Ser feliz en una relación

Yo creo que continuamente nos preguntamos: ¿Hay alguna manera de ser feliz en las relaciones?  Y algunos autores como Neale Donald Walsch intentan responder a este interrogante, a través de su texto Conversaciones con Dios, en su primera parte.

Según Walsch, hay una manera de ser feliz en las relaciones; y consiste en utilizarlas para el fin que les es propio, y no para el que les hemos designado. Pues según su argumento las relaciones son una prueba constante para crear, expresar y experimentar las más elevadas facetas de nosotros mismos.

Sostiene el autor que cuando las relaciones amorosas humanas fracasan (en realidad, las relaciones nunca fracasan, excepto en el sentido estrictamente humano de que no producen el resultado que se quiere), es porque se habían iniciado por una razón equivocada. Es decir, las relaciones cambian -más a menudo de lo esperado- cuando se han iniciado por razones que no son beneficiosas o que de alguna forma no conducen a su supervivencia.

La mayoría de nosotros establecemos relaciones, buscando lo que podemos sacar de ellas. El verdadero objetivo de una relación es decidir qué parte de mí mismo quiero ver “expuesto”; y no qué parte de la otra persona puedo capturar, conservar y controlar.

Entonces el resultado es una enorme presión sobre la otra persona, forzándola “a ser” y actuar de una manera contraria a lo que realmente es su esencia. Así nace el resentimiento, el enojo y la desilusión porque esa persona, no dio la medida de tu expectativa.

Y para enfrentar dicha presión, la otra persona busca recuperar su auténtico yo,  actuando de acuerdo con su verdadera identidad,  y es cuando dices que tu pareja ha cambiado y que está muy extraña y que no entiendes su conducta.

De otro lado creemos que la tarea del otro es completarnos. Pero el objetivo de una relación de pareja,  no es tener a otro para que te complete; sino disfrutar de la compañía del otro para tener la oportunidad de compartir tu completitud.

Yo creo que lo fundamental en una relación de pareja es permitir que el otro sea él mismo.

Si dejamos que cada uno se preocupe de sí mismo, de su esencia, de lo que hace, tiene y siente; de lo que quiere y pide, y por supuesto obtiene; de lo que busca, crea y experimenta… entonces las relaciones servirían para construir un compromiso de crecimiento personal mutuo, donde exista la libertad de ser auténtico, sin máscaras ni escondites.

Sin embargo nuestra lucha se centra en controlar al otro para que no se vaya. Pues tenemos miedo del engaño, la desilusión, el abandono y la soledad. Si tengo claro que no necesito al otro y permito que cada quien haga lo que necesita hacer para realizarse, entonces estoy amando realmente, porque, insisto, amar es dejar ser.

Definitivamente, antes de establecer una relación con otro, primero hay que fortalecer la relación consigo mismo, ya que es fundamental honrarnos, cuidarnos, amarnos, valorarnos, para no buscar esa estimación, en el afuera, en cabeza y conducta de otros.

La felicidad en una relación de pareja entonces se fundamenta en la capacidad de ser uno mismo y permitir que el otro sea. Más que en el control obsesivo de lo que hace, piensa, motiva y decide el otro. Dicho esto, la pregunta no es: ¿me amas? Sino más bien, te amo porque me permites ser yo mismo…entonces: ¿me dejas ser yo mismo?

Asuntos inconclusos…

Yo creo que es importante cerrar ciclos, y evitar, en la medida de lo posible, asuntos inconclusos.

Con el pretexto de: “lo voy a hacer luego”, vamos postergando la tarea, que en la mayoría de los casos no es agradable, pues precisamente, por no enfrentarla, vamos dejando que pase de largo y lo más grave es que creemos que no va a volver a aparecer. Pero como por arte de magia, siempre se las ingenia para hacernos figura y reclamarnos el proceso de cerrar.

Lo mismo pasa con las heridas del cuerpo. No se cierran si todavía no se ha hecho un proceso de sanación. Y requieren de un trabajo doble y duelen hasta que se encuentra la cura y entonces se cierran, por que ¡la naturaleza es sabia!

De la misma manera, nuestra psicología requiere de los procesos de cierre. Y con solo hablar de ellos y enfrentarlos y mirarlos desde distintas ópticas vamos entendiendo, el porqué y el para qué de las cosas y el mismo pensamiento va tomando conciencia y el darse cuenta es la consecuencia lógica.

Sin embargo muchos jugamos a las escondidas con nuestros propios asuntos. Y al hacerles el quite empeoramos el cuadro.

