El día del silencio.

pexels-photo-775417Yo creo que hay momentos en el diario vivir, donde es importante hacer silencio.

El silencio permite establecer contacto con aquello que pasa desapercibido.

Al hacerlo intencionalmente, descubro mundos inexplorados. Como cuando me dedico, en medio de un concierto, a escuchar el ritmo que van marcando los contrabajos y en otro momento, a percibir el sonido del clarinete, respondiéndole a las flautas porque el compositor ha decidido darles protagonismo.

El proceso de focalizar mi atención hace que perciba el mundo diferente, en medio del caos generado por tanta información dispersa.

Gracias al silencio, puedo sentir mi cuerpo; puedo percibir el ambiente y puedo escuchar a las personas cuando hablan, para darme cuenta de lo que filtro, desde el miedo, el amor, la prevención o el enojo.

Cuentan que una vez, el día destinado para el silencio, un discípulo se acercó a su sensei, dispuesto a interrumpirlo para presentarle una profunda inquietud.

Ese día en particular, era sagrado para el Maestro, pues permanecía callado durante veinticuatro horas para evitar el parloteo y lograr el aquietamiento de su mente.

Sin embargo, el joven se atrevió a hacerle una consulta, anticipando la posible negativa, en virtud del sagrado momento.

– Maestro, ¿podría explicarme como puedo alcanzar la sabiduría? –

El sensei imperturbable, continuó en silencio.

El discípulo nuevamente planteó la pregunta. – ¿Cómo alcanzo la sabiduría? –

Entonces para no romper el voto de silencio verbal, el Maestro tomó un pequeño palo y en la tierra escribió la palabra: “conciencia”.

El alumno sorprendido, exclamó: – Y ya…así de fácil, ¿eso es todo? – Escriba algo más, le rogó-.

Ante la insistencia del aprendiz, borró la palabra anterior y agregó estas dos:
“Conciencia…Conciencia”.

El discípulo, muy confundido y molesto lo confrontó:

– En verdad Maestro, que no veo inteligencia, ni profundidad o sabiduría en lo que ha escrito-.

Y desde su silencio paciente, el sensei tomó nuevamente el pequeño palo, borró las palabras anteriores y ahora escribió: “conciencia, conciencia, conciencia”

El alumno derrotado, entonces preguntó:

– ¿Podría por favor explicarme, el significado de la palabra conciencia?

El maestro, sin perder su postura serena, finalmente escribió: “Es la conciencia de la conciencia”.

Yo creo que, a partir de la fecha, para empezar, voy a elegir un día del silencio al mes, para facilitar el encuentro conmigo mismo y así, darme cuenta de lo que digo, de lo que pienso, de lo que siento, de lo que hago y de lo que dejo de realizar, y hacerme cargo desde la conciencia de la conciencia, para tal vez algún día, alcanzar la iluminación.

Cada momento es propicio para amar y agradecer.

pareja-teniendo-momento-ternura_23-2148406376Yo creo que cualquier momento es propicio para agradecer.

Realmente no existen momentos especiales, más bien, soy yo mismo el que hago que cada momento sea especial y significativo.

Por ejemplo, mientras escribo, puedo diseñar un espacio maravilloso para encontrarme conmigo mismo y disponerme para dar y recibir amor.

En este instante único de lucidez amorosa, me doy cuenta de cómo he postergado asuntos importantes en mi vida afectiva. Percibo cómo he dejado pasar el tiempo, con el pretexto de que lo puedo hacer después, tal vez huyéndole al encuentro con mi ser interior, aquel que habita en el fondo de mi alma y de mi corazón. Hoy no tienen sentido expresiones como – “más tarde te llamo”, “luego hablamos”, o dejemos esa conversación deliciosa, para un momento especial.

Es aquí y ahora cuando todo sucede. No es prudente dejar para mañana lo que puedo asumir, enfrentar, conversar, sentir, decir o expresar ahora, pues mañana… puede ser demasiado tarde.

Cada evento en mi vida tiene sentido, y sucede porque tiene que suceder y es adecuado que suceda en la progresión del tiempo presente.

Hoy más que nunca, soy consciente de que hay tiempo para todo… para amar y para odiar, para construir y para destruir, para descansar y para trabajar con intensidad. Por lo tanto.. ahora es el momento.

Mi cronómetro personal, va marcando cada segundo de mi existencia y me interroga en torno a ese asunto vital: ¿Juan…cómo empleaste tu día hoy?… ¿hiciste lo que esperabas hacer en este día?… ¿qué cosas…aún estás postergando?

