La Sierra Nevada del Cocuy, Güicán y Chita (segunda entrega)

Texto: Henry Mariño López

A eso de las 10 de la mañana, emprendimos la marcha hacia el lugar elegido para el primer campamento, la Laguna de la Plaza. La primera parte del trayecto se hace recorriendo el Valle de Lagunillas, una serie de pequeñas lagunas que, con sus nombres, intentan describir sus características: La Cuadrada, La Atravesada, La Pintada, La Parada, todas ellas de belleza extraordinaria y colorido espectacular, teniendo como marco un territorio agreste, rocoso, desde donde algunas veces es posible observar los blanquísimos picos nevados, en contraste con el azul intenso del cielo de verano.

Boquerón de Cusirí
Darío Herrera, Claudia Giraldo, Mireya Ardila y Juan Fernando Calle en el Boquerón de Cusirí Foto: Nikon P100 (solita)

Al avanzar encontramos el primer paso duro de la jornada, el Boquerón de Cusirí, 4.600 MSNM, punto obligado de paso al otro lado de la montaña, donde se encañona el viento y es posible observar montículos constituidos por pequeñas cruces hechas de madera, de rústica manufactura, que los nativos depositan cuando atraviesan el boquerón, como medio de protección contra las malignas influencias de los espíritus de la Sierra. Posteriormente, descendemos hacia el Nor-Oriente hasta hallar el Alto de Patio Bolas y de allí descender a los valles que conducen a los Llanos del Arauca. Tiempo nublado, camino angosto y rocoso, frío intenso nos acompañan hasta el primer destino, la Laguna de la Plaza, hacia las 5:30 de la tarde.

Detrás de la penumbra titilante del fuego que calienta el café y el alma, la niebla descorre su velo misterioso para mostrar la magnificencia de la noche de la Sierra. Un extraño resplandor titila en un espacio indefinible, como indicando el sitio del “encanto” donde los indios escondieron, en otros tiempos, en forma mágica, sus tesoros. No se deben dejar brasas. Se dice que la Mancarita, mujer de senos extraordinariamente grandes y toda cubierta de pelos como un animal, se alimenta de ellas.

Laguna de La Plaza

Mireya Ardila en la Laguna de La Plaza al amanecer Foto: Juan Fernando Calle

El regalo más extraordinario que se puede recibir de la naturaleza es un amanecer en la Laguna de La Plaza. El arco Iris, que enmarca el horizonte en forma espléndida, está completo, es decir, se aprecia la “hembra” en el arco inferior y el “macho” en el arco superior. Dice la antigua tradición indígena que tiene una cabeza en cada extremo, con las cuales toma agua de los ríos, lagos y pantanos. De hecho, es la transformación de un pez o un sapo. Es mejor no molestarlo porque “pica”, produciendo una herida que nunca cierra… La serena quietud de las aguas refleja todos los colores del espectro, que emanan de las luces del amanecer, con matices violetas, naranjas, el azul increíble del cielo, los nevados inmaculados y las tonalidades rojizas y ocres de la parte occidental de la Sierra.

Continuará…

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