¿Es mío lo que pienso?

teacher-4784916_960_720Yo creo que, los profesores en el colegio y aún en la universidad, cumplen un papel muy importante en la formación de nuestra personalidad y principalmente en la manera como tomamos decisiones desde lo que pensamos y sentimos.

En definitiva, nuestro pensamiento no es original, es el resultado de una mezcla infinita de ideas y pensamientos de otros.

Incluso cuando la reflexión surge, desde una experiencia vivida a nivel personal, podríamos decir que aquello que pensamos, está salpicado por el universo cognitivo de quienes nos educaron.

No había amanecido completamente. La mañana estaba fría y oscura. A las cinco y veinte minutos, me encontraba en el transporte rumbo a la universidad. Sumergido en pensamientos filosóficos y con la esperanza de recibir mi primera clase de psicología, porque toda la semana, había asistido a diferentes materias ajenas a mi interés, pero que, por disposición del programa, debía cursar.

Mucho más tarde comprendería que son fundamentales para la formación de un psicólogo.

Recuerdo que pasé por biología, lógica proposicional y matemática, socio-antropología, epistemología y por supuesto…español, discursos todos ellos, para mí, lejanos de lo que yo entendía, en ese momento, como psicología.

Por lo tanto, esa mañana en particular, la expectativa era grande para asistir a la primera clase de introducción al estudio de la conducta humana. Mi corazón palpitaba, con una ilusión adolescente, ya que soñaba con escuchar a la profesora hablando sobre los temas que me apasionaban.

Cuando entró al aula de clase, no sólo me impresionó su figura y su forma de caminar, sino también el cigarrillo recién encendido, pegado a sus labios, que no se caía mientras hablaba. Nos miró profunda y largamente. No se presentó, ni siquiera dijo buenos días. Aspiró lentamente y sacó el humo del tabaco en forma de pequeños círculos grises y como en una obra de teatro, comenzó su monólogo diciendo: – “señoras y señores…que nada nos asombre en un ser humano…porque todo es posible desde su humanidad”-.

Sus palabras aún retumban en mi mente. Me transporto en el tiempo y el recuerdo de su curiosa fisonomía sigue vívido, así como su sentido del humor negro, su manera profunda de leer al ser humano, que lo hacía más desde su experiencia, que desde los libros de texto.

Y debo admitir que aprendí más de ella como ser humano, que como profesora dictando su materia, pues fue la primera persona en la universidad que creyó en mí, al permitirme ser yo mismo, desde mi estilo de pensar crítico y cuestionador.

Tanto le debo a mis profesores. Sin embargo, hoy me pregunto, si lo que pienso es mío, o es una copia deformada de los “influenciadores” que he tenido a lo largo de mi formación. Incluyendo jefes y compañeros de trabajo, así como de los libros y textos que han pasado por mis manos.

Entonces ¿lo que pienso es mío? O ¿es una construcción que intento decantar día a día?

Al fin y al cabo, se que lo que pienso, influye en mi comportamiento; sin embargo, yo creo que no soy original por lo que pienso, sino por la manera como actúo, porque me aferro a la idea de que soy único e irrepetible, como me dijo otro profesor, hace algunos años, y que estoy en construcción permanente y esto en el fondo, constituye mi identidad.

Las ventajas de hacerme el loco.

sunflower-846995_960_720Yo creo que cuando me conviene, me hago el loco, el de las gafas.

El día que descubrí las posibilidades del  psiquiatra, del neurólogo y del psicólogo, decidí que estudiaría la conducta humana, empezando por la mía.

No soy, ni estoy loco; pero me hago el loco, cada vez que las situaciones se presentan tan abrumadoras, que prefiero la “sonrisa epistemológica”, al llanto desconsolado de la impotencia.

Se que hay momentos, eventos y circunstancias que no puedo controlar, y aunque lo intento, también descubro que es más loco, pretender el control de todo.

Hace mucho rato que no veía un orate en la calle. Fue un momento muy impresionante, porque sus gestos, expresiones y palabrotas lograron nuevamente impactarme.

Con la capacidad mágica del recuerdo, me transporté a mi barrio, donde era común toparse con ellos en la calle. Andaban sueltos, sin bañarse, despeinados y desvestidos o cubiertos con andrajos. Entonces alguien llamaba a la policía y al rato, los recogían en medio de gritos impresionantes y manotazos al aire.

También teníamos un vecino que le decían el loco. Mi mamá nos pedía que no habláramos con él. Su locura consistía en consumir sustancias psicoactivas, hablar incoherencias, perder la conexión con el presente y dar malos ejemplos a los jóvenes del barrio.

Y más tarde en la universidad, conocí profesores locos, quienes, a través de sus discursos, invitaban a experimentar una vida que se salía de toda inocencia, a pesar del presupuesto moral que traíamos del colegio.

