Perdido …y sin patrocinio! (tercera entrega)

Lea aquí la primera entrega…

Lea aquí la segunda entrega…

Lea aquí la cuarta entrega…

Era jueves y si mañana no daba señales de vida, en teoría Javier prendía las alarmas. Eran dos ángeles de la retaguardia, Javier y Alfredo, los únicos dos seres humanos que tenían una noción aproximada de mi recorrido. El último que me vio fue Javier, abajo de Cueva Larga el lunes pasado. Pero como todos los ángeles podrían o no podrían existir.

Aún no me daba por vencido, me quité la mochila y baje varios cientos de metros boquerón abajo con el ánimo de encontrar un rastro, una sombra de una trilla, para lo cual cada día era más experto. Ahora el valle estaba cubierto por un manto de nubes, asemejando un lago espeso y denso que subía cuesta arriba y en cuestión de minutos dejaría sin visibilidad todo el Boquerón al cual bauticé el “Boquerón de las Pieles” porque a pocos metros de la cima había un cambuche con por lo menos cien cueros de oveja secándose.

Ovejas

Ovejas de la Sierra

Me senté desolado encima de la mochila. Quería llorar de la desesperación pero ni eso podía. Son sorprendentes los actos estúpidos y casi ridículos que se hacen bajo presión. Fisiológicamente a mí la tensión me produce una sed rampante. Llevaba casi cuarenta minutos sin caminar, solo deambulando en la cima del boquerón, como un poseso… hablando solo, invocando a las almas que ya se fueron… y sin embargo la sed era tremenda. Pité con el pito de montaña, que ridiculez… quién diablos me oiría? Solamente me contestó una oveja con su lejano balido desde las profundidades del valle.

Saqué una copia de un diario de un caminante que publicó en Internet, donde día por día describía las etapas. Leyendo con calma la descripción del ascenso del Boquerón del Castillo, decía que en su ascenso habían varios mojones, que estaban bien señalizados, que había un letrero y que al pie de la bajada estaba La Laguna del Pañuelo. Y en ese momento, sólo en ese momento, acepté que estaba equivocado, perdido hace cuatro días, que mi delirio de buscar el sur, el Dorado del sur, fue una total y rotunda equivocación. Luego fui presa de una extraña euforia, la euforia de la derrota y la absoluta certeza, más allá de cualquier sombra de duda, que estaba perdido. Una euforia que me inyectó una oleada de vigor indescriptible ya a las seis de la tarde. Armé la carpa en un tiempo record, en el punto más alto de Boquerón cerca de unos tímidos descoles de agua. Ya no tenía que engañarme con un mapa inútil ni hablarle a la brújula, es más rompí el mapa y lo arroje al viento… ya tenía clara y definida la única misión precisa que tenía en cinco días: DEVOLVERME CUANTO ANTES. Ya no era jugar al niño explorador buscando un quimérico sur y el espejismo de un boquerón, ni formular teorías geográficas para autoconvencerme. Mañana cuando levantara el campamento era la primera vez en cinco días que a las ocho de la mañana tendría absolutamente claro lo que tendría que hacer, sin titubeos ni vacilaciones.

Valle de Los Cojines

Valle de los Cojines desde el Boquerón del Castillo

La montaña en ese instante se convirtió en un campo de batalla y yo en el estratega para vencer y regresar. Era una batalla de tú a tú, un Quijote contra los molinos. Inventarié las provisiones: medio lomo de trucha, tortillas integrales, cereal, leche en polvo, panela, barras de cereal y maní. Para unos dos días, calculé. ¿Estaba herido? No. ¿Tenía miedo y angustia? Sí. ¿Me sentía bien físicamente? Sí. ¿El equipo está respondiendo? Sí. Entonces, ¿cuál es el problema? Me preguntaba. Y bastante animado, casi eufórico, me enrosqué en el saco de dormir en el lugar más expuesto y alto en una semana en la sierra. No podía dormir por una extraña alegría de estar perdido, por la emoción de haber sido derrotado en franca lid… libré una batalla de cinco días.

