Cuando se aproxima el fin.

time-3038213_960_720Yo creo que tenemos dificultades para cerrar ciclos. Y debemos reconocer que hay procesos inconclusos que, al quedarse así, impiden una correcta elaboración del duelo.

Los ciclos sin cerrar van y vuelven indefinidamente, pidiendo a gritos su conclusión.

Y descubro que lo que nos impide cerrar un ciclo, es el miedo al desenlace que sospechamos; así como en otros momentos, tiene que ver con la necesidad de permanecer atados a aquello que realmente no queremos cerrar, porque en el fondo, nos conviene tener motivos de queja, para poder pasar por víctimas o victimarios.

También hay ciclos que no se cierran, debido a la falta de trabajo sobre el orgullo y el obligatorio desarrollo de la humildad, condiciones necesarias para lograr la aceptación y el reconocimiento de los factores causantes de la parálisis, en la resolución de temas pendientes.

Al revisar asuntos inconclusos, me percato del miedo a enfrentar el encuentro conmigo mismo, debido al dolor en el ego que se produce, al mirarse así mismo.

Le tenemos miedo a lo que no entendemos. Rechazamos todo lo que se sale de nuestro control y atacamos cualquier cosa que nos saque de la zona de confort y de las supuestas seguridades con las que nos rodeamos.

Miremos por ejemplo cómo nos da terror, enfrentar el tema de cerrar el ciclo laboral, con todas las implicaciones que ello trae a nivel económico y de reconocimiento social. Postergamos, hasta el límite de lo posible, hablar de jubilación, porque lo relacionamos con la muerte de nuestra propia utilidad.

Jubilarse tiene que ver con la palabra júbilo o alegría de terminar un trabajo que desarrollamos en buena parte de nuestra vida. Sin embargo, si la valía y el orgullo personal dependían de esa labor, se hace muy difícil separar la actividad, de la identidad. Me refiero por ejemplo a aquel que, ejerciendo una profesión u oficio a lo largo de los años, ahora debe darle paso a las nuevas generaciones de profesionales y trabajadores, quienes incluso están mejor preparados que él, al tiempo que debe reconocer que, sus habilidades y conocimientos no son los mismos que lo hicieran competente en el pasado.

No se cierra el ciclo cuando sigo pensando y opinando en pasado… duelo sin elaborar como el de aquel, que comienza sus frases diciendo “cuando yo trabajaba en…” nostalgia característica de quien no ha soltado su identidad pasada.

Yo creo que es importante hacer un proceso terapéutico de pre-jubilación, para aprender a cerrar ciclos laborales y como una preparación obligatoria para entender cuando se aproxima el fin y de esta forma, exorcizar incluso otros temores a cerrar ciclos vitales, como los de la paternidad, en el “síndrome del nido vacío” o como los asociados con la pareja, ya por muerte natural o emocional de la misma, temas de los que hablaremos en futuras publicaciones.

 

 

 

 

Escapar…me aleja de mí.

directory-1495843_960_720Yo creo que vivimos escapando de la realidad. Entonces inventamos una gran cantidad de estrategias para la defensa. Con frecuencia nos decimos mentiras para evitar dicha confrontación en nuestro interior y así, nos escondemos en la superficialidad que ofrece el mundo de hoy, con el licor, las sustancias psico-activas y tranquilizantes, la comida, los lujos, el sexo, el placer por el placer, como si fueran anestésicos, para pretender que nada pasa, ni dentro ni fuera de nosotros mismos.
Salir huyendo es relativamente fácil, lo difícil es reconocer que a donde quiera que vayamos, la sombra nos persigue, porque ella existe, precisamente, debido a que no hemos resuelto asuntos pendientes que requieren cierre.
Los asuntos sin cerrar, a nivel emocional, se agolpan, debido a que somos procrastinadores de los temas psicológicos, y dejamos para más tarde lo que debe resolverse en el ahora. Y ese auto-engaño nos impide percibir la realidad tal como es, pues preferimos verla desde una óptica amañada y tendenciosa.
Elaborar un duelo, terminar una relación inadecuada, iniciar un proceso de cambio, aceptar el envejecimiento, propiciar un diálogo liberador con aquel miembro de la familia a quien no le dirigimos la palabra desde hace tiempo, para abrirnos al perdón, comenzar una terapia médica o psicológica, cambiar hábitos alimenticios, dejar un vicio, son algunos de los ejemplos más clásicos de asuntos pendientes de los cuales escapamos, sin éxito, pues el Universo se encarga de recordarnos permanentemente, nuestra obligación con nosotros mismos.
¿Si no es ahora…cuándo? Es la pregunta fundamental a la hora de iniciar la marcha hacia nosotros mismos, en vez de seguir en dirección contraria, en una huida imposible.
Yo creo que escapar me aleja de mí, y evita ese contacto obligatorio con mi mismidad, que es en definitiva el único camino para exorcizar el temor de establecer contacto íntimo conmigo.
Creo que cuando me confronto, me libero, pues confirmo que el camino no es para afuera, sino para adentro de mí mismo.

Asuntos inconclusos…

Yo creo que es importante cerrar ciclos, y evitar, en la medida de lo posible, asuntos inconclusos.

Con el pretexto de: “lo voy a hacer luego”, vamos postergando la tarea, que en la mayoría de los casos no es agradable, pues precisamente, por no enfrentarla, vamos dejando que pase de largo y lo más grave es que creemos que no va a volver a aparecer. Pero como por arte de magia, siempre se las ingenia para hacernos figura y reclamarnos el proceso de cerrar.

Lo mismo pasa con las heridas del cuerpo. No se cierran si todavía no se ha hecho un proceso de sanación. Y requieren de un trabajo doble y duelen hasta que se encuentra la cura y entonces se cierran, por que ¡la naturaleza es sabia!

De la misma manera, nuestra psicología requiere de los procesos de cierre. Y con solo hablar de ellos y enfrentarlos y mirarlos desde distintas ópticas vamos entendiendo, el porqué y el para qué de las cosas y el mismo pensamiento va tomando conciencia y el darse cuenta es la consecuencia lógica.

Sin embargo muchos jugamos a las escondidas con nuestros propios asuntos. Y al hacerles el quite empeoramos el cuadro.

Se necesita ser valiente y exorcizar todos los fantasmas generadores de miedo, por que en el fondo, asustan más de lejos que de cerca.

Nos enseñaron a no enfrentar. Nos mal-educaron en el camino de las auto-confrontaciones y nos dijeron que era hasta peligroso hacerse preguntas problematizadoras en torno al sí mismo.

Por eso cuando vamos a una terapia, nos molesta tanto que nos hagan preguntas difíciles y nos asignen tareas complejas; porque nos debemos reconocer ignorantes de “nosotros mismos” y del proceso de crecer, a partir del diálogo interno, por supuesto, ayudados por otro.

Se trata entonces de facilitar el camino, con alguna que otra parada reflexiva, para cerrar asuntos inconclusos y de esta forma vivir al día con nosotros mismos.