Gracias por la esperanza.

pexels-photo-5207015Yo creo que la enfermedad debe transitarse para aprender de ella.

Luego de reconocerme enfermo, he sido testigo de la evolución a todo nivel que ha ocurrido en mi existencia. El choque emocional, la transformación física, y sobre todo los fantasmas que rondan el pensamiento, relacionados con los cambios familiares, económicos y profesionales, me han hecho asumir la vida de otra manera.

Realmente el miedo y el dolor no han sido mis compañeros en este trance, pero si la sensación de finitud.

Desde el diagnóstico del linfoma, muchas cosas que creía importantes ahora han perdido su valor, para darle paso a lo verdaderamente fundamental como disfrutar y vivir intensamente aquí y ahora soltando los lastres del pasado sin jugar a hipotetizar el futuro.

Esta semana por primera vez, visité al médico encargado de coordinar el proceso de radioterapia. Me sentí como el niño que deja su casa para entrar en contacto con un mundo novedoso. Si bien es cierto ya había pasado lo más grave de mi tratamiento, ahora me enfrentaba a un ambiente completamente nuevo y retador. Salir del lugar donde ya era reconocido por mi valentía, para llegar a un instituto de cancerología mucho más grande, donde soy uno más, de los muchos pacientes oncológicos que diariamente son atendidos allí.

De todas maneras, mi capacidad de adaptación nuevamente se pone a prueba.

Sentado en la sala de espera que semeja la de un aeropuerto local, se acerca un paciente, que me reconoce, aunque yo no a él y con una enorme sonrisa me dice: -gracias por la esperanza. Gracias por sus escritos y videos que me han dado la posibilidad de vivir, y me han devuelto la fe en el tratamiento y sobre todo las ganas de vivir-.

Me llené de alegría al escuchar sus palabras de agradecimiento y se me ocurrió decirle que llevar un cáncer o un linfoma, no significaba una sentencia de muerte inmediata, ni mucho menos una incapacidad perpetua para seguir la vida, aunque, al menos a mí, me ha permitido la clarividencia necesaria para tomar conciencia de cómo quiero vivir de hoy en adelante y, sobre todo, el entendimiento de la fragilidad del cuerpo si no lo cuido adecuadamente.

A todo el que me lo pregunta y está atravesando por circunstancias similares, le recomiendo que se haga el tratamiento oncológico, aunque en mi caso ambas posibilidades tenían pronóstico mortal.

Ahora con más fuerza me pregunto qué es vivir, pues al fin y al cabo ya tengo más resuelto el proceso de morir.

Y sigo consultando al Universo, cuál es mi destino. Porque si mis días estaban llenos de certidumbre por la posibilidad de morir, ahora la incertidumbre se incrementa, porque la amenaza sigue viva, aunque ahora, ya no necesariamente por el linfoma.

Para morir necesito estar vivo. Y he decidido vivir intensamente, porque si la vida se da en un tiempo limitado, es el momento de aprovecharlo todo y cumplir con los sagrados encargos del arte de vivir.

Tengo claro que este episodio de mi vida debe servir para mi aprendizaje, y el de aquellos que deseen aprender de él, como ese paciente agradecido por la esperanza.