Gracias a la vida…por la vida.

celebrando la vida unoYo creo que compartir momentos importantes y significativos en familia, es fundamental a la hora de establecer nexos afectivos.

En muchas culturas, sentarse a comer alrededor de una mesa llena de alimentos, es el acto más poderoso y sobre todo representativo de la unidad familiar y social. Así, bautizos, funerales, aniversarios, negocios y propuestas matrimoniales se convierten en la excusa perfecta para compartir viandas y recetas maravillosas.

Es por esto por lo que el calor del hogar se siente más intensamente en la cocina y en la mesa del comedor.

En el seno de mi familia, desde hace varias semanas, los preparativos para la cena de cumpleaños, eran un secreto a voces . Mi suegro cumplía noventa y había que celebrarlos con bombos y platillos, pero el homenajeado no debía enterarse.

celebrando la vida tresLa planeación del evento se compartía en medio de palabras claves y gestos sobreactuados. La red social familiar evitaba a toda costa, mandar mensajes que delataran los preparativos. El uso del teléfono celular se limitaba a lo básico, para esconder la sorpresa al cumpleañero. Y cada vez que nuestro querido viejo se acercaba al grupo que conversaba animadamente, ya en la sala o en la cocina, el silencio se hacía sospechoso y evidenciaba que algo “oscuro” se tramaba a sus espaldas. Sin embargo, él seguía inocente a juzgar por su aparente serenidad, aunque todos sabemos de su lucidez e inteligencia intacta, a pesar de los años.

De manera providencial, el nueve de noviembre mi suegro y yo cumplimos años. En esta ocasión él noventa y yo cincuenta y ocho.

Es importante anotar que ambos aniversarios tienen un significado profundo, porque celebramos el milagro de la vida. Él por llegar a los noventa y yo por haber renacido en este año, luego de recuperar mi salud.

Recuerdo cuando me lo presentaron y lo conocí. Buen conversador, amable y cariñoso, su generosidad y enorme corazón me enamoraron de él y su familia.

Ese día, orgulloso de su hija se interesó mucho en sondear mi procedencia e interés por su niña, para determinar si yo era merecedor o no de su princesa.

celebrando la vida dosLuego de tantos años espero haber pasado la prueba. Pues cada vez que me encuentro con él y su mirada cálida, amorosa y paternal, me recuerda el profundo amor que siento por él, con la certeza de que el sentimiento es mutuo.

Puedo decir que es mi segundo papá, porque si bien es cierto tengo al propio en el cielo, éste que todavía sigue vivo, es mi ángel protector terreno, porque todos los días me cubre con sus oraciones y bendiciones paternas.

Yo creo que hoy debo dar gracias a la vida por tener la maravillosa oportunidad de celebrar en familia y al calor de una deliciosa cena, con mi segundo padre, estos ciento cuarenta y ocho años de vida.

Mi suegro con sus noventa años, en medio de risas, chascarrillos y recuerdos de sus viajes y correrías por Colombia, gracias a su humor negro y elemental, me permite ser y estar consciente de que la vida vale la pena vivirse… desde la sencillez y la alegría.

¿Qué sigue?

pexels-photo-7125530Yo creo que el horizonte se despeja cuando tengo la esperanza de un nuevo amanecer.

Sin embargo, confieso que por estos días me he sentido extraño, porque al terminar la radioterapia, experimento una sensación de vacío.

Me pregunto: ¿Qué sigue?

Entiendo que no soy el típico paciente al que le dan de alta y se va tranquilo para la casa. Mi situación requiere visitas médicas periódicas y permanentes para hacerle seguimiento al linfoma. Entonces me cubre la sombra del asunto sin cerrar.

De todas maneras, la vida en sí misma es un gran asunto pendiente.

Por ejemplo, al planear las vacaciones, como ocurrió el año pasado, en ese momento la alegría y la motivación por el viaje ocupaban la mayor parte de mi pensamiento optimista. Con la extraña certeza de que se iban a cumplir. Ahora el sólo hecho de pensar en los preparativos me hace tomar conciencia de que es un proceso condicional, porque es probable que los planes cambien, por multiplicidad de factores.

Descubro que estar consciente no es del todo agradable. Como tampoco lo es ahora la ingenuidad.

Todo en este universo para mi tiene el toque poderoso del destino y me resisto a la idea de que no lo pueda anticipar.

Sin embargo, tener conciencia de la finitud también trae sus ventajas. Hace que apure el paso en ciertos procesos y disminuya el afán en otros.

