El ciego y el despertar de la conciencia.

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Yo creo que siempre me ha generado curiosidad el hombre ciego que vende confites en la calle. Su sensibilidad y sus oídos están tan afinados que confía plenamente en ellos y de una manera temeraria se lanza al mundo para ofrecer su mercancía. Es un hombre mayor, robusto, se ve sano y lo más impresionante sereno. Cuando el semáforo está en rojo, se acerca cuidadosamente percibiendo el sonido del motor y el calor de cada carro.
Algunos conductores, con el argumento de la seguridad, ni siquiera bajan las ventanillas… quizá por temor. Otros más valientes, deslizan el vidrio decididos y solidarios, para comprarle algo, o para al menos comunicarle que, por hoy, no van a llevar sus productos.
Observo a este hombre caminando en la fila de los carros y nuevamente pienso en lo ciegos que somos. No vemos nada. Y lo que más o menos alcanzamos a percibir lo distorsionamos. Vemos sombras fraccionadas por el miedo y la ansiedad creadas por la culpa y la sensación de fracaso.
Se que el universo continuamente me ofrece maravillosas oportunidades para el despertar de la conciencia. Y ese despertar se da, cuando me doy cuenta de que estoy viviendo una vida de apariencia, una especie de obra teatral cuyo libreto no me pertenece.
Me pregunto: ¿Vivo para mí? ¿O para los demás?
Durante toda mi vida me enseñaron a mantener una imagen. Una especie de máscara que agradara a los demás, para obtener su aprobación. Entonces para lograr el cumplimiento de la tarea, estructuro una serie importante de culpas. Esto con el fin de frenar cualquier manifestación de originalidad que fuera perturbadora, retadora o destructora de lo establecido.
Todo aquel que se sale del libreto es peligroso, porque está agradándose, antes que agradar.
Despierto la conciencia cuando me permito ver más allá de lo aparente. Ver las cosas como son y no como yo desearía que fueran. Cuando salgo del letargo fantasioso, que produce el instalarme en la zona de confort. Cuando dejo de cumplir lo estipulado como: tener fama, casa, carro, finca, paseos, dinero, éxito, y más bien, me permito ser feliz debido a situaciones, eventos y circunstancias sencillas, pero significativas para mí.
El sufrimiento está en lo que pienso y en lo que creo. Es decir, yo creo el sufrimiento, cuando tengo expectativas irreales frente a la vida y a los demás.
Veo claro cuando descubro que soy el artífice de mi proyecto de vida y contemplo con serenidad que cada cosa que pasa es perfecta, porque el universo me enseña que todo lo que sucede tiene un propósito, si estoy despierto, desde la conciencia, para entender dicha construcción.
Ahora entiendo cuando aquel maestro de Nazareth, hacía milagros oftálmicos, pues en realidad era un despertador de conciencias, porque ayudaba a ver.

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