Por lo menos era una certeza con la cual contar en casi una semana de devaneos geográficos. Tuve que colocarme toda la ropa que tenía en capas porque el congelamiento era inminente, pero mi fiel carpa aguantaba los embates del viento. Prendí el viejo transistor y exactamente a la diez de la noche del Jueves 17 de Enero del 2013, la cadena Caracol transmitía en directo vía teléfono satelital al montañista discapacitado Nelson Cardona hablando con el presidente de la república: “Señor presidente, aquí le habla Nelson Cardona desde la cima del Monte Vison en la Antártida… para que vea lo que los colombianos somos capaces, y aquí está ondeando el pabellón tricolor, al regreso a casa le haremos una visita personal a Palacio”. El presidente le contestó. ¡Nelson desde la Antártida hablando con el presidente en Bogotá y yo escuchándolos a 4.500 metros de altitud en una carpa en algún lugar de la sierra del Cocuy! Con lágrimas de emoción, como un mensaje divino, una inyección de ánimo como colombiano: yo podía e iba a regresar sano y salvo. Si Nelson Cardona era colombiano pues yo también. Si él llegó al Monte Vison con un pie artificial pues yo, con todo completo, regresaría a Güicán así sea arrastrándome. También me acordé de aquella tremenda película basada en hechos reales: “Tocando el Vacío”, que todo montañista ha visto y que narra la increíble historia de dos montañistas salvajes ingleses escalando el Siula Grande en el Perú, donde uno de ellos con una rodilla hecha pedazos, ya dado por muerto, regresa al campamento base, literalmente arrastrándose.

Y en esta íntima confesión de alegrarme que estaba perdido, me di cuenta de mi verdadero status: ¡perdido y … sin patrocinio! Y además completamente solo… como Jeofat en el desierto del Negev o Moisés en el Monte Sinaí.

Nelson tenía un patrocinio el verraco: teléfono satelital, rastreo geográfico en tiempo real, cámara satelital, uniforme, como siete compañeros de expedición, tricolor abordo, full equipo y provisiones, apoyo en tierra, campamento base, transporte garantizado, página de amigos en Facebook, Twitter, pagina web… en fin, en todo lo que se ha convertido el montañismo moderno: una gran logística comercial y de mercadeo y farándula, con debida y costosa difusión en los medios, con delicados cálculos costo-beneficio, estratégicas ruedas de prensa antes y después, contratos publicitarios, entrevistas por televisión, etc…

Yo en cambio, era un “pobre huevón” que quien sabe cuándo siguió por un camino equivocado y llevaba casi una semana deambulando por unos caminos solitarios donde dos, solamente dos personas en todo el planeta, mis ángeles de la retaguardia: Alfredo y Javier, sabían o tenían una noción de donde yo podría estar. Mis “hombres en Estambul” ¡Qué diferencia!

Al fin amaneció y como el Quijote: estaba listo a librar “fiera y desigual batalla” con el orgullo de saber que era un perdido sin patrocino, con este nuevo rango de batalla que me auto-condecoré. Me acomodé la raída mochila y el cortavientos viejo que deberían parecer del lejos como “una bandera a la permanente derrota”… tal como la vela del Viejo y el Mar. Desde lo alto del “Boquerón de las Pieles” con los binóculos planeé la estrategia de la primera batalla del día: descender este boquerón por una ruta más corta y menos desgastante que la del día anterior. Debería rodear un gran bosque de frailejones y buscar la bajada sin tener que escalar la morrena, donde un águila de páramo voló para mí. Así lo hice y con pasos rápidos y vigorosos pasé por el lado derecho de la “Laguna del Engaño”. Ya había afinado la vista para detectar los caminos más cortos y hasta cierto punto le había perdido respeto y miedo a la montaña. Al fin de cuentas era una batalla, no una caminata ecoturística o amigable ambientalmente. Llegué al fondo del camino que había recorrido la mañana anterior y desde un alto vi el “oasis del arca de Noé”, lo alineé con la brújula y marqué su rumbo. Reconocí el trayecto, bajé por el sendero y llegué al lugar donde había acampado. En lugar de irme por todo el centro de ese vallecito agreste y cenagoso, lo vadeé por su margen derecha, donde había un sendero trillado por el ganado y al fin llegué al arca de Noé, con los mismos caballos, ovejas, vacas y mulas y la misma casa sin Noé… Miré el reloj y supe que gasté sólo dos horas desde el boquerón. Crucé el puente de cemento, que lo recordaba muy bien, y seguí la trilla del ganado, me alcancé a confundir un par de minutos, pero la quebrada era mi guía, siempre a su margen izquierda. Ahora sólo me interesaba el norte del regreso, no el sur del engaño.

