El parásito con la vida más dura

Machos tratando de acceder a una hembra dentro de la abeja andrena. W. Rutkies

Machos tratando de acceder a una hembra dentro de la abeja andrena. W. Rutkies

Hay destinos poco deseables, aunque por algo debe ser. Las hembras del insecto parásito Stylops ovinae viven dentro de las abejas andrenas. Y mientras los machos pueden revolotear por ahí con sus alas durante unas horas antes de morir, ellas están atadas a su hogar: sí, viven dentro de esa abeja toda su vida, con solo una parte de su cefalotórax expuesto.

Pero eso no es todo: una vez su descendencia sale de los huevos, se la comen viva. Todo ello sin contar que no posee alas, patas, antenas, ojos, boca ni genitales.

Tiene descendencia pese a no poseer genitales, porque antes de ser engullida por sus hijos, pasa por una inseminación traumática, un apareamiento en el que el macho perfora su cuerpo con su pene de menos de medio milímetro de longitud.

Esas abejas son comunes en Alemania y a veces aparecen semanas antes de lo previsto en la primavera: han sido infectadas por ese parásito.

Para estudiar ese sistema de abeja-parásito, Hans Pohl de Friedrich Schiller University Jena, tomó imágenes en laboratorio con un microscopio de escaneo de electrones y registró 4 actos de apareamiento de los parásitos, estudio publicado en Scientific Reports.

El macho se une a la abeja y hunde su pene en el cuerpo de la hembra, por su cuello. Allí permanece entre 8 y 34 minutos antes de partir. Transferir el esperma solo toma unos segundos, pero se queda más tal vez para evitar la competencia de otros machos,

Al evitar el tracto reproductivo de la hembra, la traumática inseminación es una manera en la que los machos aseguran que su esperma es el que usarán las hembras para producir su descendencia. A la vez la hembra pudo haber desarrollado un modo de no ser afectada demasiado en el acto al poseer un pequeño bolsillo en el cuello donde el macho deposita el esperma, lo que da algo de protección frente al trauma de múltiples machos clavando su cuello. Según el investigador.

Nos parecemos a un gusano, sugiere estudio

Tendríamos menos genes, aunque no dejaríamos de ser por eso menos complejos.

Sí, un nuevo estudio actualizó el número de genes que poseemos los humanos, esos que pueden generar proteínas, y encontró que solo tenemos 19.000, unos 1.700 menos que evaluaciones previas.

El estudio fue publicado en Human Molecular Genetics y concluyó además que la mayoría de esos genes tienen sus ancestros antes de la aparición de los primates hace 50 millones de años.

Nuestra historia viene de mucho más atrás.

El encogimiento del genoma humano es como los científicos describen las continuas correcciones al número de genes codificadores de proteínas que ha culminado con los cerca de 19.000 genes descritos en este trabajo.

“La parte codificante del genoma que produce proteínas está en movimiento continuo, Nadie podía haberse imaginado hace unos años que tan pocos genes pudieran hacer algo tan complejo”, dijo Alfonso Valencia, del CNIO, centro español de investigación en cáncer, quien encabezó el estudio.

Una de las hipótesis derivadas de la investigación es que más del 90% de los genes humanos producen proteínas que se originaron en metazoarios u organismos multicelulares del mundo animal hace cientos de millones de años. Cerca del 99% de esos genes estaban antes del surgimiento de los primates.

Para David Juan, otro investigador, el número de nuevos genes que separan los humanos de los ratones, esos genes que han evolucionado desde la aparición de los primates, puede ser menos de 10.

Eso contrasta con los más de 500 genes humanos con orígenes desde la aparición de los primates.

El estudio acerca el número de genes que tenemos a los gusanos Caenorhabditis elegans, gusanos de solo 1 milímetro de longitud y aparentemente menos complejos que nosotros.

Qué desorden de criatura

Si tenenos 46 cromosomas y no nos entendemos aún, ¿qué decir de Oxytricha trifallax, una pequeña criatura de estanques? Posee 15.600 cromosomas.

El ADN está empacado en estas estructuras. Las moscas de las frutas tienen 8, los perros 78, pero la organización es en esencia la misma. Científicos secuenciaron el genoma de ese organismo, que no es animal ni planta sino protista -parte de los reinos de la vida que incluye algas y amebas, y encontraron un enorme caos.

Compuesto de una sola célula, nunca crece más de un cuarto de milímetro. Nada en estanques en busca de microbios para comer y se mueve batiendo sus pequeños pelos, las cilios, de donde su grupo obtiene el nombre: los ciliados.

Dentro de su célula posee dos núcleos que contienen el ADN. Uno de estos, el micronúcleo, porta la edición completa de su genoma, tal como un núcleo en nuestras células. Es el estante de la enciclopedia. Pero mientras el material en nuestro núcleo debe ser decodificado constantemente y transcrito para que podamos vivir, el núcleo de Oxytricha está inactivo: a duras penas esa enciclopedia es leída.

En vez de esta, depende de una segunda estructura llamada el macronúcleo. Es un desorden. Todo el ADN en el micronúcleo es copiado miles de veces y movido al macronúcleo. En el proceso, se parte en decenas de miles de puntos, se reorganiza y es cortado. Lo que queda es una colección de miles de nanocromosomas que contienen toda la información que Oxytricha requiere para sobrevivir. Esta es la materia que es decodificada y transcrita, usada y reutilizada mientras las originales acumulan basura.