Se muere como se vive.

con el papáYo creo que, en el sagrado arte de vivir, la construcción vital se logra a partir de la vivencia.

Durante estos días, mis reflexiones han girado en torno a la frase popular: “se muere como se vive”.

Por lo tanto, comencé a preguntarme: -¿Cómo he vivido?-.

Y entonces, evoqué la figura de mi padre, quien para mí, representa el mejor ejemplo de la existencia vivida, de manera singular, única e irrepetible; pues con sus aciertos y errores, continuamente llegan a mi memoria momentos sublimes de mi tiempo compartido con él.

Mi padre, que además era abogado y multitarea, soñaba con vivir en una finca. Era maravilloso verlo montar a caballo y apreciar cómo se sentía el rey del universo. Entonces cuando tenía la oportunidad de pasar temporadas en el campo, de vez en cuando me invitaba a compartir con él, ese maravilloso placer de conversar y tertuliar sobre lo humano y lo divino.

Es importante anotar, que yo tenía dos papás. El sobrio, el tímido, el reservado, el intelectual y demasiado respetuoso y el otro, el pasado de licor, que se desinhibía de manera peligrosa y ejercía de valiente cuando no era el momento.

Fueron muchas las ocasiones en que controvertimos. Cada uno desde su esquina, ofreciendo argumentos intelectuales y otras, donde su manera de comportarse se debía más a la toxicidad etílica y mi forma de interactuar con él, se limitaba a entender por qué necesitaba ese refugio alcohólico para sentirse seguro.

Por supuesto yo prefería al hombre sobrio y no al alicorado. Sin embargo, tenía la certeza de que, sin decirme nada, él me amaba y que su sentimiento era una mezcla de admiración y orgullo infinito por su hijo. Un cáncer metastásico se lo llevó, un veintinueve de agosto, luego de ochenta y pico de años vividos intensamente.

Puedo afirmar que tuve padre y que su vida y su ejemplo quedaron grabados en mí, tanto que mucho de lo que soy, se lo debo a su influencia. Al evocarlo valoro que su vida tuvo momentos felices y otros de infinita tristeza.

Entonces vuelvo sobre mi vida y me pregunto ¿ha valido la pena este tránsito por la tierra?

Parodiando al maestro Miguel Hernández, cuando dice: “tanto penar para morirse uno”, reconozco que he vivido intensamente y que no debo arrepentirme de lo que hice, sino más bien de lo que no he hecho.

pexels-photo-169523Y a diferencia de mi padre, puedo aceptar que mi vida ha tenido en su mayoría momentos felices pues se convirtió para mí, precisamente en un reto, el buscar la armonía y la paz interior.

La vida de mi padre tuvo mucho de tormentosa… quizá su muerte fue el reflejo final de su miedo a morir, y sobre todo una angustia permanente, buscando el perdón de sus actos.

Entonces si miro lo vivido por mí hasta el momento y sigo con la esperanza de morir como he vivido, auguro que cuando llegue ese instante, será tranquilo, en paz y sin miedo, porque por fin he comprendido que lo importante no es morir, sino haber hecho lo suficiente, antes de partir.

Ella, mi compañera.

pexels-photo-1534633Yo creo que la enfermedad, por la que estoy atravesando, es un desequilibrio temporal, que le acontece a mi cuerpo, pero no a mi espíritu. El cuerpo es un vehículo que, por el uso y el abuso, puede deteriorarse hasta el punto de desaparecer. Entonces lo que importa no es el cuerpo, desde su estética, sino desde su funcionalidad.

Aunque el cuerpo es el portador de mi esencia, lo que soy, no se determina por mi apariencia, ni por mi presencia, sino por mis ejecutorias. Al fin y al cabo, el Universo no premia al que piensa sino al que hace, razón por la cual, por mis frutos me reconocerán.

Dicho así y siguiendo este orden de ideas, me quedo pensando en cómo actúo como pareja.

Esta mañana pasé mucho rato mirándola, pero ella no se percató. Se encontraba absorta en su trabajo, mirando el computador y respondiendo las preguntas de sus interlocutores al otro lado del ciberespacio.

Ella sabe que la miro, aunque tal vez no se imagina lo que siento y lo que pienso cuando me quedo observándola. Disfruto mi presente con ella, aunque por momentos me asalta la incertidumbre del mañana, pues por un instante reconozco que el viudo podría ser yo.

En la cotidianidad de nuestros días, los minutos que pasan son ricos y valiosos, porque los asumo como si fueran los últimos que voy a vivir con ella. Entonces me dispongo a saborearlos para degustar hasta la última gota de estas experiencias vitales que tengo con mi esposa.

