¿A quién quieres más?

Yo creo que a propósito de la celebracion de los días del padre y de la madre, en los hijos se genera una competencia por agradar a sus progenitores en estas fechas especiales. Pero lo más curioso, es encontrar esa misma competencia entre los padres por obtener el amor de los hijos. Y con frecuencia escuchamos su angustia cuando le preguntan al niño a quien de los dos quieren más: ¿si a la mamá o al papá?

Esto, de alguna manera, demuestra la inseguridad misma en la relación que se establece con los hijos, pues no se trata de ganarse el amor de ellos, sino más bien, llenarlos de nuestro amor… por supuesto sin esperar que ello signifique que uno de los dos, padre o madre salgan ganadores.

También deja ver, la aparente rivalidad por medio de la cual, se pretende demostrar cuál de los padres es el mejor, por el tipo de afiliación, nexo o cercanía con el niño, desconociendo que el amor es fluctuante y que va mutando dependiendo de la edad y de las necesidades que tiene el menor. Es decir, habrá momentos en donde la madre se hace indispensable y otros donde el papá es el protagonista.

Así, no tiene sentido hacer la pregunta, además porque el niño siente culpa, primero, porque no tiene respuesta y segundo, porque no quiere defraudar a ninguno de los dos,menos generar polémica familiar. De otro lado los amores que se sienten son muy distintos y cada uno, padre o madre cumplen una función diferente en relación con el niño.

Entonces, sería bueno no hacer esta pregunta y más bien dedicarnos a nuestra labor de padres sin esperar reconocimiento y mucho menos “pagos” afectivos por parte de nuestros hijos. Pues las consecuencias psicológicas y emocionales pueden ser fuente de angustias, si se utilizan estos tipos de “chantajes emocionales”.

Si ya ha ocurrido y quiere enmendar el error, entonces abrace a su hijo y simplemente reitere que lo más importante es el amor que usted siente por él o por ella y que nada en el mundo hará cambiar ese sentimiento. Y enseñe que el amor que se siente por el padre, es diferente del amor que se siente por la madre y que cada amor es importante, profundo y verdadero y que se puede querer a ambos sin ninguna preferencia y que a futuro no se va volver a repetir la pregunta porque ambos papás, están seguros del amor que el niño siente por sus padres.

¡Niños genios…pero deprimidos!

Yo creo que a consecuencia de la postmodernidad estamos apurando a nuestros hijos de manera indebida.

Pienso que los estamos obligando a realizar tareas, que pertenecen más a nuestros deseos frustrados, que a una verdadera necesidad formativa para ellos.

¿Cuántos de nuestros hijos se encuentran realizando tareas, trabajos o actividades extracurriculares que para ellos son un tormento, pero para nosotros son la dicha consumada? pues de alguna manera estamos buscando el pianista que no pude ser, la karateca que mi propio papá frustró o el jinete maravilloso y acrobático, a pesar de no tener caballo propio.

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El síndrome del villancico…

christmas-2988912_960_720Yo creo que la navidad es una época de contrastes y contradicciones. Mientras que para algunos es la mejor época del año, para otros se convierte en el mayor de los martírios y en motivo de consulta siquiátrica y sicológica. Pues, el solo hecho de ver luces navideñas y escuchar melodías “decembrinas”, desencadena el “síndrome del villancico”. Curioso desorden emocional caracterizado por una apatía, aburrimiento y tendencia depresiva, a todo lo que signifique fiesta, rumba, desorden y caos, característico de esta época del año y que hace que estos pacientes pidan a gritos, que pronto se acabe el último mes del año. Las consultas de los profesionales de la salud mental se incrementan, por estos días, debido a personas que odian la navidad.

En algunos casos el problema surge cuando se asocia diciembre con muertes de seres queridos, separación de los padres o de pareja, cambios en la casa, o retiro laboral forzoso por ejemplo. Lo mismo para quienes por su labor u oficio diciembre es una época de mayor ocupación que aleja de la vida familiar.

En otros, el origen está en las diferencias económicas y la idea de un niño Jesús, injusto y desalmado que quiere más a mis primos que incluso se han portado mal durante el año. O a la competencia, tonta entre quienes hace la mejor novena y regalan mejores viandas.

También por la pelea típica entre esposos y novios por la repartición del tiempo el 24 y el 31 y por supuesto debido a las respectivas culpas creadas por no estar con la familia en épocas tan importantes… como si los demás meses del año no tuvieran importancia para juntas familiares y fuera obligatorio estar en mi casa con los míos. La frase es… todos los 24 los hemos pasado con tu familia… y ¿mi familia qué?… recuerda, cuando nos casamos, vimos lo importante de ponernos de acuerdo y ceder de manera equilibrada y justa para beneficio de ambas partes: tu ganas… yo gano.

Para otras personas el nuevo año genera esperanza o temor. Y si va acompañado de un balance personal y laboral, algunos pierden el año y esto por supuesto deprime. Así como la muerte del año viejo y todo lo que eso representa.

Diciembre agudiza las crisis de pareja; sobre todo la de aquellos infieles, quienes presionados por la “otra” parte, encuentran en las fiestas de fin de año, empresariales, de clientes y amigos, la mejor forma de escaparse, con la consecuencia de que algunos se quedan y no vuelven.

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Cómo vivir mejor con menos…

Yo creo que si es posible vivir mejor con menos

Sin embargo me podrán preguntar: ¿menos qué?

Dice Mahatma Gandhi: “Un ser humano, debería ser siempre más grande que lo que hace y más precioso que lo que posee”… esto significa que, para una sociedad materialista, donde lo importante es tener y no ser… no podemos seguir valorando a las personas por lo que tienen, ni mucho menos por lo que hacen, profesionalmente hablando, si no más bien por su esencia como personas.

En palabras de Mark Twain: “la civilización es la multiplicación ilimitada de innecesarios necesarios“.  En este orden de ideas, el materialismo, la competencia, la fiebre del prestigio, la envidia y la falta de humanidad son, sin lugar a dudas las enfermedades sociales del siglo XXI y esto de alguna manera produce estrés, depresión y ansiedad.

De otro lado Scott Nearin sostiene que “una economía de mercado necesita empujar y engañar a los consumidores a comprar cosas que ni necesitan ni desean, obligándolos así a vender su fuerza de trabajo como medio para pagar sus adquisiciones”.

Entonces nos asalta la duda: ¿Qué es vivir?  

O la pregunta más directa: ¿Cómo estoy viviendo? 

Y tal vez, la más trascendental: ¿Para qué vivo?  

La vida es un viaje a través del tiempo en un determinado espacio. Y durante ese camino, buscamos status para proteger nuestra reputación.  Así,  ¿Qué es lo que hay que defender?  

Vivimos para rodeamos de posesiones innecesarias. Creemos que la felicidad es la comodidad, la seguridad y el dinero. Con el “slogan” de ganar más para gastar más, la sociedad de consumo diseñó un inmenso aparato que nos inventa necesidades y nos hace creer, que tal o cual bien o servicio, nos hará felices… y en el fondo, lo único que logramos es cubrir un vacío emocional interior, que nos deja aún más insatisfechos.

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