¿Ya no tenemos tiempo para la música?

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Me acomodo y preparo la rutina de ademanes para empezar a escribir; un café doble, las gafas limpias, la ventana abierta con vista a las montañas, e inserto el disco The Dark Side of the Moon de Pink Floyd. Transcurren algunos minutos de la inolvidable y maravillosa “Speak to Me” y mi mente, en vez de quedar en blanco como pasa muchas veces cuando me siento a escribir, empieza a generar imágenes que solo el sonido inconfundible de Pink Floyd puede generar. No escribo ni una palabra, me dedico a escuchar.

42 minutos y 45 segundos después, al terminar de escuchar el disco, abro el computador y empiezo. Lo primero que escribo son preguntas: ¿Ya no tenemos tiempo para la música?, ¿nos cansamos de escuchar discos? La respuesta lastimosa es SÍ.

Las nuevas dinámicas de la música ahora responden a los llamados “sencillos”, que son una respuesta inteligente y comercial al público que ya no tiene tiempo, que consume inmediatez, que es práctico, que tiene un mar de posibilidades y por eso selecciona de acá y de allá, como haciendo zapping, pasando desapercibido por historias sonoras completas.

También pienso en el disco que acabo de escuchar, y entiendo que no se puede dividir, que sería perder la comprensión de la obra artística, perder la magia y la idea real del compositor, sería como tratar de mirar una pintura a la mitad, leer un libro saltando palabras, o ver solo el final de una película.

El disco, en muchas ocasiones, no en todas, es creado como una pieza artística completa, de inicio a fin, para escucharse de esa manera. Pero es innegable, las cosas han cambiado y los oídos y la mente ya no funcionan igual. ¿Qué hacer?, ¿qué riesgos deberían tomar los creadores de música?, ¿qué hará falta? Quizá, pasar simplemente de hacer música y depositarla en un cd, y pensar en conceptos, en formas de llegar al oyente de maneras atractivas y distintas a las que todo el mundo usa. Si la dinámica cambió hay que cruzar la raya, transgredir y arriesgarse a nuevas cosas, ahí podría estar la respuesta. Es probable que se le muestre al oyente que no tiene tiempo, que es importante regalarse el rato, o al que busca solo lo que necesita, que hay otras opciones, pues es muy fácil encontrar contenido en el mar de posibilidades de la web, pero tal vez, posibilidades llenas de basura.

Si antes escuchábamos las piezas completas porque nos tocaba, y era una práctica maravillosa que pocos seguimos frecuentando, si antes observábamos los librillos porque era sentir que se atravesaba el umbral estético de la obra musical, si antes escuchábamos una canción, y ella misma nos arrastraba a querer saber qué más continuaba, ¿cómo será regresar a eso?, ¿se venderían y comprarían más discos?, o mejor, ¿se apreciarían más obras de arte? Éste solo es un llamado para quién lo quiera recibir, un llamado respetuoso y melancólico a los músicos para que piensen en su música como una obra de arte completa, y a los seguidores, para que regresen a la pasión mágica y verdadera de escuchar música.

Cuando Andrea Echeverri me sacó la lengua

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Este, es un relato personal, un día con una flor aterciopelada.

Su cabello ya no era rubio, y aunque había crecido más que en los días frenéticos del año 1995, su longitud, con algunas canas, no alcanzaba sino hasta el nivel de sus orejas. Sus tatuajes estaban intactos, al igual que su voz, la misma que desde entrados los años noventa engalanó con toda la sinceridad nuestro rock colombiano.

Sí, hablo de Andrea Echeverri, la florecita rockera que supo sacarle la lengua a todo un país, la que le cantó sus verdades, y las puso en la mente y corazón de miles de personas. Ella, más que la voz femenina del rock colombiano, es el símbolo de una generación que, a través del arte, construyó posibilidades para encontrarnos en el amor.

