Perdido …y sin patrocinio! (segunda entrega)

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Lea aquí la tercera entrega…

Lea aquí la cuarta entrega…

Fue una noche en que me recosté varias horas pero dormí muy poco, preludio a las noches por venir. Sin embargo, ya más descansado y con los primeros rayos de luz, identifiqué el camino de ayer que unos pequeños mojones iban señalando. Subí desde la terraza donde acampé, como persiguiendo huellas de un animal furtivo seguí los mojoncitos y sí… encontré el trazo del camino que remontaba toda esa morrena hasta el Boquerón de la Sierra. Caminaba a un ritmo lento, descansaba, un sorbo de agua muy medido… y poco a poco subía la inmensa tajada de queso buscando la diminuta media luna… el último repecho es muy inclinado y observé los perfiles de unos caminantes en la cima del boquerón. Eran los intrépidos fotógrafos extranjeros de la lujosa camioneta que llegó a la Parada de Romero cuando yo comenzaba.

Boquerón de la Sierra

Boquerón de la Sierra

Finalmente llegué… un mojón muy alto y el letrero… 4.650 metros de altitud, era el paso más alto de la sierra. Si hubiese decidido continuar ayer por la tarde, el descenso por la morrena hasta la Laguna el Avellanal hubiera sido casi a oscuras y sin agua. El sendero baja por una morrena inestable y paso a paso llegué a las orillas de la laguna. Ya en sus orillas habían dos carpas grandes tipo iglú. Descargué mi morral y siendo temprano, antes del mediodía completando ya cuatro noches, decidí no seguir más por ese día e instalé la carpa en un círculo que caminantes anteriores habían hecho con piedras. Me merecía una buena sopa caliente y un pedazo de trucha…

Laguna del Avellanal

Laguna del Avellanal desde el Boquerón de La Sierra

El entorno paisajístico es sobrecogedor. La pared norte del Ritacuba Blanco, la pared de escalada natural más grande de Colombia y los picos vecinos el Ritacuba Norte y el Negro. Los escaladores denominan esta parte el “Cañón de los Cóndores”. El azul casi artificial contrastando con el fulgor de las nieves perpetuas. Podría haber continuado hasta Cueva Larga a una hora de camino pero decidí que esta etapa fuera relajada… ya no tenía la angustia de la noche anterior, había remontado el paso más alto de vuelta y ya no había marcha atrás… era llegar o llegar, pero la montaña te da sorpresas, sorpresas te da la montaña.

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Campamento en la Laguna del Avellanal

La carpa iglú era el campamento base de unos conocidos escaladores quienes transportan todo en mulas y se instalan unas dos semanas, para escalar la pared norte del Ritacuba. Transcurrió perezosamente la tarde, traté de medio bañarme la cara en la laguna mientras caminaba por sus orillas viendo reflejadas en sus aguas los picos que la rodeaban. El inevitable ocio productivo que induce la montaña, donde las tareas cotidianas se absorben el tiempo… instalé la carpa, limpié su piso para desenrollar el saco de dormir, ordené las provisiones, preparé la estufa y las ollas… la simple cotidianeidad de un caminante en su montaña. Cerca del iglú de los escaladores un caminante instaló una raída carpa azul. Se llamaba François y era francés y también estaba haciendo la vuelta en mi mismo sentido. Pero en la montaña se respeta la autonomía que es distinto a la soledad. Quien camina solo es porque así lo quiere, así lo disfruta. Simplemente le dije a François que íbamos en el mismo sentido y que mañana, posiblemente nos encontraríamos durante el recorrido. Con uno de los escaladores preparamos una gran ollada de agua de panela, yo agregué varios sobres de mate de coca y con François nos quedamos hablando sobre sus viajes por Colombia, guiado por la infalible biblia de los mochileros extranjeros: La guía Lonely Planet donde se descifra el “gringo trail” o ruta de los gringos… el rosario de sus paradas típicas: Salento, Villa de Leyva, Barichara, San Gil, etc… y para mi espanto ya estaba incluido el “Cocuy-Guican trek”.

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Pared del Ritacuba Blanco

Y así pasó casi toda la tarde y a eso de las cuatro aparecieron en el campamento otros dos montañistas, bastante más jóvenes que yo. Nos saludamos con la fría pero cordial manera de dos extraños que se conocen en un lugar, pero que con el sólo hecho de encontrarse en estas montañas, ya tienen algo en común. Les sugerí que colocaran su carpa a pocos metros de la mía.

