Las ventajas de hacerme el loco.

sunflower-846995_960_720Yo creo que cuando me conviene, me hago el loco, el de las gafas.

El día que descubrí las posibilidades del  psiquiatra, del neurólogo y del psicólogo, decidí que estudiaría la conducta humana, empezando por la mía.

No soy, ni estoy loco; pero me hago el loco, cada vez que las situaciones se presentan tan abrumadoras, que prefiero la “sonrisa epistemológica”, al llanto desconsolado de la impotencia.

Se que hay momentos, eventos y circunstancias que no puedo controlar, y aunque lo intento, también descubro que es más loco, pretender el control de todo.

Hace mucho rato que no veía un orate en la calle. Fue un momento muy impresionante, porque sus gestos, expresiones y palabrotas lograron nuevamente impactarme.

Con la capacidad mágica del recuerdo, me transporté a mi barrio, donde era común toparse con ellos en la calle. Andaban sueltos, sin bañarse, despeinados y desvestidos o cubiertos con andrajos. Entonces alguien llamaba a la policía y al rato, los recogían en medio de gritos impresionantes y manotazos al aire.

También teníamos un vecino que le decían el loco. Mi mamá nos pedía que no habláramos con él. Su locura consistía en consumir sustancias psicoactivas, hablar incoherencias, perder la conexión con el presente y dar malos ejemplos a los jóvenes del barrio.

Y más tarde en la universidad, conocí profesores locos, quienes, a través de sus discursos, invitaban a experimentar una vida que se salía de toda inocencia, a pesar del presupuesto moral que traíamos del colegio.

Hay locos felices… me gusta ser uno de ellos. Cuando estoy frente a la adversidad, se que soy resiliente y que todo pasa, porque tiene que pasar y es bueno que pase, para mi aprendizaje. Al fin y al cabo, hay que gozarse la vida, para que ella no se lo goce a uno.

Como también existen locos soñadores, que esperan que la contaminación cese, que los compatriotas tomemos conciencia del valor de la paz y que el universo no sea gobernado por el dinero.

Locos espirituales que meditan, comen sano, y hacen ejercicio todos los días, para morirse de todas maneras a consecuencia, por ejemplo, de un accidente, a temprana edad y cuando nadie lo pronostica, por su estilo de vida saludable.

Por todos lados encontramos locos enamorados de su pareja, sus familias, sus hijos, y sus amigos, con la esperanza de abrazarse y darse apoyo en los momentos difíciles.

Así como aquellos locos que creen que todo se compra con dinero.

También encontramos locos hermosos, que pintan, escriben, componen canciones, esculpen, trabajan la tierra, y aportan su grano de arena a la utopía de un mundo mejor.

Y locos que tiranizan a otros, impulsados por su sed de poder, y que creen que la estrategia está en la fuerza y terminan solos, porque quienes le rodean, no los respetan, sino que les temen.

Como la “locura” puede ser una opción, tengo la certeza de que de “músico, poeta y loco tengo un poco”, como dice la expresión popular y que a veces me aprovecho de eso para evadir la realidad.

Me pregunto entonces: ¿Lo cuerdo es hacerse el loco, o lo loco es jugar a la cordura?

Pienso que ya es de locos vivir en un planeta donde lo más importante es aparentar éxito económico, belleza física, fama y prestigio y lograr que el celular no se quede sin batería, o que a donde vaya, pueda conectarme a la red inalámbrica, para subir la foto a la egoteca.

Yo creo que no puedo hacerme el loco cuando se trata de darle sentido a mi existencia a partir del encuentro con el otro, para abrazarlo y disfrutar del sagrado arte de conversar en vivo y en directo, mientras disfruto la cálida compañía de los seres que amo.

“Después lo hago” no existe

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Yo creo que soy un gran mentiroso cuando me digo: “luego lo hago”. Yo creo que “después”, no existe.

El tiempo pasa inexorablemente y pierdo el tiempo, mi valioso y escaso tiempo, cuando dejo para más tarde lo que puedo y debo hacer ahora mismo. Desde lavar los platos, terminar el informe, organizar el papeleo contable, o la llamada telefónica para solucionar un problema menor, hasta postergar esa conversación importante: todo esto es procrastinar si lo dejo para mañana pudiéndolo hacer ahora, pues, si no es ahora, ¿cuándo?