Al verla de lejos, mientras se acerca, pienso en decirle todo lo que siempre tuve guardado, todo lo que decenas de personas le querrían decir. Pensé en fotos, en abrazos, en canciones, pero solo puede saludar cortésmente y seguir mi camino junto a ella en silencio. Eran las 7 de la mañana, y el trabajo no daba espera. De televisión a radio, luego a prensa y por último un recorrido por Medellín, una ciudad que le guarda amores y, así muchos no sepan, que también la vio crecer en algún momento de su niñez.

Diego quiero caminar ¿Sumercé va conmigo?

Pero, es pleno centro Andrea. – Responde su manager.

No importa, vamos.

Se detiene en cada esquina, saluda, recibe y entrega sonrisas. Hasta ella misma se saca una foto para uno de sus afortunados seguidores.

Recorrió las calles de Medellín como su propio barrio, como un caminante más; no porque no la reconozcan, sino porque no genera distancia con la gente, por el contrario, le gusta estar cerca. Yo seguía en silencio tras su paso, hasta que el rocanrol hizo de las suyas, y rompimos el hielo. Revivió las historias rockeras de La Peste, Ekhymosis, Estados Alterados, Bajo Tierra y Rodrigo D, mientras cantábamos canciones caminando por Junín. Todas las cantó, se las sabía. Su discurso es coherente; en las canciones, en las conversaciones y en la vida real. Es una mujer sin estuche.

Luego de más de 20 años de carrera musical, de pasar por el punk, el rock, el pop y la balada, Andrea, la aminoácida, rechinante y reluciente florecita del rock colombiano, está más vigente que nunca. Y aunque su registro vocal, mezzosoprano, impresione a más de un académico del canto lírico en el mundo, eso es lo que menos importa, o por lo menos a ella. Lo verdaderamente relevante es que su vida se ha reflejado en sus canciones, y su símbolo de mujer rock es el más claro ejemplo de sinceridad estética, musical y humana. Ese camino que decidió seguir debería ser inspiración para más mujeres; menos labial, menos laca y más corazón.

La fidelidad de su creación ha sido vivida, paso a paso, nota a nota, palabra a palabra, como un dejavú que se va haciendo realidad. Ha sobrepasado las crisis de la música, la llegada del internet, el regreso del vinilo y no sé cuántas cosas más; todo, como una bella historia musical cubierta con la sinceridad de su voz aterciopelada.

Llega la noche, y con ella el momento de la despedida luego de horas de trabajo, de estar al lado de La Ruiseñora, de la voz de toda una generación. Nos damos un abrazo que guardaré en mi memoria, y como si leyera mi mente me dice:

Mariquis, ¿nos tomamos una foto? Sorprendido, respondo con una sonrisa. Ella me saca la lengua y yo sonrío mientras hago lo mismo. Congelo ese instante para siempre.

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El blues colombiano tiene un nuevo hijo: Pablo Alzate

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Por Diego Londoño
@Elfanfatal

Colombia pasa por un momento musical interesante. Nuevos sonidos desde esta parte de el mundo, se proyectan con fuerza y personalidad. Y precisamente, quiero hablar de un músico que  ha decidido caminar por un terreno lleno de melancolía, historias, y guitarras con vida propia. Su nombre Pablo, su apellido blues, como una canción que narra su vida, su existencia y sus ganas de gritarle al mundo que su camino está en el sonido azul. Él se empieza a configurar como una de las nuevas voces del sonido blues colombiano, y nos presenta su más reciente sencillo: Souls on Fire.

 

En respuesta al columnista de Soho, yo digo, ¡sí necesitamos más teloneros colombianos!

Por Diego Londoño
@Elfanfatal

Si no creemos en nuestra música, ¿entonces quién? Esa fue la pregunta que me quedó luego de leer el inconsciente y descontextualizado artículo que publicó hace unos días la Revista Soho. En este texto, no se podía hablar de una manera más despectiva e irrespetuosa sobre los músicos teloneros en Colombia, y más allá de ellos, sobre nuestra propia creación e industria musical colombiana. Lo primero es que no voy a criticar la posición del periodista que lo escribió, es algo muy personal y cada quien decide en qué se gasta su plata, y cuál es su apuesta por el arte. Pero sí quiero expresar con respeto, que la publicación por parte del medio de comunicación, en este caso la Revista Soho, fue irresponsable. Para muchos, incluyendo a Leonardo Castro, persona que escribió la columna, es un argumento válido no tener más teloneros, pero para otros, como en mi caso, tenerlos es la posibilidad de construir vida, de seguir haciendo historia y de potenciar el trabajo que cientos de músicos en el país han realizado durante años.

