Tener 72 años es como tener 30 en la antigüedad

A pesar de lo que digan las revistas de moda, 40 no son los nuevos 30. Un nuevo estudio precisó que los humanos viven hoy mucho más en comparación con el resto de la historia humana, que la probabilidad de morir a los 72 es similar a la que probablemente enfrentaban nuestros ancestros a los 30 años.

Este aumento es más bien reciente, de los últimos 150 años. Y créase o no, no tiene que ver con aguantar hambre, con las dietas y menos con los genes. Tampoco las drogas antiedad que se aplican algunas pero revejidas celebridades.

El aumento en la longevidad se debe probablemente a la eliminación de peligros ambientales que enfrentaron los Homo sapiens, reveló un antropólogo evolutivo y colegas en Proceedings of the National Academy of Sciences-PNAS.

Las medidas de sanidad que permitieron hacer potable el agua, el acceso regular a alimentos, más los antibióticos y las vacunas parecen ser combatientes de primera fila contra la muerte.

“Es llamativo”, indica Ronald Lee, economista de la Universidad de California en Berkeley, especializado en demografía y envejecimiento. “Pensamos que los humanos son una especie de vida larga. Esto crea la pregunta de cuán lejos podemos llegar”. Lee, citado por ScienceNews, no participó en el estudio.

Oskar Burger y su grupo querían estudiar la longevidad humana en un contexto evolutivo, por lo que analizaron datos de chimpancés, sociedades de cazadores en partes de África y Suramérica y las cifras de la base de datos de mortalidad en Japón, Francia y Suecia.

Los datos revelan una constante y gradual caída en la probabilidad de morir relativamente joven que comienza un poco antes de 1900 para los franceses y los suecos. Pero la mortalidad para los cazadores-recolectores permanece cerca a la de los chimpancés que a la de las sociedades occidentales. Pero cuando analizaron cazadores-recolectores que recibían alguna medicina occidental y ocasionales ayudas con alimentos, la mortalidad en esos grupos disminuyó, ampliando la distancia con los chimpancés, llevándolos a números cercanos a los franceses y suecos de antes de 1900.

“Es sorprendente lo que el agua limpia y un poco de comida extra hacen”, dijo Burger, miembro del Max Planck Institute for Demographic Research en Rostock, Alemania.

Un cazador-recolector tiene la misma probabilidad de muerte como un japonés que tenga 72. A los 15 años, un cazador tiene un 1,3% chance de morir en el año siguiente. Para los suecos esa probabilidad es a los 69.

El estudio encontró, por sorpresa, que hay campo para mejorar y que el límite superior para vivir saludablemente aún puede ser obtenido. La teoría del envejecimiento sugiere que la maquinaria biológica debería resquebrajarse una vez la persona pasa la edad de reproducción y cuidado de los jóvenes. Por alguna razón, los humanos se han convertido en excepcionales para eludir esa situación.

Y los investigadores pueden ser aún capaces de extender la duración de la vida con investigaciones sobre los interruptores celulares y los genes que extienden la vida de gusanos y roedores en laboratorio.

Mujeres tienen 133% más riesgo de morir tras muerte de su hijo

Cuando fallece un hijo por cualquier causa, la madre tiene un 133% de más riesgo de morir en los siguientes 2 años, reveló una investigación del Rochester Institute of Technology.

Ese riesgo se presenta fuese cual fuese la causa de muerte, el género del hijo, el estado civil, el tamaño de la familia, los ingresos o el nivel educativo de la madre.

Javier Espinosa compiló resultados de 9 años de investigación tras estudiar más de 69.000 madres, de 20 a 50 años de edad. El impacto de muerte es más fuerte en los 2 años siguientes a la muerte del hijo.

“Hasta donde sé, este es el primer estudio que analiza empíricamente el tema en una gran cantidad de datos en Estados Unidos”, dijo. “La evidencia de una tasa elevada de muerte de la madre es útil para las políticas de salud pública y el tiempo de intervención para reducir los efectos adversos de la salud que ellas experimentan tras la muerte del hijo”.

El estudio, del cual es coautor William Evans, de University of Notre Dame, fue publicado en el journal Economics and Human Biology.

Espinosa ha conducido además investigaciones extensas en el tema de la mortalidad de esposos, llegando a la conclusión de que los hombres que sufren la pérdida de su mujer experimentan un aumento del 30% en mortalidad. Para las mujeres, no hay un aumento en la mortalidad por la muerte de su esposo, pero se presenta una correlación entre el tiempo de la muerte de esposo y esposa.

Espinosa cree tener la explicación con base en datos de personas casadas entre 1910 y 1930: “cuando una mujer muere, los hombres a menudo no están preparados. Han perdido su compañía –alguien que cuida de ellos física y emocionalmente, y la pérdida impacta directamente la salud del hombre”.

“El mismo mecanismo es probablemente más débil para la mayoría de las mujeres al morir su esposo. Por lo tanto, la conexión de la mortalidad en viudas puede ser una reflexión de cómo parejas similares sobreviven en el tiempo.