Nuevamente la observo y confirmo lo mucho que la amo.

Cuando se está enfermo, o en el camino de la sanación, la pareja juega un papel fundamental en dicha evolución. De esta relación depende el estado emocional y la recuperación del paciente y me considero muy afortunado pues siento que ambos hemos estado a la altura de las circunstancias.

Nuevamente pienso en las personas que están alrededor del enfermo, y tomo consciencia de su cansancio y desgaste. Y también sé que algunos pacientes son más demandantes que otros; por lo tanto, le he dicho a ella, en nuestras conversaciones más trascendentales, que no quiero ser una carga, sino un paciente responsable.

Entonces en esta etapa de mi vida me he preguntado mucho, qué tipo de pareja he sido y qué tipo de pareja requiero ser ahora.

Porque tengo claro que la pareja tiene como sentido, el demostrarme quién realmente soy. Pues la pareja es la que determina qué tipo de relación puedo construir desde mí.

pexels-photo-1463563No es al azar, que en el ritual matrimonial se diga: “prometo acompañarte en la salud y en la enfermedad”. Es allí precisamente donde se verifica el amor incondicional, pues acompañar al otro en la enfermedad, es demostrarle en el campo de todas las posibilidades, la generosidad, la compasión y la magia de la misericordia.

Yo creo que, el compromiso verdadero está en no abandonar. –“Cuenta conmigo”-, es la expresión más poderosa dentro de una relación de pareja, y soy testigo de que eso es lo que vivo y siento ahora, con ella.

Viviendo intensamente.

pexels-photo-4555779Yo creo que estos días están pasando muy raudos.

De pronto tengo una generosa urgencia de hacer muchas cosas y entonces me sorprende el reloj marcando las horas más rápido de lo normal.

Debido a mi nueva situación de salud, el insomnio es ahora parte de mi vida, como consecuencia de la quimioterapia. Incluso el proceso digestivo se ha alterado, hasta el punto de levantarme a las tres y media de la mañana para ir al “trono” y hacer los descargos respectivos. Que además durante el día, pueden ser hasta tres veces, sin ser signo de peligro.

Lo mismo sucede con el acto de orinar. Durante la madrugada debo ir al baño entre cinco y seis veces para eliminar las toxinas que deja el tratamiento y que, por orden de mi oncólogo, debo tomar hasta dos litros de agua al día para garantizar que los riñones y la vejiga hagan su trabajo de filtrar y evacuar.

Es una rutina a la que me he acostumbrado a la altura de mi cuarto ciclo de quimio. Entonces puedo anticipar qué va a suceder, aunque cada ciclo ha sido diferente en cuanto a los efectos molestos.

He tenido la ventaja de no presentar náuseas ni vómitos. Ni mucho menos dolor, fiebre o malestar general. Sin embargo, lo más impresionante es el cansancio que asemejo al ejercicio realizado luego de haber corrido tres maratones en una misma semana. Los músculos no me responden, se me dificulta ponerme en pie y la caminada es lenta y vacilante temiendo que en cualquier momento no pueda sostenerme.

Este tratamiento que estoy recibiendo, es muy agresivo para el corazón. Entonces el equipo médico que me atiende ha sugerido estudios para monitorear un posible deterioro de la función cardíaca. Además, recomiendan que asista a fisioterapia suave para, lentamente y con el debido cuidado, contrarrestar la pérdida de los tonos musculares.

Volviendo al insomnio, que es algo nuevo en mí, porque normalmente duermo profundo y fácilmente durante la noche y aún en el día cuando me regalo el exquisito placer de una siesta, entonces, ahora tengo mucho tiempo para aprovechar, de manera deliciosa.

Luego de levantarme de la cama, mi rutina diaria comienza a las cuatro de la mañana, cuando el silencio es más infinito y me permite meditar para aquietar la mente. A continuación, disfruto un curso de portugués brasilero que me invita a soñar con un futuro viaje, a Salvador Bahía, Sao Paulo, Rio de Janeiro, Brasilia y Mina Gerais entre otros lugares exóticos, llenos de bellezas naturales.

Continúo una hora y media después, con la lectura de dos textos profundos, espirituales y llenos de luz, que me ofrecen la oportunidad de la clarividencia y la preparación para el desenlace, al que por supuesto todos vamos a llegar. Se trata del Libro Tibetano de la vida y de la muerte escrito por Sogyal Rimpoché y el texto El Corazón de las Enseñanzas de Buda del monje vietnamita Thích Nhất Hạnh, en donde he encontrado respuestas a mis inquietudes más trascendentales.

