Fotografía de Naturaleza

TextoAna María Enciso Noguera (blog: La llave que nadie ha perdido)

Fotos: Juan Fernando Calle Peláez www.ecoglobalexpeditions.com

Curso de Fotografía de Naturaleza

Hace unos años sentía un profundo cariño por la fotografía. Tenía una cámara Sony compacta de 7.14 megapixeles y era más probable que saliera de la casa sin las llaves que sin la cámara. Luego me prestaron una  cámara de rollo, profesional, y la disfruté tanto que en algún punto intenté convencer a mi madre de que hiciéramos un cuarto oscuro en la casa. Un día mi cámara (la compacta) se dañó: uno de los engranajes del lente se desencajó y cuando la llevé a arreglar resultó que era más costoso repararla que comprar una nueva, y aquí quedó la pobre. Devolví la cámara de rollo y cuando tuve otra cámara compacta ya no la volví a cargar; de algún modo, la ciudad había perdido el encanto que tenía.

Curso de Fotografía de Naturaleza

Luego fui a la selva. Las fotografías nunca le llegan ni a los talones a la potencia que tienen los recuerdos (cada vez que traigo de la memoria la última vez que me sumergí en las aguas del Amazonas y desde ellas vi la selva en el horizonte, aún siento un nudo en la garganta y los ojos se me nublan) pero en efecto estimulan la habilidad de recordar y facilitan el ver las cosas de otro modo, con una belleza particular, un cariño por el detalle y la nitidez que no siempre se valora andando con el ojo desnudo. Estando allá cogí mi cámara con cariño y pese a que no estaba tan satisfecha con el aparato que tenía por la época, volví a esforzarme por tomar fotos que estéticamente me placieran. No siempre se logra, lo más frecuente es no lograrlo (como me ocurre también con la literatura, la música y el dibujo), pero definitivamente hay que intentarlo. Algunas veces las buenas fotografías serán producto de la consciencia sobre el uso del aparato y los efectos que es posible producir con él, otras se deberán al azar.

Curso de Fotografía de Naturaleza

Desde que empecé a escribir estas crónicas he buscado acompañarlas con imágenes, no sólo para hacer la lectura más ligera, también para facilitar que quien las lea se dé una mejor idea de los lugares que he visitado y las cosas que han ocurrido. Fue así que cuando vi que EcoGlobal Expeditions estaba ofreciendo un curso de fotografía de naturaleza para principiantes decidí tomarlo. Es muy grato tomar una buena foto por efecto del azar, pero me parece interesante comprender qué hace una buena foto, cosa tal que pueda tener un mayor control sobre el asunto.

Curso de Fotografía de Naturaleza

El curso duró dos días (5 y 6 de mayo) y lo dictó Luis Enrique Osorio. Las primeras horas las dedicamos a hablar sobre la cámara, qué es el ISO, la velocidad de obturación, etcétera, y a despejar algunas dudas que teníamos: “¿Cuándo es recomendable usar un ISO algo?” Respuesta: “Cuando no te queda más remedio”. Luego partimos al Jardín Botánico y tras dar muchas vueltas, fue posible parquear todos los carros. Estuvimos caminando por el Jardín durante unas tres horas, deteniéndonos cada vez que queríamos y permaneciendo todo el tiempo que nos plació en el mismo punto, explotando tanto como pudimos cada tema que encontramos. Aprendí, por ejemplo, que lo mejor para acercarme mucho a un objeto no es usar el zoom, sino dejar el lente completamente abierto y acercar la cámara lo más que pueda. Funciona bastante bien para tomarle fotos a flores, briznas de pasto, trozos de corteza. Con insectos es más difícil, porque hay una probabilidad mucho mayor de asustarlos, pero funciona. Ya que el objetivo de la salida era tomar fotos, y no caminar, como suele ser el caso, tuvimos todo el tiempo que quisimos para intentar distintos ángulos de un mismo objeto, para intentar una y otra vez enfocarlo (hasta lograrlo o hastiarnos del mismo). Fue un momento útil para fijarnos en detalles de una naturaleza sencilla y domesticada. Lo que fue una verdadera lástima fue notar que el Jardín está abandonado y casi todas las plantas han sido atacadas por alguna plaga. Aparte de esto, algunas partes del Jardín dejaron de estar en funcionamiento (como el mariposario) y otras, que no tendrían porqué, están cerradas, como la cafetería.

Curso de Fotografía de Naturaleza

Para cuando terminamos el recorrido por el Jardín yo ya estaba molida y no tenía ganas de ver mi cámara más. El Jardín Botánico es un buen lugar para tomar fotos en planos cerrados, pero está muy deteriorado como para que valga la pena tomar un plano general. No hay cosa tal como un paisaje. Lo hace que el ejercicio termine siendo un tanto monótono. Supongo que esto ocurre en cualquier lugar, de todos modos. Eventualmente uno se cansa, y en algún punto (transcurridas varias horas) también siente que ya tomó bastantes fotos de las mismas hojas, flores, insectos.