Eso de solo ir a ver el artista internacional, por el cual pagué, es un argumento que en definitiva no tiene ningún valor ni respeto por el arte colombiano.

Así que por el respeto que le tengo al trabajo de músicos colegas en todos los rincones de Colombia, a los que quisiera ver en escenarios internacionales tocando sus canciones y más aún, en su territorio como teloneros de los más grandes artistas del mundo, debo escribir este texto, para decirle al periodista y al medio de comunicación que, contrario a lo que piensan, este es uno de los mejores momentos en la industria musical colombiana, es el momento donde figuramos en el mapa y hasta nos ganamos premios internacionales. Pero más allá de los premios, que poca relevancia tienen, es el momento donde agrupaciones como LosPetitFellas, Pedrina y Río, Tr3sDeCorazón, Doctor Krápula, Bomba Estéreo, Nepentes, Monsieur Periné, Tarmac, I.R.A, Chocquibtown, Carlos Elliot Jr, Mr. Bleat, Diamante Eléctrico, Puerto Candelaria, Providencia, y una larguísima lista que no alcanzaría en el espacio de esta columna, están triunfando en los escenarios del mundo como Coachella, SXSW, Womex, Vive Latino, Lollapalooza, entre otros. Lástima que por ustedes sí aplique eso de “nadie es profeta en su tierra”.

En la música y el arte hay muchos sueños, muchas familias implicadas, mucha vida y también mucho dinero (ensayos, cuerdas, transporte, discos, videos), como para que una columna irresponsable se tire en procesos que hasta ahora toman vuelo. La invitación siempre será a la crítica constructiva con la música, con la propuesta, de esto aún nos falta y debería no tomarse personal. Quizá esto ayude a que el nivel se ponga a tono con el de los músicos internacionales. Lo que no es aceptable, es respaldar un artículo sin contexto ni conocimiento, y lleno de actitud destructora hacia el arte del país. Lo de afuera no es lo único, ni lo mejor ¿Quieren que las personas conozcan las bandas teloneras y se sepan las canciones que interpretan?, entonces permitan que tengan su espacio y puedan sonar. En otros países, un telonero es una oportunidad única para conocer nuevas revelaciones y sonidos ¿Por qué acá no? Si el objetivo del texto era simplemente provocar y ganar seguidores para su querida revista, pues es un irrespeto con los lectores. Mejor sigan con sus temas y no se metan con la música, no es un campo que les compete.

The Rolling Stones, Coldplay, Foo Fighters, Metallica, Madonna, y los que quieran citar, si mucho vienen una o dos veces en la vida a Colombia; ¿luego qué?, ¿nos quedamos esperando sin aportar a nuestra misma música? Mi apuesta es ir a los conciertos de agrupaciones nacionales, comprar sus discos y seguir proponiendo teloneros, para que los que no conocen empiecen a creer y a seguir, y también, para demostrarle a gran cantidad de público y empresarios escépticos que sí se puede, pues Los Stones o Madonna también fueron artistas de bares.

¿Ustedes de qué lado están? Si no creemos en nuestra música, ¿entonces quién?.

¿No le gusta el reggaetón? Entonces respete

Por Diego Londoño
@Elfanfatal

Hace pocos días leía un artículo donde una emisora prohibía la rotación del reggaetón dentro de su parrilla de programación. Esta situación es muy respetable, pues cada medio de comunicación tiene su filtro, su curaduría y estética sonora. Además de esto, es un proceso sano, pues son muchas las radio frecuencias que tienen como banda sonora este género.