A las siete de la mañana, mi esposa me obsequia con un desayuno saludable, sazonado con amor, fe y esperanza para luego dedicarse a laborar en su oficio de dirigir una tarea nacional, para la empresa para la cual trabaja, conectada con su grupo humano, apoyada en las teleconferencias que son la nueva forma de ser productivo y eficiente, en esta época de pandemia.

Entonces procedo a disfrutar del ritual de la ducha y del baño con crema humectante para paliar la resequedad de la piel. Selecciono el vestuario para el día, pues recuerdo que tengo varias consultas psicológicas que deseo atender, y me dispongo a trabajar en lo que más me gusta como profesor y psicoterapeuta.

Entre cita y cita, descanso completando sudokus, que me ayudan a concentrarme en temas diferentes a los laborales y académicos. Y en las horas de la tarde, luego de un delicioso almuerzo, pues no he perdido el apetito, aunque confieso que, por estos días, si he perdido la capacidad de distinguir los sabores de los alimentos, me dedico a escribir y a leer libros técnicos sobre el proceso de la Terapia Gestáltica y principalmente la elaboración del duelo en pacientes terminales y sus respectivas familias y parejas.

En fin, es un día atareado y lleno de sentido, que pasa muy rápido y donde aquí y ahora sigo vivo, buscando la mejor manera de ser útil, productivo y autosuficiente y sobre todo, dándome cuenta de lo valioso que es vivir, cuando la vida se dedica a cumplir las tareas encomendadas para la trascendencia del alma.

Esta semana mi médico internista, me preguntó sobre mi estado de ánimo. Le respondí que estaba viviendo en el aquí y ahora y que, por el momento, la depresión, la ansiedad o el miedo, no eran mis compañeros de travesía. Insistió en mandarme un antidepresivo, pero amablemente decliné su oferta, pues estoy demasiado ocupado haciendo la tarea de dejar todo organizado, antes de partir.

Una conversación obligatoria con mi familia y mi pareja.

pexels-photo-3171204Yo creo que una de las conversaciones más difíciles en familia es aquella relacionada con los preparativos para la muerte.

Recuerdo a mi padre, cuando proponíamos el tema por la compra de un seguro de vida y la adquisición de unos servicios funerarios y cómo él de manera olímpica contestaba: -Es que yo no me voy a morir todavía-. – ¿O es que ya me quieres “matar”? -Pienso vivir mucho, decía-.

Siento que es bueno conocer la muerte, para vivir la vida. Pues creo que, para comprender la muerte, es importante verla como una situación límite, que puede provocar cambios radicales en la perspectiva de la vida.

La conciencia de la muerte me hace vivir en el presente y como dicen los estoicos, es necesario contemplarla si quiero aprender a vivir.

Si entiendo la proximidad de la muerte como generadora de oportunidades y la vida como el plano para el ejercicio de la creatividad, podría vivir intensamente antes de morir. Dado que al momento de fallecer ya es imposible soñar con posteriores posibilidades.

Percibo que el acto de morir debe ser un proceso responsable.

Es por esto por lo que, es bueno invitar a la familia a conversar sobre este tema como anticipación frente a lo inevitable y que tarde o temprano va a suceder y es mejor estar preparado por si acontece, como en algunos casos de repente o como en otros la crónica de una muerte anunciada, que tiene la ventaja de tramitar los perdones necesarios, y los preparativos incluso económicos y prácticos que generará la ausencia permanente de alguno de nosotros.

Se me ocurre entre otras, estas preguntas para la conversación familiar:

¿Existen estrategias para aceptar la muerte de alguno de nosotros?
¿Qué va a pasar contigo cuando me muera?
¿Cómo te puedo acompañar en el proceso de morir?
¿Qué tipo de ayuda espiritual te gustaría recibir?
¿Cómo podemos prepararnos para una muerte repentina?
¿Practicaríamos el adiós frecuentemente, porque hoy podría ser el último día que te vea vivo(a)?
Me gustaría que me perdonaras lo siguiente: …
Yo te perdono…
Yo te agradezco…
¿Qué nos falta por hacer antes de morir?
¿Qué asuntos pendientes hay entre nosotros, que deban ser conversados ahora?

Si estoy sufriendo, y soy un paciente terminal, te pediría que no lo prolongaras.