Venían dando la vuelta en sentido contrario, según me dijeron, y tuvieron la energía para escalar el Pan de Azúcar cerca del Púlpito del Diablo, por el extremo sur de la sierra. Javier, uno de ellos que después de varios días en la montaña tenía la apariencia de árabe andariego, me pregunta: “Hace cuanto que es montañista?” “No Javier, yo no soy montañista… montañistas son ustedes… que escalan el Pan de Azúcar y tiene la energía para dar toda la vuelta… yo he subido al Tolima, al Pan de Azúcar, al Ruiz pero en grupos organizados… yo simplemente soy un caminante de las montañas”. Y así comenzó una espontánea conversación del porqué estábamos en estas montañas. Javier tenía una potente cámara, era un fotógrafo free-lance, guía profesional de montaña, exalumno de Colegio Champagnat y estaba produciendo un video de las historias de vida que el azar le lanzara durante el recorrido. Yo le comenté que en diciembre le había dicho a mi mamá que a los 54 años de vida la expresión -año entrante- no existe y que tras aplazar varios años este sendero, la vuelta a la sierra, este año sí lo iba a hacer y punto. Y ella me había contestado: “Me parece muy bien, mijo”.

Como Javier era fotógrafo comprometido madrugó mucho la mañana siguiente para captar los reflejos de las montañas sobre la superficie estática y helada de la Laguna. “Buenos días Alberto… ayer lo oí toser bastante… está bien?” Efectivamente desde el 2 de enero tuve un comienzo de gripa en Iza, pero ya estaba más o menos bien. Ellos se iban a quedar todo ese día tomado fotos para continuar al otro día hacia Guicán. Me dieron información muy valiosa del camino que me encontraría hacia adelante, explicándome etapa por etapa. La innata generosidad de un montañista. Era domingo 13 de enero y Javier me dice: Alberto, el jueves llega adonde los Herrera. “Deme un día de gabela, si el viernes no llego prenda las alarmas”, le contesté. “Y nos emborrachamos en el Cocuy el sábado”. Va pa’esa. Javier era muy amigo de Alfredo Correa, el guía que me dejó en las cabañas y estaba alojado en su casa. Dos personas que se conocían entre sí, el azar me los puso en mi camino. Y sabían de forma distinta cual era mi ruta en la montaña.

François el francés ya había tomado su camino y yo ya tenía el morral acomodado, a “son de mar, listo para zarpar”, cuando aparece deambulando por el campamento un extraño personaje, de carpa en carpa. Se nos acercó a pedir comida y Javier le dio dos sobres de sopa. Desarrapado, sucio, una desordenada melena, hablador y pulseando sobre el hombro un costal. No podía ser montañista y no nos dimos cuenta por cual lado apareció súbitamente. Podía ser Da Vinci, Kant, Sócrates o Mozart por dentro, pero por fuera tenía empaque de indigente. Y olor. Lo bauticé Rasputín y era peruano pero nacido en Bolivia, o al revés. Este Rasputín aymara llevaba deambulando por la sierra completamente solo con su costal a cuestas varios días. Javier había oído hablar de él, por los lados del Valle de Lagunillas. Decía que era artista y a todos les mostraba sus bocetos en un cuaderno. Con espanto pensé que tendría que aguantármelo los cuatro días restantes hasta el Cocuy, porque iba en el mismo sentido. Era impertinente, hablador y desesperante. Mendigando comida siempre. ”Javier, distráigalo y demórelo aquí porque yo no me aguanto a este personaje atrás mío por cinco días”. “Hágale, fresco!” Y mientras Javier hablaba con Rasputín, remonté un pequeño alto atrás del campamento, encontré el sendero y dándole la espalda al Ritacuba Blanco, emprendí el camino hacia el siguiente paso de la sierra, el Boquerón del Castillo. “Por la tarde, Alberto, usted remonta el Boquerón del Castillo y a las tres baja a la Laguna del Pañuelo para acampar allí”, fueron sus últimas palabras mientras el artista Rasputín le mostraba sus bocetos.

