¡Pura vida! Un colombiano en el Festival Internacional de las Artes de Costa Rica

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¡Pura Vida! Eso fue lo primero que me dijeron en cuanto llegué a Costa Rica para vivir el Festival Internacional de las Artes (FIA). Allí tuve la oportunidad de llenar mi cabeza, oídos y corazón, de teatro, cine, danza, cuentería, artes circenses y, lo que más me interesa, música. Esa expresión pintoresca, en comienzo un poco extraña y llena de vitalidad, “Pura Vida”, ahora se sustenta en un territorio que encuentra en el arte la capacidad de identificar sus raíces.

Al llegar a la Plaza de la Democracia, uno de los epicentros importantes del Festival, me di cuenta de la magnitud de este encuentro y de la planeación de sus organizadores, pues el FIA se convierte en una excusa para que los habitantes y turistas se conecten con la ciudad de San José y puedan vivirla y caminarla en torno a las artes. Recorrer la ciudad con banda sonora.

Catorce sedes ubicadas en 1.5 kilómetros, 8 en teatros y salas, 6 sedes al aire libre. Desde el Parque Central hasta el Complejo de la Antigua Aduana. Programación desde las 10:00 a.m. y hasta las 10:00 p.m. 156 espectáculos, un total de 1.624 artistas, 140 agrupaciones, 442 artistas internacionales pertenecientes a 50 compañías de 17 países y 1.182 nacionales pertenecientes a 90 compañías de arte, hacen del FIA más que un festival de artes, más que una experiencia que hay que vivir, un proyecto de formación de públicos y artistas y una plataforma de circulación incuestionable.

La curaduría estuvo impecable, pensó diferentes tendencias sonoras y propuso arte costarricense que se puede expandir al mundo e influenciar a Costa Rica y a Centro América.

Desde el teatro hicieron un repaso por la fantasía, el conflicto de territorios, el amor, el perdón y el teatro social e infantil. Destaco de estas Una Bestia en mi jardín, una propuesta de teatro infantil que reflexiona sobre las migraciones y la importancia de la vida, y Al otro lado del mar, una propuesta de teatro y poesía, sobre la soledad del ser, la búsqueda de identidad y la condición humana; Y la indiscutible e impactante Labio de Liebre, una de las cuotas colombianas.

En música, el panorama fue bastante amplio. Para destacar, las presentaciones de El mató un policía motorizado, con ese sonido indie, sencillo y con letras poderosas que los catapultó como banda al mundo entero; por otro, El kombo Style, con un homenaje a la cumbia colombiana, desde el ska, el rock y el merengue; también la banda Marfil, un clásico proyecto tico que ya hace parte de la banda sonora de la ciudad de San José, Un Rojo Reggae Band, también prendió la fiesta con baile, consciencia en sus letras y un show reggae de exposición al mundo; otra de las bandas importantes para esta edición del festival fue Percance, el relevo generacional de muchos años de música en Costa Rica, y no podemos dejar por fuera a Gustavo Santaolalla y su show Desandando el Camino, un recorrido musical por su agrupación de adolescencia Arco iris, por sus canciones para cine, e incluso, los sonidos de Bajo Fondo Tango Club. Para finalizar llegó Carmelo Torres a poner a bailar a los ticos con sus cumbias sabaneras de acordeón. Nunca antes me sentí tan orgulloso del folclor colombiano y de personajes míticos y sonoros como él.

Y este fue solo un punto de vista, el de mis oídos, mis ojos y mi corazón, de un gran festival que se posiciona en el eslabón fundamental de las artes en el continente.

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