Pero a lo que en realidad quiero ir con este texto, es que esa misma columna generó diversas opiniones radicales e irrespetuosas en redes sociales en contra de quienes gustan del ritmo cadencioso. Sí, en pleno siglo XXI.

Por mi parte, y perdonen el yoísmo, no soy ni reggaetonero, ni vallenatero, ni nada que se le parezca. Soy amante de la música, me gusta el punk, el metal, el blues, el soul, el jazz, el rap, el rock y por mis gustos, no tengo por qué irrespetar al otro y menos sentirme potencialmente agredido por escuchar estos tipos de música. Lo curioso e impactante del asunto, es que esta intolerancia en la actualidad se da incluso dentro de las mismas familias. Sea lo que sea, cante lo que cante, báilese como se baile, es música y debería ser un motivo para entender que en la diferencia nos encontramos.

Algunos de los comentarios que he leído y escuchado son: “No más reggaetón en Colombia”, “necesitamos un golpe en contra del género” “debemos impulsar el hundimiento del reggaetón”. Comentarios que son iguales a los de un homofóbico o un xenófobo.

En los años cincuenta y sesenta, la sociedad colombiana no podía tolerar a un jovencito que escuchara rocanrol y que tuviera el cabello largo. En los ochenta, los metaleros y punkeros no se podían cruzar, pues sus diferencias estéticas y sonoras irremediablemente llevaban a la violencia.

De la misma manera, los amantes del tango fueron catalogados como malevos o putas, o en su defecto, los rockeros, punkeros o metaleros, eran ladrones, viciosos y peligrosos. Ahora vivimos una situación similar.

Creo poderosamente en la diferencia, y también tengo claro que una cosa es ser rígido con el criterio al no escuchar algo que se sale de los principios sonoros propios, y otra muy diferente es imponer con violencia verbal o física un gusto personal.

Por ejemplo: ¿sería justo que los reggaetoneros sacaran una campaña en contra del rock, el blues, la salsa o la música electrónica? Están en todo su derecho, sin embargo sería algo absurdo y anacrónico. O por otro lado ¿será que nos creemos de mejor familia y tenemos una condición de superioridad que nos permite a nosotros hacerlo?

No defiendo a ningún género musical, ni a los unos, ni a los otros. Soy un firme enamorado de la música en todas sus expresiones y con eso basta. Por eso mismo hago un llamado a la tolerancia, pues solo así demostraremos lo poco de humanidad que aún nos queda, y más en el arte, donde el único radicalismo que debería existir sería el del respeto.

En conclusión, deberíamos convivir con lo que lo que nos gusta y con lo que no, y más si se trata de música ¿Qué piensan ustedes?.

Juancho Valencia, el Lucho Bermúdez de nuestra época

Por Diego Londoño
@Elfanfatal

 

Afuera de la casa, cuatro niños con sus bicicletas esperan recorrer las calles del barrio. Gritan en coro aclamando a su quinto amigo. Por la ventana, miran unos ojos tristes con una sonrisa diagonal. Desde el interior una voz maternal resuena como un eco cavernario. Juanchito, primero la clase de piano. Luego el balón y la bici.

Este día, y otros tantos que vinieron después, Juancho Valencia odió la música, así estuviera destinado a ella y la amara como a él mismo. Hoy, él es uno de los músicos contemporáneos más importantes del sonido revolucionario en Colombia y sin exagerar ni un ápice, en América.

Cuando Juancho Valencia nació, y su padre pudo tenerlo en brazos, lo miró con detalle; su boca, su piel, sus ojos y como una sentencia para toda la vida, dijo: “Este muchachito tiene manos de pianista”. Es por eso que Juancho Valencia no tuvo oportunidad de escoger otra cosa diferente que su vida al lado del piano, del sonido, de las canciones y de esa eterna musa reveladora compañera de días y noches, la música.

Juancho aprendió a hablar y a tocar piano al mismo tiempo, tendría tres años, ni él mismo lo recuerda. Ahora, tres décadas después se le ve en los escenarios del mundo haciendo música, con su estilo particular y su cabellera que recuerda la época dorada del funk en los años 70.

