Acariciar con las palabras…

water-1988279_960_720Yo creo que las palabras matan, así como tienen el poder de dar vida…Mi propuesta es que aprendamos a acariciar con las palabras, no sólo las verbales, sino también, las gestuales y corporales.

Las palabras tienen un enorme poder. Tanto así que, con palabras terapéuticas es posible sanar a una persona, en tanto que con palabras agresivas, insultantes o mal intencionadas podemos lastimar, herir y sugestionar negativamente a los seres con quienes vivimos y/o trabajamos.

De otro lado, se ha comprobado el importante papel que juega la sugestión en nuestras propias vidas al lograr procesos de curación a partir de expresiones positivas expresadas por el propio enfermo, sus familiares o amigos más cercanos.

Las palabras y expresiones de un jefe pueden ser mortales para sus colaboradores si se expresan en momentos emotivos sin que medie la razón o el entendimiento.

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Cómo vivir mejor con menos…

Yo creo que si es posible vivir mejor con menos

Sin embargo me podrán preguntar: ¿menos qué?

Dice Mahatma Gandhi: “Un ser humano, debería ser siempre más grande que lo que hace y más precioso que lo que posee”… esto significa que, para una sociedad materialista, donde lo importante es tener y no ser… no podemos seguir valorando a las personas por lo que tienen, ni mucho menos por lo que hacen, profesionalmente hablando, si no más bien por su esencia como personas.

En palabras de Mark Twain: “la civilización es la multiplicación ilimitada de innecesarios necesarios“.  En este orden de ideas, el materialismo, la competencia, la fiebre del prestigio, la envidia y la falta de humanidad son, sin lugar a dudas las enfermedades sociales del siglo XXI y esto de alguna manera produce estrés, depresión y ansiedad.

De otro lado Scott Nearin sostiene que “una economía de mercado necesita empujar y engañar a los consumidores a comprar cosas que ni necesitan ni desean, obligándolos así a vender su fuerza de trabajo como medio para pagar sus adquisiciones”.

Entonces nos asalta la duda: ¿Qué es vivir?  

O la pregunta más directa: ¿Cómo estoy viviendo? 

Y tal vez, la más trascendental: ¿Para qué vivo?  

La vida es un viaje a través del tiempo en un determinado espacio. Y durante ese camino, buscamos status para proteger nuestra reputación.  Así,  ¿Qué es lo que hay que defender?  

Vivimos para rodeamos de posesiones innecesarias. Creemos que la felicidad es la comodidad, la seguridad y el dinero. Con el “slogan” de ganar más para gastar más, la sociedad de consumo diseñó un inmenso aparato que nos inventa necesidades y nos hace creer, que tal o cual bien o servicio, nos hará felices… y en el fondo, lo único que logramos es cubrir un vacío emocional interior, que nos deja aún más insatisfechos.

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Cuando sea grande…

Yo creo que esta pregunta típica, ¿qué quieres ser, cuando seas grande? se la formulamos a los niños cuando los invitamos a proyectar su futuro.   

Algunos responden con la profesión o actividad que hasta el momento les ha impactado más; respuestas como policía, bombero, piloto o astronauta son comunes.  Sin embargo muy pocos responden: ¡quiero ser un buen papá o una buena mamá como tú! 

Algunos incluso piensan en su futuro económico: viajar, conocer otros paises, hablar otros idiomas y ser famosos… pero proyectos de vida como ser buen esposo, buena novia, excelente padre de familia… pasan a un segundo, tal vez, último plano.

En cada momento de nuestro desarrollo como personas, debemos hacernos preguntas básicas en relación con el futuro.   

Sabemos que el futuro se construye desde el presente, en el presente; y que, con las actuaciones de hoy, vamos dándole forma al mañana

Aprovechemos cada oportunidad para preguntarnos… ¿qué clase de papá o mamá soy? O ¿quiero ser?

