¿Para dónde voy?

pexels-photo-4145249Yo creo que cuando se trata de encontrar respuestas, la pregunta es lo importante. Una buena pregunta es el primer paso para una excelente investigación.

Salí a caminar, para hacer ejercicio, estirar las piernas, y disfrutar de esa pequeña sensación de libertad que ofrece el estar al aire libre, luego de tantos meses de encierro.

Me preparo con todos los protocolos de bioseguridad. Aplico abundante protector solar, pues dado mi tamaño corporal, tengo bastantes áreas de piel que debo cubrir. A mi paso, muchas personas también caminando, la mayoría con sus mascarillas, me saludan más por cortesía, que por saber quien soy, pues la gafa oscura, la mascarilla, el bloqueador que procura que me vea como un mimo y el sombrero protector para el sol, me hacen pasar de incógnito o al menos eso quiero creer.

De pronto, me llama poderosamente la atención, una pareja y su pequeño hijo, de cabello rubio ensortijado, que lleva una diminuta mascarilla tanto como él, decorada con muñecos alegres y muy coloridos. En ese instante pensé en su mañana y al mismo tiempo me llegó la imagen apocalíptica como de película de ciencia ficción. - ¿Qué futuro le espera? Me pregunté –

Luego me comparé. Ya estoy mayor, he vivido un buen trecho de vida, he sufrido y disfrutado mucho hasta el momento, pero él, este pequeño ser, apenas empieza la vida y ya tiene que enfrentar un mundo hostil, lleno de retos y desafíos para la supervivencia.

La imagen de ese niño sigue presente en mi recuerdo y me cuestiona mucho sobre el sentido de la vida, en medio de la adversidad.

Esta semana, mis pensamientos y reflexiones han estado centrados en la inquietud que me genera el saber para dónde voy.

Al menos tengo clara una cosa y es que el camino no está hecho, no está trazado, debo andarlo; es decir, en la medida en que avanzo, voy creando la senda.

Además, no es adecuado seguir el camino construido por otros. Cada alma tiene su destino, y el proceso consiste precisamente en descubrir la propia misión; en otras palabras, identificar a qué vine a la tierra y cuáles son las tareas asociadas, que debo realizar.

No puedo emprender la marcha hasta que me convierta en el sendero.

Estoy centrado en el presente, respiro profundo y descubro que también estoy solo, porque nadie puede recorrer la ruta por mí.

¿Será que el destino está escrito y soy prisionero de sus designios?, o ¿está en mi poder construir la meta y diseñarla a partir de mis pensamientos y actuaciones?, o ¿la suerte tiene preparada para mí varias sorpresas, que se salen de mi control?

En fin, buscar las respuestas a estas preguntas, sólo me ha hecho tomar conciencia de la muerte como la preocupación suprema, en palabras de Irvin Yalom y tal vez como el suprasentido según la logoterapia de Viktor Frankl.

Yo creo que sé para donde voy…obligatoriamente hacia la muerte. Pero también sé que mientras muero, todavía tengo mucho por hacer.

Esta incertidumbre se va a prolongar.

pexels-photo-3831645Yo creo que el temor, la zozobra y la angustia generados por la pandemia van para largo.

Esta semana, en medio de la videollamada que con alguna frecuencia le hago a mi madre para saber cómo va, alcancé a percibir en su tono de voz, que la situación no estaba bien y que se encontraba a punto de quebrarse y llorar.

-Esta incertidumbre se va a prolongar-, fue la expresión triste que escuché de ella, al otro lado de la cámara de su teléfono inteligente, al compartirme las ultimas noticias, donde el presidente de nuestro país confirmaba que el confinamiento se extendía.

Y su cara me corroboró, que la tristeza se había apoderado de ella, y no sólo ahora sino desde hace mucho rato, quizás nueve meses atrás, cuando la obligaron a suspender su voluntariado en el hospital, precisamente porque a su edad, era muy vulnerable y podría contraer el virus. Entonces la rotación que hacía de habitación en habitación, para ofrecer ayuda espiritual y el acompañamiento que les brindaba a sus pacientes, habían terminado, razón por la cual era de esperarse que estuviera en plena elaboración del duelo, por el cese de sus actividades de ayuda humanitaria, que tanto ama y le fascina hacer.

-Estoy muy triste y deprimida-, me dijo. -Sin poder salir tranquila a hacer mi trabajo y con este miedo rondando, cada vez que pienso en recibir a alguien en la casa-.

-Y además me preocupa mucho que los sistemas de salud colapsen y que sea muy difícil acceder a ellos para otro tipo de tratamientos urgentes, diferentes al Covid19-, agregó.

Mi mamá es una mujer muy inteligente, independiente y llena de vida, que ama su libertad y a pesar de su edad, es autosuficiente y se precia de ello.

-Hijo, continuó hablando, ya ni siquiera puedo ir a mercar sin sentir preocupación, ni hacerles visita a mis hermanas y mucho menos tener la presencia de ustedes y de mis nietos, con esta angustia permanente de que nos vamos a enfermar-.

Además, siguió, -esta soledad se hace inmensa, porque los días van muy lentos para una mujer tan activa como yo y siento que el tiempo pasa y no han encontrado una solución para detener la propagación del virus-.

Y sabes Juan -me pregunto ¿Cómo vamos a celebrar la navidad este año?, y ¿Cuándo nos vamos a reunir nuevamente en familia, y sobre todo cuando vamos a poder retomar nuestras actividades normales? -.

Como este caso de mi madre, conozco a muchas personas mayores que sienten el temor de morir en forma anticipada, a consecuencia de un enemigo invisible y poderoso que tiene en jaque al mundo entero por su capacidad de hacer daño además desde la sugestión y el miedo.

Este fenómeno de la pandemia, al menos a mí, me ha cuestionado mucho sobre la evidente fragilidad de la salud, la economía y la estabilidad incluso de los mismos países, pues si “el aleteo de una mariposa en Tokio puede afectar el clima en el resto del mundo”, es claro que un virus que en principio veía lejano, ahora lo siento muy cerca, porque todo en el Universo está conectado debido a que “todos” somos “uno”.

Yo creo que debo estar preparado para lo que viene, con una actitud que me permita adaptarme y desde mi resiliencia, seguir adelante porque tengo el coraje para aprender de la adversidad y encontrarle sentido al sufrimiento, como decía Viktor Frankl.