Juanes, el rock que no se caspió

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Juan Esteban Aristizábal Vásquez es un rockero, de verdad. Es algo que no tiene discusión, y si alguien es colombiano y si conoce la arqueología de la historia de nuestro rock nacional, lo sabe y, sobre todo, entiende su camino y su lucha.

Más allá de su contienda, hablemos de su trayectoria, de su participación en bandas de metal como Agony, Ekhymosis, y de su carrera como solista, un sueño hecho realidad, criticado y cuestionado, una utopía cantada en una canción de vida.

La guitarra ha sido su aliada en todos momento, desde que tocaba el metal más crudo y visceral, pasando por el rock latino y hasta el pop con tintes de urbano. Juanes ha sabido llevar una vida artística diversa, fuera de estereotipos y siguiendo, quizá su corazón, quizá una tendencia comercial; todo es válido y respetable, y la de él es una decisión de vida, existir a toda costa y por completo de la música, y eso más que respetable es admirable.

¡Juanes se caspió! Dijeron muchos desde los años noventa cuando el cantante decidió dejar de interpretar el sonido del metal para hacer su carrera como solista en el pop rock, sin embargo el primer género al que se dedicó no se va nunca, nada que nos pertenece con las fuerzas del corazón desaparece, y con seguridad nunca partió de él. Eso se nota aún en sus conciertos cuando toma la guitarra y es quién decide hacer de manera virtuosa los solos y riffs, como un molde perfecto que lleva con la cicatriz de su historia.

Juanes ha vivido su vida como ha querido, buscando el amor verdadero en cada género: el rock, el metal, el pop, el vallenato, la música parrandera y la raspa. Ha vivido su vida como ha querido porque no se encerró en las montañas de una Medellín radical, y decidió a espaldas de todos, realizar el sueño de vivir de su sonido, de lo que quisiera, de las ganas de que su vida fuera una canción.

Y ese sueño, ahora, se sustenta en los festivales a los que asiste, en los discos que vende, en los premios, en las giras interminables, en el cariño de la gente y sobre todas las cosas, en la felicidad de verse en la realidad que algún momento soñó ¿Qué mejor argumento que ese? la felicidad de no tener un trabajo, sino una pasión.

Y para los rockeros radicales que fundan sus críticas básicas en frases como: “el rockero que se caspió”, solo hay que recordar su paso por festivales como Lollapalooza Chile, Vivo por el Rock Perú, Vive Latino, y ahora su anuncio para el Festival Rock al Parque, sin hablar de la grandísima cantidad de conciertos en festivales rockeros en todo el mundo. También participaciones musicales con Saúl Hernández de Caifanes, Charly Alberti de Soda Stéreo, Sting, Santana, Andrés Calamaro, Steve Vai, Herbie Hancock y su invitación privilegiada a tocar con los reyes, The Rolling Stones. Todo viene y todo va, como las olas apresuradas hacia un destino incierto, gracias a Motorhead, Metallica, y demás grupos de la época nació Ekhymosis, y sin esos ingredientes, Juanes no sería lo que ahora es.

¿Increíble, no? Sí, es de no creer, que un metalero de las calles de Medellín, que siguió su sueño, que trabajó por él y ahora recoja los frutos de ir, como el salmón, contra de la corriente, y sea uno de los músicos que construye y eterniza la historia musical y rockera de nuestro continente.

Y más allá de justificar algo que no lo necesita, la propuesta es disfrutar la música, dejarse sorprender y recordar que esta es el único lugar donde nada nos puede hacer daño. Así que aplausos y voleo de cabeza para Juanes, ese rockero que no se caspió.

Me robaron un disco

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Sí, me robaron un disco que nunca tuve en pleno año 2019, exactamente 20 años después de su publicación. El mismo día de esa efeméride importante para la historia del rock latino, me lo robaron, aunque pudo ser unos días antes, no muchos pues lo escuché hace unas noches en mi equipo imitación de radiola vintage. Así que para mí el robo fue hoy, porque hasta hoy me percaté, sí, me robaron un disco que nunca tuve, o que lo tuve en casete, luego en Youtube, y después por fin pude encontrarlo en otro lugar, en otra ciudad lejana y fría. Continuar leyendo

Alejandro Duque, el baterista colombiano

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“El Duque toca como si el mundo se fuera a acabar”: escuché a lo lejos, mientras muchos lo veíamos tocar la batería y cerrar los ojos cuando el redoblante nos ponía a vivir una ilusión que terminó cuando la canción llegó a su fin.

