¿Se acabaron las ganas de hacer conciertos?

Foto por Juan Fernando Ospina
Foto por Juan Fernando Ospina

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Recuerdo con cariño y nostalgia la esencia del punk que me tocó vivir. Una historia que no tuvo sonido en HD, instrumentos de alta gama, conciertos con boletería de empresas recaudadoras, ni discos con carátulas ilustradas. Menos, grandes tarimas giratorias ambientadas cromáticamente con luces inteligentes y con ingenieros de sonido experimentados. Con lo que sí se contaba era con amigos con cientos de “casetos” para regrabar encima de cintas de ranchera, vallenato y hasta chistes; también, pinturas para diseñar las camisetas que la cabeza imaginara, hilo para coser los parches en las chaquetas o morrales, y en definitiva, unas ganas incontrolables de ´pantanear` la ciudad y vivir el sonido que en ella habita. De bus en bus, de sur a norte, se iba por un concierto, cd, casette o longplay.

20 de julio del año 2003, concierto de la Falsa Independencia en el barrio Manrique, un parche creado por uno de los punkeros vieja guardia de la ciudad conocido como “El canoso”, casi nadie sabía que su nombre era Jorge. Este autogestionado festival se realizó en una cancha de microfútbol, sin tarima. Todos en el asfalto: el sonido, los instrumentos, los músicos y el público.

El lugar estaba repleto, y la publicidad fue a través de fanzines y del voz a voz que circulaba en todos los ejes latitudinales de la ciudad. Los postes y las paredes de Medellín eran el mejor altoparlante.

La expectativa que tenía en mi corazón por este concierto era tan gigante como mis nervios. Ese día debutaría como baterista en un grupo de punk en el que venía tocando desde hacía algunos meses, su nombre era “Presos de Libertad”, no sonábamos bien, no éramos virtuosos ni especialistas en el sonido, pero nos gustaba hacer ruido, vivir de cada guitarrazo y además de todo eso, pasábamos bueno. Mi vida corría peligro, o por lo menos mi integridad física, tenía tres advertencias: dos naranjas y un tomate, esa era la amenaza si me equivocaba en alguna canción. En el público me vigilaban dos francotiradores con crestas y camisas anárquicas.

Ya era el momento de subir a escena, en tarima estaba “La Pugna”, una banda fuerte, con el gutural como estandarte y con un baterista que sí tocaba de verdad. Me llené de miedo. Antes de acabar su concierto, tres patrullas y siete motos de la Policía llegaron de manera agresiva a apagar el sonido, el concierto no tenía permiso. Los punkeros indignados empezaron a reprochar. Algunos de ellos fueron a dar a los calabozos, otros recibieron bolillazos, el concierto no llegó ni a la mitad y por mi parte no pude debutar en vivo con mi banda de punk.

Esta es una historia que no olvidaré nunca, y que como dije inicialmente, extraño con nostalgia, pues ahora son pocos los conciertos de este tipo, la esencia de la música en vivo ha tomado otro matiz, ya que si los músicos no son invitados con todo el protocolo a grandes festivales pagados por Alcaldía, Gobernación o alguna empresa privada, no vale la pena, no tiene validez, ni para hoja de vida, ni para la vida misma.

Pareciera ser que los conciertos pequeños, cercanos, guerreros, ahora no son bien vistos ni por músicos ni por público ¿Dónde quedó la esencia de la música? ¿Desde cuándo el Estado es el que nos dice cuándo debemos hacer música? Solo por hablar de un ejemplo y de un teatro en el país, el Carlos Vieco sonaba por la iniciativa de los músicos, no por la del político de turno.

Es claro que el paso por festivales de gran producción y cientos de asistentes, es el sueño de todo músico que quiere profesionalizarse, es una apuesta que he defendido, además, la internacionalización es importante y vital para ser competitivos en la actual industria musical, pero ojo, esto no es lo único. Los procesos se deben ver reflejados en las agrupaciones, y la esencia de la música no se debe perder: sonar a toda costa, sea en un garaje o en una tarima repleta de cámaras y luces.

Los tiempos han cambiado, la forma de vivir la música también, pero el ‘hazlo tú mismo’ es un concepto que no va a pasar, que hace parte de la vida misma. Por eso celebro que existan iniciativas de festivales independientes y espacios donde suena la música, sea en el lugar que sea, y con el presupuesto que se tenga.

Si no haces parte del festival, hazlo, el no depender nos enseña a tener libertad. Los espacios pasan, la música queda y debería seguir sonando a la par del corazón.

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