Anapoima, tierra de frutas

Texto y fotos: Ana María Enciso Noguera – http://www.la-llave-que-nadie-ha-perdido.com/

La primera vez que fui a Anapoima, según recuerdo, fue en el 2007. Fue a una convivencia del colegio,  siempre les he tenido un repudio que nace desde lo hondo de mis vísceras, y esta fue particularmente desastrosa. Los últimos tres cursos del colegio llegamos a un lugar para acampar. Hemos debido ser unas 60 personas. A todos nos embutieron en dos buses sin aire acondicionado, en uno las ventanas abrían muy poco, en el otro no abrían en lo absoluto. Así, llegamos cocinados al vapor, las ventanas todas empañadas, sudados, oliendo a mico, cansados, malhumorados a que un tipo que no era recreacionista pero tenía aires de ser gurú de la auto superación personal se pusiera a intentar impresionarnos controlando a uno de nuestros compañeros poniéndole un dedo en el entrecejo. Las normas eran claras: usted puede hacer fuerza con todo su cuerpo, pero no tocarme, yo sólo lo toco con mi dedo índice. Evidentemente, al desviar la frente rompía el balance de todo el cuerpo, y así lo controló. En todo caso, tampoco fue muy de nuestro agrado. Llegó después el almuerzo, no recuerdo que haya sido repugnante, así que asumo que ha debido ser decente.

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Por la noche dormimos en carpas, en un terreno desigual mientras los mosquitos nos devoraban a picotazos y el agua se nos metía por todos los costados, por el toldo y por debajo debido a la absoluta permeabilidad de la tela. Al amanecer, descubrimos que algunos compañeros desesperados prefirieron ir a dormir en la especie de maloka en la que más temprano el recreacionista-gurú había hecho magia y otros abrieron el bus-horno y se metieron a dormir ahí. De nuevo, tampoco recuerdo el desayuno. Las duchas deben ser las más puercas que haya visto jamás. Seguramente no las habían lavado en los últimos seis meses. Cuando entré el suelo estaba negro de tierra y barro endurecido, cubierto de arañas y telarañas… en algún momento vi una cucaracha ahogada en su vertiginoso viaje de remolino hacia el desagüe.

El siguiente evento del día incluía chapotear en la piscina,  la cual tenía el agua gris, espesa y una nata flotante cubría su superficie.

Desde esa fatídica ocasión no volvía a Anapoima. Esa región quedó grabada en mi memoria, en pocas palabras, así: como un infierno en la tierra.

Hace un par de días decidí darle otra oportunidad. El que mi colegio nos mandara a convivir en las peores condiciones, con certeza sin visitar el lugar antes de mandar a sus desdichados estudiantes, no era culpa de Anapoima, sino de la paupérrima planeación que el Merani siempre ha hecho en todos sus eventos. Por lo demás, llevaba tiempo ya sin salir a caminar y el alma me lo estaba pidiendo. Este viaje de reconciliación, que finalmente tuvo lugar hoy, fue gracias a Ecoglobal Expeditions.

Durante la parada que hizo el bus de Ecoglobal para desayunar terminé sentada a la mesa con otras tres personas hablando de temas varios: germinados, agricultura biodinámica (asunto cuya existencia ignoraba por completo), astrología y ya faltando poco para que el bus arrancara otra vez, literatura. Durante el trayecto que siguió me maravilló que las hojas largas de las plantas logren sostenerse erectas durante tantos centímetros antes de desplomarse elegantemente por efecto de su peso. Unos veinte minutos después estábamos ya en la plaza central de Anapoima y luego de presentarnos nos adentramos por una vereda.

Desde el inicio se sintió la fuerza del calor húmedo de la región, pero ella nos compensó con las muestras de la belleza de su naturaleza, las flores coloridas, las siluetas de las montañas, que a veces alcanzábamos a vislumbrar a través de los matorrales y en una de las curvas del sendero, una lluvia de mariposas.

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El sendero no fue tan complicado. Hubo subidas, pero no eran tan empinadas. Aún así, tres de nuestras compañeras se vieron en aprietos porque la temperatura sí las maltrató. Siguiendo el camino pasamos por un puente, bajo él cruzaba un río torrentoso que daba ganas de sentarse a llorar. En cada una de las curvas de su agua de veían bloques de espuma dura. Debe ser el botadero de alguna fábrica cercana.

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La primera parada fue en una tienda que era la parte de atrás de una casa. A la entrada de la tienda conversaba un grupo de muchachas y la que parecía ser la mayor de ellas narraba a las otras una conversación que tuvo con su padre: “Yo le dije que si seguíamos vendiendo cerveza no vamos a salir de pobres. Que lo que hay que hacer es vender aguardiente. Abrimos una botella y nos la tomamos…”.

El grupo se sentó bajo una enramada que nos resguardó del sol y nos dedicamos a tomar gaseosa, ya no recuerdo si algunos tomaron cerveza, pero es probable. Esas eran las únicas dos opciones. Dos perros con un peso inusualmente sano para el promedio de los de la región salieron a hacer visita, con la esperanza de que alguien les regalara una galleta o parte de su merienda. Tras ellos salió un minino minúsculo, de dos meses de nacido calculo, para que le consintieran el coco. Era manso, se dejaba alzar y observar por cualquier costado (una de las caminantes decidió revisar si era macho o hembra, demostró ser macho).

El dueño de la tienda, muy gentilmente, nos ofreció una manguera para que nos laváramos la cara y las manos. Durante un instante de desmesura dos muchachas que se estaban limpiando empezaron a jugar con el agua y el dueño de la tienda salió furioso (con razón) y las regañó: “El agua aquí es oro”. El agua es oro, en todas partes.

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Caminando, a medida que la sed fue apretando, empezaron a revelarse las verdaderas maravillas de esta región: los árboles frutales. La mandarina gobierna en la zona, pero también abundan los árboles de mango, papayuela, naranja, totumo y unos frutos verdes que nacen en parejas, con forma de gota y no fui capaz de identificar.

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A las 12 nos sentamos en la mitad de la vía a almorzar, para cuando volvimos a caminar yo ya estaba a punto de quedarme dormida. A pocos metros del sitio en el que almorzamos esperaba el bus, para recoger aquellos que no estuvieran dispuestos a caminar más. Creo que al final fueron más los que optaron por el bus que los que quisimos seguir con el paseo.

El paso fue suave y ameno. Los pocos que continuamos nos separamos un poco, pero en el camino logramos encontrar árboles de mandarina que tuvieran frutos a una distancia suficiente para lograr coger unas cuantas. Hace mucho tiempo que no comía mandarina, estas estaban tan sabrosas que me comí tres y traje otra a casa para mi madre. El aire inundado de olor a cítricos una lluvia suave que poco a poco fue ganando intensidad hicieron que los últimos cuarenta minutos de caminata fueran los más gratos.

El recorrido terminó en El Triunfo, otro pueblo que vive de la fruta, prueba de ello es que la estatua que adorna su plaza central no es ni más ni menos que un mango gigante.

Mojada y exhausta pero feliz y reconciliada, subí al bus para regresar a casa.

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2 comments

  1. El Caminante El Caminante   •     Autor

    Hola Diego, gracias por tu comentario, hoy se publica la cuarta y última entrega!!

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