Su primera orquesta de tropical fue Mostaza, dirigida por él, y formada por los amigos del barrio que no tenían ni idea de qué era una cuerda o una trompeta. A todos los ponía a marchar, los callaba cuando debían hacer silencio, a cada uno le asignó un instrumento y se lo enseñó a tocar. A los 13 años tocaba en Niquitown, una banda representativa de ska y rock, “hijo: vaya ensaye, disfrute y no pruebe nada de lo que le ofrezcan”, decía su papá. Luego fue pianista en agrupaciones profesionales como Siboney y Timbalaye. Tocaba en bares siendo menor de edad, sus padres lo llevaban de la mano y lo soltaban en el escenario. Terminaba el concierto y de inmediato se iba a dormir para madrugar al colegio.

La palabra jazz llegó por cuenta de Jorge Cottes, músico del Combo de las Estrellas, Tropicombo y Los Tupamaros.

-Juanchito, atención a este acorde, se llama Sol13, ensáyelo y haga ese mismo acorde en todas las otras tonalidades. Esto se llama JAZZ –

Luego de ese sonido las cosas cambiaron para él. El oído y su forma de escuchar. Aprendió sobre la disonancia, y desde que eso se aprende la vida en sí misma se vuelve disonante.

Luego llegaría un proyecto artístico que no sería una agrupación, sino la recreación de un lugar sonoro imaginario donde existe un universo completo que no se limita a la música. A este lugar le llamaron Puerto Candelaria. Sonoramente rebelde: porro, cumbia, bullerengue, pasillo, guabina, rock y jazz. Otro de los hijos de Juancho es La Banda La República, una propuesta con la que daría rienda suelta a su instinto salsero.

A Juancho desde niño lo formaron para ser el pianista de latin jazz sucesor de Michel Camilo o Chucho Valdés, pero él se convirtió en una antítesis, estaba haciendo todo lo contrario. Fue un contundente acto de rebeldía. Juancho, más que el pianista y compositor de agrupaciones exitosas en el mundo, se convirtió en el genio musical que el país estaba esperando, el personaje que le dio glamour y renovó la música colombiana, el Lucho Bermúdez de nuestra época.

 

¿Cuál será el futuro de la cultura en Antioquia?

Por Diego Londoño
@Elfanfatal

 Este año la cultura en Antioquia no empezó bien, y no quiero sonar alarmista, pero solo hasta el pasado lunes 28 de marzo, conocimos el nombre de la persona que fue elegida desde la Gobernación de Luis Pérez Gutiérrez para dirigir esta parte fundamental e imprescindible para muchos de nosotros.

 Tengo que confesar que ese mismo lunes tenía ya escrito un texto que se preguntaba ingenuamente por qué razón la Gobernación no se había pronunciado ante el tema cultural. El hecho es que ya revelaron el nombre de la persona que dirigirá por cuatro años la cultura en Antioquia, fue una de las últimas en nombrar de todo el gabinete. Se trata de la jurista Laura Emilse Marulanda, su currículum cuenta que es abogada de la Universidad de Medellín con especialización en derecho administrativo, en gerencia pública y maestría en administración. Se ha desempeñado en cargos públicos como secretaria de la Contraloría de Medellín, en la Contraloría de Antioquia y en la Contraloría del municipio de Itagüí. Además, también actuó como contralora delegada para la gestión pública y las entidades financieras de la Contraloría de la Nación.

 Este texto no pretende nada más que poner sobre la mesa de debate el perfil necesario para la dirección cultural del Departamento, esto con una única intención, que el camino lleno de música, letras, colores y movimientos, vaya por pavimento y no por carretera destapada. Los anteriores cuatro años fueron de mucha evolución gracias a un personaje que sabe, que entiende y vive la cultura, Juan Carlos Sánchez, quién tiene una carrera de más de diez años trabajando para el sector público y 22 años para la cultura, ahora es el Subsecretario de Bibliotecas de Medellín, y como cereza al helado, es el baterista de la banda de rock Nepentes. En el caso de Emilse es una persona con carrera en lo público y en lo jurídico, pero ¿Será ese el perfil para un director de cultura?

