¿Existen antídotos contra la tristeza?

pexels-photo-2535859Yo creo que la mejor recomendación para lidiar con la tristeza, es precisamente reconocerla y aceptarla; es decir…reconocer que estoy triste y que me puedo dar el permiso de estarlo, para luego de atravesar por este período, salir avante y pasar al otro lado del abismo.

En la cultura de donde provengo, llorar no es permitido para un hombre. Se niega esta posibilidad con el argumento de que la hombría se demuestra a partir de la dureza de los sentimientos. La inexpresividad es premiada como un acto heroico, y el llanto, las quejas y los lamentos son castigados o censurados porque indican debilidad que puede aprovechar el enemigo.

Toda esta paranoia te convierte lentamente en un super vigilante de ti mismo y de los demás. Y cualquier manifestación sospechosa de afecto, alerta los mecanismos de defensa, entonces las murallas para proteger el sentimiento se yerguen poderosas para evitar que sucumbas y que las lágrimas derritan al débil corazón sentimental.

Yo creo que llorar es necesario, por no decir obligatorio, para sentir precisamente la propia humanidad. Y que no se trata de crear trincheras, diques y fortines para ocultar los verdaderos sentimientos, sino de reconocer que, en medio de la debilidad, las verdaderas fortalezas del alma y del espíritu se manifiestan triunfantes.

Yo creo que más bien se trata de aceptar la tristeza como una compañera ocasional, cuando de pérdidas, rechazos, abandonos e ilusiones rotas se trata.

De otro lado está la alegría, como respuesta contraria. Como un bálsamo que limpia la herida y cicatriza poderosamente aquel vacío que dejó lo que consideraba propio, perteneciente y que reporto como una ausencia.

El tiempo para el duelo es importante, porque es un tiempo para mí. Es un regalo que me permito…para estar en contacto con mi mismidad y para lograr en medio del dolor agudo, el llanto, la melancolía y la tristeza más honda, el desahogo, la tranquilidad, la paz y la serenidad necesaria para continuar el camino, a pesar de la herida profunda que poco a poco va sanando, porque es lo normal, claro, si yo lo facilito y lo tramito.

Por todo esto es por lo que estoy de acuerdo con Buda cuando dice: – “El dolor existe, lo que no debe existir…el sufrimiento…porque el sufrimiento surge cuando me resisto al dolor”-.

Entonces en medio de una pérdida significativa, también acepto que puedo despedir con amor, y agradecimiento lo que pude vivir en su compañía y todo el aprendizaje alcanzado, mientras estuvo presente.

Gracias a esta pandemia, he comprendido aún más, el valor de la vida y la inexorabilidad de la muerte; porque en cada momento, cuando converso con las personas que han perdido seres queridos durante este tiempo, me doy cuenta de lo importante de darse permiso de llorar y estar triste… para luego levantarse en medio de la alegría que regala la resignación y el entendimiento de la ley de la vida, para elaborar un nuevo proyecto de vida…sin lo perdido.

Por eso sé que debo vivir…mientras tenga vida y amar y agradecer mientras llega la hora de partir.

Lo que puede una creencia…

pexels-photo-6509146Yo creo que soy el reflejo de mis creencias.

Debo reconocer que siento, pienso y actuó proporcional a lo que creo. Y por lo tanto me doy cuenta de que mis creencias me pueden limitar, pero de otro lado también pueden significar el motivo para que obtenga grandes resultados durante el proceso de vivir.

Desde hace buen rato, vengo dándole vueltas a la pregunta: - ¿Cómo creo que soy?.-

Entonces observo que la respuesta a dicho interrogante define la manera como creo que es el mundo y por supuesto la manera como percibo a los demás.

Así, frente a mi mapa de creencias, que se ha convertido en una cartografía representacional del mundo, me he llenado de argumentos, la mayoría de las veces falsos, para respaldar mis creencias. Y me he dado cuenta de esto, porque al confrontarlo con la realidad, descubro lo engañado que he estado durante todos estos años.

