El gen de la infidelidad

Hasta en las sociedades humanas se presenta: el macho tiene menos objeciones cuando de promiscuidad se trata, aunque hay hembras que revolotean por acá y por allá.

Bueno, en el caso de las aves parece ser similar por razones que no se sospechaban: Sí científicos habrían hallado un gen de la infidelidad.

Algunos pájaros cantan para mostrar felicidad, pero cuando un macho del diamante mandarín (zebra finch, Taeniopygia guttata) le canta a una hembra que no ha visto antes está buscando una aventura. Si ella responde, es que también lo desea.

En distintas especies de aves se presenta una relación de monogamia, aunque cierta parte de la descendencia se debe a relaciones por fuera de la pareja.

Cuando un macho se aparea con una hembra que no es la usual, está pasando sus genes más allá, pero las hembras adúlteras no a sabiendas de que el padre no le ayudará a criar los hijos.

Entonces, ¿por qué lo hacen? Un nuevo análisis del cortejo de miles de encuentros entre estos pájaros paserinos comunes en Australia e introducidos a otros países, así como el estudio genético de la paternidad reveló que las hembras que son hijas de machos más promiscuos son más dadas a aparearse con varias parejas.

¿La razón? Investigadores reportaron en Proceedings of the National Academy of Sciences que los machos portarían un gen de la promiscuidad que transmiten a sus descendientes, tanto machos como hembras.

Los científicos encabezados por Wolfgang Forstmeier y colegas del Max Planck Institute for Ornithology, demostraron que en esos pájaros monógamos las diferencias individuales en el apareamiento por fuera de la pareja tienen un componente hereditario que extrañamente es compartido entre los sexos, así que una selección positiva en machos para procrear fuera del nido conducirá a un mayor apareamiento extra pareja por las hembras, como respuesta evolutiva correlacionada.

Esa conducta se da solo por los genes respectivos, independiente de que ella no obtenga beneficio alguno con ese apareamiento adicional.

Antes de morir: yo con yo

El instinto de supervivencia. Hay quienes creen que la función de los organismos vivos en este mundo es dejar descendientes que aseguren la viabilidad de la especie.
Curioso lo que le sucede al pequeño caracol Physa acuta, que vive en ríos y lagos.
No se gasta afanes para encontrar una pareja. Espera y espera hasta que parezca. Pero cuando huele un depredador, como hermafrodita que es, se fertiliza, para procrear, reveló un estudio de Josh Auld, del National Evolutionary Synthesis Center en Durham.
“No pueden esperar una pareja indefinidamente, en especial si el riesgo de muerte es alto”, dijo.
Este caracol de color café tiene todo lo que se requiere para la reproducción. Dado que cada uno produce espermatozoides y huevos, tienen más de una opción para dejar descendencia.
El problema es que cuando se autofertilizan, la descendencia es menos viable. Es una especie de tiro al aire.
Cuando detectan peligro, ahí cambia todo, de acuerdo con el estudio presentado en Evolution. Se apuran para fertilizarse, pues después de todo es mejor dejar descendencia, así no sea tan saludable.
Para sorpresa, Auld halló que en aguas con la esencia de depredador, a los hijos del caracol autofertilizado no les va tan mal.
Increíbles asuntos de la naturaleza.