Cada amanecer doy gracias a la vida por la vida. Y me dispongo juiciosamente a degustar un nuevo instante de existencia. Todo ahora tiene un sabor distinto. Y se me presenta como una oportunidad única e irrepetible.

pexels-photo-4350288El café de la mañana, lo disfruto con un placer diferente, más profundo, más iluminado, porque me permite dibujar una sonrisa epistemológica en mi rostro de niño grande, frente a la incertidumbre que trae este nuevo día.

Me sorprende el proceso mismo de estar vivo, para luego preguntarme: ¿Qué sigue?

Por ahora sólo tengo la magia del momento presente, adobada con la presencia maravillosa de mis seres queridos y la oportunidad exquisita de hacer lo que me place.

Cuando pienso en mañana… aparece el pensamiento sensato de que podría no suceder. Por lo tanto, me aferro a la vivencia cotidiana del día a día. Y entonces me canto y me celebro como diría Walt Whitman.

Y frente a la pregunta: ¿Qué sigue? Me asalta la angustia del alumno cuestionado que espera salir ileso de la prueba.

Yo creo que pensar en mañana, es posible cuando se trabaja en el presente con la esperanza de un futuro para otros, como el abuelo que siembra muchos árboles, para que los disfruten sus nietos, porque sabe que es la manera de vivir…para siempre.

Se muere como se vive.

con el papáYo creo que, en el sagrado arte de vivir, la construcción vital se logra a partir de la vivencia.

Durante estos días, mis reflexiones han girado en torno a la frase popular: “se muere como se vive”.

Por lo tanto, comencé a preguntarme: -¿Cómo he vivido?-.

Y entonces, evoqué la figura de mi padre, quien para mí, representa el mejor ejemplo de la existencia vivida, de manera singular, única e irrepetible; pues con sus aciertos y errores, continuamente llegan a mi memoria momentos sublimes de mi tiempo compartido con él.

Mi padre, que además era abogado y multitarea, soñaba con vivir en una finca. Era maravilloso verlo montar a caballo y apreciar cómo se sentía el rey del universo. Entonces cuando tenía la oportunidad de pasar temporadas en el campo, de vez en cuando me invitaba a compartir con él, ese maravilloso placer de conversar y tertuliar sobre lo humano y lo divino.

Es importante anotar, que yo tenía dos papás. El sobrio, el tímido, el reservado, el intelectual y demasiado respetuoso y el otro, el pasado de licor, que se desinhibía de manera peligrosa y ejercía de valiente cuando no era el momento.

Fueron muchas las ocasiones en que controvertimos. Cada uno desde su esquina, ofreciendo argumentos intelectuales y otras, donde su manera de comportarse se debía más a la toxicidad etílica y mi forma de interactuar con él, se limitaba a entender por qué necesitaba ese refugio alcohólico para sentirse seguro.

Por supuesto yo prefería al hombre sobrio y no al alicorado. Sin embargo, tenía la certeza de que, sin decirme nada, él me amaba y que su sentimiento era una mezcla de admiración y orgullo infinito por su hijo. Un cáncer metastásico se lo llevó, un veintinueve de agosto, luego de ochenta y pico de años vividos intensamente.

Puedo afirmar que tuve padre y que su vida y su ejemplo quedaron grabados en mí, tanto que mucho de lo que soy, se lo debo a su influencia. Al evocarlo valoro que su vida tuvo momentos felices y otros de infinita tristeza.

Entonces vuelvo sobre mi vida y me pregunto ¿ha valido la pena este tránsito por la tierra?

Parodiando al maestro Miguel Hernández, cuando dice: “tanto penar para morirse uno”, reconozco que he vivido intensamente y que no debo arrepentirme de lo que hice, sino más bien de lo que no he hecho.

pexels-photo-169523Y a diferencia de mi padre, puedo aceptar que mi vida ha tenido en su mayoría momentos felices pues se convirtió para mí, precisamente en un reto, el buscar la armonía y la paz interior.

La vida de mi padre tuvo mucho de tormentosa… quizá su muerte fue el reflejo final de su miedo a morir, y sobre todo una angustia permanente, buscando el perdón de sus actos.

Entonces si miro lo vivido por mí hasta el momento y sigo con la esperanza de morir como he vivido, auguro que cuando llegue ese instante, será tranquilo, en paz y sin miedo, porque por fin he comprendido que lo importante no es morir, sino haber hecho lo suficiente, antes de partir.

El daño que causan los pensamientos catastróficos.

pexels-photo-1547094Yo creo que los pensamientos catastróficos hacen mucho daño a la esperanza.

