Perdido …y sin patrocinio! (primera entrega)

Los próximos cuatro posts los dedicaré a publicar la crónica de la aventura que vivió este enero mi amigo caminante Alberto Valenzuela en su travesía por la Sierra Nevada del Cocuy, espero la disfruten.

Lea aquí la segunda entrega…

Lea aquí la tercera entrega…

Lea aquí la cuarta entrega…

“La montaña -esta verdad debe ser confesada- no tiene generosidad. Ninguna muestra de cualidades humanas -coraje, templanza, resistencia, fé- nunca se ha sabido que toquen su irresponsable conciencia del poder. ”

Joseph Conrad.

Este escritor nacido en Polonia, aprendió a hablar inglés a los 19 años y aún así es de los grandes novelistas en esa lengua, ganador de un Nobel. Se desempeñó como oficial de la marina mercante británica, su vida real fue más audaz que muchas novelas. Toda su narrativa se centra en temas del mar, y en la frase transcrita, originalmente en lugar de “la montaña” dice “el mar”. La cambié, porque el significado es perfectamente aplicable a la montaña.

Recosté el morral de montaña sobre una piedra en el prado de las cabañas, al pie del Ritacuba Blanco. Venía con Alfredo, un guía de montaña que había conocido esa mañana en el hotel en El Cocuy. Esa madrugada, parecía el pueblo un bazar persa, muy distinto al pueblo somnoliento que conocí en varias ocasiones anteriores. Se agolpaban varios guías turísticos ofreciendo sus servicios para transportar a los viajeros al “nevado”.

Alfredo me propuso que, primero llevaría a unos turistas al Alto de la Cueva, y luego por un carreteable me dejaría en las cabañas al pie del Ritacuba. El es el hijo mayor de Pastor Correa, legendario guía de montaña que varias generaciones de montañistas han conocido. Fue el primer guía que orientó al padre del montañismo colombiano, Erwin Kraus, en sus expediciones pioneras a la Sierra Nevada del Cocuy en los años 30 del siglo pasado. Como su padre, servicial sin ser exagerado, amable y positivo. “Yo lo rescato de la sierra, donde sea, don Alberto”, fueron sus alentadoras palabras de despedida en las cabañas y su camioneta blanca se perdió por el carreteable rumbo al Cocuy.

Era muy temprano en la tarde y no tenían almuerzo. Pedí un jugo y me encontré con una montañista amiga que venía de una caminada larga. Le contesté con evasivas sobre mi plan en la sierra, levanté el morral, me lo acomodé en la espalda y por un pequeño sendero atrás de las cabañas, lentamente remonté la colina por un carreteable, hasta perderlas de vista. Era bueno encontrarme de nuevo caminando en medio de estas montañas, dejando todo atrás con aquel placer de alejarse con la silenciosa complicidad de la aventura.

Por esos mismos caminos de piedra, cielo y recuerdos, hace años me encontré con tres jóvenes U’was o Tunebos. Silenciosos y distantes llevaban quince días caminando por estos, sus territorios, desde Pamplona hasta unos cabildos en las planicies araucanas. Ataviados únicamente con ponchos de hilo, botas pantaneras y escasas provisiones, los acompañé cuatro horas hasta el Boquerón de Cardenillos hasta que desaparecieron de mi vista llegando a la Laguna Grande de los Verdes. Caminaban como gacelas con aquella serena e innata fortaleza que solamente la proporciona una adaptación de muchas generaciones a este entorno, sencillo y arisco. Verdaderos estrategas de la permanente escases. Una lección de humildad en la montaña que siempre me acompañará.

Es un carreteable en plena montaña. Parece que algún alcalde con ideas brillantes hace años quiso unir al municipio de Guicán con Saravena Arauca cruzando todo el territorio U’wa. Este primer tramo de la vuelta desde las cabañas Kanwara hasta al Boquerón de los Frailes es rumbo sur. Usualmente el ejército se acampa por estos sitios, pero no estaban. A las tres de la tarde llegué a donde termina este carretable, La Parada de Romero que no es más que un corral ovejero abandonado. Habían tres vehículos parqueados e instalé mi primer campamento, rodeado de un pequeño valle cenagoso por donde se veía el camino trillado que lleva al primer boquerón de la sierra, el Alto de Cardenillos.