Se necesita ser valiente y exorcizar todos los fantasmas generadores de miedo, por que en el fondo, asustan más de lejos que de cerca.

Nos enseñaron a no enfrentar. Nos mal-educaron en el camino de las auto-confrontaciones y nos dijeron que era hasta peligroso hacerse preguntas problematizadoras en torno al sí mismo.

Por eso cuando vamos a una terapia, nos molesta tanto que nos hagan preguntas difíciles y nos asignen tareas complejas; porque nos debemos reconocer ignorantes de “nosotros mismos” y del proceso de crecer, a partir del diálogo interno, por supuesto, ayudados por otro.

Se trata entonces de facilitar el camino, con alguna que otra parada reflexiva, para cerrar asuntos inconclusos y de esta forma vivir al día con nosotros mismos.

La ley del padre

baby-22194__340Yo creo que es muy importante la “ley del padre”. Y esto cobra fuerza debido a la ausencia del mismo, en virtud a la cultura en la que vivimos, donde el madre-solterismo está a la vuelta de la esquina y no solo debido al abandono físico y real de los papás, sino a la ausencia, en algunos casos, de los padres en el proceso formativo y educativo de los niños, porque sus ocupaciones, deberes y compromisos, los alejan de la función paterna.

La presencia efectiva y viva del padre, educa y por lo tanto forma en el uso de la autoridad.

El padre ya sea biológico o no, (pues para la psicología padre es aquel quien cumple la función de cuidado, alimentación educación y acompañamiento afectivo de un niño) tiene la tarea de encarnar y representar la ley, el orden y la norma para el niño. Es él quien lo introduce en el mundo de lo social y le enseña cómo hacer parte de ese grupo. Entonces el comportamiento, la conducta y los límites en lo social, tienen su representante válido en la figura del padre.

Es a la madre a quien corresponde darle su lugar al padre. Es precisamente la madre quien autoriza o desautoriza la palabra del padre. Entonces, descrito así el panorama, vamos entendiendo el cómo y el porqué de muchas conductas sociales des-adaptadas donde no hay respeto por la norma o los límites.

Si el padre es el representante de la ley, ¿dónde están los padres?

Ahora que se aproxima la celebración de este día clásico, rindamos un homenaje a los verdaderos padres. A aquellos que han asumido el reto y se han hecho presentes en la educación de sus hijos. Hombres que con amor y disciplina han asumido el papel maravilloso de formar nuevas generaciones de ciudadanos, respetuosos de los principios y valores del buen vivir.

Hombres que con su inteligencia emocional han sabido acompañar el proceso evolutivo de sus hijos biológicos, adoptivos y ocasionales que la vida les regala y les encarga.

Y hombres que con su ejemplo generoso, han asumido papeles casi de mamás, porque la viudez, la separación o las circunstancias así lo han dictaminado.

Así como yo creo que le debo rendir también, un homenaje a mi padre, quien de manera inteligente supo conducirme por el camino de la ciencia de la argumentación y la lectura. De quien heredé sus dotes de orador, contertulio y ameno contradictor. Así como el gusto por las bellas artes en todas sus expresiones, teatro, poesía, música, cine, pintura y escultura.

A mi padre, el agradecimiento por enseñarme a disfrutar de la vida y sobre todo por desarrollar en mí la capacidad para leer la conducta humana; esperando, dentro del campo de todas las posibilidades, cualquier comportamiento, pues siempre ha dicho que: “todo es posible, si viene de un ser humano”

Por bajarme el cielo y mostrarte el sagrado arte de vivir. Por apoyarme, valorarme y respetarme…Y por traerme a la tierra, como una forma de perpetuarse y no morir. Por todo ello y más: ¡Gracias papá!

Creo en la esperanza

Yo creo que la esperanza es una fuerza motivacional muy importante. Y que cuando se pierde, nuestra vida al mismo tiempo siente la ausencia de horizonte y de sentido.

La esperanza es un motor sutil, y va de la mano de la fe. Cuando escuchamos el veredicto médico que nos confirma la muerte debido al avanzado estado del cáncer, que mina la propia existencia o la de un ser querido, entonces aparece la ilusión poderosa de la esperanza de que un milagro nos vaya a salvar.

Lo mismo le sucede al estudiante incauto que cree que al final del periodo académico, después de haber mal gastado su tiempo, un evento providencial desde la fe, producirá un cambio mágico en sus notas finales.

También conozco las historias de personas que hasta el último momento esperan que cambie el desenlace fatal de una situación que contra todo pronóstico, puede que no se de.

