El triste fin de los pulpos y calamares

Hay otra manera de acabar la vida marina: con ruido. Aunque no se crea, así podrían estar muriendo muchos animales, como calamares y pulpos, se desprende de un estudio español.

Hace tiempo se demostró que la contaminación sonora en los océanos provoca cambios físicos y de conducta en la vida marina, en especial en delfines y ballenas, que dependen del sonido en su vida diaria. Pero el sonido de baja frecuencia producido a gran escala por actividades lejos de la costa también puede producir daño.

Varios calamares gigantes fueron hallados en las playas de Asturias en 201 y 2003 tras el empleo de pistolas de aire utilizadas por barcos. Tras exámenes se determinó que no tenían lesiones conocidas, lo que sugería que quizás su muerte se debió a la exposición excesiva al sonido.

Michel André, de la Universidad Técnica de Cataluña en Barcelona y colegas, examinaron los efectos de la exposición al sonido de baja frecuencia, similar al que los calamares debieron experimentar en Asturias, en cuatro especies de cefalópodos.

Tal como se reportó en Frontiers in Ecology and Environment, todos los calamares, pulpos y sepias expuestos presentaban trauma acústico masivo en forma de lesiones severas en las estructuras auditivas.

En el experimento se expusieron 87 cefalópodos a pulsos cortos de sonidos de baja intensidad y frecuencia, de 50 a 400 Hertz y examinaron sus estatocistos, una especie de globos con líquido que les permite a estos invertebrados mantener el equilibrio y la posición, como el sistema vestibular en los mamíferos.

Se encontró daño celular en ellos y, con el tiempo, las fibras nerviosas se alargaron aparecieron agujeros, lesiones más pronunciadas en individuos examinados pocas horas tras la exposición.

La triste muerte de los cefalópodos.

El planeta que salió de las sombras

El que busca, encuentra. En los años 90, astrónomos habían advertido una forma rara en el disco de polvo y gas orbitando una joven estrella a 60 años luz de la Tierra. Hoy, con nuevas herramientas, descubrieron un planeta gigante escondido en ese mundo en formación.
El planeta es unas nueve veces más masivo que Júpiter y está compuesto más que todo de gas. Pero lo que llama la atención es que sólo tiene unos pocos millones de años de edad, lo que demuestra que los cuerpos planetarios se pueden formar más rápido de lo que se creía.
La estrella es la conocida Beta Pictoris, que atrajo la atención por primera vez hace 25 años, cuando una sonda de la Nasa encontró que emitía una intensa radiación en infrarrojo, lo que significaba que estaba inmersa en una nube de polvo caliente.
Observaciones posteriores revelaron un disco de polvo y gas, una posible señal de formación planetaria. Se descubrió entonces que un chorro de gas caía hacia la estrella, halado por la fuerza gravitacional, lo que sugería que había en el exterior un planeta u otra estrella.
Beta Pictoris tiene de 10 a 12 millones de años de edad y el disco de polvo y gas que la rodea tiene una edad similar
En 2003 la astrofísica Anne-Marie Lagrange, del Observatorio de Grenoble en Francia tomó imágenes de la estrella pero no halló nada. En 2008 hizo una segunda mirada y halló un punto hacia el nordeste del disco de polvo y al año siguiente halló que orbitaba alrededor de la estrella a una distancia de 8 a 15 veces la distancia Tierra-Sol. Había encontrado el planeta B. Pictoris b, con un periodo orbital de entre 17 y 35 años, de acuerdo con el reporte que presentó en Science.
Ahora hay que afinar la puntería: determinar su tamaño, forma y la composición de la atmósfera, dijo el astrónomo James Graham, de la Universidad de California en Berkeley. Foto ESO.