Ya bien adelante reconocí la inmensa cicatriz geológica entre dos lomos de montaña, y después de subirla vi la inmensa piedra “entre-ríos”. Desde ese punto marqué su rumbo en la brújula para luego vadear con cuidado los dos brazuelos hasta quedar de nuevo en la gran cuña que se formaban en su medio y seguí mi rastro. Para a eso de las cuatro y media estaba al pie de la gran piedra negra. En una jornada fuerte de siete horas, cubrí el trayecto que a la ida gasté dos días. El tiempo estaba cambiando y una bruma espesa y traicionera comenzó a invadir el lugar. Sin titubeos monté campamento y con los últimos rayos de luz traté de identificar el camino que había recorrido hacía cuatro días. Rezaba para que a la mañana siguiente la montaña me mandara alguna señal. La gran piedra daba algo de seguridad, por lo menos mentalmente. Y antes de acostarme, como una señal que estaba esperando, apareció en el firmamento la cruz del sur con sus cuatro estrellas, orgullosa y apartada, exactamente por donde yo había arrancado aquella mañana. En su eje mayor, el vertical, las estrellas son Gacrux y Acrux y en su eje menor, el horizontal, son Hadar y Rigil Kentaurus.

Bruma

Bruma en la Sierra

Había ganado la primera batalla pero ya era Viernes 18 de Enero y si Javier cumplía su fugaz promesa de montañista con sentido común, ya había prendido las alarmas. El día siguiente era decisivo, si no encontraba a alguien ya la situación podría volverse impredecible y azarosa. ¿Cómo se organizaba un rescate? ¿Quién lo coordina? ¿Por dónde comienzan, por el norte o por el sur? Con todas esas dudas acechando y muy intranquilo traté de dormir.

Ya en este momento no tenía miedo, ni dolor, ni angustia, sino un sentimiento muy humano: simplemente hartera y aburrimiento. Qué hartera tener que volver a armar y desarmar la carpa, enrollar y desenrollar el saco de dormir, qué hartera dormir a pedazos, qué aburrimiento de día… volver a volear pata mínimo ocho horas, tomar agua, picar maní y barras de cereal, mirar la brújula… ya le había perdido todo el encanto a la montaña… la curva anímica estaba en su mínimo, pero tenía que seguir porque simplemente no había llegado todavía a ningún lugar, hasta ahora solamente recorrí mis pasos. La emoción de una aventura se redujo a la obligación de regresar vivo.

Como oyendo mis plegarias, muy temprano salí de la carpa y entre dos filos de montaña, como un diamante gigante y brillante, la cima del Ritacuba Blanco al pie de la Laguna Avellanal. Marqué su rumbo con la brújula, hábito que se me estaba convirtiendo en un reflejo incondicionado. Perfectamente al norte de la estrella del sur. Tenía solamente las sandalias y la ropa con que dormí y me escalofrié con la fría mañana y evalué mi posición geográfica. Ya era sábado y si se había organizado una operación de rescate hoy comenzaría. Miré hacia el norte y por el mismo costado de la quebrada donde estaba mi carpa detecté un leve rastro de camino que remontaba una cima sin vadear la quebrada, que fue lo que hice hace seis días en mi delirante búsqueda del sur equivocado. Fue cuando me encontré con Rasputín dibujando los perfiles de la Sierra. ¿Qué será de Rasputín? Me pregunté. Afortunadamente nadie me contestó.