Cabras y pastores en la Parada de Romero

Cabras y pastores en la Parada de Romero

Las reglas de la montaña son claras, sencillas y directas. Hay que cumplirlas en el momento, primando el sentido común, como acampar antes del atardecer, ojalá con una fuente de agua cercana. Ya se sentía aquel frío penetrante y limpio de la montaña, prendí el viejo transistor y enroscado en el saco de dormir, fui conciliando la primera noche a 3.900 metros de altitud. Fue una caminata corta y lenta para aclimatarme y estar atento a cualquier síntoma del mal de montaña. Hace 28 años, cuando visité estas montañas por primera vez, llegando de Los Llanos subí al Púlpito del Diablo “de una” y ya regresando por la tarde a La Esperanza, “de una” me dio el “soroche”. Aprendí la importancia de aclimatarse y desde entonces en varias salidas y ascensos exigentes, no lo he vuelto a padecer.

Muy temprano quise calentarme mi primera agua de panela y la cuchara apareció tiesa en medio de la olla con hielo. La letra menuda de la montaña. Ya tenía la mochila acomodada cuando llega un lujoso vehículo y se bajan cuatro intrépidos caminantes, aparentemente extranjeros exhibiendo sus lujosos equipos de senderismo y de fotografía… ” en fin, cuanto exige Moratín en su poema La Caza”.

Siguieron su camino sin hablarme… El carreteable se desvanece hasta convertirse en un camino de herradura contorneando las colinas y pequeños valles y se comienza al ascenso a Cardenillos. Recuerdo que los U’was, súbitamente se apartaron del sendero y guiados por la brújula mágica de su instinto llegaron a los mojones del boquerón por unos atajos invisibles… pero estaba sin los U’was. Toda la ecuación de una caminada en la montaña se modifica con el peso a sus espaldas. Los intrépidos senderistas extranjeros mandaron sus cargas con mulas hasta la Laguna Avellanal, por lo tanto tenían el lujo de parar cuando quisieran pero yo tenía que encontrar mi propio paso durante varios días y me esperaban varios pasos de montañas exigentes. Otra pareja de extranjeros me alcanzó, blandiendo con un ritmo muy natural dos bastones de caminar, no uno como yo. Decidí imitarlos, aprendí a manejarlos y este detalle fue clave durante las siguientes jornadas, sobre todo por una lesión latente en el tobillo derecho… cada paso debía ser con sumo cuidado. Además dos bastones bien utilizados, pueden ser unas elementales armas de defensa.

El paisaje desde el paso Cardenillos

El paisaje desde el paso Cardenillos

Finalmente, allá donde se desvanecía el horizonte se veía la Laguna de los Verdes desde El Cardenillo. Bajaban y subían mulas cargadas y vacías, los arrieros detrás. Baje en línea recta, zigzagueando y un poco antes de la última repisa de piedra antes de un valle formado por el riachuelo que desemboca en la laguna. Cerca de una quebrada y encerrado por una muralla de piedras, monté el campamento. Con los binóculos vi que los extranjeros montaron el suyo sobre el costado occidental de la laguna. Una vez armada la carpa, cargue las cantimploras de agua y sumergí mis tobillos desnudos en el agua fría de la quebrada. Bajaba un arriero con cinco mulas vacías y me confirmó que siguiendo los rastros de sus mulas encontraría una bajada segura, a la orilla de la laguna, a la siguiente jornada.