¿Resistiría la evaluación de mis propios hijos? 

¿Qué programas y estilos, estoy repitiendo de mis  padres? 

¿Estoy a tiempo de cambiar

Recordemos que estamos perdiendo tiempoganando dinero. Tiempo valioso para compartir con los hijos, que apenas están un breve lapso con nosotros. 

De tal forma que si le preguntas a tus hijos… que quieren ser cuando grandes… él o ella puedan responder:… quiero ser una mamá o un papá tan excelente como tú.

Sanar recuerdos…

Yo creo que es posible sanar recuerdos; como también creo que nos hacemos mucho daño con cierto tipo de recuerdos.

Así como creo que la memoria tiene la posibilidad infinita de confrontarnos con la nostalgia, o de llevarnos a lugares conocidos, donde el dolor habita.

Creo que el recuerdo y la memoria posibilitan destinos colmados de fe y esperanza, cuando por fin hemos decidido superar el tiempo de la autocompasión, para sumergirnos completamente en el océano del mañana optimista,  que generoso nos regala la oportunidad de un nuevo amanecer.

Quedarse en los recuerdos, es anclarse en el pasado; mientras que sanarlos, significa libertad inmediata para seguir adelante.

Porque olvidar el agravio, es la condición sine qua non para crecer como persona.

El problema está en el ego, que se resiste y que encuentra en la memoria la mejor manera de existir y por supuesto, la mejor disculpa para sufrir.

Me declaro a partir de hoy, selector de mis propios recuerdos, para disfrutar de los “buenos” y de paso, eliminar los “malos” o al menos sanar aquellos que todavía perturban mi alma como asunto inconcluso.

Las apariencias engañan…

Yo creo que las apariencias engañan.

A primera vista, juzgamos a los demás de una manera rápida y sin profundidad. Decimos cosas terribles de los otros, gracias a nuestra desbordada imaginación o ensalzamos a nuestros semejantes, porque nos caen en gracia y cumplen con nuestras expectativas.

Subimos de nivel al bien vestido y bajamos a los estratos más profundos, a quien se sale de los cánones del vestuario esperado.

Soltamos comentarios dañinos y mal intencionados para afectar la honra y reputación del colega o para ganar puntos irreales frente a otros, quienes también juegan el deporte lingüístico de destruir el buen nombre de los demás. Todo esto para ser aplaudidos como héroes, sin derecho a que la víctima pueda defenderse.

Será que los ciudadanos del mundo podremos algún día, descubrir cómo la verdadera sabiduría está en el silencio respetuoso, que sabe guardar distancia.

Ahora puedo reconocer que no soy quién para juzgar. Y mucho menos cuando estoy en igualdad de condiciones, como ser humano falible.

A propósito: ¿Se dejaría guiar por este individuo, en la Plaza de Bolivar de Sante Fé de Bogotá, Colombia?

Padre no es quien engendra un hijo…

Yo creo que padre no es quien engendra un hijo.

Desde la psicología, padre es aquel hombre quien, alimenta, educa, acompaña, brinda afecto, protección, ejemplo, a un niño o una niña. Esto significa que el abuelo, el tío, el hermano mayor, el novio de la mamá etc, se convierte en un modelo significativo para el niño y por lo tanto adquiere la función de padre.

Ser padre es una función, un proceso y un aprendizaje; por lo tanto, el hecho de aportar la semilla, no nos convierte automáticamente en padres. Se necesita algo más, que depende de nuestra vocación de servicio, que por supuesto nace del amor incondicional. Difícil palabra para quienes, su egoísmo, les impide entregarse concientemente, a esta tarea tan importante.

Los padres perdemos mucho tiempo ganando dinero.  Propongo entonces, que al menos un día a la semana, en nuestra agenda, separemos un buen rato para la junta más importante de nuestras vidas: encontrarnos con nuestros hijos, para verlos crecer, madurar y volar.