Esta conciencia me persigue, porque de alguna manera… al dilatar asuntos en el tiempo… estoy evitando el encuentro conmigo mismo, para el aprendizaje que requiere mi espíritu.

Algunos años atrás, cuando era un joven universitario, disfrutaba una serie de televisión, donde los protagonistas, estudiantes de derecho, recibían clase magistral con un profesor muy particular, pues además de su sabiduría y conocimiento de la vida, tenía un estilo autoritario para enseñar el oficio del abogado, tal vez preparando a sus discípulos, para vivir la experiencia en un estrado judicial.

En un capítulo de Paper Chase, el profesor Kingsfield se encuentra muy enfermo y su alumno preferido, el señor Hart va a visitarlo, llevando consigo una botella de vino como regalo, ya que sabe que el profesor la va a disfrutar mucho, a juzgar por los comentarios que le ha escuchado sobre el exquisito sabor que adquiere la tertulia, alrededor de algunas copas y en agradable compañía. Como lo ve postrado en la cama del hospital, solo se le ocurre decir: –Profesor le traje esta botella, para que se la tome en un momento especial-. El profesor lo mira con una sonrisa epistemológica y le responde: -Señor Hart, no existen momentos especiales-. Y luego, cambiando su cara de paciente grave, se incorpora para narrar una historia personal, ahora hablando como el maestro que es.

-Mi padre, continuó con gesto doctoral, hace muchos años, recibió como regalo una botella de vino similar a esta y me dijo: -muchacho…esta bebida tan exquisita, nos la vamos a tomar en un momento especial-. Me pidió que la guardara en el mejor sitio de la casa y allí permaneció durante mucho tiempo. Con frecuencia le preguntaba a mi padre, cuándo llegaría ese momento especial para consumir la botella y él siempre me respondía: -no sé-.

Pasó el tiempo y un día, curiosamente en este mismo hospital, muy gravemente enfermo, mi padre recordó la famosa botella de vino y me ordenó que la trajera, pues iba a morir y no había sacado tiempo, durante su vida, para disfrutar de esa bebida tan única y significativa para él en compañía de sus seres queridos. Vaya momento especial…esperar hasta la llegada de la muerte, para terminar sus asuntos pendientes. Así es pues, mi querido señor Hart, vaya por un par de copas que ahora, es el momento para tomarnos este vino.

Yo creo que hoy, es un momento muy especial, para decirle a mis seres queridos que los amo profundamente, y que estoy muy agradecido por su presencia en mi vida, antes de que la muerte, me arrebate el privilegio de decirlo, en persona.

Razones para vivir.

pexels-photo-207697Yo creo que la rueda de la vida va y viene de manera incesante para regalarme nuevas y sorprendentes experiencias que nutren mi razón de vivir.

Cada nuevo despertar es una invitación a la esperanza, siempre y cuando yo mismo facilite la actitud que abre el campo de todas las posibilidades.

El sitio de batalla se encuentra en el interior de la mente. Los pensamientos combaten con la angustia, la tristeza, el pesimismo, las ganas de entregarlo todo, deseando abandonar la lucha. Y de otro lado la esperanza, el optimismo, la actitud positiva, la creatividad y el amor por lo que se hace, instalan sus cuarteles, cerca del corazón, haciendo posible lo imposible.

Es ahora cuando el Universo pone a prueba todas mis capacidades para el desapego.

Recuerdo que hace muchos años, cuando estaba empezando mi carrera universitaria para formarme como psicólogo, eran días muy difíciles a nivel económico, y salía todas las mañanas de casa con el dinero preciso para el transporte urbano, sin derecho a tomarme un café y mucho menos soñar con algún rico manjar de esos que preparaban en la cafetería de la universidad.

Aquel día tomé el transporte hasta el centro de la ciudad, para hacer algunas diligencias, antes de llegar a mi lugar de estudios. Metí la mano en mi bolsillo para tomar una decisión trascendental. O compraba un pastel de pollo para calmar el hambre, o guardaba el dinero para regresar en bus y con lo que me quedara, completar para las fotocopias y así poder estudiar el examen parcial de psicología clínica.

Mi estómago de joven universitario pudo más y se dejó llevar por el exquisito olor de la comida recién preparada, que salía de un local cercano al sitio donde me encontraba haciendo fila, para culminar los asuntos notariales que me llevaron hasta allí.