En la montaña siempre hay que seguir el sendero más trillado, dicen los antiguos. Aquí, después del Avellanal y rumbo a Cueva Larga, es en mi sentir el primer sorbo directo o corrientazo de la sensación de estar en la Sierra Nevada. No hay marcha atrás y el sendero se va adivinando a la derecha de la quebrada Avellanal. Hay más vegetación, el bosque andino ameniza la jornada, no las morrenas áridas y agrestes del tramo anterior. Siga el camino más trillado… me decía. Después de una hora de marcha llegué a Cueva Larga, donde un gran espolón de roca forma un techo oblicuo, ideal para acampar. Los tunebos lo usan como una parada obligatoria. Ya bien abajo llegan Javier y Hugo, que sin equipo bajaban como gacelas. Aprovecharon la jornada de descanso para fotografiar con toda la calma las cascadas que se forman, descolgándose de los descoles de la Laguna Avellanal. Recuerdo que subía otro grupo de caminantes. Javier tomaba fotos, avanzaba, seguía. Me confirmó que Rasputín se había quedado en el campamento de los escaladores. Ya podrían ser las once de la mañana y en un momento de distracción no volví a ver a Javier.

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Cueva Larga

Seguí en mi cuento por el camino más trillado, siguiendo el rumbo de la cascada. El camino era cada vez más empinado hacia abajo. Se llega a un tramo completamente erosionado, donde tocaba vadear la quebrada varias veces. Me quité el cortavientos por el calor de la media mañana. La bajada termina para dar paso a un valle surcado por la quebrada, con rastrojo a lado y lado. ”El Valle de los Cojines” me dije, pero la verdad no veía los mentados cojines. Decidí buscar el rumbo por la margen izquierda aguas abajo y veo una casa de paja en medio de un corral de piedra. Grité pero no había un alma. Tenían un pequeño cultivo de cebolla larga y mordisqueé unas hojas. A las dos horas llegué al otro extremo de este valle y la quebrada se perdía en medio de una garganta de piedra, como el cuello de una botella. Debía franquearla para seguir el rumbo de la quebrada aguas abajo. Había dos opciones. Por la derecha había otra casa de pastores de techo de zinc con corral pero sin gente. Me baje el morral e inspeccioné el bosque atrás de la casa pero no encontré rastro. Luego vadeé el río para intentar por el lado izquierdo, volví a bajarme el morral y estaba vez exploré la quebrada aguas abajo por la margen izquierda con la mira de franquear el estrecho paso. Pero la quebrada se cerraba más entre las rocas, hasta formarse una pequeña cascada. No, este no es el camino me decía. Ya eran las cinco de la tarde y vi una delatora cicatriz en medio de los matorrales que subía hacia la izquierda y pensando con el deseo me dije: esta trochita me permitiría sobrepasar la cascada para seguir el camino… y decidí armar la carpa un poco confundido porque Javier no me describió este cuello de botella, al contrario me dijo que “por copas” yo estaría a las tres en La Laguna del Pañuelo, al otro lado del Boquerón del Castillo. Y ya eran casi las cinco. Ya estaba cerrando la carpa, cuando entre claro y oscuro llega Rasputín, como una aparición, con su costal a cuestas.

cascadaavellanal

Cascada Quebrada Avellanal

Quedé paralizado de la sorpresa y le contesté el saludo lo más seco posible, lo cual no me cuesta ningún trabajo. “Tienes alguito de comidita?” me dijo. “Mire, como ya le dije, yo tengo las provisiones justas, pero tenga esta barra de cereal y por favor déjeme solo que estoy mal del estómago y necesito dormir”. Acto seguido cerré la carpa, Rasputín dejó su costal a cinco metros de la carpa y caminó en dirección a la casa de teja de zinc, ya era de noche… pero hacia allá salió. Desde la carpa prendí mi transistor para distraerme y dejé a la mano un facón argentino, por si acaso.