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Cómo dar una mala noticia

Yo creo que una de las cosas más difíciles en la vida es resolver el dilema de cómo dar y/o recibir una mala noticia, sobre todo cuando se trata de diagnósticos graves o de una enfermedad terminal, e incluso cuando cómo pacientes, no deseamos que nuestra familia se entere.

El momento en el laboratorio puede ser muy estresante si negamos la verdad de la enfermedad o la muerte. Y el primer mecanismo de defensa consiste en negar la crueldad del dictamen. Entonces, pedimos cambio de laboratorio o de médico tratante, con la esperanza de encontrar una versión diferente para nuestro estado.

Realmente no es fácil recibir una noticia de este tipo, cuando está en juego nuestra vida  y por supuesto nuestro futuro; pues ninguno de nosotros está preparado para este encuentro con la enfermedad y con la muerte.

Por más preparativos que se realicen, cuando llega el momento de enfrentar el diagnóstico, todas nuestras estructuras mentales y emocionales se debilitan.

Entonces el primer paso consiste en dialogar con los más cercanos y con frecuencia, acerca del tema de la muerte y del acto de morir de los miembros del grupo familiar. Esto significa al menos tomar conciencia de la posibilidad de la muerte como algo que hace parte del inventario de la vida y que puede llegar en cualquier momento y cuando menos lo esperamos.

Segundo, “vivir para morir mañana”. Es decir, tener un proyecto de vida que permita vivir de manera organizada, para lograr al momento del desenlace final, que los asuntos pendientes sean más bien pocos o mejor: controlables.

Tercero, el intento de ocultarle a la familia la proximidad de la muerte o el comienzo de un largo periodo de enfermedad, es tiempo perdido, porque tarde o temprano se van a enterar de la situación por el paulatino deterioro de la salud o por la frecuencia con la que se visitan los médicos y los costos de los tratamientos que pronto van a afectar la economía familiar.

Cuarto. Por ello es importante tener algún tipo de seguro que cubra estos eventos dolorosos y normales de la vida.

Y Quinto practicar el arte de tomar decisiones y resolver problemas, porque es la manera de acondicionar nuestro pensamiento y nuestra emoción para enfrentar situaciones límites como estas de la enfermedad o la muerte.

Una buena comunicación con la familia siempre es más recomendable que la soledad,  porque en compañía se soporta mejor este tipo de noticias, que estando solo y angustiado. La pena, el dolor y el miedo se encaran mejor en medio de los abrazos y el apoyo de familiares y amigos.

Entonces la mejor manera, creo yo, de dar y recibir una mala noticia comienza con la certeza de que puede ocurrir, porque estamos en el campo de todas las posibilidades. Es decir, de nada sirve la negación de la realidad, empezando con la aceptación por parte de  nosotros mismos. Sin embargo es claro que no todos estamos preparados para dar y/o recibir malas noticias. Y no tenemos las palabras precisas, claras y especificas para hablar de la muerte propia o de un ser querido.

En el grupo médico además, creo que falta una buena dosis de preparación lingüística y psicológica para dar este tipo de información fatal. Así, se nos olvida que quien va a recibir la noticia, nunca espera la muerte y al menos no la acepta como algo natural y obligatorio.

Preparar el terreno, ser dulce y cariñoso así como comprensivo e incluso tolerante con la reacción del otro son elementos necesarios para dar una mala noticia.

En estos casos es importante ser empático directo y compasivo, así como transmitir seguridad y asertividad, cuidando por supuesto el vocabulario y los tiempos verbales y finalmente infundiendo esperanza.

La idea es ser amable, proporcionando incluso proximidad física, como tomar una mano, si es necesario e invertir  tiempo en explicar y en comprender.

Recordemos que la persona a la que se le da una noticia adversa, puede estar en choque, y puede que en ese momento no comprenda bien la situación, por ello es fundamental tener paciencia y conversar luego más tarde si es necesario.

En resumen procuremos ser honestos con nuestras explicaciones, el nivel de conocimiento de la situación y sobre todo con las expectativas que generemos.

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