Saqué el único dinero que me quedaba. Pagué decidido por mi alimento y con una sensación de placer infinito que aún conservo, entonces comí muy despacio para poder saborear mi osadía.

Luego vino la razón y la angustia. – ¿Qué voy a hacer ahora? – Me dije. -Caminar, fue la respuesta-. Y emprendí la marcha hacia lo desconocido, con la esperanza de llegar a mi destino, sin dinero, pero con la disposición alegre que proporciona la aventura.

Llevaba un kilómetro y medio de camino cuando, desde una esquina, un viejo conocido del colegio me llama a todo pulmón. -Juan, no lo vas a creer-, me dijo, -pero esta mañana me levanté pensando en ti, y en la deuda que tengo contigo y ya decidido a pagarte, había perdido tu teléfono y no sabía cómo encontrarte de nuevo. Pero mira como es el destino, nunca pensé verte caminando por acá-.

Me entregó la suma de dinero que mucho tiempo atrás le había prestado, me dio un fuerte abrazo de agradecimiento y se marchó contento.

Sorprendido por la coincidencia, entendí que nada sucede por azar, que cada situación tiene sentido, si estoy en capacidad de entenderlo y que todo cuanto sucede, está diseñado para mi aprendizaje y crecimiento personal.

Desde ese día, al despertar, le sonrío a la existencia, con la certeza de que hoy, me da un regalo maravilloso, y por eso se llama presente y confirmo que la vida tiene mucho más para darme, para que yo encuentre todos los días, una razón para vivir.

Atardeciendo.

sunset-1359982_960_720Yo creo que los atardeceres me producen nostalgia.

Representan con sus colores, morado, gris y ocre, el final de un proceso o una etapa. Las luces del cielo se apagan lentamente, y una oscuridad parcial se va insinuando, como queriendo decir que muy pronto, la vida va a dormir un sueño definitivo.

Cada proceso tiene su fin; que tal que no. Los semestres académicos, los cursos escolares, la adolescencia, las relaciones laborales, las transacciones comerciales, la moda, los equipos eléctricos, las personas, todos tenemos un proceso natural de finalización.

Entonces como este año está a punto de terminar, ya es tiempo de hacer un buen balance de logros y pérdidas sin remordimientos ni culpas; por supuesto esto me suscita sentimientos encontrados. Se que la evaluación tiene su más y su menos, pero es el mejor mecanismo para mi autoaprendizaje.

Luego de un año de buenos propósitos, me pregunto: - ¿cuántos de ellos cumplí? -.

Cada año que comienza representa un reto personal que requiere determinación, seguridad y fortaleza espiritual, pero, sobre todo mucha disciplina, para el logro de objetivos.

Los diferentes propósitos que me planteo para este año están asociados con el amor y la familia.

Al evaluar muy bien lo que quiero conseguir, soy más consciente, contando con el acompañamiento de mi pareja.

A nivel laboral, este año, tengo presente que, más allá del dinero, lo importante para mí es la remuneración psicológica y espiritual…desde la satisfacción del deber cumplido.

Teniendo claro qué quiero, veo más fácilmente las metas que deseo alcanzar. Cuando se lo que quiero, puedo hacer una planeación más estratégica de mi vida, usando la creatividad y el amor.

Esto se conecta directamente con mi deseo de poner en marcha estrategias basadas en un plan juicioso, donde el tiempo juega papel importante para tener indicadores más precisos del éxito de mi ejecución.

Aquí mi voluntad, es decisiva. No basta con arrancar, debo estar dispuesto a continuar con disciplina y perseverancia, para hacerlo posible.

De otro lado es obligatorio construir un cronograma, con indicadores de desempeño y fechas, para poder hacer seguimiento a las tareas propuestas en este mapa del tesoro…donde mis metas deben ser realistas.

Así que, para este año, me propuse pocas metas retadoras, pero alcanzables:

Por ejemplo, pasar más tiempo con la familia, para compartir, dialogar y crear nuevos nexos.

Fortalecer mi relación de pareja.

Bajar de peso y adelgazar.

Desconectarme más de las redes sociales.

Estudiar y practicar otro idioma.

Viajar, para conocer otras culturas, otros lugares, divertirme, encontrarme conmigo mismo, con la pareja y la familia.

Ahorrar el 10%.

Visitar al médico mínimo cada seis meses.

Reencontrarme con amigos.