Reflexiono sobre todas aquellas creencias que han limitado e impedido mi movimiento hacia la acción; y de las ganancias secundarias que he obtenido falsamente.

Ahora sé que las creencias se pueden cambiar y que esto se logra cambiando el mapa representacional del mundo, a partir de la deconstrucción y el desmontaje de aquello que creía cierto, pero que al amplificar el marco de conciencia … no ha sido otra cosa que una ilusión creada por una educación llena de miedos y prevenciones.

Definitivamente el cerebro cree lo que le diga. Hace lo que le ordeno. Pero para ello debo estar absolutamente consciente de lo que digo, pienso, siento y hago.

Por lo tanto, la clave está en cambiar el lenguaje.

No es un secreto que, para lograr esto, se requiere tiempo y práctica. Luchar contra algo aumenta la resistencia. Para convertir un propósito en un hábito, los expertos en el tema recomiendan repetirlo durante al menos veinte días, con disciplina y plena conciencia, hasta que el cerebro lo convierta en una nueva costumbre.

La raíz de una creencia limitadora es el miedo.

De manera que, me he propuesto reconciliarme con lo pasado. Y lo estoy logrando al descubrir que: -No soy el pasado. Que en mi pasado está lo que he vivido y lo que he hecho hasta el momento…y que puedo sentirme en paz con aquellas experiencias, porque han servido para aprender y corregir la marcha y centrarme en el presente, aquí y ahora, para darle forma y sentido al futuro-.

Al fin y al cabo, es necesario estar en paz con el pasado para poder focalizarme en el presente.

La fuerza del temor se puede canalizar y convertirla en energía para la acción.

pexels-photo-2681319Ahora estoy consciente de que he postergado la acción por temor a la culpa, al fracaso, a la vergüenza y al rechazo y en muchos casos al mismo triunfo.

Está claro, que el temor al rechazo está vinculado al miedo a perder el amor, el poder o el conocimiento. Si soy rechazado puedo aprender mucho de dicho rechazo. Por ejemplo, de las redes sociales, he aprendido que las personas admiran a los que tienen el valor de decir lo que piensan, aunque no estén de acuerdo con ellos-.

Yo creo que, el mayor temor no es ser incapaz, sino todo lo contrario… le tengo miedo a ser capaz.

Aprender sin miedo…para trascender.

pexels-photo-5415774Yo creo que eran las dos de la tarde cuando el sol canicular, me abrasaba con toda su fuerza. Debo confesar que tengo una marcada intolerancia al sol. La piel me avisa que le falta humedad, y por lo tanto se hace obligatorio el uso de protector solar. Además, pasan muy pocos minutos, antes de que sobrevenga un dolor de cabeza pulsátil que me invade de manera agobiante.

Procuro hidratación y una sombra. Ya estoy cerca de mi destino y agradezco la ventilación mecánica de unos abanicos colgados en el techo, que se mueven, pero muy lentamente.

Estoy dentro de un monasterio budista y observo cómo los monjes me miran con curiosidad; lo propio hago, y en medio de sonrisas y gestos simpáticos, me señalan algunas frases pintadas en tablones, que me imagino debo estudiar, y meditar.

Para mi asombro de niño curioso, y para mi intelecto de preguntador incansable, me quedo buen rato procesando lo que siento cuando leo y releo estos aforismos:

En-el-monasterio Juan Carlos Posada Mejía“Cuando lo buscas, no puedes encontrarlo”.

“El obstáculo es el camino”.

“Cuando subas hasta la cumbre de la montaña, sigue subiendo”

Y luego de la lectura juiciosa… siento una alegría profunda, que renueva mis ganas de seguir adelante.

Entonces busco un maestro, un guía, un tutor que me indique el camino de mi vida… y descubro que su silencio profundo y su mirada llena de paz, son indicadores de que sólo yo puedo alcanzar las respuestas.

Me pregunto: – ¿Qué es lo que estoy buscando afuera, si la verdadera búsqueda debe estar dirigida hacia adentro?

¿Por qué miro hacia arriba, si la mirada debo focalizarla hacia abajo y hacia mi interioridad?

