¿Convertir en ritual la Alborada del Primero de Diciembre?

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Era la madrugada del primero de diciembre de 2003 y como reportero de televisión me correspondió cubrir la llegada a su barrio en el centro oriente de Medellín, de un grupo de desmovilizados del bloque Cacique Nutibara de las Autodefensas, luego de haber estado de “retiro” en un lugar campestre del municipio de La Ceja con el patrocinio del Estado.

 

La bienvenida para estos hombres y mujeres que lograron pactar con el gobierno un acuerdo de desmovilización que empezaba a materializarse, se dio en medio de una fiesta comunitaria, con abrazos, abundante comida y la presencia de múltiples costales repletos de pólvora que empezaron a ser utilizados por toda la comunidad y ante la lente de mi camarógrafo uno de los desmovilizados relataba que esa bienvenida la estaban recibiendo desde varios rincones de la ciudad. Y efectivamente al mirar hacia el Valle de Aburrá se notaba que la pólvora detonante y de luces salía desde varios lugares de Medellín e incluso en el norte y el sur del valle, de manera simultánea. Los paramilitares evidenciaban con esto, su control territorial ilegal e incluso que tenían dominio sobre una práctica ilegal como el uso de pólvora de manera desaforada y que la institucionalidad no podía contrarrestar.

 

Han pasado 12 años y la Alborada de Medellín se ha convertido en una práctica que sucede siempre a la medianoche entre noviembre y diciembre con una fuerza cada vez mayor y diría que se ha erigido en una especie de ritual que para muchos no tiene aquel significado de ilegal poderío territorial, si no simplemente un acto masivo que ocurre como la espiral del silencio de la opinión pública: Unos pocos lo hacen y miles lo replican por inercia, por placer, por significación, por sentirse parte de una práctica común y masiva en la ciudad, por hacerse presentes con “su aporte” a una corriente. Hasta ahí llego yo, pues creo que los estudiosos de la sociología, e incluso de la psicología, tendrán que explicar por qué muchas personas de manera acrítica se suman a esta práctica, por placer, poder, festividad, dominio territorial o, incluso, agregar en sus conceptos por qué miles de personas siguen exponiendo su vida y la de sus niños con la quema inexperta de pólvora.

 

El Estado nuevamente aparece de manera previa – anticipada para algunos y tardía para otros- con sus campañas, con ejercicios para la protección de humanos y animales; llamando a la conciencia de los ciudadanos; pero todo hay que decirlo, estas campañas se convierten en la guayabita madura y podrida que se come un pájaro gigante con el cual no se podrá dialogar bajo la estrategia de la estigmatización hacia quienes participan de la llamada alborada, ubicándolos en el mismo nivel de los ilegales por participar de esta noctambula bienvenida a diciembre. Llamar traquetos a todos los que participan en La Alborada es el peor de los errores, es más provocativo aún para quienes el efecto de la prohibición les genera ese contraproducente necesidad de hacerlo con más ahínco.

 

Finalmente es la protección de la vida de humanos y animales por los efectos del ruido, el peligro por el uso de inexpertos que genera gran cantidad de personas lesionadas la mayoría niños y los efectos sobre el medioambiente; los principales efectos negativos hacia los cuales hay que enfocar cualquier esfuerzo de control o prevención en relación con la Alborada.

 

Teniendo en cuenta estos factores y el rotundo fracaso de las campañas y acciones realizadas hasta ahora ¿No sería más conveniente reenfocar y convertir en ritual colectivo legal la Alborada de bienvenida a Diciembre? ¿No sería mejor que el Estado generara una re significación de esta bienvenida para arrebatarla de las manos culturales de los ilegales que la generaron para ponerla en las manos de quienes quieren participar y dar la bienvenida al mejor mes del año?

 

¿Acaso ya no tenemos desde hace varias décadas ese mismo escenario de explosión masiva y simultánea de pólvora en las madrugadas del 24 y 31 de diciembre? Con la diferencia en una significación de celebración en medio de una práctica que atenta contra los mismos factores, aunque se diferencia en que a esa hora somos más los que no estamos durmiendo.

 

Por el camino de la prohibición, las campañas bonitas que muy pocos atienden y el control ineficiente del Estado, la alborada seguirá ocurriendo, se seguirá marcando esta practica como una acción de control territorial por parte de los ilegales con la respectiva estigmatización para la ciudad y en la mañana del 1º de diciembre seguiremos viendo decenas de quemados en hospitales, miles de insomnes indignados y una institucionalidad nuevamente debilitada en el imaginario por cuenta de una forma de ver el albor decembrino que podría capitalizarse y convertirse en algo positivo.

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