A la mañana siguiente, ya con la mente más clara, volví a divisar el tenue camino que me permitiría remontar la garganta de la quebrada. Ni rastro de Rasputín y su costal. Efectivamente el camino me permitió remontar el cuello de botella, pero notaba que aunque era un sendero bien demarcado, se usaba muy poco. Demasiado solo para ser el famoso “Cocuy trek”. Sin embargo, mapas y brújula en mano, con el mayor sentido común posible, buscando el rastro más trillado, volví a la continuación geológica del valle que recorrí el día anterior, pero si era el valle de los cojines… no los vi por ningún lado… Ahí comenzó un proceso de duda metódica: interprete el mapa, busque el sur, calcule el rumbo de la quebrada… y al final cuando de nuevo se retoma la continuación del valle: Rasputín. Había recorrido por la noche el sendero que yo acababa de andar. . . y con un costal a cuestas!

Confieso que en esta ocasión, no es que me haya alegrado pero tenía con quien compartir mi evidente confusión geográfica. Se había quitado unas ordinarias botas de cuero, las dejó secando al sol y boca abajo con un lápiz y un cuaderno dibujaba los perfiles de la montaña… “esto es el Edén… esa nube no me está dejando pintar la cima del Ritacuba, ves que esa montaña tiene forma de león?”. Qué pasmosa tranquilidad la de este personaje!

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Valle de los Cojines, al fondo el Boquerón de la Sierra y a la izquierda el Ritacuba Blanco

Aún no he alcanzado el ideal estado de meditación y desprendimiento espiritual de los monjes tibetanos, veo la montaña como una actividad de reto personal con metas alcanzables y en general, para disfrutarla. Obviamente proporciona momentos de introspección y tranquilidad pero siempre en contacto con nuestra realidad, buena o mala. Soy incapaz de quedarme observando una misma cumbre, por más deslumbrante que sea por horas y horas en una pasividad y estado de meditación propia de almas mucho más evolucionadas que la mía, y sin duda más puras. Me falta mucho para alcanzar el nirvana de los budistas o el prana de la montaña. Soy de una “estupidez normal”.

Me senté sobre la mochila en una gran planicie que forma la unión de dos quebradas junto a una gran piedra negra. Junto a mí, como en otro planeta, Rasputín absorto en sus dibujos. Sin darme cuenta era mi situación tan surrealista, inesperada, sorpresiva y absurda que era ridícula. Dos de la tarde, en un punto desconocido de la Sierra del Cocuy, en una evidente confusión geográfica en medio de dos quebradas, con un GPS en una mano, la brújula magnética en la otra, sobre el piso un mapa absolutamente inútil de la ruta, al lado de un Rasputín indoamericano, sin saber qué hacer ni para dónde ir. Estaba en una trampa, mi propia trampa, yo mismo la busqué.

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Valle de los Cojines, al fondo el Boquerón del Castillo

En la montaña hay que tomar decisiones, buenas o malas pero tomarlas y rápidamente. Aún tenía dos o tres horas de luz y no pensaba aplastarme a esperar una iluminación divina. Volví a prender el GPS y le puse el waypoint Boquerón del Castillo, el maldito Boquerón del Castillo. Si uno camina rumbo oriente, cualquier desviación hacia la derecha es el sur, el bello sur que era mi destino. Cerca de donde estábamos caía una quebrada de piedras rojas que venía del sur. El GPS me indicaba que por esa quebrada estábamos a 6 km del Boquerón del Castillo. Por lo tanto esa quebrada eran los descoles de la laguna del Rincón, debería haber un camino y en breve estaríamos en el boquerón ¡Claro, como no me di cuenta antes!. Le dije a Rasputín mi nueva teoría geográfica y que yo arrancaba, pero ya es ya. Salí con toda la energía del caso rezando para que Rasputín se quedara pero no, preparó sus bártulos y se fue detrás. Remonté por casi dos horas el río de las piedras coloradas y aunque el rumbo sí era sur, no había camino. Era saltando de piedra en piedra, y Rasputín atrás haciendo malabares con su costal al hombro. ¡Qué pesadilla!, ¿cómo hago para deshacerme de este personaje?, me decía.

Hacia las cuatro logré alejarme de Rasputín y vi un lugar, aunque rodeado de piedras, donde podía con dificultad armar la carpa. No había comido nada en todo el día y como Rasputín estaba a unos cien metros, furtivamente saqué del morral un trozo de trucha y con un pan armé un sánduche y me lo comí a toda prisa, como si fuera robado, para que Rasputín no me viera comiendo. Inevitablemente llegó el personaje y le di una barra de cereal y comenzó a preparar su cambuche, debajo de un matorral. Tenga siempre a la mano el facón, me decía.