– ¿Para qué me quejo de los obstáculos? -, si precisamente son ellos, los que me indican que voy en el proceso adecuado, pues si camino… puedo tropezar, algo que nunca sucedería si permanezco quieto.

¿A qué realmente le tengo miedo?

Como diría Nicolás de Maquiavelo “los fantasmas asustan más de lejos, que de cerca” … Descubro que muchos de mis pensamientos están contaminados por unos miedos que son ajenos; inoculados en mi mente… pero que debo procesar, trajinar y comprender para hacerme cargo de ellos y darles trámite adecuado, para que no obstaculicen mi camino.

Borobudur Juan Carlos Posada MejíaEntonces una fuerza renace en mi interior. Me digo: - el propósito de la vida, es servir de escuela y formación para el espíritu, pues el cuerpo apenas es la disculpa y el depósito y se envejece y se deteriora, mientras que el alma permanece, en una eternidad incomprensible, pero significativa por que la idea es aprender para trascender-.

Yo creo que la vida tiene sentido, si le doy… sentido apartir de la respuesta a la pregunta: ¿para qué vine? y ¿qué voy a aprender? mientras llega mi momento de partir.

Soy… los demás de los demás.

pexels-photo-5444943Yo creo que el mayor “pecado” que existe es ver a los demás como pecadores.

Recuerdo que Alberto Cortez, el poeta y cantautor argentino, era uno de mis compañeros inseparables al momento de estudiar, caminar, reflexionar y tertuliar en torno a la vida y su propósito. Y aquel día en particular, miraba con deseo profundo, un libro de poemas suyo, exhibido en la librería de la universidad, pero que, dadas las condiciones precarias de mi bolsillo de estudiante, era imposible de alcanzar, porque cualquier recurso económico, lo destinaba al pago de las fotocopias del capítulo de turno, para presentar el examen parcial de psicoanálisis, mientras me conseguía las obras completas de Sigmund Freud.

Lo que, si era posible, consistía en tomar por un momento el texto del librero, y de una manera ceremonial y simbólica, abrirlo para sentir su olor a imprenta y papel nuevo y en medio de este ritual, ojearlo y hojearlo para memorizar y copiar rápidamente alguna frase, estrofa o párrafo completo. La suerte me llevó a abrir la página donde se encontraba este tesoro:

Los demás… 

“Nunca estamos conformes del quehacer de los demás. Y vivimos a solas sin pensar en los demás.

Como lobos hambrientos, acechando a los demás, convencidos que son nuestro alimento, los demás.

Los errores son tiestos que tirar a los demás; los aciertos son nuestros y jamás de los demás;

Cada paso un intento de pisar a los demás, cada vez más violento es el portazo a los demás.

Las verdades ofenden si las dicen los demás, las mentiras se venden, cuando compran los demás;

Somos jueces mezquinos del valor de los demás, pero no permitimos que nos juzguen los demás.

Apagamos la luz que, por amor a los demás, encendió en una cruz, El que murió por los demás;

Porque son ataduras, comprender a los demás, caminamos siempre a oscuras sin pensar en los demás.

Nuestro tiempo es valioso, pero no el de los demás; nuestro espacio, precioso, pero no el de los demás.

Nos pensamos pilotos del andar de los demás;
“donde estemos nosotros… que se aguanten los demás”

pexels-photo-54377Condenamos la envidia, cuando envidian los demás, más lo nuestro es desidia, que no entienden los demás.

Nos creemos selectos entre todos los demás; seres “pluscuamperfectos”, con respecto a los demás.

Olvidamos que somos, los demás de los demás; que tenemos el lomo como todos los demás,

Que llevamos acuestas, unos menos y otros más, vanidad y modestia como todos los demás…

Y olvidando que somos los demás de los demás, nos hacemos los sordos, cuando llaman los demás.

Porque son “tonterías” escuchar a los demás… lo tildamos de “manía” al amor por los demás”.