Disfrutar momentos de ocio y diversión.

Estar más al aire libre, en contacto con la naturaleza.

Trabajar menos.

Leer más.

Escribir un libro.

Practicar yoga, orar y meditar.

Ir al gimnasio y caminar.

Yo creo que este año que termina, me voy a dar permiso de atardecer, feliz y consciente, con la esperanza de que el año que viene, va a ser mucho mejor, porque así lo he decidido.

La magia del dolor.

dumbbells-2465478_960_720Yo creo que la vida me regala experiencias maravillosas, si tengo la capacidad para asombrarme, con aquello que me acontece.

El niño interior que me habita se fascina cada mañana muy temprano, gracias al encuentro, cálido, amoroso y fraterno, con mis compañeros de fisioterapia. Con ellos comparto el dolor de la recuperación de mi manguito rotador, mezclado con exquisitas dosis de risas, sudor y lágrimas, y con el aporte individual que cada paciente hace, dándole ese toque de magia, que agregan con sus vidas, las personas con quienes me permito hacer contacto existencial, allí tres veces por semana.

Cualquier tema es motivo de diálogo. Se comenta en cada sesión, una película, un libro, un clásico de futbol, la carrera ciclística, el más reciente huracán, la recuperación de un deportista famoso gracias a la fisioterapia y de vez en cuando, historias personales, llenas de vida, experiencias ricas y enseñanzas imborrables.

Además, mi fisioterapeuta es un ser maravilloso. En ella encuentro una mezcla de sabiduría personal, inteligencia aguda, y sentido del humor, acompañada de profunda experiencia profesional y trato amoroso y sensitivo con cada uno de nosotros; pues el dolor físico, a veces no es otra cosa que la “corporalización” del dolor del alma, debido a que cada lesión, tiene su historia y su significado psicológico profundo, como representante de nuestras luchas psíquicas internas y ella lo sabe, incluso por experiencia propia.

La enfermedad me obliga a ser sincero, para reconocer que, desde la medicina psicosomática, el dolor que experimento posiblemente en un principio, estaba destinado a otra persona, como consecuencia de un acto agresivo de mi parte. Por ejemplo, dar un puño permite descargar la agresividad. Sin embargo, ¿qué sucede cuando lo reprimo? El impulso agresivo se devuelve contra mí y el dolor lo experimentó como autoagresión.

Según los estudios, en las personas que paralizan los músculos hay rigidez y terquedad. Se diría que son inflexibles, porque no hay nada que los mueva de su punto.

Curiosamente, y así lo encuentro en el texto de La Enfermedad Como Camino, los autores Thorwald Dethlefsen y Rüdiger Dahlke sostienen que esta inmovilidad interior se compensa con la práctica del deporte y una gran actividad corporal. Y más aún, cuando se trata de deportistas de alta competencia, donde el tema ya es la agresividad.

Para mí, estas sesiones de terapia física, no distan mucho de lo que se vive en la psicoterapia. Porque al fin y al cabo en una hora de trabajo en el consultorio, cada uno va reconstruyendo y dándole significado a sus conductas y pensamientos, logrando que los pedazos de la vida se vayan rehabilitando, sanado, haciendo duelo, en un tiempo y en un espacio que llamamos terapéutico.

La terapia logra, que volvamos al estado de equilibrio, luego del malestar de una crisis.

Como las terapias duelen, por lo tanto, me resisto al dolor… para evitarlo. Sólo cuando lo atravieso, puedo salir al otro lado, confirmando que era necesario para comprender la naturaleza del bienestar.

Entonces confirmo el nexo entre la meditación zen y la psicoterapia. Porque ambas me ayudan a trabajar la ansiedad, la tragedia, la tristeza profunda.

Las terapias, en todas sus formas permiten admitir con franqueza mi verdad interna; para enfrentar mi propia angustia, mis arrebatos de hostilidad y de culpa, por ejemplo.

Y finalmente creo que la terapia me da herramientas para establecer relaciones significativas, que aporten a mi crecimiento personal e incluso conmigo mismo, más allá del egoísmo propio de la cultura occidental, tan competitiva y solitaria.

Estoy muy agradecido con la vida, porque me ha regalado este nuevo capítulo en el sagrado arte de vivir, al mostrarme el dolor, la recuperación y la esperanza gracias a la fisioterapia. Y porque me ha permitido ser testigo de la importancia de un buen terapeuta, que sabe lo que hace y ama su trabajo.