Murphy y su infalible ley


Por suerte existe el señor Murphy – y su famosa ley- para descargarle a él la responsabilidad de todo lo que nos sale mal.

Es que es muy curioso y casual que cada vez que tenemos afán o queremos hacer algo de determinada manera ocurra un suceso que lo impida.

Edward A. Murphy, Jr. fue un ingeniero que trabajó en experimentos con cohetes para la Fuerza Aérea de los Estados Unidos en 1949.

Murphy fracasó tanto en sus experimentos, antes de alcanzar el éxito, que gracias a él se popularizó el adagio “si algo tiene la posibilidad de salir mal, saldrá mal”.

Pónganse a pensar y caerán en cuenta que cada vez que vamos al banco, de carreras, de afán, de pasada, justo adelante en la fila está un mensajero con un enorme maletín y por lo menos 20 consignaciones y 30 pagos de seguros y liquidaciones del ISS.
Igual cuando uno logra superar el ataque de histeria tras el paso del mensajero y su maletín negro, justo cuando va a llegar a la caja, el cajero se para a tomar tinto o llama a otra persona…

En ese momento ya se han lanzado dos madrazos y mínimo se ha tomado aire en más diez ocasiones, las mismas  veces en las que se ha mirado el reloj.

Cuando por fin llega el momento de ser atendido en la caja (tras un saludo hipócrita, entre la ira y la ironía) el encargado te mira -con una sonrisa burlona- y te dice que la consignación está mal diligenciada y que tenés que llenarla de nuevo.

Así que la “vuelta” a la que usted le calculaba no más de 20 minutos en el banco, termina por culpa del mensajero de las mil consignaciones, del cajero y de su ignorancia en llenar formularios, en una diligencia de una hora de duración.
Aesa hora, el madrazo ya fue público y su rostro ha pasado por todos los colores del arcoiris hasta llegar al pálido, casi blanco.

Murphy, nuestro impetuoso ingeniero, y su ley natural tampoco falla a la hora del mercado o a la hora de pagar.

Tras realizar las compras respectivas, recorremos todo el supermercado buscando la “caja más desocupada”. Tras hacernos tras la fila más “ágil” comienza Cristo a padecer.

No falta la devolución de la señora que con tres carros de mercado, llenos a más no poder, cree que con los 50 mil pesos que le dio el esposo puede pagar por todo lo que quiere llevar.

15 minutos demora el proceso en el que la cajera enciende el bombillito que alerta la devolución. La dama en cuestión, por su parte, demora 35 minutos en devolver los productos que no puede pagar.

Al final, apenas termina llevándose la bolsa de leche y las arepas.

A esa hora sus compañeros de compras fueron en busca de otras cajas. Lo peor del asunto es que uno ve como ellos van saliendo con sus mercados, mientras usted sigue detrás de la señora a la que no le alcanzó la plata.

Lo peor no ha ocurrido, por fin lo atienden y le dicen cuánto es…

Usted entrega la tarjeta y el maldito datáfono no lee su tarjeta. Usted que se aguantó más de 35 minutos en la fila, nota como la gente detrás comienza a quejarse ¡qué demora, qué lento!.

Intento tras intento, usted decide ir al cajero. Allí -en el cajero- la cosa es peor, la fila es de por lo menos 10 personas, entre ellas la señora a la que no le alcanzó la plata y que ahora no recuerda la clave.

Además, está el mensajero a la espera de hacer varias transacciones.


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