula el sistema somatosensorial de la boca. Por lo tanto, lo que percibimos como carbonatado debe reflejar la combinación de esta información somatosensorial con aquella del gusto“.
El sistema somatosensorial transmite información sensorial dentro del cuerpo desde los receptores de proteínas a las fibras nerviosas y hacia el cerebro, donde se percibe una sensación. La información sensorial común incluye el gusto, el dolor, la temperatura y el tacto.