Llegó la noche y con ella mi preocupación de pasarla con este personaje, que si bien parecía inofensivo, nunca se sabe. Le entendí que salió caminando de un pueblo pesquero en el litoral peruano hace un año y no llevaba pasaporte. Calenté una sopa de sobre y comenzó a sacar de su costal papas, aceite, sal, harina y panela: ¡la multiplicación de los panes! “Anoche cuando dormías crucé el río, llegué a la casa que estaba cerrada con alambres, pero como yo soy metalúrgico pues la abrí y saqué lo que pude”. Raqueteó la casa! Prendió una hoguera y como una hora después me ofreció una sopa de papas robadas.

Imposible que este sea el camino, pensaba. Geográficamente si era rumbo sur, pero una quebrada, no un sendero! Casi no dormí midiendo con serenidad mi situación. Y con un ojo entreabierto como “gavilán de gallera”, vigilando cualquier movimiento de Rasputín. Con el primer fulgor de luz, comencé a desarmar la carpa y Rasputín profundo envuelto con un plástico negro. Con mi ruido lo desperté y le pasé un agua de panela caliente. Entre sus bártulos vi que tenía una ajada biblia negra y le dije: “Compadre, saque esa biblia y leamos el Salmo 91 porque estamos jodidos!” Y en voz alta nos leímos todo el salmo con ferviente devoción.

Laguna del Rincón

Laguna del Rincón

Repotenciado con esta inyección de fe, decidí devolverme a la gran piedra donde se juntan las dos quebradas, para volver a analizar qué rumbo seguir. Porque por esta quebrada de piedras coloradas definitivamente no era. Rasputín seguía pereceando, me acomodé el morral, le deseé suerte y preocupado pero contento de estar solo de nuevo, recorrí mis pasos hacia la gran piedra entre-ríos… No lo volví a ver jamás!

En medio de la gran libertad que nos proporciona las montañas, mientras me devolvía de piedra en piedra sin la sombra de Rasputín procuraba con serenidad evaluar mi situación, consciente de una evidente confusión geográfica, o en lenguaje claro, estaba perdido. Ni rastros de otros caminantes, muchas de las indicaciones que me dio Javier no las encontraba, el tiempo de recorrido no coincidía… Por lo menos estaba solo sin la siniestra presencia de Rasputín y las decisiones que tomare serían de mi exclusiva responsabilidad. Por otra parte físicamente me sentía sorprendentemente bien, el territorio era desconocido y hasta cierto punto me lo estaba gozando. Se estaba tejiendo en las redes del destino alguna “historia para contar”.

Llegué a la piedra entre-ríos y volví a extender el mapa de juguete. Con la brújula determiné que la quebrada, la cual había logrado franquear por su margen izquierda, corría al oriente. Esto no coincidía con el mapa porque la supuesta quebrada Avellanal corría hacia el sur sin desvíos hasta el pie del bendito Boquerón del Castillo. En mi delirio decidí que la quebrada donde yo estaba si era la quebrada Avellanal, sólo que tenía un tramo, una curva que se desviaba temporalmente hacia el oriente y luego volvería al disciplinado sur. Además, allá a los lejos entre dos lomos de montaña, como dos gigantescas ballenas apareándose, entre una fractura geológica, tenía que haber una quebrada. Así tenía que ser! Mi propia capacidad de persuasión me asombró y salí más convencido que nunca que esa ruta me llevaría al Boquerón del Castillo. Y salí con el mismo delirio casi irracional conque Álvaro Núñez Cabeza de Vaca exploraba los pantanos de la Florida en busca de la fuente de la eterna juventud o Hernando Pizarro deambulaba por las selvas peruanas buscando el país de la canela. A buen paso llegué a un punto donde tocaba vadear la confluencia de dos quebradas para pasar a la orilla derecha, donde estaba la cicatriz geológica que yo exigía que fuera el sendero correcto. Le hablaba a la brújula, que obstinadamente seguía marcado el oriente, con leves devaneos hacia el sur. Nunca en mi vida había estado tan pendiente de una brújula! Logré alcanzar la orilla derecha y seguí por un sendero que me llevaba a la mitad de las dos ballenas de piedra. Y sí… cada vez más el sur, pero… ni un alma. Con pavor me imaginaba que en cualquier curva se me apareciera Rasputín con su costal de biblias viejas y papas robadas… El sendero se encuentra con una inmensa cárcava, que espantado pensé que era infranqueable, pero tenía su pasadero y al dejarla atrás el rumbo era cada vez más al sur… Ya menos tenso aprecié la majestuosidad de este tramo. Una gran quebrada rodaba desaforada a unirse allá abajo con la otra quebrada de la piedra entre-ríos en medio de una tupida vegetación alto andina. A estas horas, exceptuando a Rasputín, hacía cuatro días que no veía un ser humano. Deseaba que apareciera alguien, el que fuera… si eran guerrilleros, qué mejores guías! Les entregaba mi equipo y pedía un fusil para sumarme a su causa en el acto!

