Religión y pacientes con cáncer: ¿ayuda?

La espiritualidad y la religión están fuertemente asociadas a la salud de pacientes con cáncer, pero se relacionan de manera diferente según la dimensión de esa espiritualidad y religiosidad.

Eso halló un estudio publicado en Cancer, que analizó numerosas investigaciones realizadas que incluían más de 44.000 pacientes.

En el primer análisis los investigadores se enfocaron en la salud física. Aquellos pacientes que tenían una gran religiosidad y espiritualidad reportaban mejor salud física, mayor capacidad para desempeñar sus tareas diarias y menos síntomas derivados del tratamiento. “Esas relaciones eran fuertes en pacientes que experimentaban aspectos más fuertes de la religión y la espiritualidad, incluyendo un sentido de significado y propósito de la vida así como una conexión con una fuente más grande que uno”, según el autor principal Heather Jim. Explicó que quienes reportaron mayor conocimiento de la religión y la espiritualidad, como la capacidad de integrar el cáncer en sus creencias, reportaban mejor salud; sin embargo la salud física no se relacionaba con aspectos de la religión y la espiritualidad como la oración, asistencia a cultos o meditación.

En un segundo análisis, sobre salud mental, se encontró que los aspectos emocionales de la religión y la espiritualidad estaban más asociados fuertemente con una salud mental positiva que los aspectos de conocimiento o comportamiento de la religión. “El bienestar espiritual estaba asociado con menos ansiedad, depresión o distrés”, dijo John Salsman, otro investigador.

En un tercer análisis sobre la salud social o la capacidad de los pacientes de mantener roles sociales y relaciones en su enfermedad, la religión y la espiritualidad tenían vínculos modestos pero confiables con la salud social. Era más fuerte en que quienes tenían mayor bienestar espiritual y creían en un dios benigno o tenían creencias fuertes.

Medite para que se alivie

Meditar trae sus beneficios. Y uno de ellos sería aliviar los síntomas relacionados con trastornos estomacales y digestivos.

La meditación podría aliviarlos mediante la modificación de ciertas señales genéticos según estudio publicado en Plos One.

En la investigación se trabajó con personas que tenían síndrome del intestino irritable o enfermedad del colon. Se encontró que haciendo yoga y meditando con frecuencia durante dos meses disminuían los síntomas asociados con esos problemas intestinales.

Tal parece que la intervención mente-cuerpo trabaja induciendo cambios genéticos en el cuerpo, dijeron los autores. Esto sugiere que la meditación que libera del estrés puede suprimir la actividad de ciertos genes responsables de causar inflamación y otros problemas del sistema inmunitario en esa clase de pacientes.

Ya algunos estudios habían mostrado que la meditación puede cambiar la expresión de los genes de ciertas formas, pero este estudio es de los primeros en mostrar el impacto en la expresión de genes en personas con una enfermedad específica, indicó Braden Kuo, cabeza del grupo de investigadores.

El hallazgo es más interesante al considerar que los investigadores han establecido una relación entre el estrés y los problemas digestivos. Estudios han revelado que el trauma sicológico puede contribuir al síndrome, que genera dolor abdominal, constipación y diarrea.

Aunque el síndrome y la enfermedad intestinal pueden ser confundidas, son distintas. La segunda es menos común e incluye inflamación del tracto digestivo; los principales tipos son la colitis ulcerativa que afecta el colon y la enfermedad de Chron que afecta los intestinos pero puede ocurrir en cualquier punto del sistema digestivo.

Aguante, Zen

Zen. La milenaria meditación Zen, que puede proveer un equilibrio mental, físico y emocional, puede, también, reducir el dolor, dijeron investigadores de la Universidad de Montreal.
En un estudio en Psychosomatic Medicine, reportaron que quienes tienen esa práctica muestran menor sensibilidad al dolor, tanto en el estado meditativo como fuera de él comparados con quienes no meditan.
En el estudio, Joshua Grant, estudiante de doctorado y co autor, y el profesor Pierre Rainville, trabajaron con 13 meditadores con un mínimo de 1.000 horas de práctica y contrastaron con 13 que no meditaban. Quienes lo hacían, resistieron más una prueba de calor, tolerando temperaturas de hasta casi 53 grados Celsius.
Grant y Rainville advirtieron una marcada diferencia en cómo los dos grupos reaccionaban a la prueba de dolor. Durante la meditación, parecía que los del grupo Zen reducían el dolor en parte por una menor respiración, 12 veces por minuto, contra 15 de los no meditadores.
Tal parece que respirar menos puede influir en el dolor al mantener el cuerpo en un estado de relajación.