Desde ese maravilloso día, creo que la armonía y la paz interior, no se consiguen enjuiciando las conductas de los otros, tal vez como una forma fallida de tener el control de los demás, sino todo lo contrario, cuando desarrollo la capacidad para ver a mis semejantes… como mis espejos. El secreto está en silenciar cualquier tipo de comentario o juicio, que sólo habla de quien soy yo, y realmente no dice nada de quienes son ellos.

Cicatrices.

teddy-teddy-bear-association-ill-42230Yo creo que son muchas las cicatrices que voy coleccionando a medida que camino por la vida.

Cada una de ellas me recuerda un proceso doloroso que ya pasó y un enorme aprendizaje que es indispensable y debo capitalizar para enfrentar lo que está por venir.

El proceso de cicatrización depende en gran medida de mi actitud, porque potencia la capacidad para sanar. Además, porque en medio del proceso de sanación, es obligatorio el perdón.

Las cicatrices del cuerpo tienen la magia de quedar como un recordatorio del pasado, pero que al ser tocadas ya no duelen, salvo en la memoria que evoca lo sucedido. Y aunque me lo proponga, no puedo sentir el dolor original ni mucho menos las condiciones asociadas.

Sin embargo, hay otras cicatrices que provienen del alma, del espíritu y de mi emocionalidad, y que dejan huellas indelebles que, además, requieren procesos terapéuticos y tratamientos mucho más profundos y prolongados.

Por estos días un familiar muy cercano, y a propósito de mi reciente cirugía, me sugirió que hablara de este tema y me envió un escrito maravilloso, de esos que circulan por internet y que ayudan a tomar conciencia de los actos con los que agredimos a los demás.

Esta historia narra la vivencia de un joven que tenía muy mal genio y poco control de sus emociones de enojo. Él mismo se daba cuenta de ello, se sentía mal, sufría y era consciente del sufrimiento que causaba a otros.

Un día se armó de valor, y bajando desde lo más alto de su orgullo le pidió consejo a su papá.

Su padre entonces le entregó una bolsa de clavos y le dijo: – Cada vez que pierdas la paciencia, debes clavar uno de estos, detrás de la puerta de tu cuarto-.

pexels-photo-209235Ese primer día, clavó casi tres docenas de clavos. En las semanas posteriores, a medida que aprendía a controlarse, clavaba cada vez menos puntillas detrás de la puerta.

Se fue dando cuenta de que era más fácil controlar su genio, que clavar clavos detrás de la puerta. Hasta que un día, pudo controlar su temperamento por un tiempo más prolongado.

Feliz le compartió a su papá el logro alcanzado y entonces éste le invitó a que retirase un clavo por cada día que lograra controlarse. Los días pasaron y el joven finalmente pudo mostrarle que no quedaban más clavos en la puerta. En ese momento, le dijo: – Te felicito, has logrado controlar tu mal carácter, sin embargo, mira todos esos hoyos en la puerta. Nunca más, será la misma de antes-.

Hijo, recuerda -que cada vez que pierdes la paciencia, dejas cicatrices como las que ves aquí en la puerta. Tú puedes insultar a alguien y retirar lo dicho, pero dependiendo del modo como se lo digas, lo lastimarás tanto, que la cicatriz quedará para siempre-.

Yo creo que, en este instante de mi vida, tomo conciencia del daño que he causado, con ciertas expresiones cargadas de ansiedad, temor y falta de paz. Así como me doy cuenta de las cicatrices que llevo tatuadas en mi corazón.

Y decido ser más cuidadoso al momento de hablar, pues reconozco que una ofensa verbal, es más dañina que un golpe dado al cuerpo. Y que, sí es posible acariciar con las palabras, especialmente cuando dulcifico el tono y la manera como lo digo… si así me lo propongo, porque encuentro armonía y serenidad en mi interior.

Todo resulta como tiene que resultar o la magia de la sincronicidad.

pexels-photo-3844581Yo creo que en medio de la adversidad…siempre aparece una puerta que se abre, una mano que se tiende, una ventana que permite ver la luz al otro lado de la oscuridad.