 A veces es cierto eso de que necesitamos gerentes para la cultura, para la música, pero gerentes que sean sensibles a cada manifestación, que se les haya visto en una obra de teatro, en un concierto o tocando un instrumento. Puedo pecar por atrevido, pero a la señora Emilse nunca la he visto en actos culturales, no sé ustedes. Eso en mi concepto es vital. Para dirigir cultura hay que vivirla y no uno o dos años, sino toda una vida.

 Para esta persona, evidentemente hay unos retos importantes como el cubrimiento cultural de toda Antioquia, llegar a cada rincón con formación y circulación. También, la aplicación del Plan Departamental de Cultura, y la continuación de la Política Pública de Cultura que adoptó la Asamblea Departamental. Además la apropiación del Palacio de la Cultura como eje de encuentro de los demás municipios y regiones, y la ejecución de proyectos exitosos que dejó la administración anterior como Altavoz Antioquia, Altavoz Escolar o los Estímulos al Talento Creativo.

 Ojalá esta decisión sea beneficiosa para la cultura en el Departamento, ojalá se supere el nivel de trabajo y propuesta de la dirección anterior. Eso es lo que queremos todos. Lo que sí es claro, es que debemos ser exigentes con este asunto que afecta directamente las expresiones artísticas y nuestro día a día conviviendo con la cultura.

¡No más conciertos en La Macarena!

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Diego Londoño
@Elfanfatal

Ya se ha dicho en repetidas ocasiones, Medellín tiene un problema complejo de espacios para disfrutar de la música en vivo. A salvo de tres teatros privados, del olvidado Carlos Vieco que ya conocemos su problemática y otros escenarios creados más para las artes escénicas, no tenemos otro lugar para disfrutar de conciertos masivos de agrupaciones locales, nacionales e internacionales. Este aspecto se convierte en una dificultad que crece y se hace más evidente día a día, pues la oferta cultural y musical de la ciudad está evolucionando para bien.

La experiencia de entrar a una plaza de toros repleta de gente, rebosante de luces, de gritos y con la esperanza de ver músicos que uno siempre soñó en vez de toreros y animales sacrificados, siempre va a ser alentador, pero cuando inicia el concierto y el sonido retumba como una caverna desolada, y se ve a lo lejos desde el escenario a los músicos desconcertados mirándose unos a otros, esa sí que es la mayor desilusión que puede tener el público que pagó por su boleta, y el músico que luego de ensayar y preparar su show, queda mal por algo externo que se sale de su creación y muestra artística.

Por eso, ¡No más conciertos en La Macarena! Porque ni el más brujo ingeniero de sonido puede con el caos sonoro que genera este lugar. Porque los músicos escuchan doble y el público canta la canción a destiempo. Porque hay una incertidumbre impresionante en cada ocasión: Yo estaba abajo ¿escuchabas mejor arriba? Desde abajo no escuchamos nada ¿Cómo sonamos, sí se entendió algo? Situaciones familiares para quienes hemos asistido a conciertos en este espacio.

Y en definitiva porque es el peor lugar para realizar actos musicales en vivo. Es un secreto a voces que ha estado durante muchos años en el ambiente de la música en la ciudad, y ahora ese susurro es un grito que dice no más, que exige respeto y valor a la música, esto se puede mirar desde la experiencia como espectador o como artista. No importa qué músico sea, nacional o internacional, las condiciones sonoras para un espectáculo siempre deben ser óptimas.

Allí históricamente hemos vivido recitales para no olvidar, en el año 1985 la mítica Batalla de las Bandas, una de las primeras descargas masivas de metal en la ciudad. Allí también nació el querido Festival Altavoz en el año 2004. Y vimos personajes como Gustavo Cerati, Mercedes Sosa, Rubén Blades, Christina y Los Subterráneos, Café Tacvba, Andrés Calamaro, Los Prisioneros, Chocquibtown, Vilma Palma e Vampiros, J Balvin, Enrique Bunbury, Calle 13, y Crew Peligrosos y Snoop Dogg que fue la última experiencia no grata. Y así, con todo tipo de artistas, desde el reggaetón, la música romántica, la ranchera, hasta la salsa y el vallenato.