Yo creo que hay esperanzas de esperanzas. Que es más fácil creer que algo se va a dar, cuando las condiciones y las circunstancias y las lógicas aumentan las probabilidades de que suceda. Entonces cuando todo está en nuestra contra y en contra de la lógica, cuando ya no hay nada que hacer… aparece el milagro como la contradicción de la lógica misma. Y esa contradicción es la que esperan algunos, con esperanza.

Yo creo en la esperanza como una forma de alimentarme la ilusión. Y creo que vivo de ilusiones, porque sino, el ahorro, la previsión, la compra de una casa o la inversión en la educación de los hijos, no tendría sentido.

Al fin y al cabo sólo es posible vivir, cuando me levanto todos los días con la ilusión, la fe y la esperanza de que algo bueno está por ocurrir. Yo creo que esa es la diferencia entre los optimistas y los pesimistas.

Y creo que la muerte, con todos los sentidos que ella tiene, en vez de matarme la ilusión, me alimenta la esperanza de que hay algo más allá. Es decir que no muere la esperanza, ni la fe, sino que cambia la realidad.

Cuestión de disciplina

Yo creo que el secreto está en la disciplina. Y descubro que a la base de muchas actividades humanas se encuentra la capacidad de controlar nuestros pensamientos y comportamientos. Y si desde chicos nos educamos en el autocontrol, tendríamos, no solo una cultura mejor, sino unas generaciones de seres humanos más competentes y productivos.

Para la muestra este botón, que nos enseña el poder de la concentración y el trabajo dedicado, de quienes saben aprovechar el potencial de los jóvenes. Ya que no solo se trata de niños talentosos, sino también de maestros especiales que saben cómo lograr procesos educativos, que valgan la pena.

En el fondo, la idea es ponderar el valor de nuestros talentos, que bien canalizados pueden hacernos cambiar nuestra perspectiva del mundo. Pues, en vez de quejarnos tanto, podríamos enfocar todos nuestros esfuerzos en lograr la transformación de nuestras realidades.

Vinimos a la tierra para hacer cosas grandes.Y para ello es fundamental reconocer que los seres humanos tenemos mucho para dar; demasiado por hacer y sobre todo, metas por alcanzar.

Y si no es ahora, ¿cuándo?

Definitivamente, yo creo que es cuestión de disciplina y por supuesto de método.

Educando

Yo creo que educar es el acto más sublime y comprometedor que una persona puede cometer. Y es la más noble de las tareas, porque sus frutos se observan al atardecer de nuestras vidas, como consecuencia  del proyecto vital;  entonces se muere tranquilo, con la sensación de haber cumplido la tarea.

Yo creo que cada amanecer tiene sentido, cuando voy al salón de clase a cumplir el sagrado deber.  Así mi corazón palpita por la incertidumbre que genera, el no saber con qué alma me voy a topar. Pues cada encuentro pedagógico con el otro, me hace tomar conciencia del compromiso que transforma mi vida y la suya.

Yo creo que ser maestro, más que un regalo, es una deuda con la vida. Gracias a que el encargo proviene del Universo y esa elección se paga, porque nada es gratis y entonces me hace responsable de cumplir la misión. Estoy seguro que al finalizar de mis días, me van pedir cuentas del encargo y sobre todo de mis conductas magistrales.

Yo creo que ser maestro tiene el compromiso ineludible de ser testimonio de vida… lo que implica revisarme. Y de esta forma, cuando me voy construyendo, también voy ayudando a la construcción de otros.

Hoy quiero rendirles un sentido homenaje a mis maestros, de quienes copié sus aciertos y me permití la posibilidad de corregir sus errores, para perfeccionar el oficio. Y espero que mis alumnos me superen y perdonen mis arrebatos de ego, porque en el fondo lo único que quiero es dejarles lo que he cosechado en todos estos años y ahora, más que nunca, necesito repartir.

Yo creo que ser maestro, es ser inmortal en el recuerdo de mis educandos.

Post data:

Este poema de Gabriel Celaya, me llega al alma cada vez que lo leo y reverdece mi corazón de profe.

Educar

Educar es lo mismo que poner un motor a una barca,

Hay que medir, pensar, equilibrar, y poner todo en marcha.

Pero para eso, uno tiene que llevar en el alma, un poco de marino, un poco de pirata, un poco de poeta, y un kilo y medio de paciencia concentrada.

Pero es consolador soñar, mientras uno trabaja, que esa barca, ese niño, irá muy lejos por el agua.

Soñar que ese navío llevará nuestra carga de palabras, hacia puertos distantes, hacia islas lejanas.

Soñar que cuando un día esté durmiendo nuestro propio barco, en barcos nuevos, seguirá nuestra bandera enarbolada.