En la carpa

En la carpa

En sandalias decidí seguir por ese camino. Efectivamente era un camino trillado con subidas y bajadas pero tenía el pálpito que me permitiría remontar la garganta de la quebrada y llegar al valle donde estaba la casa de zinc que Rasputín asaltó. Si esto fuera así me evitaba devolverme por el otro sendero confuso y largo que había recorrido días antes. Pero si no se podía, por ejemplo por una cascada o un precipicio, significaba devolverme. Seguí caminando en sandalias y ya la carpa era un diminuto punto rojo contrastando con la gran piedra negra. No perdía las esperanzas de ver algún caminante. Ese camino descendía a un pequeño valle para luego seguir por unos matorrales. Paré un momento, ya había perdido de vista la piedra negra. Si el camino me permitía llegar al valle, ¡aleluya! Pero si no, significaba regresar y buscar el camino original y posiblemente ya sería demasiado tarde en el día.

Una voz muy adentro y muy clara me decía: “Hágale Alberto, mándese por aquí… póngale fe maestro… pa’lante casanareño” Era el todo por el todo y me la jugué. Regresé eufórico hacia el campamento, como si hubiese encontrado un tesoro. El sol aún no lograba invadir ni calentar mi campamento y decidí tomármela con calma porque la decisión estaba en firme. Lentamente me preparé un buen y último desayuno porque sólo me quedaba un pedazo de panela. Ya el sol caía sobre la carpa y aproveché para secar todo el equipo y la ropa. Hacía nueve días no me bañaba, me quité la ropa que me cubría el torso y con las gélidas aguas me bañé el torso y la cabeza… reconfortante. Me acordé de una película llamada El Salario del Miedo donde a tres convictos franceses en Afganistán les prometen la libertad si consiguen transportar en tres camiones una carga de dinamita por unos caminos peligrosísimos. Con cada bamboleo del camión se corría el riesgo de que explotara. Llevaban varios días por las trochas y uno de los camioneros se orilla cerca de una quebrada para afeitarse. Sus dos compañeros le preguntan por qué se afeita y les contesta: ”Para llegar limpio a la eternidad”. A la siguiente curva explotó el camión. Si algo pasaba y me encontraban, que por lo menos yo estuviera medio bañado.

Era tarde, tardísimo para mis horarios de la montaña: diez y media. Si este camino no servía estaría de regreso en la piedra negra a las dos o tres de la tarde y solamente hasta mañana podría buscar la ruta alterna y ya sería Domingo.

Con fortaleza, serenidad y actitud positiva comencé mi apuesta contra la montaña. En 45 minutos llegué hasta donde había caminado en sandalias y crucé el pequeño pastizal. El camino siguió y era cada vez más trillado con bosque alto-andino a lado y lado.  Cruzando varios riachuelos vi un sobre viejo de Frutiño, bebida muy usada por los paramunos y allá en la distancia vi una mancha anaranjada en medio de la maleza. Con los binóculos vi que era el techo de zinc oxidado de la casa que Rasputín asaltó hace siete noches. Faltaba aún un buen tramo pero todo indicaba que esta trocha me llevaría sin problema y efectivamente al poco tiempo llegué al pie del corral de piedra. Lo había logrado, le gané la apuesta a la montaña y ya estaba al otro lado del valle… era mediodía, sorpresivamente muy buen rendimiento y cada vez más cerca, como sonriéndome, la imponente cima del Ritacuba Blanco. No tenía con quien celebrar, pero como decía Serrat: “quien habla solo espera hablar con Dios algún día”.