Este sin lugar a dudas, es un buen momento para decirle a los empresarios musicales que además de contratar artistas comercialmente viables, deberían pensar también en los espacios de realización, de eso también va a depender la recordación de sus eventos. Y también es un buen momento para recordarle a la administración municipal, departamental o cualquier ente gubernamental que sienta este tema como suyo, que necesitamos un lugar con todos los requerimientos técnicos, de capacidad, de acústica, de ingresos y salidas, de instalaciones sanitarias, tanto para hacer conciertos, como para presenciarlos. La ciudad de verdad lo necesita.

Medellín en Canciones: Un libro que cuenta la ciudad

Medellín en Canciones

“El rock como cronista de la ciudad”


MECweb


Lanzamiento

20 de septiembre

8:00 pm

Fiesta del libro y la Cultura – Salón Humboldt (Jardín Botánico)

Medellín en Canciones “el rock como cronista de la ciudad”, es el segundo libro del periodista Diego Londoño, publicado por la editorial Ediciones B Colombia; en el cual a través de 27 canciones de rock, y sus historias, se cuenta la historia de Medellín desde los años ochenta hasta ahora. La particularidad de este libro es su énfasis: elegir como columna vertebral el rock, el metal y el punk, para realizar un mapa que retrata desde las entrañas la ciudad de Medellín en los últimos 40 años.

Es un producto periodístico, que ayuda a satisfacer una necesidad frente a la carencia de contenidos investigativos sobre el rock, aporta a la historia de la ciudad y de la música misma. También, ofrece un panorama para comprender el rock paisa según los momentos históricos, los sonidos, el contexto social. Qué dice, qué aportó cada canción y qué significó en el desarrollo de la música y la historia de esta urbe. Su resultado básicamente es mostrar como el rock a través de los años, describe y cuenta los momentos claves en la historia de Medellín, en temáticas como la violencia urbana, los amigos, el amor, la pobreza, inequidad social y desplazamiento, la ecología, las relaciones interpersonales, la política o los lugares de la ciudad.

Este libro evidencia la historia, los imaginarios, las realidades, crudezas y esperanzas de esta ciudad; los barrios desde sus diferencias y su cotidianidad; el centro de la ciudad con el comercio, la delincuencia, el transeúnte y su afán; los bares y la rumba, la droga, los encuentros, la noche y la algarabía; los conciertos, los sonidos, la crítica y la multitud; las calles, sus personajes, el amor, la muerte, la violencia, el olor a asfalto y la vida del rock en la ciudad. El reto de Medellín en Canciones, además de tener sonido e historia en sus páginas, fue llegar a las anécdotas fascinantes y en muchos casos ocultas de cada una de las canciones que hacen parte de la historia de la ciudad a través del rock.

Agrupaciones importantes para la historia sonora del país hacen parte de este libro, como el caso deBajo Tierra, Kraken, Estados Alterados, I.R.A, Frankie Ha Muerto, Parlantes, Fértil Miseria, Masacre, Mojiganga, Neus, Burkina, Los Suziox, G.P, Athanator, Posguerra, Unos Vagabundos, Escepticos, Reencarnación, Pestes, Carbure, P-NE, Nación Criminal, Polvo de Indio, Desastre Capital, Organismos, No Raza y Danger.

“Soy un lector apasionado, a través de los libros llegué a conocer los artistas más influyentes y desconocidos. Un libro sobre Los Beatles, música chilena, africana, o el blues, todo me llevaba por nuevos caminos que me hacían entrar a mundos mágicos y misteriosos. Medellín tiene música y tiene historia también. En sus acordes están las miserias y alegrías de su pueblo. Medellín en Canciones nos revela estas historias y nos invita a conocer la ciudad a través de la música”.