¿Te gustaría ser enterrado o cremado?     Me gustaría que mis cenizas…

Mi último deseo es.
¿Te gustaría donar tus órganos?
¿Qué deudas y compromisos económicos están pendientes?
¿A nivel financiero cómo nos vamos a organizar por si alguno falta?
¿Sabes cómo elaborar el duelo de una manera anticipada, para facilitar el desapego?

¿Te imaginas algún proyecto luego de mi muerte?

En fin, es apenas el principio de un proceso obligatorio que no se puede postergar, pues la clave para vivir con intensidad es precisamente estar consciente de cada momento vital, como una preparación para el buen morir, satisfecho con los logros cotidianos y conectado con el ahora y sobre todo de manera responsable, pues vivir depende de mí, como el morir.

El daño que causan los pensamientos catastróficos.

pexels-photo-1547094Yo creo que los pensamientos catastróficos hacen mucho daño a la esperanza.

De todo lo maravilloso que he aprendido en este momento de mi vida, es precisamente a no darles cabida a los pensamientos catastróficos anticipando un futuro que no ha llegado.

Por ejemplo, el solo hecho de escuchar la palabra cáncer, ya invita a pensar que el desenlace será la muerte. Olvidando lo avanzada que está la ciencia de la medicina y sobre todo cuando se detecta a tiempo el evento amenazante, es posible buscar los correctivos para vencerlo prontamente.

Además, ¿por qué pensar en el cáncer como un enemigo?, sino mas bien como una excelente oportunidad para crecer espiritualmente y como persona, frente a la magnitud del regalo que me brinda la existencia. Es decir, el momento para relativizarlo todo y entender que la vida es un rato y que debo aprovecharla intensamente, aquí y ahora.

Esto hace que tome conciencia de la cantidad de tiempo que perdí, sobre todo lamentándome y jugando a la víctima y utilizando la enfermedad como un gancho para comprar afecto de mis seres queridos a muy alto precio.

Quien piensa en forma catastrófica le tiene miedo a la vida y por supuesto a la muerte. Se auto bloquea en ambos sentidos, porque no vive bien, pensando en lo peor y entonces ni disfruta ni goza la vida, porque está proyectado en el futuro, pensando el peor escenario.

¿De dónde vienen los pensamientos catastróficos?

De un ambiente familiar pesimista verificable en las frases y comentarios negativos, donde nada salía como se esperaba, pues no existía el merecimiento de lo mejor, y de un entorno donde ocurrieron sucesos lamentables, o de una demanda de amor que sólo se satisfacía si se estaba enfermo, eso sí, para recibir caricias de lástima. -De la única forma que me “amaban” era si estaba enfermo-, suelen decir muchos de mis consultantes.

Entonces surge la hipocondriasis como el recurso supremo para lamentarse, demostrar que se está enfermo, con el agravante de que como no tiene nada observable a través de resultados de laboratorio, ningún médico puede avalar el proceso mórbido del “pseudo paciente”.

Ahora también es cierto que cuando se está deprimido, el cuerpo tiende a enfermar como una forma de solidarizarse con la mente triste.

Así lo primero que hay que sanar es el pensamiento, la mente y la actitud depresiva, para invitar a la felicidad, a que ocupe el primer lugar, pues como lo he dicho antes, al dolor le molesta la alegría y no es compatible con la enfermedad.

Yo creo que le doy paso al proceso de sentirme enfermo cuando he perdido la alegría.

¿Y dónde queda el derecho a ser realista?

Precisamente en la certeza de los hechos comprobados, demostrados y contundentes; no en la especulación anticipada, llena de juicios a priori que nada aportan a la comprensión de los hechos.

Una cosa es declarar medicamente al paciente desahuciado, terminal y otra comenzar un proceso de quimioterapia, como en mi caso.

Estoy convencido, de que la esperanza, es lo último que se pierde y lo único que jamás debe robársele a un ser humano.

¿Y quién cuida al que cuida?

pexels-photo-4270365Yo creo que, en un proceso de enfermedad, hay otro protagonista importantísimo del que poco se habla y que para mí es necesario comentar hoy: me refiero al cuidador.

Esa persona clave que, desde el momento mismo del diagnóstico, sufre un impacto particular por todo lo que representa y significa el futuro en compañía del paciente.

Interminables horas de atención, paciencia, amor, paz interior y sobre todo renuncia total o parcial a su propia vida, por dedicársela al cuidado de otro ser que en gran parte depende de él.

Se conoce como el síndrome burnout donde literalmente el cuidador se “quema”, se agota y pierde todas sus energías. Según Christina Maslach y Susan E. Jackson este síndrome se caracteriza por el agotamiento emocional, despersonalización y reducción de la realización personal.