El ánimo estaba volando pero los huesitos y la carnita no tanto. Una cosa era llegar al valle y otra distinta subir a la Laguna Avellanal, por lo menos ochocientos metros de desnivel. Por lo menos dos jornadas, calculé. Los escaladores ya se habrían ido, por lo tanto no habría arrieros con mulas. Remontar el violento Boquerón de la Sierra y llegar a la Laguna Grande de los Verdes, luego a Cardenillos y Kanwara. Con un pedazo de panela y agua. Total cuatro jornadas como mínimo. No era un caso de muerte, era simple cansancio orgánico y muscular de un organismo con 54 ruedas a cuestas, sería un proceso más mental que físico, sería la obligación irreductible de regresar, no habría goce ni disfrute, sería el reflejo incondicionado de sobrevivencia, “de nueve a cuatro a mi paso”.

Vadeé por la quebrada que cruzó Rasputín furtivamente y siguiendo por la margen derecha de la quebrada comencé mi aproximación a las faldas del Ritacuba. Cada 45 minutos tenía que bajarme la mochila para aliviar la espalda. Saqué el último lomo de trucha con un pedazo de tortilla, porque el hambre era atroz. Bordeaba el valle, luego volvía al cauce del río y así avanzaba ya navegando por instrumentos sin mayor motivación salvo continuar y que el destino barajara sus cartas: “Cambio mi vida, juego mi vida… de todos modos la llevo perdida”.

Una monótona hartera que se repetía cada día. Un sentido de vacío y de cierto complejo de culpa de estar haciendo el ridículo ante mí mismo y ante mi familia, mis hermanos, mi mamá… ¡el niño explorador del 54 años que nunca creció perdido en unas montañas de mierda hace una semana! Mi angustia no era por mí, sino por lo que los míos estarían sufriendo por mi culpa.

Absorto en estos lúgubres y corrosivos pensamientos reconocí el cultivo de cebollas en un corral cerca de la casa de paja abandonada que había pasado hacia ocho días. Y en su jardín vi ¡ropa colgando al sol! ¡No puede ser, hay gente! Grité con todas mis fuerzas y salió un gran perro negro y grande y de la penumbra de la casa y un campesino boyacense con sombrero negro alón, machete en mano… ¡en ese instante supe que estaba a salvo!

Hacía nueve días no veía ni hablaba con un ser humano, llevaba un monólogo demasiado largo… mi único interlocutor era la brújula. Luego salieron una mujer y un pequeño niño. Dejé la mochila debajo del techo, me senté sobre una piedra y les pedí un plato de comida caliente… Aún no lo creía y comencé a hablar -más que un perdido cuando aparece- con Juan Carlos Correa el dueño de la finca. Mientras tanto Luz Dari su mujer preparaba el almuerzo y Carlos Lionel el hijito retozaba con Kaiser el perro negro que me venteó.

Era sábado 19 de enero pasadas las dos de la tarde y le pregunté si había escuchado de una operación de rescate planeándose. “No, mi hermano Pastor trabaja en Parques y ya me hubiera informado”. Sin embargo Carlos sintonizó una emisora del Cocuy por si escuchábamos alguna novedad.

-El Lunes pasado-, continuó Juan Carlos, -yo bajaba con la familia a la finca a eso de las tres de la tarde con todo empacado para quedarme unos quince días y debajo de Cueva Larga un caminante subía y me dijo que un loco había bajado por el camino equivocado, que si lo encontraba le dijera que tenía que devolverse. Cuando llegué a la finca ya era tarde pero al siguiente día madrugué para seguir su rastro don Alberto, pero cuando llegué ya se había ido-. Pensé que el “loco” era Rasputín. -Juan Carlos, yo tengo cara de loco? -No, no tiene cara de loco-. -Entonces ese loco debe ser un peruano con facha de indigente que anda trasteando un costal- le dije.