Claudio Narea, guitarrista de Los Prisioneros de Chile


“Este libro, está hecho de canciones aguerridas para una juventud necesitada de catarsis. Liberar, contar, proyectar a través de la música y las letras, las experiencias de una ciudad y un momento histórico intenso, doloroso y real. Son historias de guerreros musicales armados de guitarras, voces y  acordes,  que con sus visiones sonoras siguen influyendo con su mensaje y su valor la escena música nacional”. Héctor Buitrago, bajista de Aterciopelados.

“Medellín En Canciones” rinde homenaje a esas voces que construyen una resistencia estética y conceptual, necesaria para nuestra reflexión como sociedad y obligatoria para la profunda revisión, no sólo de la música independiente colombiana, sino de la propia historia de las últimas décadas de nuestro país.

Álvaro “El profe” González Villamarín, Radiónica.


“Si bien Fito Páez afirmaba que “el mundo cabe en una canción”, la realidad de Medellín puede ser un tanto más compleja. Son varias las canciones que la han evocado, y cada una se centra en un aspecto y todas parecen complementarse hasta lograr algo muy cercano al retrato preciso, definitivo. Ésa es la impresión que queda después de asomarse a este libro”.
Juan Carlos Garay, periodista y escritor

“Este libro, tan necesario en una ciudad con pocos textos publicados sobre música local, es como diría la canción de Frankie ha muerto, una “gota de sangre donada al dolor”, o mejor dicho, un aporte sustancial a la existencia del rock y su anclaje en Medellín.

Medellín en Canciones surge como bálsamo para expiar la música con sentido desde una ciudad que se niega a dejar de gritar: ¡Rock n roll!”

Santiago Arango Naranjo



Bienvenidos a vivir Medellín en Canciones


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Hasta siempre…Cerati

Por Diego Londoño
@Elfanfatal

La trayectoria musical de Cerati, además de prolífica, fue majestuosa. Cientos de canciones musicalizaron los cambios generacionales de vidas rockeras en todo el mundo. Empezando por la grandiosa e influyente banda Soda Stereo, que inspiró a agrupaciones colombianas a hacer rock como Aterciopelados, Bajo Tierra, Estados Alterados, Los Árboles, Catedral, entre muchísimas otras; Soda, pasará a la historia como uno de los proyectos que potenció e iluminó el camino del rock en habla hispana. La disolución de Soda Stereo dio como resultado otra etapa musical y creativa en la vida de Gustavo. El disco Colores Santos inicia la etapa solista de Cerati. Al lado de Daniel Melero crea canciones de vanguardia con armonías cadenciosas y un absoluto sentir rockero.

Luego de esto, se inunda de su sentir solitario, para adentrarse en lo que sería la materialización de un sueño musical y poético. Amor amarillo abre esta etapa maravillosa, que se cierra precisamente con un disco premonitorio: Fuerza Natural.

En resumen, toda esta trayectoria musical mostró el camino y la raíz de cómo hacer rock al estilo latino, con glamour y con una gran riqueza sonora. La historia de vida de Gustavo Adrián Cerati es la historia del rock latinoamericano, una historia que puede contarse a través de sus mismas canciones. Su música resistió dictaduras, modas, la misma evolución del rock en el mundo y ahora resistirá su propia muerte, para dejarnos como tesoros sagrados los sonidos, las historias y las preciosas canciones que podremos guardar por siempre en el corazón.

Por esto y por mucho más es que el rock en el mundo está de luto, y es justo luego de su muerte, que dimensionaremos al gran artista y letrista que perdimos.

Ha partido Cerati, pero sus canciones permanecerán en el tiempo musicalizando las historias diarias que este argentino decidió vivir por nosotros. “Poder decir adiós…es crecer”, dice una de sus canciones, y ahora en medio de un dolor profundo, lo despedimos, pero también celebramos su vida, su obra y el legado que dejó para el mundo de la música.

Gus, ¡Gracias totales…!