En la semana anterior, me encontraba ocupado con algunos chequeos médicos para comenzar el año. He vuelto una costumbre que, en el mes de enero, vaya al médico internista para que con su ayuda y conocimiento me ordene exámenes de rutina para conocer con más detalle cómo voy de salud.

Luego de terminado el chequeo preliminar, aproveché para consultarle sobre una protuberancia que me sentía en el cuello al lado izquierdo muy cerca de donde comienza la oreja. La expresión del galeno, lo dijo todo. -Esto no me gusta, exclamó y te voy a mandar una ecografía de cuello-.

El mismo día de la ecografía aproveché para programar otros exámenes, entre ellos la endoscopia.

Primero pasé por la mirada escrutadora de la radióloga quien de manera inmediata me alertó sobre el peligro que veía en las imágenes de su ecógrafo. -Debe mostrarle esto ya mismo a su internista, dijo, pues creo que debe hacerse una biopsia-.

Confieso que salí asustado, pero tenía el otro examen en los próximos quince minutos. Para mi sorpresa la anestesióloga, con un lenguaje más científico que humano, me explicó que, para el procedimiento de la endoscopia, necesitaba una anestesia especial y que me podría complicar durante la misma, por lo tanto, recomendaba ir a un centro hospitalario de nivel superior para estar seguro de ser atendido si se presentaba una emergencia. Pensé -esto está sucediendo por algo-.

De manera simultánea, recibí la llamada del médico internista que, conocedor del resultado de la ecografía, aunque sereno, le alcanzaba a percibir su preocupación. Debe dirigirse inmediatamente a la clínica, afirmó, porque usted debe entrar por urgencias ya que hay que operarlo, de ser posible hoy mismo.

En ese momento comprendí que nada en mi vida se daba gracias al azar y que todo lo que estaba sucediendo hacia parte de una cadena de acontecimientos predestinados, con absoluto sentido y orden lógico.

Cómo los centros de urgencias de la ciudad estaban colapsados por el tema del covid-19, no sabía a donde ir. Entonces el médico sugirió uno de ellos y me indicó que allí preguntara por una doctora en particular. Al llegar, ella ya estaba enterada de todos los pormenores de mi situación y en menos de dos horas, me encontraba instalado en una habitación de la clínica, esperando la visita del cirujano, especialista en cabeza y cuello.

Cuando llegó, luego de mirarme y hacer algunas preguntas claves, de forma cálida, afectuosa y serena, y con una expresión de quien tiene el conocimiento afirmó que estaba comprometida la parótida que está localizada en el ángulo de la mandíbula en la parte delantera y bajo la oreja.

Por mis estudios de neuroanatomía y fisiología de la cabeza, como una materia obligatoria en la formación como psicólogo, sabía que esta glándula es la mayor responsable de producir gran parte de la saliva del cuerpo. Es la glándula más grande y compleja del conjunto glandular, y contiene los ganglios linfáticos parotídeos. Y para acabar de completar el cuadro, el nervio facial y la arteria carótida la atraviesan, y en ella nace la yugular. Entonces ya sabía que venía para mí.

Finalmente, el experto dijo: -en su caso es obligatorio operar y allí mismo en el quirófano, voy a pedir un estudio con ayuda del patólogo-.

En fin, en menos de una semana sucedieron eventos en cadena, tocados, siento yo, por una fuerza superior, pues lo “milagroso” de cada suceso sólo podría explicarse de esta manera, si entiendo la sincronicidad de la que habla Jung, cuando se presentan dichos eventos: como una ciudad en toque de queda, urgencias colapsadas, camas y ucis al tope, cirujanos en vacaciones, y el fantasma del virus navegando de modo omnipresente y yo superando cada obstáculo de manera expedita, porque tuve al cirujano conocedor del tema, el mejor anestesiólogo especialista en cirugía cardiovascular y un equipo de auxiliares completamente entrenados para este caso.

En el momento que escribo estas líneas estoy convaleciente, animado, con un dolor controlado con desinflamatorios y analgésicos, con un dren y con el apoyo de antibióticos poderosos y en casa, para evitar complicaciones nosocomiales.