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Regresamos a la casa de Luis Enrique y luego de un café que nos supo a gloria (yo estaba padeciendo lo que mi madre denomina “hipotintemia”; léase, llevaba todo el día añorando tomarme un tinto), descargamos las fotos de todos y nos dimos a la tarea de comentarlas. Hubo fotos muy bonitas, descentradas, bien enfocadas, algunos lograron capturar una luz interesante. Luis Enrique nos enseñó que el mejor truco para tomarle una buena foto a cualquier ser vivo es que el ojo salga enfocado: cobra vida. Ese comentario nos quedó tatuado en la memoria y al día siguiente lo recordamos tantas veces que terminó por volverse un motivo de hilaridad.

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También notamos que todos tenemos los mismos malos hábitos, en general. No siempre encontramos la fuente más interesante de luz, descuidamos el enfoque, tendemos a centrar demasiado la imagen; son hábitos contra los que habrá que luchar, pero que al menos ya identificamos, y también nos dimos cuenta de lo productivo que es salirse de ellos. Ahí terminó el primer día. Nos despedimos y quedamos en encontrarnos el domingo a las 7 de la mañana en el mismo lugar.

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Una vez estuvimos todos reunidos el domingo (luego de que las mujeres nos entretuvimos curioseando en un cuarto de la casa en el que la hija y la esposa de Luis Enrique exponen productos de Hola Lola, marca de la que son dueñas -todo tiene que ver con todo, y justo cuando uno menos lo espera) nos subimos al bus y salimos rumbo a la Mesa. Fue impresionante la cantidad de ciclistas que vimos en la carretera. Creo que nunca había visto tantos y, ahora que lo pienso, fue una soberana tontería no haberles tomado una foto. Quizá no se me ocurrió porque en ningún momento los vi pedaleando en un grupo compacto. Unos 100 metros después del parador “Donde ‘Otavio” (infaltable y sabrosa fonda paisa) hay una entrada al bosque, camino por el que baja una pequeña quebrada y cuyo recorrido sencillo pero amable y bello sería el nuestro. Ese sendero fue idóneo por varios motivos. Por un lado, esa parte del bosque está intacta, fui feliz caminando y tomando fotos sin encontrar basura (generalmente vuelvo con la maleta más hinchada porque recojo montones de basura en el camino). Así lo único que hace falta para ver la vida romper el punto de ebullición es abrir los ojos. En cada hoja, en los recodos de cada flor, entre la hojarasca, hay miles de insectos, escarabajos, hormigas, milpies, mariposas, todo lo que se les ocurra. Las aves, como siempre, fueron más esquivas. Mientras caminábamos y la luz se iba derritiendo, deslizando y fragmentando entre las hojas de los árboles, un destello azul eléctrico pasó volando a toda velocidad por el lado de mi oreja. Entendí entonces que este bosque estaba habitado por hadas-libélulas. Intenté perseguirla con la cámara un par de metros, con la esperanza de que se posara sobre alguna rama. Por fortuna no lo hizo, o muy seguramente habría perdido su encanto. Otro motivo por el cual ese sendero fue idóneo es que al estar tan claramente delimitado, pudimos dedicarnos a caminar a un ritmo que en cualquier otra salida habría sido francamente absurdo, pero que nos facilitó detenernos a examinar la textura de las hojas, la corteza de los árboles, las flores quemadas por el frío o mordidas por minúsculas mandíbulas voraces.

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En términos de distancia, fue poco lo que caminamos. No creo que fuera más de 5 kilómetros pero, por el modo en que los anduvimos, fueron intensos. Al cabo de esta distancia llegamos a un potrero lleno de vacas coquetas en el que hicimos un alto para almorzar en una piedra. Juan Fernando, nuestro guía, quería que siguiéramos un poco más, hasta lo que, luego supimos, era un observatorio de fauna, desde el cual se podía divisar una cascada. Sin embargo, la rebelión fue instigada por Sofía, la menor del grupo, que se negó a andar más y decidió sentarse en una piedra gigantesca que estaba cubierta de óxido, así que todos los que la seguimos acabamos con los pantalones manchados.

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El regreso no tuvo nada extraordinario. O no tuve noticia de ello porque estuve dormida durante todo el trayecto. En la casa de Luis Enrique revisamos las fotos de la jornada, de nuevo hubo algunos aciertos y unas fotos por las que nada podía hacerse. Ya al final de la tarde nos despedimos con la promesa de reencontrarnos pronto y cenar juntos.

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