La persona acusa un progresivo agotamiento físico y mental que lo lleva a mostrar cambios en su comportamiento que por supuesto se refleja en su parte afectiva y emocional.

El tema es más impactante cuando se trata de cuidar a un familiar o a la misma pareja, pues la cercanía y el compromiso afectivo son mucho más fuertes, y completamente diferentes al nexo que se establece con una persona contratada para tal fin.

Con mi esposa, hemos conversando mucho sobre el tema, pues soy consciente de lo penoso y pesado que puede ser mi cuidado en este camino oncológico que apenas estamos comenzando.

¿Cómo identificar si se padece el síndrome del cuidador quemado?

Para ello existe una escala conocida como Test de Zarit. De todas formas, es importante proteger al cuidador y estar atento a los signos y a los síntomas que vaya presentando.

Por ejemplo, continuamente me pregunto si ¿le estoy pidiendo a mi cuidadora más ayuda de la que realmente necesito?

Tomo conciencia de que el tiempo que ella me dedica, le permita espacios para sus actividades personales y laborales, pues además de cuidarme tiene su trabajo, familia y unas obligaciones y actividades adicionales.

Evito causarle enojos o molestias para mantener la paz, la armonía y el equilibrio que ambos necesitamos sobre todo en este momento crucial de nuestras vidas.

El miedo lo estoy manejando, con la propuesta de vivir intensamente cada día, tarea en la que mi compañera me ayuda mucho pues, nuestras respectivas alegrías y maneras de ser, se confabulan para este propósito cotidiano de vivir conectados con el presente.

Abrimos momentos para que cada uno haga sus cosas, esto con el fin de proteger también su salud física y mental, y pueda continuar su vida social y familiar.

Dado el caso, estoy dispuesto a permitir que otra persona me cuide, para liberarla del compromiso de ser mi cuidadora exclusiva.

Y también, por supuesto hemos replanteado nuestras finanzas, debido a mi cese laboral y la carga que esto representa para ella.

En fin, yo creo que, desde el amor incondicional, el diálogo amoroso permanente y la conciencia clara de no ser un lastre para mi esposa es posible cuidar a mi cuidadora.

No existe la felicidad completa.

pexels-photo-6530729Yo creo que no es posible ser feliz completamente en una relación de pareja. Ese discurso motivacional de los gurús virtuales que aparecen en videos pomposos en las redes sociales, donde todo se puede, cuando se trata de alcanzar la felicidad, me genera sospechas si lo contrasto con la realidad.

Ahora, una relación de pareja, si tiene un objetivo muy claro y consiste básicamente, en ser el instrumento propicio para el autodescubrimiento. Es decir, mi encuentro con el otro debe servir para auto conocerme.

En otras palabras, las relaciones con otras personas permiten poner a prueba mi capacidad creativa y expresiva para desarrollar el arte de tolerar la frustración, al mismo tiempo que me ofrecen una oportunidad maravillosa para dar y ofrendar desde mi mismo.

Realmente una relación amorosa no fracasa. Lo que sucede es que dicha relación no funciona, porque posiblemente comenzó de una manera equivocada. Se requiere comprender los mecanismos sutiles que se activan, cuando se entabla una relación con otro… donde impera el egoísmo, que busca sacar provecho.

Entonces, si todo el tiempo me pregunto: -¿qué beneficio personal puedo obtener con esta relación? – es porque no he comprendido que lo que está en juego es lo que puedo aportar a ella, para el crecimiento mutuo.

En términos generales, la mayoría de nosotros establecemos relaciones, buscando lo que podemos sacar de ellas.

Al iniciar una relación, es preferible preguntarse: ¿Qué va a hacer que esta convivencia sobreviva?, en vez de estar calculando, desde el principio…si esto va a durar.

El verdadero objetivo de una relación consiste en asumir el riesgo de exponer gran parte de mí mismo y no, qué parte de la otra persona, puedo conocer para controlarla.

Así el resultado es una enorme presión sobre la otra persona, forzándola “a ser” y actuar de una manera contraria a lo que realmente es su esencia. Así nace el resentimiento, el enojo y la desilusión porque esa persona, se siente mal, porque le queda imposible alcanzar el cumplimiento de la expectativa del otro.

Más adelante la persona busca recuperar su auténtico yo, actuando de acuerdo con su verdadera identidad, naturaleza y deseo profundo… y allí es cuando digo que mi pareja ha cambiado y que está muy extraña y que no entiendo su conducta. Continuar leyendo