-No porque yo no me lo encontré y el caminante me dijo que el loco tenía una chompa roja-. Comenzaba a entender la película, con seguridad el caminante era Javier que vio que yo me desvié por donde no era, trató de alcanzarme pero no pudo. Subiendo de nuevo al Avellanal se encontró con Juan Carlos y le recomendó que buscara a un loco que había bajado por la trilla equivocada. Y Juan Carlos siguió mi rastro el martes pero cuando llegó yo ya había remontado la colina y estaba al otro extremo del valle, cuando me encontré con el artista Rasputín. Juan Carlos es pastor de ovejas y es capaz de seguirle el rastro a una oveja que lleva dos días perdida en la montaña y encontrarla. Entonces se devolvió a su cabaña y se olvidó del “loco”, pero con la tranquilidad de conciencia del buen samaritano, del montañero genuinamente bueno, de intentar ayudar a un caminante que tomó el camino equivocado.

Luz Dari me trajo un platado de caldo de papa con carne de cordero, comencé a comer con modales de camionero naufrago, era la primera comida realmente buena en nueve días. Afortunadamente mi mamá no me estaba viendo. Le pregunté a Carlos si él creía en milagros. -¿Por casualidad tiene una cerveza?- No la tenía: dos milagros en un solo día era mucho pedir.

-Luz Dari, usted tiene un lindo rostro boyacense-, lo cual era cierto y se sonrojó. -Yo tengo buenas bestias, mañana lo pongo en Güicán en ocho o nueve horas máximo- me dijo Carlos. -Claro, mañana salimos, antes de que comience un rescate… y para avisar a los míos que estoy bien… ¿cuánto vale? le dije. -Tranquilo, don Alberto… eso lo arreglamos- me sonrío con malicia indígena.

Hablamos de muchos temas, su historia personal, la relación con Parques la cual no estaba en su mejor momento por una orden perentoria de Parques que a partir del 1 de febrero se prohibía la entrada de caballos al parque natural. Los caballos y las mulas, es decir el acarreo de turistas y cargas por diferentes rutas constituye una importante fuente de ingresos para las familias paramunas. Juan Carlos es guía y porteador certificado por Parques y tiene bastantes “bestias”, ovejas y ganado.

-Juan, yo no encontré los famosos cojines, ¿será que se secaron en toda la quebrada El Avellanal? ¿Dónde quedan? yo caminé, la recorrí toda hasta la casa de piedra y no ví los cojines- le dije.

-¿Cuál quebrada Avellanal?- me contestó. -Pues ésta, por la que yo llegué a su casa- le dije. -No, ésta no es la quebrada El Avellanal, éste es el río Ratoncito, la desviación para el Valle de los Cojines queda debajo de la cascada después de Cueva Larga-.

Cascada Ratoncito

Cascada del río Ratoncito

Ahí lo comprendí todo, mi confusión geográfica, la difícil interpretación del mapa, mis descabellados delirios y auto-engaños de orientación, mi obstinada búsqueda del sur… ¡Con razón! Exactamente como estar cinco días sobre la carrera séptima, buscando una dirección de La Caracas, jurando que estaba en La Caracas. ¡Nada podría cuadrar!

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7 comments

  1. Patricia Correa   •  

    Maravilloso el relato de Alberto, como todos los que hace de sus aventuras por Colombia y el mundo. Una lección para todos y ojalá los parques se pongan más las pilas con la señalización!!!

  2. El Caminante El Caminante   •     Autor

    Hola Andres, gracias por tu comentario, hoy se publica la cuarta y última entrega!!

  3. El Caminante El Caminante   •     Autor

    Hola Edgar, gracias por tu comentario, hoy se publica la cuarta y última entrega!!

  4. El Caminante El Caminante   •     Autor

    Hola Freddy, gracias por tu comentario, hoy se publica la cuarta y última entrega!!

  5. Freddy Rivera   •  

    Muy buena e interesante la crónica, un buen documento especialmente para los que queremos hacer este recorrido. Según esta parte, la pérdida de la ruta fue camino al valle de los cojines, importante dato para tener en cuenta. Espero poder leer la siguiente parte, felicidades.

  6. Edgar   •  

    Muy inclusive..hay cuarta entrega?

  7. Andres   •  

    Gracias Juan Fernando, por compatir el relato de Alberto, con muchas enseñanzas para los que nos gusta la montaña.

    Saludos

    Andres

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