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	<title>Prensa Escuela &#187; recorrido</title>
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	<description>Prensa Escuela</description>
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		<title>En adelante: quiero escuchar como los sordos</title>
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		<pubDate>Mon, 24 Sep 2012 16:18:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Practicante Prensa Escuela]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Noticias Prensa Escuela]]></category>
		<category><![CDATA[El Colombiano]]></category>
		<category><![CDATA[géneros periodísticos]]></category>
		<category><![CDATA[Programa de Visitantes Conozcamos EL COLOMBIANO]]></category>
		<category><![CDATA[recorrido]]></category>

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		<description><![CDATA[<div class="addthis_toolbox addthis_default_style addthis_32x32_style" addthis:url='https://www.elcolombiano.com/blogs/prensaescuela/en-adelante-quiero-escuchar-como-los-sordos/4376' addthis:title='En adelante: quiero escuchar como los sordos' ><a class="addthis_button_twitter"></a><a class="addthis_button_facebook"></a><a class="addthis_button_delicious"></a><a class="addthis_button_"></a><a class="addthis_button_compact"></a></div>Por: Juan David Villa Estudiante Comunicación Social-Periodismo UPB Guía Programa de Visitantes Conozcamos EL COLOMBIANO Así el sol salga y se esconda por los mismos dos aburridos lados, no todos los días son iguales: hay días, y no crean que voy a ponerle a este breve texto el tono de un poema de Barba Jacob, a los que Dios, la vida y el universo, de antemano ponen señitas. Son los días en los que se cruza uno con seres extraordinarios o se le precipitan hechos rotundos que pasan una tijera por la línea curva de la vida, la cortan y<br /><a class="moretag" href="https://www.elcolombiano.com/blogs/prensaescuela/en-adelante-quiero-escuchar-como-los-sordos/4376">Continuar leyendo</a><div class="addthis_toolbox addthis_default_style" addthis:url='https://www.elcolombiano.com/blogs/prensaescuela/en-adelante-quiero-escuchar-como-los-sordos/4376' addthis:title='En adelante: quiero escuchar como los sordos ' ><a class="addthis_button_google_plusone" g:plusone:size="medium" ></a><a class="addthis_counter addthis_pill_style"></a></div>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<div class="addthis_toolbox addthis_default_style addthis_32x32_style" addthis:url='https://www.elcolombiano.com/blogs/prensaescuela/en-adelante-quiero-escuchar-como-los-sordos/4376' addthis:title='En adelante: quiero escuchar como los sordos' ><a class="addthis_button_twitter"></a><a class="addthis_button_facebook"></a><a class="addthis_button_delicious"></a><a class="addthis_button_"></a><a class="addthis_button_compact"></a></div><h5 style="text-align: center;"><a href="http://www.elcolombiano.com/blogs/prensaescuela/wp-content/uploads/2012/09/10.11.36.png"><img class="alignleft wp-image-4378 size-medium" title="10.11.36" src="http://www.elcolombiano.com/blogs/prensaescuela/wp-content/uploads/2012/09/10.11.36-300x169.png" alt="" width="300" height="169" /></a></h5>
<p style="text-align: left;"><strong><span style="font-family: Verdana, sans-serif;"><span style="font-size: small;">Por: Juan David Villa<br />
</span></span><span style="font-family: Verdana, sans-serif;"><span style="font-size: small;">Estudiante Comunicación Social-Periodismo UPB<br />
</span></span><span style="font-family: Verdana, sans-serif;"><span style="font-size: small;">Guía Programa de Visitantes Conozcamos EL COLOMBIANO</span></span></strong></p>
<p>Así el sol salga y se esconda por los mismos dos aburridos lados, <strong>no todos los días son iguales</strong>: hay días, y no crean que voy a ponerle a este breve texto el tono de un poema de Barba Jacob, a los que Dios, la vida y el universo, de antemano ponen señitas.</p>
<p>Son los días en los que se cruza uno con seres extraordinarios o se le precipitan hechos rotundos que pasan una tijera por la línea curva de la vida, la cortan y ya nada vuelve a ser como antes.</p>
<p>Pues he tenido, la semana pasada, un día como esos. Era viernes por la tarde. Llovía y escampaba. A la sede de El Colombiano llegó el grupo para el recorrido guiado de rutina:<strong> ese es mi trabajo… acompañar grupos, desde niños curiosos hasta adultos mayores sorprendidos, por las instalaciones del periódico</strong> para mostrarles en hora y media cuánta gente, empeño e inteligencia son necesarios para que la edición diaria llegue mágica y puntual por debajo de la puerta o aparezca siempre colgada en la tienda del barrio bien temprano en la mañana, o se pueda consultar en Internet con avances constantes.</p>
