Sistema inmune cerebral nos conduce a prejuicios

Si cree que el primero que se alerta frente a una infección es el sistema inmunológico está… equivocado. No. Es el cerebro.

Un artículo aparecido en Current Directions in Psychological Science sugiere que nuestros cerebros contienen una especie de sistema inmune conductual que defiende contra las enfermedades aún antes de que los patógenos que las provocan entren al cuerpo.

Mark Schaller, de la University of British Columbia, coautor, sugiere que una serie de factores psicológicos se combinan para detectar y evitar potenciales infecciones en el ambiente inmediato. Es una primera línea de defensa contra las infecciones, que reduce la carga que debe soportar el sistema inmunológico como tal.

Y, tal parece, esta situación afecta nuestras interacciones con otras personas. Los científicos encontraron que cuando las personas se sienten más vulnerables frente a la infección, son menos extrovertidas.

Esto concuerda con otro estudio mundial sobre diferencias en la personalidad reveló que las personas son generalmente menos extrovertidas en países donde las enfermedades infecciosas han prevalecido históricamente. Muchos otros estudios sugieren que la amenaza de enfermedad puede contribuir a prejuicios contra personas que actúan de manera que parece inusual.

Los autores sugieren sin embargo que muchos de esos prejuicios son equivocados y muy costosos. La piel afectada, por ejemplo, puede ser percibida como infecciosa cuando no lo es. “Este sistema está diseñado para identificar cosas que pueden ser infecciosas, pero se apoya en señales imperfectas”, dijo Schaller.

“Esto nos conduce a menudo a evitar cosas y personas que no poseen ningún riesgo”.

La investigación futura en el sistema inmune conductual puede ayudar a descubrir las causas ocultas de muchos prejuicios y, por ende, estar mejor preparados para intervenir y vencerlos.

El bostezo contagioso es pura empatía con otros

El bostezo es contagioso. Y para las personas, bostezar en ciertos sitios o frente a determinadas personas es motivo de vergüenza. Contener el bostezo puede dar lugar a una serie de graciosas expresiones faciales.

Se bosteza por aburrimiento o por sueño. Pero por algo más también: entre los chimpancés, el bostezo es una señal de conexión social entre los individuos, reveló un estudio en el Centro de Investigación en Primates de Yerkes, con el cual los investigadores dan un paso adelante en el entendimiento de la empatía, mecanismo que se cree está detrás del bostezo, tanto en humanos como entre chimpancés.

Los científicos de Yerkes descubrieron que los chimpancés bostezan más a menudo cuando ven familiares bostezando que cuando ven extraños, según el artículo publicado en Public Library of Sciences One (Plos One).

Matthew Campbell y Frans de Waal proponen que cuando el bostezo se expande entre los chimpancés, refleja la empatía subyacente entre ellos.

“La idea es que el bostezo es contagioso por la misma razón que las sonrisas, la fruncida del ceño y otras expresiones faciales son contagiosas”, escribieron. “Nuestros resultados apoyan la idea de que el bostezo contagioso puede ser utilizado como una medida de empatía, porque la predisposición que observamos era similar a la predisposición de empatía vista en humanos”.

El estudio se realizó con 23 chimpancés adultos en dos grupos separados. Se les presentaron video-clips de 9 segundos de otros chimpancés bostezando o haciendo algo distinto. Bostezaban 50 por ciento con más frecuencia en respuesta a ver miembros de su grupo bostezando que cuando veían a otros.

En humanos se han identificado ciertas partes del cerebro que se activan cuando alguien siente dolor o ve que otro lo siente. En esa situación las personas tienden a mostrar mayor sensibilidad hacia individuos de su mismo grupo social.

Los resultados llevan a preguntarse si sucede lo mismo entre personas en asuntos del bostezo, aunque habrá un problema para responderla: las personas no ven necesariamente a los extraños como pertenecientes a otro grupo.

Para los autores, el bostezo contagioso podría ser una ventana a las conexiones emocionales y sociales entre los individuos y sugiere que mirar las barreras en la empatía de los chimpancés ayudaría a romper esas barreras en los humanos.

Los humanos pecamos más por omisión

Curioso: Es mejor pecar por omisión que por comisión. A eso, parece, somos más dados los humanos.