Hay locos felices… me gusta ser uno de ellos. Cuando estoy frente a la adversidad, se que soy resiliente y que todo pasa, porque tiene que pasar y es bueno que pase, para mi aprendizaje. Al fin y al cabo, hay que gozarse la vida, para que ella no se lo goce a uno.

Como también existen locos soñadores, que esperan que la contaminación cese, que los compatriotas tomemos conciencia del valor de la paz y que el universo no sea gobernado por el dinero.

Locos espirituales que meditan, comen sano, y hacen ejercicio todos los días, para morirse de todas maneras a consecuencia, por ejemplo, de un accidente, a temprana edad y cuando nadie lo pronostica, por su estilo de vida saludable.

Por todos lados encontramos locos enamorados de su pareja, sus familias, sus hijos, y sus amigos, con la esperanza de abrazarse y darse apoyo en los momentos difíciles.

Así como aquellos locos que creen que todo se compra con dinero.

También encontramos locos hermosos, que pintan, escriben, componen canciones, esculpen, trabajan la tierra, y aportan su grano de arena a la utopía de un mundo mejor.

Y locos que tiranizan a otros, impulsados por su sed de poder, y que creen que la estrategia está en la fuerza y terminan solos, porque quienes le rodean, no los respetan, sino que les temen.

Como la “locura” puede ser una opción, tengo la certeza de que de “músico, poeta y loco tengo un poco”, como dice la expresión popular y que a veces me aprovecho de eso para evadir la realidad.

Me pregunto entonces: ¿Lo cuerdo es hacerse el loco, o lo loco es jugar a la cordura?

Pienso que ya es de locos vivir en un planeta donde lo más importante es aparentar éxito económico, belleza física, fama y prestigio y lograr que el celular no se quede sin batería, o que a donde vaya, pueda conectarme a la red inalámbrica, para subir la foto a la egoteca.

Yo creo que no puedo hacerme el loco cuando se trata de darle sentido a mi existencia a partir del encuentro con el otro, para abrazarlo y disfrutar del sagrado arte de conversar en vivo y en directo, mientras disfruto la cálida compañía de los seres que amo.

Todo es posible, más no todo me conviene

Yo creo que al momento de comprender la conducta humana, nos encontramos con su increíble capacidad de actuar incluso desde el campo de todas las posibilidades. Es decir todo es posible en un ser humano. Mas allá de la frontera de lo conveniente, que es un asunto más ético y moral, la conducta humana bordea los terrenos de todas las posibilidades; de ahí la importancia de limitar ciertas conductas y comportamientos.

Desde que nacemos contamos con la tendencia a actuar de manera des-coordinada y descontrolada. Y la educación se encarga de hacernos humanos, para vivir entre los humanos. En un juego interminable de derechos y deberes, el niño aprende que hay ciertas conductas indebidas, inapropiadas o no adecuadas para sí mismo y los demás. Pero ¿qué ocurre cuando los padres y tutores no están al pié de la jugada y permiten que otros modelos de conducta eduquen a los niños y estos debiliten los límites?

La queja principal de los centros educativos infantiles y colegios es la misma: “su hijo no conoce los límites” y tiene baja tolerancia a la frustración. Esto significa que las nuevas generaciones, guiadas por el principio del placer y del menor esfuerzo, encuentran odioso e intolerable el que la autoridad competente pida el cumplimiento y acatamiento de normas de tránsito, por ejemplo. Con total irreverencia, pasan por encima de la regla y pretenden que la vida siga “normal”, como ellos dicen contradictoriamente…-si se entiende el significado de esta palabra- y que por lo tanto no ha pasado nada grave.

Hay ciertos principios fundamentales que hacen que la vida en comunidad sea llevadera. Y se necesitan valores como el respeto, la responsabilidad y el compromiso para hacer de la convivencia algo posible.  Pero no nos importa el otro. Y mucho menos nos duele su sufrimiento o su preocupación.

En estos días vimos en los noticieros de televisión un accidente automovilístico. Y sin dejar de sorprendernos el accidente como tal, nos llamó más la atención la actitud y comportamiento de quien conducía el vehículo y de quienes pasaban por allí. Sin hacerse responsables del hecho, algunos continuaron su marcha como si nada hubiere sucedido.

Yo creo que a los hombres y mujeres de bien se les enseña a responder por sus actos. Por esto es por lo que a los niños de hoy, enseñémosles el valor de la vida, no importa la edad de quien deambule por las calles ya sea conduciendo o caminando. A los jóvenes de hoy mostrémosles la responsabilidad cuando se conduce un automotor. Y a las personas de a pié, a ser responsables cuando se cruza una calle. Para que los ciudadanos de mañana encuentren el sentido fundamental de la vida y de la muerte. Y para que se hagan responsables de sus conductas. Pues incluso algunos deciden sobre la propia vida y la de los demás, como si fuera algo intrascendente.

Definitivamente todo es posible pero no todo nos conviene.