La casa en el aire…

Con la muerte de el maestro Escalona, se cierra un hermoso capítulo en la cultura colombiana. Me refiero a la capacidad de narrar brevemente un acontecimiento acompañado de música, al estilo juglar.

Sin embargo, fuera de hacer un sentido y humilde homenaje al compositor Rafael Calixto Escalona Martínez,  quiero referime como psicólogo, a una de las letras de sus ya inmortales composiciones: La casa en el aire.

Yo creo que como padre, a pesar del deseo, es muy difícil instalar a la hija en una casa aérea, léase inaccesible, para evitar de esta forma, que cualquier oportunista pretendiente (como se decía antaño), cautive a la “incauta paloma”.

En forma de canción, Escalona plasmó el temor de más de un padre, preocupado por el futuro amoroso de su hija.

El problema no está en aislar a la doncella, sino en trabajar decididamente para que ella adopte posturas de autocuidado y responsabilidad que le permitan tomar decisiones separadas de la carga hormonal, social y afectiva, que estos primeros noviazgos traen.

Con razón, el “intelectual del vallenato”, se hizo maestro, contando pedazos de vida, en este caso como padre, teniendo en cuenta su preocupación.

Paz en su tumba al irremplazable Escalona.

Ampliando horizontes…

Borobudur

Borobudur

Yo creo que vemos, lo que queremos ver y además percibimos aquello que nos enseñaron a ver. Por esto mismo, la importancia de romper paradigmas, radica en el permiso que nos concedamos, a nosotros mismos, para negar de una manera crítica, lo que la mayoría considera cierto.

Si todo el mundo piensa o cree lo mismo, eso no quiere decir que sea verdad.  No estoy de acuerdo con esa frase que dice que “la voz del pueblo es la voz de Dios”. La historia de la humanidad, está llena de científicos e investigadores condenados por sus propuestas “locas” para la época en la cual vivían. Más tarde el tiempo les concedió la razón;  sus ideas y propuestas generaron cambios importantes en el curso de la humanidad, logrando progreso y mejores resultados… pero es claro que encontraron la resistencia de algunos sectores temerosos de lo nuevo y diferente.

Al romper esquemas, liberamos parte de nuestro ser. A veces, nos atamos a falsas creencias y seguimos al pie de la letra lo que nos hacen ver como cierto o verdadero. Y no nos atrevemos a contradecir o a negar aquello que hemos recibido de fuentes no siempre adecuadas u objetivamente informadas.

Viajar es una manera de romper paradigmas y así lograr que otras culturas, otras formas de vida y otras maneras de pensar… nos permeen.

En este preciso momento, que escribo el artículo, me encuentro en Yakarta, capital de Indonesia. El solo hecho de volar desde Colombia hasta París, para luego hacer escala en Singapur y tomar otro vuelo para Jakarta, te hace sentir que el mundo definitivamente es ancho y ajeno y que algunos de nuestros pensamientos, creencias y convicciones son relativos y circunstanciales.

Tantos idiomas, tantas culturas y tantas espiritualidades enriquecen y abruman.

Lo mismo sucede cuando se lee. Las perspectivas cambian y los horizontes se amplían.

Entonces yo creo que voy a leer y a viajar más.

  

Las apariencias engañan…

Yo creo que las apariencias engañan.

A primera vista, juzgamos a los demás de una manera rápida y sin profundidad. Decimos cosas terribles de los otros, gracias a nuestra desbordada imaginación o ensalzamos a nuestros semejantes, porque nos caen en gracia y cumplen con nuestras expectativas.

Subimos de nivel al bien vestido y bajamos a los estratos más profundos, a quien se sale de los cánones del vestuario esperado.

Soltamos comentarios dañinos y mal intencionados para afectar la honra y reputación del colega o para ganar puntos irreales frente a otros, quienes también juegan el deporte lingüístico de destruir el buen nombre de los demás. Todo esto para ser aplaudidos como héroes, sin derecho a que la víctima pueda defenderse.

Será que los ciudadanos del mundo podremos algún día, descubrir cómo la verdadera sabiduría está en el silencio respetuoso, que sabe guardar distancia.

Ahora puedo reconocer que no soy quién para juzgar. Y mucho menos cuando estoy en igualdad de condiciones, como ser humano falible.

A propósito: ¿Se dejaría guiar por este individuo, en la Plaza de Bolivar de Sante Fé de Bogotá, Colombia?