La gente se siente mejor dejando que las cosas sucedan antes que provocar algo malo, según un estudio publicado por Psychological Science. Esto se debería a que creemos que las personas pensarán peor de nosotros si hacemos algo que no se debe a que si dejamos que simplemente pase.

“La omisión y la comisión aparecen con relativa frecuencia en la vida diaria y a veces son un rompecabezas”, afirma al psicólogo de moral, Peter DeScioli, de Brandeis University, quien condujo el estudio con John Christner y Robert Kurzban, de la Universidad de Pennsylvania.

“Si un cajero le entrega a usted 20 dólares extras, algunos pensarán que está bien quedarse con el dinero, pero muchos de ellos nunca sustraerían el billete si el cajero no estuviese mirando”.

Los psicólogos han creído que esto se da porque el cerebro comete un error; trabaja diferente a través de cálculos morales cuando pensamos en un pecado por omisión –no devolver el billete- contra el pecado de comisión –robárselo. Pero DeScioli y colegas pensaban distinto: que la gente estaba en verdad haciendo una decisión estratégica acerca de cómo actuar basados en cómo alguien más podría juzgarla.

Para resolverlo, idearon un experimento con personas reclutadas a través de un sitio web que paga a las personas pequeñas cantidades de dinero por hacer unas tareas. Y pudieron comprobar que las personas son más dadas a hacer algo malo por omisión si sabían que podían ser castigadas por su acción.

El estudio ayudará a los psicólogos a sortear la relación entre conciencia –las decisiones morales que usted hace por su cuenta- y condena, los juicios negativos hechos por personas que lo ven actuar.

Hechos curiosos de la ciencia

Espermatozoides

Las semillas de la reproducción humana habrían aparecido hace 600 millones de años. Científicos hallaron un gen productor de espermatozoides que apareció en el alba de la evolución humana y está presente en casi todos los animales, de las anémonas marinas a las personas, sugiriendo que la célula reproductiva de los hombres evolucionó de un ancestro común. Hasta ahora, los científicos no estaban seguros de si la producción de espermatozoides evolucionó varias veces en diferentes linajes de animales o si un solo ancestro inició el proceso. La mayoría de los espermatozoides animales pasan a través de etapas similares de desarrollo, sugiriendo un origen común. El estudio publicado en Plos Genetics sugiere que un gen, Boule, surgió hace 600 millones de años y desde entonces ha sido crucial para la producción de espermatozoides, el primer gen del esperma humano que se halla conservado en insectos y mamíferos. Qué curioso.

Americanos despistados

Dos de cada cinco norteamericanos creen en el creacionismo, según una encuesta reciente de Gallup. Los encuestados creen que los humanos fueron creados en su forma actual hace unos 10.000 años por Dios, mientras 38 por ciento creen que los humanos han evolucionado durante millones de años, con Dios solamente guiando el proceso, y apenas 16 por ciento creen que Dios no metió las manos en la evolución humana, siete por ciento más que en otra encuesta de 1982. Qué curioso.

Lapicero inteligente

En el futuro, más y más productos serán capaces de interpretar lo que quienes los usen sientan y emplearán esa información de una manera útil. Miguel Bruns Alonso acaba de inventar un lapicero que puede ayudar a reducir el estrés. En experimentos, la tasa de latidos de las personas que lo usaron se redujo en promedio 5 por ciento. El lapicero detecta los movimientos nerviosos de la persona y determina si está estresada. La gente juega con estos elementos cuando está tensa. Sensores en el lapicero lo detecta y además desarrolla un contrapeso a ese movimiento mediante dispositivos electrónicos y electromagnetos para que la persona se relaje. Qué curioso.

Respire bastante para tranquilizarse

Un nuevo tratamiento para quienes padecen la sofocación que acompaña un ataque de pánico se centra en hacer que las personas respiren menos, contrario a lo que se pensaba antes. El tratamiento, que incluye una técnica para alterar la respiración, es más efectivo para aliviar los síntomas del desorden de pánico y la hiperventilación que la terapia psicológica tradicional, según estudio de Alicia Meuret en Southern Methodist University en Dallas. Qué curioso.

Los genes que marcan la estatura

Si mi papá era alto y mi mamá bajita, ¿cómo debo ser yo? Los dos eran bajitos y crecí mucho. O soy el bajito de la casa… ¿Qué es todo esto?

