Cuando el hambre acosa, el pajarito hace lo que sea

Cuando los tiempos son difíciles, cualquier hueco es trinchera. El dicho popular puede aplicársele al pequeño pájaro carbonero común (Parus major) que mide unos 14 centímetros.
Al escasear los recursos cuando la nieve oculta los campos, se dedica a cazar y comer… ¡murciélagos! Así lo reportaron investigadores del Max Planck Institute de Alemania.
Se trata de una familia nada común. En los años 40 se había comprobado la capacidad de un familiar suyo, el Cyanistes caeruleus, otro paserino, para abrir la tapa de aluminio de las botellas con leche que dejaban en los portillos los lecheros.
Ahora, durante observaciones realizadas por 21 días en dos inviernos, se observó 18 veces el vuelo de carboneros hacia una cueva al nordeste de Hungría para buscar comida y alimentarse del murciélago Pipistrelle común ( Pipistrellus pipistrellus) que hiberna allí.
Con la pequeña luz que ingresa, estos pájaros son capaces de orientarse y penetrar a la caverna, guiándose quizás por el sonido que hacen los animales en hibernación, para encontrar sus presas.
A los pájaros les toma unos 15 minutos desde que ingresan a la caverna en busca de murciélago y en ocasiones salían con él entre el pico para comérselo en un árbol del vecindario.
Se trata de una conducta adaptada. Cuando los investigadores colocaron semillas de girasol y tocino a la entrada de la cueva, sólo uno continuó en busca de un murciélago para alimentarse.
Y parece que el comportamiento es pasado de generación en generación. Peter Estok, primer autor del estudio, había visto hace cerca de 10 años un pájaro que salía de la caverna con un murciélago. Foto cortesía Dietmar Nill

El habla que viene del mar

Si alguna vez se ha preguntado de dónde viene el habla de las personas, lea con atención:
Su sonido repetido hasta el cansancio fue el precursor del que se escucha en una aria de Puccini o en una melodía de Shakira. Sí, los peces del género Porichthys emplean una primitiva vocalización para llamar a las hembras hacia su nido. Tal expresión acústica tiene cientos de millones de años.
Andrew Bass, profesor de Cornel y sus colegas Edwin Gilland de Howard University y Robert Blake de New Cork University, encontraron que la red neurológica detrás de la producción de sonidos en los vertebrados podía ser rastreada hacia un tiempo evolutivo, una era mucho antes de que los primeros animales se aventuraran en tierra firme. El hallazgo lo hicieron al trazar un mapa de las células cerebrales de larvas del llamado pez midshipman y compararlas con otras especies.
Al comparar el circuito neurológico de las vocalizaciones de anfibios, aves, reptiles y mamíferos, Bass encontró que si bien varían en complejidad, los atributos fundamentales se conservan. Un hallazgo que coloca el discurso humano y la comunicación social de todos los vertebrados, en un contexto evolutivo.
En la foto, cortesía de Science y Margaret A. Marchaterre, se aprecia la cabeza de un toadfish (Opsanus beta), pariente cercano del midshipman (de la misma familia de los peces teleósteos) que también vocaliza para atraer las hembras a su nido.

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