Pum… ¡y se hizo invisible!

No es una nueva serie de televisión ni tampoco una excitante novela de aventuras. La invisibilidad está aquí y llegó para quedarse.

El sueño de tantas personas desde hace tantísimos años está al alcance de la mano.

“Ver algo invisible con los propios ojos es una experiencia increíble”, dicen Joachim Fischer y Tolga Ergin. Durante casi un año el par de físicos y miembros del equipo del profesor Martin Wegener en el Center for Functional Nanostructures ha trabajado para refinar la estructura del manto de invisibilidad de Karlsruhe de modo que sirve también en el rango visible del espectro.

En los mantos de invisibilidad, las ondas de la luz son guiadas por el material de modo que dejan el manto como si nunca hubieran hecho contacto con el objeto oculto. En consecuencia, el objeto es invisible al observador. Las exóticas propiedades ópticas del material camuflador se calculan mediante herramientas matemáticas complejas.

Son propiedades que resultan de una estructuración especial del material. Tiene que ser más pequeño que la longitud de onda de la luz que tiene que ser deflectada. En las longitudes visibles al ojo humano, los materiales tienen que ser estructurados en el rango del nanómetro.

El manto producido por Fischer y Ergin es más pequeño que el diámetro de un cabello humano. Hace que la curvatura de un espejo de metal aparezca plana, y como resultado de ello un objeto oculto detrás se hace invisible.

El metamaterial puesto encima de esta curvatura parece como un palillo de madera, pero consiste de plástico y aire.

En resumen: el metamaterial usado desvía los rayos de luz, de modo que lo que hay detrás no es visto por los ojos pese a que allí permanece.

En menos de cinco años el desarrollo del manto de la invisibilidad pasó de la teoría a la realidad.

En la imagen, micrografía electrónica de la estructura del manto de la invisibilidad. En morado, el metamaterial de polímero y aire.

Ellos y ellas: diferencias que marcan diferencia

¿Qué ventajas o desventajas tiene que hombres y mujeres juzguen distinto?

Las mujeres parecen jugar con un mayor abanico de posibilidades a la hora de hacer juicios, mientras que para los hombres o es blanco o es negro.

Esto según un estudio que aparecerá en Archives of Sexual Behavior y que fue hecho por Vickie Paterski, Karolina Zwierzynska y Zachary Este, de la Universidad de Warnick.

Se les pidió a 113 personas si determinados objetos cabían parcial, completamente o no cabían dentro de ciertas categorías. Los 50 objetos buscaban estimular el debate o el desacuerdo sobre a cuál categoría pertenecían, como por ejemplo ¿es el tomate una fruta? o ¿es la pintura una herramienta?

Se encontró que los hombres eran más datos a hacer juicios absolutos: el tomate es o no es una fruta, mientras las mujeres no eran tan radicales: el tomate puede caber en la categoría de fruta. Las mujeres encuestadas tendían a suavizar sus respuestas y fueron un 23 por ciento más dadas a asignar a un objeto la categoría ‘parcial’.

El estudio confirma lo que el saber popular ha intuido: esas diferencias entre machos y hembras en la categorización.

Pero lo que parece tan simple, no lo es. Zachary Estes lo explica: “un médico puede ser más dado a diagnosticar con mayor rapidez un conjunto de síntomas de una enfermedad. Es una ventaja al comenzar a tratar la enfermedad pronto, pero no si se mira desde otro punto de vista: ¿qué pasa si está equivocado? Un grado más abierto de categorizar o diagnosticar sería más efectivo?