De todo lo maravilloso que he aprendido en este momento de mi vida, es precisamente a no darles cabida a los pensamientos catastróficos anticipando un futuro que no ha llegado.

Por ejemplo, el solo hecho de escuchar la palabra cáncer, ya invita a pensar que el desenlace será la muerte. Olvidando lo avanzada que está la ciencia de la medicina y sobre todo cuando se detecta a tiempo el evento amenazante, es posible buscar los correctivos para vencerlo prontamente.

Además, ¿por qué pensar en el cáncer como un enemigo?, sino mas bien como una excelente oportunidad para crecer espiritualmente y como persona, frente a la magnitud del regalo que me brinda la existencia. Es decir, el momento para relativizarlo todo y entender que la vida es un rato y que debo aprovecharla intensamente, aquí y ahora.

Esto hace que tome conciencia de la cantidad de tiempo que perdí, sobre todo lamentándome y jugando a la víctima y utilizando la enfermedad como un gancho para comprar afecto de mis seres queridos a muy alto precio.

Quien piensa en forma catastrófica le tiene miedo a la vida y por supuesto a la muerte. Se auto bloquea en ambos sentidos, porque no vive bien, pensando en lo peor y entonces ni disfruta ni goza la vida, porque está proyectado en el futuro, pensando el peor escenario.

¿De dónde vienen los pensamientos catastróficos?

De un ambiente familiar pesimista verificable en las frases y comentarios negativos, donde nada salía como se esperaba, pues no existía el merecimiento de lo mejor, y de un entorno donde ocurrieron sucesos lamentables, o de una demanda de amor que sólo se satisfacía si se estaba enfermo, eso sí, para recibir caricias de lástima. -De la única forma que me “amaban” era si estaba enfermo-, suelen decir muchos de mis consultantes.

Entonces surge la hipocondriasis como el recurso supremo para lamentarse, demostrar que se está enfermo, con el agravante de que como no tiene nada observable a través de resultados de laboratorio, ningún médico puede avalar el proceso mórbido del “pseudo paciente”.

Ahora también es cierto que cuando se está deprimido, el cuerpo tiende a enfermar como una forma de solidarizarse con la mente triste.

Así lo primero que hay que sanar es el pensamiento, la mente y la actitud depresiva, para invitar a la felicidad, a que ocupe el primer lugar, pues como lo he dicho antes, al dolor le molesta la alegría y no es compatible con la enfermedad.

Yo creo que le doy paso al proceso de sentirme enfermo cuando he perdido la alegría.

¿Y dónde queda el derecho a ser realista?

Precisamente en la certeza de los hechos comprobados, demostrados y contundentes; no en la especulación anticipada, llena de juicios a priori que nada aportan a la comprensión de los hechos.

Una cosa es declarar medicamente al paciente desahuciado, terminal y otra comenzar un proceso de quimioterapia, como en mi caso.

Estoy convencido, de que la esperanza, es lo último que se pierde y lo único que jamás debe robársele a un ser humano.

Dejar ir…

pexels-photo-5588318Yo creo que el secreto de la felicidad está en el desapego. Es decir, en desarrollar la capacidad de dejar ir.

Porque si me apego y me resisto a soltar, estoy negando el libre fluir de la vida que va y viene destruyendo para construir. La muerte es necesaria para la vida. La disolución es necesaria para que se produzca un nuevo crecimiento.

Por lo tanto, la estrategia consiste en aceptar los momentos de descenso, para aprovechar la conexión con lo espiritual, es decir lo inmaterial, para de esta forma darme cuenta de lo verdaderamente esencial que es invisible a mis ojos.

Experimentar el fracaso o una pérdida a cualquier nivel, es fundamental para observar el regalo que brinda la liberación de la esclavitud asociada con el éxito, el prestigio, la posesión material, la fama, la belleza o la riqueza. Porque todo es relativo.

El fracaso vive oculto en cada éxito y el éxito se agazapa en el fracaso.

En el mundo material, el fracaso hace parte del inventario. Lo interesante de este asunto es que, lo material no es permanente. Por ello lo único que me queda, en este momento de mi vida, está en el plano espiritual, que es eterno por lo permanente.