Cojines

Cojines del Valle de los Cojines

El sur era cada vez más evidente y en mi delirio geográfico yo estaba feliz. Luego este camino finaliza y allá un oasis en medio de tanta roca. Un inmenso potrero ondulado, una pirca de piedra, un rancho rodeado de un inmenso bosque de paloblanco. Toda el arca de Noé pero sin Noé… ovejas, burros, vacas, caballos. Descansé la mochila y tuve la tentación de armar allí el campamento pero era demasiado temprano. Como era alto y abierto, intenté una llamada por celular para llamar a Alfredo, porque ya tenía mis dudas… Nadie me había comentado que yo encontraría en el camino una finca como esta. Inútil la comunicación. Pero con mi delirio del sur, desde este punto seguí imaginando caminos. Efectivamente se formaba un valle de frailejones medio cenagoso y emprendí camino. Resultó un tramo desgastante en medio de chuscales y frailejones de mi tamaño, en ocasiones abriendo trocha con mis bastones, me hacía falta un machete.

Detecté ya al final de la tarde una isla de prado rodeada de unas quebradas y rompiendo maleza, a la brava llegué entre claro y oscuro a montar campamento. Ya no estaba disfrutando la rutina de la montaña, tenía serias dudas de dónde estaba y aumentaba mi preocupación pues ya era miércoles. Tenía dos días para llegar al sur, al Cocuy y era evidente que no lo lograría. Según la fugaz pero sincera conversación entre montañistas con Javier, si yo no daba señales de vida el viernes, se iniciaría una búsqueda. Pero, quien me garantizaría esto? Javier y Hugo terminarían la vuelta y podrían haberse ido. Estaban en todo su derecho. Y Alfredo escasamente sabía mi nombre y que me dejó a la una de la tarde del miércoles 9 de enero en las cabañas Kanwara. Hoy completaba una semana en la montaña, plazo “amplio y suficiente” para concluir el sendero. Y los de Parques? Me registré y anotaron un número de teléfono para avisar en caso de emergencia. Pero cuando me registré, a propósito no dije exactamente adonde iba con el temor de que me exigieran un guía. Cada noche era una mezcla entre sentimientos de culpa, pesadillas, sueños fugaces y una aprensión en lo que podría convertirse esta situación.

Pero con una extraña calma, mientras desmontaba la carpa vi hacia el sur, mi delirante sur, un camino evidente que sobrepasaba una colina. Sin la menor duda tomé este camino y me tranquilizaba que la brújula, esta vez obediente, marcara al sur. Este sendero bordeaba una gran colina y caía hacia una quebrada para cruzarla y seguir subiendo. Con los binóculos planeé esta ruta y al cruzar la quebrada, rastreé el tenue camino. Comenzó una subida violenta, casi para verdaderos escaladores, pero me mantenía fiel al sur, siempre al sur. Paré en medio de la pendiente y enfrente mío vi volando una gran águila de páramo que aprovechaba las térmicas ascendentes. Un espectáculo de acrobacias áreas. Decidí guardar mi angustia y disfrutarlo. Curioso! Esa águila estaba feliz en su territorio, no estaba perdida ni angustiada, simplemente feliz! Sin duda esta ruta no figuraba en la guía Lonely Planet.