Mientras eso pasaba y veía a Alejandro Duque tocar la batería, sudar, gritar, elevar su espíritu con el sonido, imaginé mil cosas sobre su vida; y así lo conozca un poco, lo que más sé de su vida es su batería. Nada más. Continuar leyendo

Entrevista a Vetusta Morla (España)

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Es un buen momento para el rock de España, y desde hace muchos años nos visitan en Colombia agrupaciones como Ilegales, Radio Futura, El último de la fila, Héroes del Silencio, Nacha Pop, Extremoduro, Los Rodríguez, Alaska y Dinarama, entre muchas otras.

Pero este momento es quizá de los más interesantes para esa nueva ola del sonido español que llega con la necesidad imperiosa de contar esta nueva realidad de Iberoamérica.

Desde hace unos años nos visita con agrado el sonido de una agrupación literaria por excelencia. Una que canta sus historias porque no le queda de otra, porque tiene la necesidad y responsabilidad de la creación de ambientes sonoros para las historias que viven.

Vetusta Morla es una banda que se reencuentra, que se aleja de sus influencias, que experimenta con el cadáver exquisito, con las luces que iluminan sus escenarios, con las texturas, con el terciopelo sonoro que le han dado los años de trabajo, de textos y de canciones compartidas.

Ya se publicó el nuevo disco de Vetusta Morla “Mismo Sitio, Distinto Lugar”, un disco que emociona, que es un mapa de encuentros y desencuentros, de melancolías y de finales abiertos que no quieren concluir. Como sus otras placas discográficas es un disco exigente literariamente, que nos deja interpretaciones abiertas para la escucha, nos encripta el mensaje en guitarras que se redescubren en cada canción y que nos pisa los talones con la melancolía de ese rock poético que se niega a morir.

A raíz de su lanzamiento, hablé con Guillermo Galván, guitarrista y compositor de la banda.

 

 

 

 

Mario Duarte, la mano derecha del rock nacional

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Esa banda no tenía nombre, o si lo tenía no importaba. Solo importaba el ruido, pasarlo bien, y ese día, hace muchos años, importaba el concierto en la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá. Pero luego de ese concierto, de algunas rocas y abucheos lanzados desde abajo del escenario y de entender que todos los encuentros no son limirentes, como una irónica respuesta ante algunos estudiantes “izquierdosos”, y aún sin simpatizar con la postura política a la que aludirían, la banda empezó a llamarse La Derecha, y desde ahí, se empezó a construir una historia sonora bellísima que le ha dado vida y sonido rocanrolero a la existencia de Mario Duarte De la Torre, un barranquillero de padres santandereanos, que tendría a Medellín entre sus afectos de niñez y a Bogotá, como el corazón que le dio fuerza para la música y la actuación.

Mario nació en 1965, el año de Like a Rolling Stone, de Bob Dylan; de Satisfaction, de los Rolling Stones; de My generation, de The Who; de Yesterday, de los Beatles; de Mr tambourine man, de los Byrds, un año importante para la historia del rock, y quizá, también la vida se puso de acuerdo para su nacimiento. La música llegó desde niño por su familia, en su casa siempre hubo una guitarra o un piano, y sus padres querían que sus seis hijos tuvieran algún acercamiento con la música. Y Mario, que tenía en sus poros una incomodidad con la academia, con la familia y hasta con la música, se dejó contagiar por los sonidos, y en poco tiempo, esa musa inspiradora, ese vinilo rodando en la pupila, ese casete sonando en el corazón, se convirtieron en su vida. Ya inmerso en ese universo, Mario quería ser diferente, y se volvió rockero por no ser un músico clásico o andino, curiosamente ahora, esa música es la que disfruta en su madurez aún rocanrolera.

Él nunca pensó que su sueño musical se convertiría en algo tan importante para los amantes del rock. Los años noventa están marcados por las canciones que él escribió. La Derecha surgió, se convirtió en himno, en un tatuaje sonoro que todos debían portar, y en banda sonora colombiana al lado de Aterciopelados, Ekhymosis, Poligamia, Bajo Tierra, Kraken, 1280 Almas, Hora Local, y muchas otras. Con el surgimiento de La Derecha y la exploración de ese rock colombiano, también llegó la necesidad de los conciertos. A Mario, por ejemplo, le molestaba que la gente dijera que los grupos de acá eran muy malos, cuando eso sucedía por aspectos técnicos, en Colombia no había un festival dedicado al rock. Mario quiso aprender a hacer conciertos y sin quererlo, al lado de otros amigos -Bertha Quintero y Julio Correal-, crearon Rock Al Parque, uno de los festivales, que después de más de 20 años, es uno de los espacios de rock más importantes de entrada libre en Latinoamérica.