La Laguna Grande de Los Verdes desde el Paso de los Frailes

La Laguna Grande de Los Verdes desde el Paso de los Frailes

Al dejar atrás el Boquerón de Cardenillos es el último punto donde hay comunicación confiable y así se lo dijo un arriero cuando remontó ese boquerón a sus dos viajeros “esde este punto no hay más comunicación por celular, sino con la naturaleza”. En pleno verano en la Sierra, las temperaturas al amanecer son bajísimas y encima de la carpa aparece escarcha, siempre se empacaba en la mochila algo humedecida. Dos noches a 4.000 metros sin síntomas de soroche o edemas. Básicamente respetaba mi ritmo de adaptación y al pasar los primeros tres días en esta altitud es menor la probabilidad de un mal de montaña. El equipo, especialmente la carpa, era excelente. De fabricación sueca, esas dos primeras noches aprecié su calidad y simplicidad de diseño, era un verdadero refugio y en general el saco de dormir, la estufa… todo funcionando bien y lo más importante, mi tobillo derecho que era mi Espada de Damocles en esta travesía. Solamente tenía elementales nociones de primeros auxilios, pero ya completaba una jornada caminando con dos bastones y especialmente en las bajadas me protegían los tobillos y las rodillas.

Laguna Grande de Los Verdes, al fondo el camino que ascienda hacia el paso de los Frailes

Laguna Grande de Los Verdes, al fondo el camino que ascienda hacia el paso de los Frailes

Vi a los dos extranjeros tarde -tipo diez de la mañana del otro día- levantar su campamento y yo estaba bien arriba del sendero que me llevaría al segundo boquerón -Frailes- y desde esa altura la Laguna de los Verdes, se ve como una inmensa amiba que en su extremo norte hace metástasis y origina otra pequeña laguna. Un leve viento norte erizaba un poco sus aguas y las diminutas olas morían sobre una playa de arena de la laguna madre. La bajada hasta la Laguna no fue tan fácil, ya estaba aprendiendo a descifrar los laberintos y muchas opciones para llegar al valle y lo importante que era, en la montaña, descifrar los caminos desde la parte alta, ojalá bien lejos y para ello eran muy útiles los binóculos.

Ya sobre el Alto del Fraile, el sendero hace un quiebre definitivo para enfrentar un rumbo sur. Para mí mucho más útil una buena brújula magnética que una cámara de fotografía. Hace tiempo le perdí la mística a la fotografía, soy de la escuela de los Cronistas de Indias. Una buena narración vale más que mil imágenes.

Tenía la ruta, día por día grabada en el GPS, bajada por internet pero hasta ahora no tenía necesidad de prenderlo. Con el mapa casi que escolar que le entregan al caminante en la oficina de Parques Naturales me defendía. Qué pensarían los U’was de tanta carajada que uno sube a la montaña?

Desde este punto ya se observa la casi infinita sucesión y rosario de cumbres nevadas. Es la silenciosa bienvenida a la verdadera montaña donde el caminante -que no ha alquilado mulas- solamente depende de sí mismo. El sendero agreste desciende de manera brusca sobre rocas grandes e incómodas para caminar. Las flexiones totales de las rodillas eran desgastantes y bajar era más demorado y penoso que subir. Una contradictoria paradoja de la montaña. Pero el desgaste físico era progresivo y latente y siempre estaba atento a llenar ambas cantimploras, porque ya las quebradas de agua corriente no eran tan abundantes como en el valle de Cardenillos; esta era otra vertiente de la Sierra, sin suelo como tal sino roca expuesta y escasa vegetación.

Varias caravanas de mulas subían hacia Cardenillos y también montañistas con un paso endemoniado. Eran españoles y colombianos que venían de escalar las paredes del Ritacuba. Otro cuento muy distinto al mío en la montaña, soy un simple caminante. Un poco pasado el mediodía llegué a un plan provocativo para montar el campamento, pero un grupo de escaladores paisas me animaron a que caminara otra hora para avanzar en la ruta, donde había otro lugar de campamento igual de bueno y con agua cerca. El camino sobre estas rocas era lento y desgastante pero les hice caso y al resguardo de una pequeña saliente me instalé, y ya como de rutina tenía todo listo, me calenté una sopa y le agregué trozos de una de las tres truchas ahumadas que había comprado en Aquitania, para toda la caminata, como única fuente de proteína. No soy experto en nutrición de montaña pero por simple sentido común no debe ser bueno comer en exceso y según mi propia experiencia en anteriores salidas, el mejor alimento en la montaña después de cinco o siete horas de esfuerzo es dormir bien unas diez horas. ”De nueve a cuatro a mi paso”, era la rutina de caminada diaria que trataba de cumplir.

