Qué hace un vehículo en mi estómago

Casi en todas partes puede imaginarse uno la presencia de un vehículo, pero ¿en el estómago? No podía faltar.

En esta era de la miniaturización de la medicina, el nanoingeniero Joseph Wang, de la Universidad de California en San Diego presentó su prototipo, que algún día podría ser útil para atacar células cancerosas o llevar medicinas a domicilio.

No requiere salir a tanquear con gasolina ni usa gas, aunque a este novedoso vehículo le falta remediar sus pequeños problemas, uno de ellos en sus frenos: no se ha logrado que se detenga, como tampoco controlar su velocidad.

El caso es este: el vehículo es un tubo cónico de 10 micrometros, cubierto por zinc, que reacciona con el ambiente ácido del estómago y produce burbujas de hidrógeno que lo impulsan.

Si fuera cubierto con anticuerpos o equipado con cámara, podría enviar mensajes instantáneos del interior del órgano.

Microvehículos de esta clase se movían al crear burbujas de oxígeno a partir del peróxido de hidrógeno, un elemento algo tóxico para el organismo. El zinc los hace más biocompatibles.

Como la velocidad depende de la acidez, su velocidad aumenta con esta, lo que mostraría también pH estomacal. La acidez, sin embargo, impacta la vida del motor, que puede ser de 10 segundos a… 2 minutos.

¿Corto? La vida suficiente para desarrollar su tarea.

Estos vehículos son conducidos por el estómago mediante magnetos, revelaron los investigadores.

Algún día navegarán por su cuenta, repararán áreas dañadas o harán microcirugías. Todo un avance.

En la foto de la American Chemical Society, el microvehículo.

Una cosa piensa el caballo, otra el jinete

La escena parece lo más común: un humano montando un caballo. Para muchos, están hechos el uno para el otro. ¿Está este al servicio de aquel?

El caballo fue domesticado hace miles de años y ha sido importante en el desarrollo de la civilización. Se emplea como medio de transporte hasta para diversión en cabalgatas y actividades deportivas como los ecuestres.

Ahora, lo que nadie ha hecho es preguntarle al caballo si se siente cómodo.

El caballo, de todas maneras, retiene algo de su origen salvaje. Con frecuencia, se ve sometido a situaciones que le producen mucho estrés, como las competencias ecuestres, las carreras, los exámenes veterinarios y el transporte en vehículo.

También le produce estrés algo en lo que no creeríamos: la monta humana.

Sobre el tema pocos estudios se han hecho. Alice Schmidt, del grupo de Christine Aurich en la University of Veterinar Medicine en Viena (Austria) examinó el estrés que padece un caballo joven cuando es entrenado para ser montado.

Para eso examinó los latidos del corazón y la hormona del estrés, la cortisola, en su saliva.

El estudio lo hizo con caballos de tres años, cuando comienza el entrenamiento para la práctica deportiva.

El inicio del entrenamiento, encontró, es un periodo estresante. El trabajo inicial en la pista es moderado, pero aumenta mucho cuando es montado por primera vez. Los latidos del corazón aumentan, así como la cortisola en la saliva. Podría interpretarse como si el caballo viera en esa primera montada el potencial ataque de un depredador, del cual no puede escapar. Para ajustar, el jinete queda fuera del campo de visión, lo que puede exacerbar el problema.

Para sorpresa, se encontró que cuando caballo y jinete caminan hacia atrás o trotan hacia delante, el nivel de estrés disminuye. Parecería que se adapta rápido a la idea de ser montado y que el ejercicio, como sucede en los humanos, libera el estrés. La preocupación de ser montado disminuye gradualmente mientras el caballo es entrenado.

El maltrato o un régimen inadecuado de entrenamiento, podría estropear para siempre la relación entre el caballo y un jinete, limitando la posibilidad del equino de destacarse en las actividades que le impone el hombre.

Una cosa piensa el caballo, otra el que lo ensilla.