Luego de los años es un hombre mesurado al hablar y un gran conversador que achica los ojos cada que la comisura de sus labios se extiende, es decir, casi siempre, porque se le ve sonriendo sin miseria. Ama el arroz en todas sus presentaciones. Su músico podría ser Prince, así entre los discos de su vida tenga el Kraken I y el Avalancha de éxitos de Café Tacvba. Su vida ha estado marcada por las cosas que ama. En sus ojos aún se ve la bohemia noventera, y en las canas que ahora salen en una cabellera sin orden, se ven los años de un rockero que se rehusa a dejar de serlo.

¡Pura vida! Un colombiano en el Festival Internacional de las Artes de Costa Rica

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¡Pura Vida! Eso fue lo primero que me dijeron en cuanto llegué a Costa Rica para vivir el Festival Internacional de las Artes (FIA). Allí tuve la oportunidad de llenar mi cabeza, oídos y corazón, de teatro, cine, danza, cuentería, artes circenses y, lo que más me interesa, música. Esa expresión pintoresca, en comienzo un poco extraña y llena de vitalidad, “Pura Vida”, ahora se sustenta en un territorio que encuentra en el arte la capacidad de identificar sus raíces.

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Colombia y Argentina en el Festival Internacional de las Artes – Costa Rica 2017

 

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Recibí la especial invitación de parte del Ministerio de Cultura y Juventud de Costa Rica, para vivir el Festival Internacional de las Artes, un certamen del que había escuchado unos años atrás y que ahora se posiciona como uno de los referentes de la cultura en Iberoamérica, por su capacidad y por la inclusión de diferentes manifestaciones del arte en once días de programación artística en toda la ciudad, desde música, danza, cuentería, hasta teatro, cine y artes circenses.

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¿No le gusta el reggaetón? Entonces respete

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Ilustración por: Fulaleo

Hace pocos días leía un artículo donde una emisora prohibía la rotación del reggaetón dentro de su parrilla de programación. Esta situación es muy respetable, pues cada medio de comunicación tiene su filtro, su curaduría y estética sonora. Además de esto, es un proceso sano, pues son muchas las radio frecuencias que tienen como banda sonora este género.

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Edson Velandia: crónicas amargas para endulzar los oídos

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De niño era cabezón, “un enano mal hecho” decían por ahí. Nació el 19 de noviembre de 1975 en Bucaramanga. Inquieto, gritón y gran dibujante. La música para ese tiempo de travesuras y suciedad en las manos no era ni un camino, ni un placer.

Solo hasta sus 15 años apareció la música, en forma de vals, como un castigo por ser indisciplinado en su colegio. Lo escogieron a dedo como venganza por sus múltiples travesuras para representar a su grupo en un concurso musical. En los parlantes sonaba Tiempo de vals de Chayanne, la canción infaltable para toda quinceañera, esta vez en la voz de Edson. Ese castigo fue divino, en ese momento inició su romance con la música. “Debo agradecerle mucho a Chayanne, me permitió conocer la magia que hay entre la melodía y la armonía, el misterio que se siente cuando uno canta. Esa sensación me puso los pelos de punta. Pocas veces en la vida voy a volver a sentir lo mismo”.

Velandia me contó esta hazaña curiosa y paradójica un martes en la mañana, luego de día festivo. No paramos de reír, mientras su vida se hacía verso entre dos micrófonos encendidos. Las risas e historias aparecieron en su boca. Sus manos no pararon de moverse, se quitó su boina roja 4 veces, la misma que hacía juego con sus pantalones de colores indescifrables. Y aunque no tenía guitarra, los versos y el humor inteligente le salían de la boca, como preparados con anterioridad.

En Bucaramanga, en los años ochenta, luego de un curso corto de guitarra, con los primeros tres acordes que le enseñaron: re, la y sol, Edson hizo su primera canción. No recuerda cómo era, pero en su memoria quedó un coro que gritaba “porquería”.

Luego de más de 20 años de esta historia, Edson vive en el campo al lado de su esposa y sus dos hijos, Naira y Luciano, a quienes educa bajo su mismo método, en casa y con amor. Allí, a 60 minutos caminando del centro de Piedecuesta en Santander, en su casa de campo, Edson demuestra que se le puede hacer canciones al acto más simple. Ha creado música maravillosa para el país; rebelde, grosera, cercana, real. Crónicas cantadas, con guitarra y con una voz a la que no le da miedo atreverse a ser diferente en un país godo y tradicional.