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Águila de Páramo sobre el glaciar del Castillo

Posiblemente yo no daría la vuelta, pero si realmente estaba perdido, lo cual aún no aceptaba, estaba recorriendo unos tramos desconocidos y desafiantes para la mayoría de los caminantes, observando cascadas alucinantes, picos desconocidos y águilas acrobáticas. Caminé otra hora, me senté debajo de unos frailejones a tanquear mis cantimploras y al pararme aparece como un espejismo, un gran espejo de agua, una laguna. Y con mis binóculos vi hacia el sur una gran tajada de queso con una pequeña media luna. Era un boquerón, el Boquerón del Castillo y esta laguna era la del Rincón! Geográficamente según el mapa todo coincidía… una gran laguna en la base de un boquerón, no era sino remontarlo y en la bajada vería las lagunas del Pañuelo, lo había logrado! Mi delirante teoría de navegante de montañas habían servido! Con los binóculos planeé la subida y paso a paso comenzó el ascenso al Boquerón del Castillo, mi Boquerón del Castillo.

Doscientos metros… paso a paso. Cien metros… llegué. Busqué por todos lados el letrero de Parques que señalara mi victoria en la montaña. Pero nada. Un escalofrío punzante e hiriente me estremeció. Un sabor amargo a derrota, a una cruda soledad, a una mordaz impotencia. Sabor a engaño, a estafa, a atraco. ¡Carajo! -me decía- “este tiene que ser el Boquerón del Castillo… el letrero se lo robaron!”

Abajo debe quedar la laguna del Pañuelo, pero en su lugar un descenso lúgubre y larguísimo hacia un valle interminable con unos charcos dispersos que se reflejaban con los últimos rayos del sol. Una inmensa soledad de bosques tupidos y eternos, sin ningún camino ni trilla visible. Saqué la brújula y sí… ese valle era puro al sur, pero la tendencia visual del drenaje de esa cuenca era, desde la altura del boquerón, hacia la izquierda, o sea hacia el oriente, hacia el Casanare… En una extraña mezcla de decepción, rabia, incertidumbre y pánico prendí el celular, con la poca carga que tenía, pensando que a esa altura, unos 4.500 metros, habría señal. Efectivamente marcaba buena señal pero las llamadas que le hice a Alfredo Correa para que me dijera donde carajos estaba, no salían. La poca carga se terminó de tajo, pero antes memoricé el número y como no tenía con qué escribir lo tallé con navaja en una taza amarilla de plástico.

Estaba listo, perdido e incomunicado. Alcancé a imaginarme la ridícula escena de un helicóptero rescatándome! No sea pendejo, me decía… eso sólo ocurre en países desarrollados… aquí los pocos helicópteros se usan para la guerra o los petroleros… aquí el rescate es a pata o en mulas!

Continuará…

www.ecoglobalexpeditions.com

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5 comments

  1. El Caminante El Caminante   •     Autor

    Hola Freddy, gracias por tu comentario, hoy publico la tercera parte!!

  2. Freddy Rivera   •  

    Hola, gracias por compartir tu trabajo, especialmente con los que vamos a hacer por primera vez esta travesía, ¿Cuando vas a publicar la siguiente parte? Te deseo muchos éxitos y que sigas disfrutando ese amor por la montaña, sin perderte, claro está.

  3. Alberto Valenzuela Rocha   •  

    Toda corrección es bienvenida. Juan al saber de mi historia, tuvo el gesto de publicarlo en su blog,obviamente tomando un riesgo. La narración comenzó a ser escrita, como un mes después de los acontecimientos, cuando varios recuerdos y sensaciones se habían decantado. Fué escrito en varias situaciones tanto geográficas como anímicas y nunca pensé que alguien se interesara en publicarlo en un “blog”… es más aún no entiendo bien que es un blog. Se agradece toda corrección que no es más que un demostración que la narración despertó interes entre las personas que se interesan por este tipo de aventuras , porque como dice el poema “La Perrilla”: “No piensen no, que es mentira…porque lo cuenta quien lo vió”.

  4. El Caminante El Caminante   •     Autor

    Muchas gracias Nancy, un abrazo!

  5. Nancy Ortiz   •  

    Hola, me gusta leer este tipo de historias porque tienen el poder de transportarme a sitios y conocer gente que de otro modo nunca conocería.

    Cuando un texto como el suyo es interesante y está bien escrito, no sólamente hace ondear una suave brisa en el sofá de mi casa, sino que también me enseña a tomarme el tiempo para apreciar las cosas que parecen triviales: Los pequeños milagros de cada día.

    Saludos.

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