Que entre 200 instituciones más o menos, dirigidos por investigadores del Children’s Hospital Boston, the Broad Institute y otra media docena de centros en Estados Unidos y Europa, identificaron cientos de variantes genéticas que responder por cerca del 10 por ciento de las variaciones heredadas en la estatura entre las personas.

No es que no se tome la sopita. Es que los genes tienen mucho que ver. Aunque factores ambientales pueden incidir, seguramente.

El esfuerzo fue denominado Giant (obvio), queriendo decir Genetic Investigation of Anthromometric Traits.

Los científicos recogieron datos de más de 180.000 personas, incluyendo millones de resultados genéticos de cada uno de 46 estudios distintos en Estados Unidos, Canadá, Europa y Australia. Los hallazgos fueron publicados en Nature.

Los investigadores reportaron cientos de variantes genéticas asociadas con la altura, localizadas en al menos 180 distintos puntos del genoma, conocidos como loci.

Mostraron que esas variantes se agrupaban consistentemente alrededor de los genes de al menos seis caminos biológicos diferentes. Muchos están situados cerca de genes que se sabe están involucrados en síndromes del crecimiento esquelético, mientras otros implican reguladores genéticos del crecimiento que no se conocían, abriendo una nueva frontera para los estudios biológicos de la estatura.

“La estatura tiene que ver claramente mucho con la genética –padres bajos tienden a tener hijos bajos, y los altos a tener hijos altos”, dijo Joel Hirschhorn, co autor señor del estudio.

Restituyámosle el buen nombre al tiburón

Es más peligroso andar bajo una tormenta eléctrica o cerca de un enjambre de abejas que ir a la playa.
Aunque son estudios relacionados con Estados Unidos, un reporte de Andre Landry, experto marino del Texas A&M University en Galveston trae la calma.
De 1959 a 2008, en todo Estados Unidos 1.930 personas murieron por un rayo y sólo 25 por ataques de tiburones. En Texas, en ese periodo, 208 personas murieron por los rayos y sólo 1 por ataque de tiburón.
Es más peligroso el viaje hasta la playa, tal parece.
Landry expresó que “usted no tiene que preocuparse mucho por los tiburones cuando esté en la playa”. La gente siempre tiene un factor de miedo porque no sabe qué hay al lado o en la cercanía bajos las aguas.
De distintas maneras se ha probado muchas veces que estos escualos no atacan intencionalmente a los humanos como fuente de alimento. Cuando hay un ataque es porque hay una fuente de alimento cercana al mismo tiempo.
Algunos surfistas han sido atacados por tiburones. Se cree que es porque a los ojos de los tiburones aparecen como focas, una de sus comidas, cabalgando en la ola.
Este año van 28 ataques en Estados Unidos con sólo un caso fatal.
La probabilidad de ser atacado por un tiburón es 1 en 264 millones, según un reporte de The Internacional Shark Attack File.
En contraste, cada año en todo el mundo al menos de 50 a 100 personas perecen por ataques de abejas.
Aunque las estadísticas son claras, hay maneras de reducir las probabilidades de un ataque. Se pueden ver en el sitio de George Burgess.

Dando vueltas toda la vida

Quiérase que no: cuando una persona se extravía, lo usual es que comience a caminar en círculos, según demsotración empírica del Grupo de Acción y Percepción Multisensorial del Instituto Max Planck.
En su estudio publicado en Current Biology, examinaron la trayectoria de varias personas que caminaron durante horas en el desierto del Sahara en Túnez y en los bosques de Bienwald (Alemania).
Mediante un sistema de posicionamiento geográfico, grabaron sus trayectorias y mostraron que los participantes sólo fueron capaces de mantener una línea recta cuando el Sol o la Luna eran visibles. Tan pronto el Sol desaparecía tras las nubes, comenzaban a andar en círculos.
Una explicación que se le daba a esta situación, explicó Jan Souman, era que todas las personas tienen una pierna más corta que la otra, lo que incide en su una tendencia a caminar hacia un lado. Pero al removerse el efecto de la visión con un vendaje, los participantes caminaban en círculos, incluso en unos tan pequeños de 20 metros. Y no eran en una sola dirección, sino a veces a la derecha, otras a la izquierda.
Para Marc Ernst, de ese Instituto, los resultados revelan que aún cuando la gente está convencida de caminar en línea recta, su percepción no es siempre confiable. Para hacerlo, requieren alguna pista confiable, como una torre, la distancia a una montaña o el Sol.