Este pirómano de bibliotecas, este karateca de la guitarra, este trovador de la calle y acróbata de la vida que tiene agrieras en el pensamiento y náuseas en la conciencia, es una genialidad musical de nuestro país. Si Argentina tiene a Les Luthiers, nosotros tenemos a este vagabundo cancionista. Se levanta temprano y en vez de trotar “como un bobo” se va caminando hasta el pueblo a mercar para el almuerzo. En este trayecto, mientras camina, mientras se alimenta de todo lo que ve, crea sus crónicas, sus fábulas musicales que han endulzado los oídos de todos los que buscan una forma atípica de oír la vida.

Le pregunto por su sonido preferido.

– El grito ¡Papá! de mi hija.

¿Y él que más le molesta? – Ese mismo. Ríe a carcajadas.

¿Un libro? – El libro gordo de petete.

¿Una canción? – Mula Hijueputa, de Octavio Mesa.

¿Película? -Por mis pistolas, Cantinflas.

¿Un viaje? -Volver al futuro.

¿Una guitarra? -La guitarra verde que mi papá le prestó a José Ordóñez padre y nunca la devolvió..

Esteman: entre el baile, el caos y lo bello

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Una rosa quedó en su saco de gala luego del concierto en el que cantó y bailó por más de una hora, se percató de ella al llegar al hotel. Un par de retoques frente al espejo y estuvo listo para celebrar la noche, la vida, las canciones, sus canciones. Al llegar al lugar, la tambora, el güiro, los pregones y las trompetas no paraban de sonar. La gente sudaba, y como trompos, giraba en las baldosas de color rojo. Sin pareja, y con las manos sueltas, Esteban empezó a bailar, como si no hubiese sido suficiente con lo que ya había bailado y cantado unas horas antes frente a un auditorio repleto de gente.

En el teatro, sonrió con cada nota, saltó de lado a lado de felicidad, bajó en dos oportunidades del escenario y cantó con la multitud. No cerró sus ojos para poder ver los ojos de los demás brillando con su voz, con sus historias, con su sonido y su propio sueño repleto de canciones que ha consolidado en dos hermosos discos: Primer Acto y Caótica Belleza. Su primer paso se llamó “No te metas a mi Facebook” y aunque no refleja fielmente su sentir estético y poético, se convirtió en un fenómeno viral en todo el mundo.

Esta es la esencia de un personaje que siempre viste bien, que mide 1.80, que monta bicicleta y juega tenis. Su nombre: Esteban Mateus Williamson, así lo conozcan como Esteman, un personaje que ríe con facilidad, que aprendió a bailar por su familia y que por fortuna, está haciendo el sueño de su vida con la música.

– A ver Esteban, siga el ritmo de esta canción -Decía su abuela, mientras lo tomaba por las manos y lo hacía mover, así el niño no diferenciara ni el tipo de música que escuchaba. Y luego, a través de los años vio bailar a su papá, su mamá y a sus abuelos que eran unos expertos y enamorados del tango.

La primera canción que le abrió el mundo y le voló la cabeza, fue Scarborough Fair de Simon And Garfunkel, una pieza que acompañaba a la familia en los largos viajes de carretera cuando aún era un niño. Esta canción aún está pegada al lado izquierdo de su pecho.

Todas estas historias de baile y música, configuran un sueño de vida llamado Esteman, quizá una de las propuestas sonoras con más proyección a nivel continental. La banda, la imagen, el concepto y el sonido en vivo son cuidados con el rigor de quien quiere ofrecerle a su público algo realmente bueno.

Siempre que lo veo en un escenario cantando sus canciones, pienso en la figura del gran Michael Jackson, y aunque las comparaciones son arriesgadas, atrevidas y para muchos odiosas, me es imposible no pensarlo. La música, las coreografías, los colores, el atuendo… ¿El Michael Jackson latino? Sonríe, me agradece y me responde que no. Aunque acepta que la comparación lo halaga.

Esteman es un músico al que no le da miedo atreverse a explorar, a ofrecer experiencias en sus conciertos y a reinterpretar los sonidos con los que creció. Ha compartido estudio de grabación y escenarios con grandes como Carla Morrison, Andrea Echeverri, Natalia Lafourcade, Monsieur Periné, Li Saumet, y a pesar de esto, su sueño con el arte, va más allá de vivir de la música, para él, consiste en lograr que la gente haga propias sus canciones.

Su camino apenas empieza, las grandes cosas apenas vienen, y él, con calma, sigue diciendo que lo único que quiere es bailar y cantar para toda la vida.

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