A la siguiente jornada ya comienzan los juegos de la mente… si podré? cuantos días reales faltan? Y ahí si comienza una subida violenta sin caminos definidos y respetando mi creciente debilidad era necesario parar y descansar con frecuencia. Transcurrió toda esa mañana y noté una debilidad en mi rendimiento en la montaña… paciencia y saliva, me decía. El mapa señalaba que el próximo paso era el Boquerón de la Sierra y que a sus pies está La Laguna el Avellanal. Ocasionalmente algún mojón indicaba el tenue camino pero el avanzar esa tarde fue penoso y lento. Luego de una subida exigente apareció un letrero de Parques, caído como casi todos… tenía que ser el Boquerón de la Sierra… pero no… era la señal de la Laguna de la Isla, muy debajo de donde yo estaba y para alcanzarla era por una morrena inestable y lejana. Miré hacia el sur hacia donde debía seguir el rumbo y el camino estaba totalmente encapsulado por una gran pared de morrena, ofensivamente alta y allá muy lejos y muy arriba una diminuta media luna, como el primer y tímido mordisco de un pequeño ratón a un gran queso. Si ese era el Boquerón de la Sierra, desde mi ángulo visual no divisaba ninguna leve cicatriz que fuera el camino. Alcancé a dudar que fuera el camino y siendo relativamente temprano -tres de la tarde- me desplomé sicológicamente. Afortunadamente tenía una cantimplora con agua y bastante desmoralizado y vencido, entre un espacio inclinado con piedras, armé la carpa la cual quedó escorada hacia un lado, no comí nada para tasar el agua que tenía y aquella fue la primera noche que supe lo que es la sensación de intentar dormir a 4.000 metros de altitud con incertidumbre y los primeros asomos de angustia, al no saber si estaba en el camino correcto… Angustia, la cual es un producto netamente urbano y cotidiano, sentimiento que no llevaba en mi morral y que no esperaba encontrar precisamente en el lugar donde menos angustia debía sentir… en la montaña.

Laguna de la Isla

Laguna de la Isla

Una cosa es recostarse diez o doce horas y otra bien distinta es dormir. Las horas se arrastraban y entre las pesadillas y la incipiente angustia y la “pensadera” de la situación, se medio dormía sólo en enviones de una o dos horas máximo. Y la inefable pregunta que tarde o temprano todo aventurero se ha hecho… ”Qué carajos estoy haciendo aquí? quién me mandó?… por qué se pone esos retos estúpidos a estas horas de la vida? Y vuelve la autocantaleta: YO SE LO ADVERTI. Eran dos personas dentro de uno, la sensata, cómoda y cobarde y la otra que enfrentaba una realidad incierta pero latente tratando de dormir en una carpa escorada sobre una morrena árida a 4.000 metros en la Sierra del Cocuy.

Continuará…

www.ecoglobalexpeditions.com

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8 comments

  1. El Caminante El Caminante   •     Autor

    Hola Maria Teresa, gracias por tu comentario, hoy se publica la cuarta y última entrega!!

  2. maria teresa   •  

    Hola alberto, es una muy buena entrega de un viaje a traves del cocuy, muy ilustrado, que permite a quienes no conocemos el cocuy imaginarlo paso a paso

  3. El Caminante El Caminante   •     Autor

    Hola Armando, gracias por tu comentario, hoy publico la segunda entrega!!

  4. El Caminante El Caminante   •     Autor

    Hola Mauricio, gracias por tu comentario, hoy publico la segunda entrega!!

  5. El Caminante El Caminante   •     Autor

    Hola Andrés, hoy publico la segunda entrega!!

  6. andres   •  

    Hola Juan Fernando,

    Gracias por compartir el relato de Alberto, por favor no nos dejes mucho tiempo penando para leer las otras entregas, que el relato esta genial.

    Saludos

    Andres

  7. Mauricio   •  

    Chévere su crónica, se pueden casi que percibir los paisajes y la situación como la describe. Saludos.

  8. Armando   •  

    Hola buen día, gracias por compartir la vivencia nos recuerdas la inmensidad de las montañas y la fragilidad de los humanos (montañistas que al final somos)
    Quien no vivió la duda en la Sierra

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