Por lo tanto, la enfermedad del cuerpo-material, es una condición natural, que hace parte del proceso de deterioro. Es normal que el cuerpo entre en fases de baja energía, que son vitales para la regeneración. Las células están programadas para sobrevivir, reproducirse, crecer, pero finalmente su ciclo termina. Sin embargo, la inteligencia del cuerpo necesita de la pausa y del reposo, cuando hay baja energía, para lograr el proceso de regeneración. Para mí, es tiempo de quietud, reposo y espera paciente, confiado en la regeneración de mi cuerpo.

pexels-photo-5694144Entonces, gracias a la meditación, uso mi mente creativa y entro profundamente en mi cuerpo…no lo pienso, lo siento, me conecto con La Fuente Invisible de todas las cosas, El Ser Eterno dentro de mí. Y visualizo que estoy sano, armonioso, alegre, feliz, completo pues, al fin y al cabo, tener acceso al reino de lo informe es liberador… porque si no, me quedo anclado en la forma.

Siento el cuerpo, desde dentro, como un campo energético unificado, fortaleciendo mi sistema inmunológico e inundo mi cuerpo de conciencia.

Ahora estoy consciente de que hay períodos de éxito y otros de fracaso. Momentos en los cuales lo material se marchita, se desintegra, para darle paso a la transformación, y permitir de esta manera que llegue lo nuevo.

Yo creo que, lo más maravilloso que me está pasando ahora, es adquirir la consciencia de dejar ir el pasado, dejar ir lo material, dejar ir la fama y el prestigio, para darle paso a lo espiritual donde me encuentro en esencia, pues todo lo demás es relativo.

Al dolor le molesta la alegría.

pexels-photo-3851309Yo creo que al dolor le molesta la alegría.

Durante este período de tratamiento oncológico, he venido observando que la intensidad del dolor depende más de mi grado de resistencia a aceptarlo y de la identificación que haga o no para convertirme en víctima o sanador.

Continuamente busco la manera de no desconectarme del ahora, porque si lo hago, me identifico con el dolor, al fin y al cabo, la mente cree que “lo correcto” es sentir dolor. Por lo tanto, la tarea consiste en aceptar y valorar el dolor en el ahora, para liberarme del sufrimiento y permitir que la consciencia tome las riendas de la situación.

Así, me he dado cuenta de que todo dolor es “ilusorio”, porque está asociado con el cuerpo, que tiene allí, un mecanismo de alarma para avisar que algo no está bien en el sistema y no porque algo esté mal en mí, o en mi ser.

El dolor es inevitable mientras siga identificándome con mi mente victimizada. Además, porque si acepto que el dolor existe, puedo minimizar el sufrimiento, en tanto no lo necesito.

De otro lado, también he descubierto que el dolor emocional es la principal causa del dolor físico y de las enfermedades físicas. Es decir, cuando experimento resentimiento, odio, autocompasión, culpabilidad, ira, depresión, celos e incluso la menor incomodidad psíquica, todo ello se representa en el cuerpo como enfermedad y por supuesto como dolor.

El dolor tiene dos niveles en el tiempo: el dolor que siento ahora y el dolor del pasado que aún vive en mi cuerpo y en mi mente, como algo que está por resolver, tramitar y sanar. Entonces el dolor de lo pasado persiste si me identifico con él.

Por ejemplo, si me dedico a buscar señales de infelicidad en mi vida, tengo motivos suficientes para quejarme y culpar a otros de mi dolor. Así necesito de la irritación, la impaciencia, el estado de ánimo triste, la depresión y la ansiedad para “hacerles daño” a los demás, como “compensación” de lo que “supuestamente” me han hecho. Nadie puede hacerme daño, a menos que yo lo permita, es decir, lo manipule para tener argumentos contra los demás.

El dolor se alimentará con cualquier experiencia que resuene con su vibración dañina.

Es aquí donde me doy cuenta de que al dolor le molesta y le estorba la alegría.

Ser y estar feliz es posible como una decisión, donde el centro soy yo y no los demás. No necesito a los demás para ser feliz. Más bien requiero y construyo mi felicidad para aceptar y recibir a los demás.

pexels-photo-1130626Yo creo que la alegría y la felicidad proyectan luz a la sombra del dolor. Y solo puedo construir felicidad en tanto esté iluminado; a diferencia del dolor, que desde la sombra fabrica un yo infeliz que necesita de la tristeza y la derrota para demostrar su hipótesis oscura.

Con todo este proceso del linfoma, estoy aprendiendo a mirar sin interpretar ni juzgar. Simplemente observo el dolor y lo entiendo como algo que debo soltar, porque no lo necesito. Es decir, soy solamente el testigo de mis pensamientos y emociones dolorosas.

En fin, porque estoy dispuesto a enfrentar y aceptar desde la alegría, todo este proceso como algo necesario para mi evolución, y porque estoy consciente de la felicidad y liberación que produce el estar conectado aquí y ahora.