<p><strong>El grupo que llegó ese viernes de sol y agua era de estudiantes de fotografía. Todos sordos. Cuando me vio el gesto de sorpresa, que no era miedo, Andrea Mosquera, la intérprete, me dijo que tranquilo</strong>. Yo le pedí algunas recomendaciones generales, sobra decir que jamás me había comunicado con alguien que no pudiera escucharme y menos teniendo que acudir a un intérprete, y le solté algunas preguntas tontas.</p>
<p>Una de ellas: ¿hablo despacio? Digo tonta porque yo suponía que cada movimiento de su mano equivalía a una letra y que mientras yo pronunciaba una palabra en, digamos, dos segundos, ella necesitaría de por lo menos diez para construirla con sus dedos.</p>
<p>Yo siempre me había preguntado cómo esos intérpretes que aparecen en televisión en un pequeño recuadro podían traducir tan rápido al leguaje de señas lo que alguien decía a velocidad normal en el cuadro grande de la pantalla. <strong>En todo caso, al final me explicó Andrea que sus movimientos, de las manos y a veces del cuerpo, les iba formando ideas completas y no letras. </strong></p>
<p>El nombre de una persona, y vaya si esto me sorprendió, no se forma con ese alfabeto de sordos que algunos venden en los buses, sino que a cada uno le corresponde un movimiento de acuerdo con una característica notable: a Juan Manuel Santos, presidente de la República, lo identifican, si no me falla la memoria, con el movimiento de un dedo, no recuerdo cuál, que recorre una ojera.</p>
<p>A Andrea, por los pequeños lunares sobre su pecho, ellos la nombran haciendo un movimiento de la mano sobre éste: como echándose sal.</p>
<p>Aunque Andrea me explicó sonriente, muchas veces, que podía hablar como siempre, a mi tono y velocidad natural, no pude evitar procurar una dicción exacta y fingida, mejor dicho, algo robótica.</p>
<p>Por la fuerza implacable del hábito,<strong> en plena Sala de Redacción</strong>, donde siempre es necesario decirle a los oyentes que se acerquen porque se debe hablar en voz baja, por esa fuerza gravitacional del hábito <strong>les dije que se acercaran lo más posible para que pudieran escucharme mejor… </strong></p>
<p>¡Qué vergüenza! Sandra, sonriente y siempre a mi derecha, me dijo que si se acercan es posible que se confundan, que no alcancen a percibir con acierto sus señas, que podía yo hablar bajo porque, obvio, los únicos que me escuchaban era ella, que estaba a cinco centímetros de distancia, y un muchacho que estaba tomando fotografías, y quien dominaba también el lenguaje de señas).</p>
<p>Y, a propósito, era ese su interés: la fotografía. Los muchachos estudian fotografía, y algunos, como una chica de baja estatura y pelo rojo, son ya profesionales. Ella, trabajadora social.</p>
<p>Como su interés era la fotografía, muy amablemente <strong>Henry Agudelo, fotógrafo del periódico y ganador del Premio World Press Photo, les resumió el trabajo de los fotógrafos de El Colombiano</strong> y, ante el asombro de los muchachos y su absoluta atención, les mostró imágenes en la pantalla del computador.</p>
<p>Veinte minutos después, salieron de la Redacción agradecidos con Henry. Para ellos, gratitud es un movimiento de la mano derecha que, a nivel del pecho, se separa de la izquierda y se lleva al mentón –espero que no me traicione la memoria-.</p>
<p>Obedeciendo a otra de las recomendaciones de Andrea, intenté siempre mirar al grupo. Sin embargo, no pude dejar de sentir extraño el que ellos, en vez de mirarme a mí, miraran las manos de Sandra cuyos dedos movía raudos, a tono con un gesto exagerado de la cara, gesto sin el cual la comunicación sería, cuando menos, poco clara, cuando más, nula.</p>
<p><strong>Pero también, debo confesarlo, jamás, jamás, había sentido que alguien prestara tanta atención a mis palabras</strong> que, claro, se iban a las manos de Sandra primero y entraban después por los ojos de ellos, siempre abiertos, siempre espabilados.</p>
<p>Su atención me lavó el alma. Tanta gente habla y tan poca escucha. No sé si el mundo siempre haya funcionado así, supongo que sí, pero hoy las dispersiones y los escasos momentos de calma han robado el derecho al silencio y la fuerza de la paciencia que escuchar requiere.</p>
<p>Pero bueno, prefiero no quejarme del mundo porque el mundo es y ya, es por encima de uno y de todos. <strong>Mas yo, con mi alma bien lavada, en adelante, por si acaso, abriré bien los ojos y limpiaré los oídos para escuchar tanto como escuchan los sordos</strong>. Así no me perderé de nada y me daré el lujo de sorprenderme.</p>
<p>Ellos, expresivos y alegres, se fueron cuando aún llovía. Me dijeron gracias: manos en posición de plegaria, luego la derecha hacia el mentón… Sandra me enseñó a decir “con gusto” en señas: mano derecha en el pecho y sutil movimiento de la cabeza. Yo, no obstante, llevé mi mano derecha, con torpeza como siempre, a mi mentón y después les estreché la mano.</p>
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