El hacedor apasionado de sombreros.

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Yo creo que haciendo un inventario de las experiencias gratas y profundas que he vivido, me encuentro con algunas asociadas con personas que realizan actividades laborales… con pasión.

Y es que eso se nota en la expresión de sus caras y sus cuerpos y en el éxito del trabajo que realizan… cuando estas personas hacen lo que hacen porque les apasiona, les gusta hacerlo, lo saben hacer y reciben remuneración económica por hacerlo.
Hace algunos años me encontraba de vacaciones en las playas de Coveñas en la costa atlántica colombiana. El sol canicular estaba en su esplendor y debido a mi piel sensible debía protegerme de la radiación. La mejor manera de hacerlo era aprovechando la deliciosa sombra proporcionada por un par de elegantes palmeras que, de manera estratégica, permitían colgar la colorida hamaca. Una buena cerveza, bien helada… y la dicha casi completa, debido a la compañía de un libro de José Saramago, que me conducía por el mundo de la muerte y sus intermitencias. Sin embargo, me faltaba algo…un hermoso sombrero vueltiao, para ser más preciso un “veintiuno” …por sus trenzas de veintiún pares de tiritas, que había comprado el día anterior y que me hacía sentir orgulloso del trabajo artesanal de mis coterráneos.
Ya acomodado, listo y dispuesto a sumergirme en la lectura, observo a la distancia, caminando por la playa y en dirección a mi… un hombre sereno y curtido por el tiempo. Mientras se aproxima, me mira con sospechosa alegría y alterna su mirada entre mi cara y el sombrero. Por un momento pensé que se burlaba de mi y de la manera como llevaba el sombrero, pues al fin y al cabo un “cachacho” como yo, citadino y oficinesco sabe poco de cómo debe calzarse un verdadero sombrero sinuano.
Este hombre con manos de abuelo, luego de saludarme con respeto, suelta la pregunta que tenía dándole vueltas en la garganta: – ¿cuánto pagó por él?, señalando el sombrero y observándolo como se aprecia una obra de arte. Le contesté: -pagué mucho por él…ayer precisamente se lo compré a un joven que lo traía para el comercio con los turistas y que lo ofrecía entre otros varios artículos artesanales -. Cuando le dije el valor de lo pagado…su sonrisa dejo ver una enorme satisfacción y agregó: – se lo agradezco mucho…porque yo hice ese sombrero. -

El rostro de felicidad del hacedor apasionado de sombreros contemplando su obra, aún permanece grabado en mi memoria. Más aún por lo significativo de esta experiencia, pues me obliga, desde esa época a reflexionar en torno a la manera como hago mi trabajo. Y con frecuencia me pregunto: ¿estoy haciendo lo que me gusta hacer y lo estoy haciendo con pasión?

Yo creo que una buena política de vida laboral es amar lo que se hace y hacer lo que se ama para hacerlo con pasión… porque la felicidad facilita el proceso desde la calidad.
Entonces concluyo que en el sagrado arte de vivir… el camino hacia el éxito de la labor que se emprenda, debe estar mediada por la intensidad del amor y la pasión con que se realice dicha obra.

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