Con la firme creencia de que cada cosa que sucede tiene que suceder y si sucede es para aprender de mí mismo y de la vida, tengo la esperanza de que si estoy vivo…y tengo esta segunda oportunidad, es para aprovecharla desde el agradecimiento, y la corrección de lo pasado hacia el futuro.

Yo creo que todo resulta como tiene que resultar, porque de alguna manera está diseñado para el proceso de aprendizaje, dentro del sagrado arte de vivir.

¿En verdad se acabó este año?

pexels-photo-103123Yo creo que, a pesar del significado del fin del año, este no es indicador del final de mis conflictos, problemas e incertidumbres. Todo lo contrario, representa la continuación indefinida de los mismos, eso sí, en una nueva vigencia.

Cuentan que una vez La Peste se dirigía a Damasco. Cuando pasaba a toda marcha junto a la tienda del jefe de una caravana en el desierto, este le preguntó: ¿Señora Peste, adónde vas con tanto afán? -A Damasco respondió, pienso cobrarme un millar de vidas-.

De regreso de Damasco, pasó nuevamente junto a la caravana. El jefe inquieto por el resultado de la gestión que había hecho entonces aprovechó para preguntarle: Oye Peste … ¿Cómo te fue? – ¡Me enteré de que te has cobrado cincuenta mil vidas, no el millar que habías dicho! -No, respondió la Peste. -yo sola he cobrado mil vidas. El resto se las ha llevado el Miedo-.

Para nadie es un secreto, ni algo nuevo, que el 2020 se caracterizó por ser un año atípico en todos los sentidos; sin embargo, en mi caso, representó muchos aprendizajes, enseñanzas y cambios importantes dentro del proyecto de vida.

Realmente el más significativo de ellos, fue en relación con la magia del desapego, al entender cómo puedo llevar a un último plano todo lo relacionado con la tenencia de riquezas materiales y ubicar en lugar protagónico a la salud, como beneficio supremo.

Al fin y al cabo, de que vale tener capacidad adquisitiva si no hay salud para poder disfrutarla. Para qué sirve todo el poder del mundo, si el covid-19 cobra vidas sin distingo de clase, sexo o edad.

Tomé conciencia de la parca, de una manera distinta. Pues, sé que voy a morir y además la entiendo como algo inexorable, entonces confirmé que no estaba preparado para esta realidad, ahora vestida de pandemia.

De otro lado el miedo se hizo omnipresente. En todos los rincones del universo, su fantasma alimentado por los mensajes fatalistas y apocalípticos rondaba perturbando la calma y la tranquilidad de aquellos que deseaban la compañía de sus seres queridos, para dar y recibir amor y la de los clientes, para sostener la economía.

El miedo fue en definitiva el principal actor del 2020. Miedo a perder la vida, los ingresos económicos, la libertad y sobre todo miedo a soltar lo anterior, para adaptarse a la nueva realidad.

Este año que comienza, no traerá en definitiva nada nuevo. Continuará la incertidumbre y la expectativa frente a la vida y la muerte, para quienes de manera fatalista lean los signos de los tiempos y de otro lado, hará crecer la fe y la esperanza de quienes se aferren a su creencia de que esto pronto cambiará y todo volverá a la normalidad.

Por mi lado me queda la esperanza de que cada día traerá su afán y que tendré las herramientas necesarias para enfrentar lo que está por venir de manera efectiva y asertiva, si soy capaz de ver la oportunidad en medio de la crisis.

Yo creo que, esta primera etapa de la pandemia si terminó. Ahora lo que viene es un segundo tiempo marcado por la vacunación.

Como nada es al azar y todo lo que sucede tiene que suceder… lo importante es confiar en que lo que pasa, tiene que pasar, porque es bueno que pase, pues al fin y al cabo pasará… y si pasa, ha sido para que saque algo bueno para mi aprendizaje, y mi crecimiento como persona, para ir construyendo, día a día, el sagrado arte de vivir, desde la manera proactiva como vaya resolviendo cada crisis.